[EL DEDO EN LA LLAGA] A finales de los años setenta y comienzos de la década de los ochenta, el mundo occidental vivía una mezcla de fascinación y temor ante un fenómeno inquietante: la proliferación de sectas destructivas. Grupos cerrados, liderados por figuras carismáticas, prometían iluminación espiritual, pertenencia o respuestas simples a problemas complejos. Sin embargo, detrás de muchos de estos movimientos se ocultaban dinámicas de manipulación psicológica, control coercitivo y, en los casos más extremos, tragedias de gran magnitud. El episodio que marcó de forma indeleble la percepción pública fue el suicidio-asesinato colectivo ocurrido en Guyana el 18 de noviembre de 1978, cuando más de 900 miembros del Templo del Pueblo murieron bajo las órdenes de su carismático líder, Jim Jones. Aquella escena, en la que familias enteras —incluidos niños— ingirieron cianuro disuelto en refresco Flavor Aid, dejó una herida profunda en la conciencia colectiva.

En ese contexto emergieron a inicios de los ochenta un par de representaciones cinematográficas que intentaban explicar, o al menos acercar al gran público, los procesos internos que llevan a una persona a integrarse en una secta y, eventualmente, a perder su autonomía. Me refiero a la canadiense “Ticket to Heaven” (Ralph L. Thomas, 1981) y a la estadounidense “Split Image” (Ted Kotcheff, 1982), que ofrecen retratos particularmente valiosos de los cambios mentales y físicos que experimentan los individuos atrapados en estos grupos.

Ambas películas parten de una premisa común: nadie está completamente a salvo. Los protagonistas no son retratados como personas ingenuas o débiles, sino como individuos en momentos de vulnerabilidad emocional o de transición vital. En “Split Image”, por ejemplo, el personaje principal es un joven universitario brillante, con una vida aparentemente estable, que se ve seducido por una comunidad que le ofrece propósito y claridad. Esta representación resulta clave para desmontar el estereotipo de que sólo ciertos perfiles “caen” en sectas; en realidad, cualquier persona puede ser susceptible bajo determinadas circunstancias.

Uno de los primeros cambios que se observan en los miembros de estas organizaciones es de carácter mental y emocional. Las sectas suelen emplear técnicas de persuasión intensiva —a veces denominadas “lavado de cerebro” o, en términos más técnicos, reforma del pensamiento— destinadas a debilitar la identidad previa del individuo. En “Ticket to Heaven”, esto se refleja en sesiones prolongadas de adoctrinamiento en las que se combinan discursos repetitivos, privación del sueño y una presión grupal constante. El resultado es una progresiva disolución del pensamiento crítico.

El lenguaje también desempeña un papel fundamental en este proceso. Tanto en una película como en la otra, se observa cómo los líderes introducen un vocabulario propio que redefine la realidad. Conceptos cotidianos adquieren nuevos significados, mientras que las dudas o críticas son etiquetadas como signos de debilidad o traición. Este cambio lingüístico no es superficial: transforma la manera en que los miembros interpretan sus experiencias y limita su capacidad para cuestionar la autoridad.

A medida que el control mental se intensifica, aparece otro fenómeno clave: la dependencia emocional. Los miembros comienzan a ver al líder como una figura paternal o incluso divina. En “Split Image”, el líder del grupo —interpretado por un muy convincente Peter Fonda— se presenta como alguien que posee respuestas absolutas, capaz de guiar a sus seguidores hacia una vida superior. Esta idealización extrema crea un vínculo en el que la aprobación del líder se convierte en una necesidad psicológica básica.

Paralelamente, se produce un aislamiento progresivo del entorno exterior. Amigos, familiares y cualquier influencia externa pasan a ser percibidos como amenazas. En ambas películas, este proceso se muestra con crudeza: los protagonistas rompen el contacto con sus seres queridos o reinterpretan sus intentos de ayuda como ataques. Este aislamiento refuerza la burbuja ideológica del grupo y dificulta enormemente cualquier intento de rescate.

Los cambios físicos, aunque menos visibles en un primer momento, son igualmente significativos. La vida dentro de una secta destructiva suele implicar rutinas extenuantes, dietas restrictivas y falta de descanso. En “Ticket to Heaven”, se observa cómo los miembros son sometidos a jornadas interminables de trabajo o actividades “espirituales”, con escasas horas de sueño. Este desgaste físico no es accidental: una persona agotada es más fácil de controlar y menos capaz de resistirse.

En “Split Image”, estos efectos corporales adquieren una dimensión especialmente inquietante cuando empiezan a manifestarse en funciones biológicas íntimas. El protagonista, inmerso en un régimen de disciplina extrema y represión de impulsos, llega a notar la desaparición de las poluciones nocturnas que antes formaban parte de su normalidad fisiológica. Este detalle, aparentemente menor, sugiere hasta qué punto el control psicológico puede extenderse al terreno corporal, afectando incluso a procesos involuntarios. De forma paralela, una de sus compañeras dentro del grupo le confiesa que ha dejado de menstruar, un cambio que, lejos de interpretarse como una señal de alarma médica, es asumido dentro de la comunidad como evidencia de purificación o de avance espiritual. Ambos casos ilustran cómo la presión psicológica, el estrés y las condiciones de vida pueden alterar profundamente el funcionamiento del cuerpo, al tiempo que el propio grupo redefine el significado de esos cambios para reforzar su narrativa.

La apariencia también puede transformarse como parte del proceso de desindividualización. Uniformes, códigos de vestimenta o incluso cambios en el peinado contribuyen a borrar la identidad personal y a reforzar la pertenencia al grupo. En “Split Image”, aunque de forma más sutil, se percibe una homogeneización en la forma de vestir y comportarse de los miembros, lo que simboliza la pérdida de singularidad.

Otro aspecto físico relevante es la respuesta al estrés. Vivir bajo un sistema de control constante genera altos niveles de ansiedad, aunque estos no siempre son reconocidos por los propios miembros. Dolores de cabeza, problemas digestivos y fatiga crónica son algunas de las manifestaciones que pueden aparecer. Sin embargo, dentro del contexto sectario, estos síntomas suelen reinterpretarse como parte de un proceso de “purificación” o crecimiento espiritual, lo que dificulta que los individuos identifiquen el daño que están sufriendo.

