[Migrante al paso] Los niños son el verdadero rey, proponen algunos animes, pues está en ellos la labor de continuar la voluntad de fuego y está en nosotros transmitirla. Otras figuras nos alertan que tenemos que tener como recordatorio que los jóvenes nos están observando y que ellos son los mensajes vivientes que enviamos al futuro. En unos meses nacerá mi ahijada, así que serán meses felices y de expectativa. ¿Le gustarán los animes? Me pregunto con mi hermano. Tiene que saber pelear, también comentamos. Fantasías que ilusionan, pero no dejan de ser especulaciones. Estas pequeñas personas al final siempre toman su propio camino y, creo, que lo único que puedo hacer es transmitir que la vida, al fin y al cabo, es buena. Muchas veces las expectativas se vuelven cargas inintencionadas. Buscar ser el ejemplo perfecto, al final, tampoco es lo correcto. Felizmente, el tema de la crianza no es mi labor principal. Yo sueño con viajes, visitar las pirámides y conocer templos en Japón con mi sobrina. Creo que por irresponsable aún no me gano la confianza, pero aún soy joven. No está en mis planes tener hijos ni asentarme en un lugar permanente, así que mi hogar finalmente estará donde esté mi hermano con su familia. ¿Tengo que ser el mejor tío? Le decía a mi hermano hace años, quien me respondía que ya lo iba a hacer sin tener que hacer nada.
Recuerdo un cuento que leí recién saliendo del colegio, sin barba ni altura. Un adulto iba a ser ejecutado públicamente por un grave delito. Entre la multitud que pedía a gritos un asesinato, aparece un pequeño niño que reconoce al prisionero y se le acerca inocentemente, después de todo, era su padre. Con un diminuto gesto de inocencia se disuadió la situación y demuestra cómo el poder de la infancia vuelve susceptible a cualquier adulto. De ahí el nombre del cuento corto de Tolstói. Nos recuerda a esa pureza que todos tuvimos y que en algún momento perdimos; ese niño probablemente también la olvidará en algún momento. Cada vez que pienso en la infancia me viene ese relato a la mente y es algo que he estado pensando últimamente. Después de todo, se acerca mi primera sobrina y se siente que muchas cosas cambiarán para bien. Es algo que anhelo desde hace mucho. Pensaba en qué le puedo transmitir, porque plata no tengo aún, así que me basta con mis viajes, aventuras y estilo de vida. Tal vez con la llegada de la pequeña toda mi rebeldía, despreocupación e irresponsabilidad se transformen en sabiduría, que hasta el momento orgullosamente carezco.

Al final sucederá lo más probable, que es que ella me cambiará más a mí de lo que yo a ella. Igual, mi interés tampoco es cambiarla. Entonces: ¿qué es ser un buen tío? Quizá basta con solo ser alguien con quien pueda conversar y reírse, alguien con quien no se tenga que tomar las cosas tan en serio. Un ejemplo perfecto no lo he sido nunca y jamás lo seré. Pensaba en cómo mi estilo de vida puede interrumpirlo: muchos viajes, planes de irme un buen tiempo, negocios y turbulencias podrían evitar que pase el tiempo que quiero pasar con ella. Pero, regresando a lo que es un ejemplo, no ser auténtico y fiel a mi modo de ser sería mostrarle algo que no quisiera demostrar jamás, que es no ser tú mismo.
Hablaba con un amigo que vive en Europa. Su hermano mayor ya tuvo dos hijos y me comenta que las ha visto solo unas cuantas veces. Noto un poco de pena y temor a perderse momentos, pero no arrepentimiento. Definitivamente le gustaría estar ahí en cumpleaños y Navidades, pero tiene que seguir con lo suyo; eso es lo mejor que se puede transmitir. Comparto esos miedos y aún no nace mi querida ahijada. Ya me perderé todo el proceso de embarazo. Me gustaría estar ahí y tocar la barriga de María Angela, mi apreciada cuñada. Pero me quedo con escuchar a mi hermano emocionado. No me perderé muchos momentos porque ese deseo ya forma parte de mi futuro. Siempre estaré ahí, por lo menos en espíritu. Tal cual el cuento, basta con la aparición de la criatura para que todo cambie y se aligere el ambiente. Nace un vínculo inquebrantable que de ahora en adelante estará constantemente en mi mente, no como una atadura, sino como un empuje a mejorar sin perderme. De esta manera, llegará Aurora y, haciendo honor a su nombre, en algún momento hablaré con ella en un lugar remoto y congelado. Tal vez yo seguiré fumando, pero me imagino a ambos apreciando las luces de neón en el cielo que llevan su mismo nombre.