Uno de los elementos más perturbadores que ambas películas ponen de relieve es la transformación de la moral individual. Acciones que antes habrían sido impensables —como mentir a la familia, entregar todos los bienes materiales o participar en dinámicas abusivas— pasan a ser justificadas e incluso celebradas. Este cambio se produce de manera gradual: pequeños actos de obediencia que, con el tiempo, conducen a decisiones cada vez más extremas.

En “Split Image”, este proceso alcanza un punto crítico cuando el protagonista es incapaz de reconocer el daño que está causando a su entorno. Su percepción de la realidad ha sido completamente reconfigurada, y cualquier crítica es interpretada como ignorancia o maldad. Este fenómeno, conocido como disonancia cognitiva, permite a los miembros mantener su compromiso incluso frente a evidencias contradictorias.

La recuperación de una persona que ha estado en una secta destructiva es otro tema que ambas películas abordan, aunque de forma diferente. Salir de estos grupos no implica simplemente abandonar un espacio físico, sino reconstruir una identidad que ha sido profundamente alterada. Los exmiembros suelen experimentar confusión, culpa y dificultades para reintegrarse en la vida cotidiana.

En el caso de “Ticket to Heaven”, se muestra el impacto duradero que la experiencia tiene en los personajes, subrayando que las secuelas no desaparecen de inmediato. Por su parte, “Split Image” explora el papel de la familia y de los profesionales en el proceso de desprogramación, destacando tanto las posibilidades como las limitaciones de estas intervenciones.

A más de cuatro décadas de su estreno, estas películas siguen siendo relevantes porque capturan dinámicas que, aunque han adoptado nuevas formas, continúan presentes en distintos contextos. Las sectas destructivas no han desaparecido; simplemente han evolucionado, adaptándose a nuevas tecnologías y entornos sociales.

Lo que “Ticket to Heaven” y “Split Image” consiguen, cada una a su manera, es humanizar a las personas atrapadas en estas dinámicas. Lejos de presentar a sus personajes como meras víctimas pasivas, muestran la complejidad de sus decisiones y los procesos graduales que conducen a la pérdida de autonomía.

Yo tuve la oportunidad de ver la película “Split Image” doblada al español —bajo el sugestivo título de “Las dos caras de la moneda”— en algún momento de los años noventa, después de haber salido de una comunidad sodálite, aunque todavía no había roto los lazos mentales que me unían al Sodalicio. Sin ninguna duda, el film contribuyó a que diera otro paso hacia la libertad, al permitirme identificar muchas semejanzas con el estilo de vida que se llevaba en las comunidades sodálites. La desaparición de las poluciones nocturnas durante varios meses, que yo interpreté como una señal positiva de estar caminando hacia la santidad, era en realidad parte del paquete sectario: una transformación física que tenía su correlato en una transformación mental que me alejaba de mi verdadera identidad y me impedía ser verdaderamente libre. Y eso no deja de tener consecuencias, como se verá a continuación.

En una encuesta a 101 sobrevivientes y exmiembros de las tres instituciones de vida consagrada de la Familia Sodálite —Sodalicio de Vida Cristiana, Fraternidad Mariana de la Reconciliación y Siervas del Plan de Dios—, realizada por Sandra Álvarez y Camila T. Alvim, dos exfraternas, y publicada el 1° de diciembre de 2024 en un blog, se resaltan los siguientes resultados:

40 reconocieron haber sufrido cuadros de depresión y ansiedad. Un número menor manifestó diagnósticos de bipolaridad (10), trastorno obsesivo compulsivo (4), esquizofrenia (2) y adicción (1). Otros sobrevivientes indican haber padecido estrés postraumático e insomnio (27), cansancio crónico (16) y trastorno de pánico (15). En menor medida aparecen diagnósticos de agorafobia (6), trastorno límite de la personalidad o borderline (4) e hipersensibilidad o semi-autismo (1).

En cuanto a enfermedades físicas, destacan la migraña y los cuadros de gastritis (43); problemas de espalda (29); fibromialgia (22); problemas de colon (19); tendinitis (18); dolor crónico (14); presión ocular por estrés (8); desórdenes alimenticios como bulimia y anorexia (5); apnea del sueño (1); asma (3); anemia (1), además de enfermedades hormonales como obesidad (13), endometriosis (7), alopecia (6), acné hormonal y prediabetes (1), así como enfermedades autoinmunes como celiaquía (3), lupus (1), Hashimoto (2), leucopenia (1) e intolerancia al gluten (1). Una exconsagrada manifestó haber desarrollado un cáncer reactivo (1).

El estudio de estos cambios mentales y físicos no sólo permite entender mejor el funcionamiento de las sectas destructivas, entre las cuales debería incluirse al disuelto Sodalicio de Vida Cristiana y grupos afines, sino también reflexionar sobre la naturaleza de la influencia, la identidad y la libertad individual. Porque la línea que separa la elección consciente de la manipulación puede ser mucho más difusa de lo que nos gustaría admitir.

 

[ENTREVISTA] Mauricio Saravia, analista político, comentó la estrategia de Keiko Fujimori para pasar a segunda vuelta y señaló que Roberto Sánchez no sería confrontacional de llegar a la presidencia pero le preocupa “a qué tipo de negociados puede llegar con bloques como el fujimorista”.

¿Cómo pasó Keiko Fujimori de encabezar una encuesta de candidatos por los que jamás votarían a lograr un paso cómodo a la segunda vuelta?

Sigue teniendo el mayor rechazo en el país. Los porcentajes para ganar estas elecciones siempre son irrisorios. Pero una Keiko que pasa junto a López Aliaga o Roberto Sanchez no va a tener en segunda vuelta un 17%. Hay gente que va a votar por ella creyendo que es la mejor posible y seguirá diciendo que es antifujimorista.

¿Pero no sorprende que haya logrado más de dos millones de votos luego de tantos años en que sus críticos la señalaron como una de las principales responsables de la crisis política?

Los que han pasado o están pelando pasar a segunda vuelta son los partidos más organizados que tiene el Perú. Fuerza popular, Renovación Popular y Juntos Por el Perú son partidos que hacen acción política y la hacen en las bases donde estén. Sí creo que es entendible que Fujimori pueda estar ahí porque Fuerza Popular es un partido vivo que ha estado trabajando durante todo este tiempo en función a la candidatura de Fujimori.

¿Se ha visto una faceta más moderada del fujimorismo en esta campaña?

Ella ha tenido una estrategia discursiva inteligente: orden y progreso. No es nada nueva esa promesa, pero ella la ha enarbolado y luego de eso sí ha tenido apariciones públicas contadas donde ella ha querido. No ha aceptado demasiadas entrevistas, no ha dado la posibilidad de incendiar la pradera en medios que le eran adversos. Su tono sí ha estado más moderado. Me parece interesante esta guerra e Fujimori contra la izquierda diciéndole a Rafael López Aliaga que deben aliarse contra la izquierda. Son discursos sencillos pero significativos para la gente. Hay una moderación que es lo recomendable para quien está arriba. Se sintió arriba y manejó las cosas desde arriba.

¿Es por ello que no vemos al fujimorismo sumarse a López Aliaga y Renovación Popular en sus denuncias de fraude electoral con el ímpetu que mostraron tras las elecciones del 2021?

Patricia Juárez está pidiendo moderación cuando naturalmente podría haber estado al costado de López Aliaga, porque viene del castañerismo más rancio. Que ella salga a pedir moderación a sus antiguos amigos es extraño. Si ellos (Fuerza Popular) estuvieran en esta lógica de enfrentarse a Sánchez también estarían agitando las aguas, pero no al nivel de López Aliaga que es un caballo sin riendas. Es inmanejable. Que el fujimorismo esté calmado pidiendo prudencia es claramente estrategia y le conviene porque eso hace que la imagen de Fujimori entre en un terreno de una neutralidad interesante para la segunda vuelta.

¿Por qué a Rafael López Aliaga muestran un contraste tan notorio entre su respaldo en Lima y el resto del país?

No hemos visto bases de Renovación Popular por fuera de Lima y hay un elementoidentitario y clasista que hace que el voto se concentre en Lima. Además, López Aliaga es una persona que en sus discursos y acciones ha despreciado sistemáticamente a las regiones, siempre las ha tachado de ignorantes e incapaces. Es el típico limeño conservador con mucho capital que termina teniendo una baja capacidad de entender que esto es una elección nacional y no solamente de Lima. Pero incluso en Lima me está sorprendiendo la performance que está teniendo Fujimori. Esperaba una ventaja más grande de López Aliaga sobre Fujimori y en los cálculos de ellos estaba ganar Lima por mucho más. Me llama la atención que la gente lo idolatre. Renovación popular parece más una secta que un partido político, no hay discusión posible.

Si Rafael López Aliaga pasa a segunda vuelta, ¿podrá formar alianzas con otras agrupaciones para ganarle a Keiko Fujimori?

Para que eso ocurra hay que sacar un poco la estela de López Aliaga de RenovaciónPopular y que entren a tallar algunos otros operadores políticos. Por ahí Norma Yarrowpuede tejer alianzas con otros sectores de derecha y el gran tema va a ser este centro e izquierda que quedarían fuera de la elección. Podría ser la gran elección de los conservadores contra los liberales. Qué podría plantearse frente a dos candidaturas de derecha o ultraderecha. Si ese se transforma en un eje de campaña, López Aliaga podría tener de su lado a algún componente del voto de Sánchez en el interior.

¿Por qué el votante de Sánchez podría ver a López Aliaga como una opción?

Si haces un retroceso en las noticias políticas de un par de años, López Aliaga es el primero que intenta hacer alianzas regionales y capturar caudillos regionales una vez que se decretó que el Congreso había vetado a los movimiento regionales para estas elecciones. No le ha funcionado. pero no quiere decir que a la larga no pueda capturar algo de ese voto. Creo que a Fujimori le conviene muchísimo más pasar con López Aliga que con Sánchez, porque López Aliaga es un voto de derecha y ahí en esa ecuación es cuál derecha prefieres si no eres partidario de ninguna de las dos opciones.

¿De qué dependerá la distribución de votos de los otros candidatos fuertes?

La pregunta es cuál será el racional que estará detrás si derecha contra izquierda ya no va a estar en juego sino conservadores contra libertarios. Veo a López Aliaga siendo más favorable para Fujimori que Sánchez, que va a ser un hueso mucho más duro de roer porque creo que va a capturar el porcentaje de López Chau, buena parte de Obras, algún segmento de Álvarez y una parte de los de Nieto, que creo se va a partir en dos.

¿Por qué cree que el voto de Nieto se puede dividir?

Todavía no veo en el Partido del Buen Gobierno un partido que pueda decidir sobre sus electores, como sí se ve en el fujimorismo o Renovación Popular que son partidos más verticales. Entre Sánchez, López Aliaga y Fujimori, no veo al votante de Nieto decidiéndose tanto por Sánchez. Lo veo tapándose la nariz y yendo a votar por Keiko.

Si se concreta una segunda vuelta entre Fujimori y López Aliaga, ¿qué pasará con este sector del electorado que es antifujimorista pero también es distante con el candidato de Renovación Popular?

Es difícil pronosticar, porque el antifujimorismo no es un movimiento orgánico. No es que puedas identificar un líder claro y dar directivas a sus votantes. Va a ser un tema de elección personal y de grupos minúsculos. Yo no tengo tan claro qué parte de ese antifujimorismo podría taparse la nariz antes de votar y terminar eligiendo naranja porque entienden que la amenaza de López Aliaga como presidente pueda ser peor. La otra cosa es que podamos tener un histórico de blanco o viciado, no como para anular las elecciones, pero cercano al cincuenta por ciento.

Roberto Sánchez y Alfonso López Chau enfocaron sus campañas en el sur, ¿qué determinó que sea el primero quien se lleve la mayor parte de los votos?

López Chau hizo muy mala campaña. Recién en los últimos quince días se animó a ser un poco más frontal. Tuvo muy malos debates. No es que Sánchez los haya tenido mejor, pero tuvo la posibilidad de aprovecharlos y no lo hizo. Además, la figura de López Chau es diferente a la de Sánchez. Es catedrático, viene del sector universitario y tenía un perfil limeño, y esta es otra de las variables que juega mucho en esta elección y que lo aleja un poco más de la base más antisistema que uno puede encontrar en los sectores alejados de las ciudades. No le ha ido mal en el sur, pero tampoco bien. En algún momento estaba con 20% y luego eso se fue repartiendo con Belmont y Sánchez. No capitalizó nada en el norte, ese fue un error estratégico. Creo que no leyó bien la campaña y por dónde tenía que transitar.

Si Roberto Sánchez llega a la presidencia, ¿será un mandatario combativo o intentará tener una buena relación con el senado que tendrá un papel protagonista?

No creo que sea confrontacional. Es una persona que se acomoda a las circunstancias. En eso discrepo con quienes ven un fantasma comunistoide. Sánchez va a moverse de acuerdo a como las aguas le acomoden. Es un poco más claro en la tarea política de lo que debe hacer de lo que fue Castillo. Sabe cómo tiene que negociar. Sin embargo, teniendo esas características, Sánchez no parece ser una persona absolutamente integra y eso genera ciertos miedos para saber a qué tipo de negociados puede llegar con bloques como el fujimorista que sabemos de qué pie cojea.

¿No ve a Sánchez dispuesto a arriesgarse a una vacancia con tal de defender algunas de sus propuestas de campaña, como una nueva constitución?

No lo creo. Ni lo de Julio Velarde lo creo

Si efectivamente renuncia a algunas de sus promesas de campaña y busca negociar, ¿qué podría pasar con su alianza con Antauro Humala, quien tiene posturas radicales?

Lo de Antauro es interesante, pero qué peso ha tenido en la campaña o cuándo ha estado solo lanzando mensajes que pudo haberle sumado a Sánchez. Es más una figura que le juega en contra. Estoy convencido que, en un potencial gobierno de Sánchez, no van a tener ningún problema de apartar a Antauro de cualquier tipo de cercanía. Sánchez es un tipo que va a cuidar su gobierno y eso lo puede llevar a tomar las peores decisiones posibles. Pero en temas como el de Antauro no creo que vaya a tener un rol protagónico.

¿Cuál podría ser el rol del castillismo en un gobierno de Roberto Sánchez?

No sé qué significa el castillismo en términos de gestión de gobierno. Porque la gestión del castillismo fue un desastre. No vi una línea clara de acción política de castillo sobre nada. De Humala podrías decir que era un gobierno liberal con fuerte presencia de programas sociales. El castillismo significó un copamiento del aparato del Estado con el fin de mantenerse a flote. Jamás significó hacer cambios profundos económicos ocambiar la constitución. Las contradicciones se vieron desde el nombramiento de su primer premier. Ha tenido hasta a Valer de premier, con eso te digo qué significa el castillismo. Castillo significa una esperanza y una imagen, pero no es un actor político que tenga capacidad de hacer grandes cosas.

 

[OPINIÓN] Ninguna conspiración sobrevive a esta diferencia. Sin drama: con resultados al 95%, el país votó así: 70% entre derecha y centro, 30% entre izquierda e izquierda radical. Eso no es ideología. Es aritmética.

Y sin embargo, aparece la sorpresa de siempre: gente que, viendo ese mapa, decide que el resultado “no cuadra”. Que hay algo raro. Y de paso, aprovecha para instalar el viejo argumento: que Keiko es perdedora, que siempre pierde, que esta vez no va a ser distinto. Un relato conveniente para quienes necesitan que no lo sea.

Hay diagnósticos que la ciencia llama heurísticas sesgadas: atajos mentales que alguna vez fueron útiles pero que el cerebro se niega a actualizar aunque la evidencia los contradiga. “Keiko perdedora” es exactamente eso. Un reflejo condicionado, no un análisis. El porcentaje de peruanos que carga ese prejuicio como certeza ha caído dramáticamente. Lo que antes era una convicción del 70 u 80% de la población hoy es residual, sostenido apenas por inercia tribal. Y cuando llegue la hora de marcar la cédula, ese residuo se evapora al ritmo en que la gente recuerda lo que tiene en el bolsillo.

El dato es este: Keiko Fujimori gana porque está parada donde está la mayoría. No hay mucha ciencia. Al frente, Roberto Sánchez representa un espacio que, sumando todo, con suerte pasa del tercio. Pretender que ese tercio sea mayoría no es análisis político. Es un acto de fe, de terquedad, o de mala leche para crear confusión ante una derrota que para muchos es vergonzosa, pero 100% razonable.

La candidata que hoy compite no es la de hace diez años. Se le nota en la cara: serena, segura de sí misma, con una tranquilidad que transmite sin esfuerzo. Proyecta algo que no se ensaya fácilmente —una presencia que genera confianza, no distancia. Y detrás de eso hay historia real: ha sufrido en carne propia la injusticia, la persecución y la prisión. Esa experiencia le ha dado una templanza y una visión que, bien aplicadas, son garantía de que ciertas cosas no vuelvan a suceder. Tiene además partido, cuadros, estructura y presencia nacional. No es poca cosa en un país donde muchos candidatos no tienen ni comité en su distrito.

El Perú de hoy tampoco es el de hace cinco ni diez años. La gente está trabajando, generando ingresos, mirando hacia adelante. El votante peruano —ese que la teoría política subestima sistemáticamente— es mucho más pragmático que sus comentaristas. No vota por simbolismos; vota por estabilidad. Y el contexto regional confirma la tendencia: el ciclo populista en América Latina está en retirada. Los experimentos radicales, incluyendo el colapso del propio Castillo —una advertencia que el electorado procesó en tiempo real— han dejado una lección cara. Cuando el caos tiene nombre y apellido, la estabilidad deja de ser un argumento abstracto para convertirse en un voto concreto.

Del otro lado, mucho relato y poca consistencia.

Y luego están los que no aceptan el resultado —no porque tengan pruebas de irregularidades, sino porque su candidato no llegó. Rafael López Aliaga, que fracasó de manera estruendosa y demostró una debilidad política y una fragilidad psicológica que le resta simpatías diariamente, tiene operadores dispuestos a explorar la salida creativa: anulemos todo, repitamos la elección, a ver si esta vez la realidad coopera. Y mientras tanto, seguir alimentando la idea de que ella no puede ganar. Que su victoria es anomalía, accidente, error. Una ilusión bastante más allá de lo que permite la ley del sentido común, la moral y la decencia.

La realidad no coopera. Pensar que en una repetición alguien sacaría más de lo que ya sacó es un optimismo difícil de sostener.

¿Errores en el proceso? Seguro, como en toda elección. Se corrigen. Pero no reescribiendo resultados porque no gustan.

El problema no es electoral. Es cultural. Treinta y cinco candidatos compitiendo en lo que pareció más un casting para una novela que un debate no elevan precisamente el nivel de la discusión.

Así que a los que todavía musitan “Keiko perdedora” como quien reza un rosario: actualicen el software. El país cambió. El electorado cambió. El contexto cambió. El sesgo de confirmación es gratis. Las elecciones, no.

En resumen: 70 contra 30. Ninguna conspiración sobrevive a esa diferencia. El 28 de julio jurará una mujer. No por casualidad. Por votos.

[Música Maestro] A lo largo de la historia del rock hemos conocido casos de bandas cuyos integrantes son irreemplazables, especialmente cuando tiene que ver con su muerte. Ocurrió en los Beatles, en The Doors, en Led Zeppelin, en Queen, aunque estos dos últimos lo intentaron -Led Zeppelin con Phil Collins primero y con el hijo de John Bonham después, Queen con Paul Rodgers primero y con Adam Lambert después- pero conscientes de que se trataba ya de otra cosa y con resultados que no lograron igualar a los originales.

Desde el fallecimiento de Neil Peart, los fanáticos de Rush aceptamos sin cuestionamientos que el paso siguiente era el natural y comprensible fin del camino para el famoso trío. Tras la muerte de “The Professor”, ocurrida el 7 de enero del año 2020, Geddy Lee y Alex Lifeson habían dejado medianamente claras sus intenciones de no volver a tocar bajo el nombre de Rush, una regla que rompieron en el tributo al fallecido baterista de Foo Fighters, Taylor Hawkins, en septiembre del 2022, con el apoyo en batería de Chad Smith (Red Hot Chili Peppers) y Danny Carey (Tool).

En el 2023, Lee publicó su autobiografía titulada My effin’ life (HarperCollins), la misma que presentó con una gira de 19 fechas por Estados Unidos, Canadá e Inglaterra -a veces con Lifeson como invitado- y en ninguna dejó filtrar proyectos de presentaciones en vivo. Por eso cuando se anunció, en octubre del año pasado, que ambos habían escogido en estricto privado a alguien para reemplazar a Peart, de inmediato surgieron especulaciones de todo tipo.

¿Quién podría cubrir a Neil Peart?

Facebook y otras redes sociales se llenaron de encuestas que generaron acaloradas discusiones entre fans y conocedores sobre quién podría ocupar esa importante plaza. Los nombres más mentados fueron los de Mike Portnoy (Dream Theater), Tim Alexander (Primus) y Danny Carey (Tool), tres de las bandas de generaciones posteriores más influenciadas por el sonido de la entente canadiense. Los más especializados soltaron candidatos menos obvios y diferentes, pero igual de interesantes: Simon Philips, Vinnie Colaiuta, Stewart Copeland, Alex Van Halen.

Estos ejemplos demostraban que a nadie se le ocurría pensar en Lee y Lifeson escogiendo a algún baterista nuevo, desconocido, sin prestigio, a pesar de que el ciberespacio está repleto de músicos jóvenes muy talentosos que muestran sus habilidades en YouTube, Instagram o TikTok todos los días. La estatura de Neil Peart era tan alta que solo un baterista de renombre podría ocupar su lugar.

Sin embargo -como ocurrió también con Primus en febrero- la pareja fundadora de Rush sorprendió a todos con una selección inesperada. Un nombre desconocido para la mayoría, treinta años menor que ellos y de otro país, con una trayectoria sólida en la escena del jazz, las clínicas musicales y la fusión, pero casi indetectable para los radares convencionales. Sin embargo, hubo un detalle adicional que literalmente descuadró a propios y extraños. Lee y Lifeson presentaron a su nuevo baterista: una mujer.

Rush, una banda ¿para hombres?

Desde su aparición en 1974, Rush se posicionó como una banda de público casi exclusivamente masculino. Esto no tiene nada que ver con posturas machistas o discriminadoras, es más bien un dato de la realidad. Según Neil Peart, en las épocas de más éxito del grupo, el público era masculino en un 85-90%, una conclusión a la que llegó observando la ausencia casi total de mujeres en sus conciertos. El dato empírico del baterista fue confirmado luego con estudios estadísticos serios, publicados en revistas especializadas como Rolling Stone o Classic Rock.

Quienes somos fanáticos de Rush, todos esos nerds que nos convertimos en bateristas en el aire cada vez que escuchamos Tom Sawyer (Moving pictures, 1981) y nos sabemos de memoria las líneas de bajo de The spirit of radio o Limelight (Permanent waves, 1980), los cambios rítmicos de Anthem (Fly by night, 1975), los solos de La villa strangiato (Hemispheres, 1978), sabemos que nuestras parejas no comparten nuestra obsesión sonora, elevada pero inútil y escapista a la vez. Pueden hasta disfrutar algunas canciones, pero no les interesan sus detalles, nombres, duraciones ni las historias detrás de cada una. Y tampoco verían con nosotros una y otra vez los videos completos de Xanadu (A farewell to kings, 1977) o Subdivisions (Signals, 1982) con el mismo nivel de compromiso.

Incluso cuando el heavy metal, ese otro subgénero del rock asociado normalmente a la testosterona, comenzó a recibir comunidades enormes de mujeres, Rush se mantuvo como placer musical exclusivo de hombres. Ni siquiera el fútbol o la Fórmula 1 poseen esa particularidad. Por supuesto que hay mujeres fans de Rush, sobre todo en años recientes, pero siempre en números menores. Como se ha analizado en más de una ocasión, las letras que van de lo filosófico a lo fantástico, la ausencia de temas románticos, el aspecto intelectual y carente de glamour de sus tres integrantes y la complejidad de sus arreglos musicales han alejado tradicionalmente al público femenino de Rush, una situación que incluso se trasladó en tonos bromistas a varios sitcoms y películas hollywoodenses.

Por eso, la noticia de que Geddy Lee y Alex Lifeson habían escogido a la baterista alemana Anika Nilles fue una agradable sorpresa por las posibilidades de romper ese estigma. Quizás ahora que sea una mujer quien ejecute los intrincados solos, ritmos y ataques de Rush en The Fifty Something Tour haga que el estereotipo por fin caiga y más público femenino preste oídos a esta extraordinaria música. El inicio de la gira se ha anunciado para la primera semana de junio y llegará a tres países de Sudamérica en enero de 2017. Argentina, Chile y Brasil son los afortunados. ¿Alguna empresa de espectáculos, que no sean los cabeceros de Evolution Concerts, se animará a traer a Rush al Perú? Esperemos que sí.

1974-1978: La etapa esotérica

De principio a fin, la discografía de Rush hace que el oyente se sumerja en un universo paralelo donde solo importan las historias fantásticas, las reflexiones filosóficas y cierto sarcasmo para la crítica sociopolítica de su tiempo, todo envuelto en una incombustible mezcla de hard-rock, rock progresivo y new wave que, en cuatro décadas, mantuvo su personalidad intacta, al margen de modas, cambios en la industria y la dictadura de los gustos masivos, casi siempre ajenos a propuestas artísticas que exijan del público un nivel de atención superior al promedio.

Rush lanzó veinte álbumes en estudio. Desde su debut, la fuerza y dinámica de sus canciones exhibieron un afilado hard-rock en la línea de bandas consagradas como Led Zeppelin, Deep Purple, Cream o Thin Lizzy. Lanzado cuando Geddy y Alex (bajos y guitarras) tenían solo 21 años, el disco epónimo de 1974 contiene un contundente bloque de riffs y solos acompañados por la precisa batería de John Rutsey, de la misma edad, con canciones como Working man, What you’re doing o Finding my way, cantadas por el bajista con inconfundible voz, rotunda y aguda.

Entre 1975 y 1978, el trío se consolidó dentro del prog-rock con largas suites, complejos intermedios instrumentales, uso de bajos y guitarras de doble mástil, pedaleras, instrumentos electroacústicos y letras arcanas, escritas por Neil Peart, el nuevo baterista que, además, enriqueció el proceso creativo por sus espectaculares recursos técnicos que le permitieron incorporar percusiones de todo tipo, desde campanas tubulares y xilófonos hasta sets amplios de tambores acústicos y baterías electrónicas.

A esta etapa pertenecen los extraordinarios discos Fly by night, Caress of steel (1975), 2112 (1976, para muchos su obra maestra), A farewell to kings (1977) y Hemispheres (1978), con temas como Closer to the heart, The trees o A passage to Bangkok, reflexiones propias sobre temas ambientalistas y sociopolíticos; e historias épicas como The fountain of Lamneth, 2112, Xanadu o Cygnus X-1 Book I: The Voyage, con letras inspiradas en escritos de la filósofa rusoamericana Ayn Rand (1905-1982), el autor de El señor de los anillos, J. R. R. Tolkien (1892-1973), la mitología grecorromana o los textos del poeta y filósofo británico Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), el mismo que inspiró a Iron Maiden para su clásico tema Rime of the ancient mariner (Powerslave, 1984).

1980-1989: Una adaptación efectiva

Como sabemos, el rock progresivo inició una etapa de declive en la segunda mitad de los setenta por la nueva estética, más cruda y desorganizada, de bandas como The Clash y Sex Pistols –“los punks nos hacían ver a nosotros como si fuésemos Beethoven”, declaró recientemente Geddy Lee a The Guardian- y los canadienses supieron adaptarse mucho mejor que sus pares de la onda “progre”. Como se cuenta en el documental Rush: Beyond the lighted stage (2010), Lee, Lifeson y Peart conservaron la complejidad instrumental, dejando atrás la actitud solemne y fantasmagórica de su etapa previa. El resultado fue un sonido igual de sólido y personal, pero en formatos más comprimidos y hasta amigables para las radios de la época.

Desde Permanent waves (1980) hasta Presto (1989), Rush produjo siete álbumes de puro vértigo y adrenalina musical. A su sorprendente capacidad para tocar líneas de bajo potentes y creativas mientras cantaba, Lee añadió un uso masivo de sintetizadores -especialmente Moog y Oberheim- y pedaleras Taurus para ejecutar largas notas graves con los pies. Lifeson, uno de los mejores guitarristas de su generación, se afianzó con riffs y solos que sonaban a prog-rock clásico y power-pop ochentero, mientras que Peart siguió dejándonos con la boca abierta con su estremecedora potencia y precisión. Moving pictures (1981) contiene clásicos como Red barchetta, el instrumental YYZ -código IATA del aeropuerto de Toronto- y, especialmente, Tom Sawyer.

Otros discos como Signals (1982), con Subdivisions -que aborda un tema de extremada vigencia como es la presión social y angustias de los jóvenes en un mundo de apariencias- y New world man -sobre el choque generacional en tiempos de cambio-; Grace under pressure (1984), que produjo los singles Red sector A y Distant early warning, sobre la guerra fría, mensajes aplicables al mundo actual); o Power windows (1985) con temas como Manhattan Project o la confrontacional The big money, demostraron que los etéreos músicos de rock que en 1976 salían con túnicas y kimonos también poseían un aterrizado discurso geopolítico y social.

1991-2012: Peso y experiencia

Luego vino un tercer periodo, el último, donde el peso y la experiencia de Rush se asentaron para ofrecer un sonido contundente, más cercano al hard-rock, pero sin abandonar su identidad progresiva, reconocible en cada desarrollo instrumental y en el tono vocal de Lee que, desde fines de los setenta ya había dejado atrás las notas extremadamente altas para hacerlo más intermedio.

Además, añadieron un elemento nuevo, el humor, incluyendo por ejemplo la melodía de The Three Stooges (Los Tres Chiflados) al inicio de sus conciertos-algo que hacían desde 1988- o interactuando con los personajes de dibujos animados como Family Guy o South Park, cuyos creadores son grandes fanáticos del grupo. Jack Black, estrella de la comicidad, salió una vez al escenario con ellos y metió toda su ropa salvo paños menores, en una de las lavadoras/secadoras que la banda usa como escenografía desde los años dosmiles.

Y, en su discurso de inducción al Salón de la Fama del Rock and Roll, el 2013 -un hecho que tardó catorce años desde que se hicieron elegibles en 1999- Alex Lifeson, cuyo apellido real es Živojinović, por sus padres llegaron a Canadá desde Serbia, hizo reír al público con dos minutos y medio de «blah blah blah» ironizando respecto de las solemnidad que suele rodear a esas ceremonias. Esa ocasión tocaron Tom Sawyer, The spirit of radio y una versión editada de Overture 2112/The Temples of Syrinx, acompañados por Neil Raskulinecz (bajo), Taylor Hawkins (batería) y Dave Grohl (batería).

Este ciclo arranca con Roll the bones (1991), un disco de transición que tiene de ambas etapas -el vertiginoso instrumental Where’s my thing? que alguna vez usara Canal N como cortina de sus noticieros, la poderosa Dreamline y hasta algo de rap en el tema-título– y termina con Clockwork angels (2012), su última producción en estudio. En el medio, sólidos discos como Counterparts (1993), Test for echo (1996) o Vapor trails (2002) confirmaron su prestigio dentro del rock mundial. En el 2004, el trío se animó a grabar un álbum de covers, Feedback, un homenaje a aquellas bandas que los inspiraron: Cream, The Who, The Yardbirds y Buffalo Springfield.

Una de las particularidades de su discografía son los álbumes en vivo, lanzamientos que sirven para entender la energía, virtuosismo y evolución del grupo en sus distintas etapas. Tanto All the world’s stage (1976), Exit… stage, left (1982) y A show of hands (1988) ofrecen el sonido clásico de Rush en todo su esplendor. A partir del recopilatorio de conciertos Different stages (1998) en adelante, sus discos en directo –Rush in Rio (2003), R30: 30th Anniversary World Tour (2005) o R40 Live (2015)-, funcionan como un muestrario del legado artístico de Rush y un testimonio de su resistencia al paso del tiempo, incluso superando tragedias de toda índole. La decisión de Neil Peart de retirarse de los escenarios, tras la gira del 2015, y su posterior fallecimiento cinco años después, a los 67 años, de cáncer cerebral, parecían los puntos finales de una notable trayectoria. Hasta ahora.

El regreso de Rush en los Juno Awards

El pasado 29 de marzo, Rush hizo su primera aparición con Anika Nilles en batería, durante los Juno Awards, en el TD Coliseum de Ontario. Tocaron Finding my way, el primer tema del primer disco del grupo. La interpretación de Anika es precisa y limpia, mostrando sus credenciales y convenciendo a los seguidores de la banda. El video fue subido a YouTube esa misma noche y actualmente, tres semanas después, supera ya los dos millones de visualizaciones.

La presentación que nadie anticipó -fue una verdadera sorpresa con la que empezó la ceremonia de entrega de los Grammy canadienses- permite ver cómo sonará Rush en The Fifty Something Tour. El bajo de Geddy Lee es perfección absoluta mientras que su voz, aunque suena bien, ya no registra los legendarios alaridos de antaño -sería irracional esperar eso- pero la técnica que usa actualmente le permite llegar a notas altas sin desentonar. Alex Lifeson es garantía de riffs y solos electrizantes. Al lado izquierdo Loren Gold, un joven y experimentado músico de sesión que viene trabajando con todos, desde Hilary Duff hasta The Who y Chicago, apoya en teclados y coros.

Y detrás, Anika, la sorprendente baterista alemana que cumplirá 43 años a fines de mayo y, a juzgar por su presentación en los Juno, ya está lista para afrontar el enorme desafío de cubrir a Neil Peart, uno de los bateristas más admirados en la comunidad mundial de músicos. “En la primera sesión de ensayos, nos dedicamos a hablar de Neil, de cómo captar su forma de pensar, su feeling”, declaró recientemente a Classic Rock. Más allá de una que otra mezquindad publicada en internet, lo que prima entre los seguidores de Rush es la entusiasmada expectativa que ha despertado su presencia.

Anika Nilles: ¿De dónde salió?

Anika Nilles toca batería desde los seis años. Posee un estilo fluido y polirrítmico que fue desarrollando por su dedicación a la práctica y su amor por el jazz fusión. Comenzó a publicar videos en YouTube con sus composiciones en el año 2013, lo que la llevó a realizar cursos, primero en su país Alemania y luego en otros. Desde hace algunos años, es parte del equipo docente del website Drumeo.com, con sede en Canadá. La revista norteamericana DRUM! la eligió la mejor baterista los años 2015 y 2016.

Sus videos tutoriales y canciones la fueron haciendo conocida en la comunidad de bateristas, al punto de ser portada en la revista especializada Modern Drummer, una de las más conocidas del rubro. Nilles tiene su propia banda, Nevell, con la que ha publicado hasta el momento tres álbumes -Pikalar (2017), For a colorful soul (2020) y False truth (2025). Aquí podemos verla en acción, tocando Shine y Pikalar, dos de sus composiciones, donde podemos apreciar su capacidad técnica y sentido del ritmo.

Entre mayo y noviembre del 2022, Anika Nilles se unió a la banda de Jeff Beck para la que sería la última gira del célebre guitarrista, antes de su fallecimiento. El 22 y 23 de mayo del 2023 participó en los dos conciertos-tributo a Beck en el Royal Albert Hall de Londres, en una banda que incluyó a estrellas como Eric Clapton, Billy Gibbons (ZZ Top), Ronnie Wood (The Rolling Stones), Rod Stewart, entre otros. Sobre el desafío de tocar con Rush, Anika explica: “El estilo de Neil Peart era muy enérgico, algo con lo que me siento muy cómoda. También me encanta tocar enérgicamente. Además, siempre ponía cosas nuevas a las canciones, nunca se repetía a sí mismo, eso lo hace más emocionante”.

[Migrante al paso] Ya van semanas, tal vez meses, en los que mi mente ha sido un remolino de política. Entre el caos electoral acá y el mundo que parece a punto de estallar. Es demasiado estrés comunal, una especie de ruido constante que no se apaga ni siquiera cuando intento desconectarme. Lo peor de la gente sale como si abrieran una represa de emociones y prejuicios acumulados durante años. Sin filtro se libera todo lo reprimido que normalmente se traduce en odio o menosprecio, como si bastara una chispa para que todo explote. No me excluyo. De hecho, caí de lleno y por mucho tiempo, arrastrado por esa corriente que parece inevitable cuando uno está expuesto constantemente a ese entorno. Está bien estar enterado y formar una opinión, pero de ahí a dejar que te afecte emocional y mentalmente es porque hay algo más. Probablemente esté buscando un culpable de todo lo que no me gusta y, de este modo, escapar del verdadero problema, que es interno. Tal vez es más fácil mirar hacia afuera que aceptar lo que uno tiene que ordenar por dentro.

Después de semanas pendiente y viendo cómo se pelea todo el mundo, es inevitable sentir que el ambiente se va cargando cada vez más. Pequeños bandos que entran en modo de desadaptado, defendiendo posiciones como si fueran trincheras personales. Prejuicios y tensión entre amistades y familiares, conversaciones que antes eran ligeras y ahora se vuelven incómodas o terminan en discusiones innecesarias. Todo por la situación política, que termina filtrándose en cada espacio, incluso en los más cotidianos. Es hora de tomar un descanso, después de todo, no puedo hacer mucho por cambiar lo inminente, solo estar atento, pero no preocupado. Hay una diferencia entre informarse y dejarse consumir, y últimamente esa línea se ha vuelto demasiado delgada.

Mis semanas han estado ocupadas, me estoy moviendo de un lado a otro, miles de llamadas, pendientes que no terminan y una sensación constante de estar corriendo contra el tiempo. Pensaría que el momento más calmado es cuando estoy manejando con música, porque en ese instante no puedo estar atento al teléfono ni a nada más. Solo disfruto del camino, a pesar del tráfico, como si fuera una pequeña pausa dentro de todo lo demás. Me había olvidado lo terrible que es manejar en Lima, lo impredecible que puede ser cada trayecto. A pesar de eso, al ser el único momento del día en el que puedo simplemente manejar y relajarme, termina convirtiéndose en un espacio necesario. Soy tímido, así que cuando estoy solo aprovecho para cantar o bailar sin pensar mucho. Es un momento sin juicio, sin expectativas. Más de una vez me ha pasado que volteo y alguien de otro carro me está viendo con mis locuras. Me río y me pongo rojo nomás, como si no hubiera forma de evitar esa reacción. Hay cosas que no cambian, y esta es una de ellas. Desde niño me pongo como un tomate ante cualquier situación rochosa, y aunque pase el tiempo, esa incomodidad sigue apareciendo de la misma manera.

Manejando sin mapa, entre calles rotas, esquivando tramos cerrados y cientos de huecos en la pista, pensaba en lo fácil que es dejarnos moldear por el entorno. No hace falta algo muy grande para que eso pase, basta con estar expuesto constantemente a ciertos estímulos. Más allá de nuestro desarrollo principal e infancia, me refiero al efecto inmediato, al impacto que tiene lo que consumimos todos los días. El año pasado, que estuve menos pendiente del contexto global y local, me mantuve enfocado en el trabajo y en mi salud. Rachas de meses en las que me mantuve constante, con una sensación de avance más clara y sostenida. Este año hubo un cambio abrupto, pero no venía de mí, ya que no me ha pasado nada y tampoco a mi familia ni a personas cercanas. Sin embargo, el entorno cambió, y eso fue suficiente. El simple hecho de estar en un ambiente disruptivo e incómodo tiene la fuerza necesaria para sacarme de mi orden y llevarme a tener la misma percepción negativa que le doy a lo externo hacia mis decisiones. Como si todo se contaminara poco a poco.

Es muy fácil darte cuenta de errores y problemas y muy difícil percatarte de avances y aciertos. La mente parece estar diseñada para enfocarse en lo que falta, en lo que incomoda, en lo que no está bien. Me repetía a mí mismo mientras manejaba: hay que dejar ir las cosas, es hora de mantener la calma y ser pacífico. No todo merece una reacción, no todo requiere una respuesta inmediata. A veces simplemente hay que observar y seguir. De pronto, un claxon ensordecedor de una combi casi me revienta los tímpanos y me olvidé de todas mis propuestas. Ese contraste entre lo que uno quiere ser y lo que termina haciendo en el momento es más común de lo que parece. Antes, me peleaba o evitaba que cojan pasajeros solo para molestarlos y, de alguna manera, que se den cuenta de lo intransigentes que son. Era una forma de descargar esa tensión acumulada, aunque en el fondo no resolviera nada. Ahora me limité a mirarlo mal y decir mil cosas sin que me escuche. Puede parecer poco, pero es un cambio. Tal vez no es la reacción ideal, pero al menos es un paso hacia algo más controlado.

Las calles ya no son como antes y una pelea tonta puede volverse una tragedia. Ese pensamiento se queda rondando, recordándome que no todo vale la pena. Que a veces lo más inteligente no es reaccionar, sino dejar pasar. Y quizás ese mismo principio aplica para todo lo demás que me ha estado cargando estas semanas.

 

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Ayer, en Barcelona, España, durante la IV reunión de Defensa de la Democracia, que reúne a los principales líderes progresistas del mundo, el mandatario brasilero, Ignacio Lula da Silva se ha preguntado ¿Yo quiero saber dónde hemos fallado como demócratas, cuándo las instituciones democráticas dejaron de funcionar?

Sin duda, esa es la pregunta de fondo, pero llega demasiado tarde y está mal planteada.  La verdadera pregunta hasta qué punto la izquierda contemporánea está dispuesta a ceder en sus pretensiones progresistas para recuperar sus banderas sociales y democráticas, y así recuperar a buena parte del público que ha perdido los últimos veinte años.

Todo comenzó en los años 70 y 80, no con protestas ruidosas, sino con teorías académicas. En los departamentos de humanidades  se introdujo la teoría crítica y se impuso la premisa de  que el conocimiento no es neutral, sino una herramienta de poder utilizada por los grupos dominantes para oprimir a todos los demás.

En la década del diez, la idea saltó de los libros a la vida diaria a través de las redes sociales y desde una nueva sensibilidad generacional. El concepto de interseccionalidad se convirtió en carta de navegación, Al mismo tiempo, se popularizó la idea de que una persona puede estar sujeta a múltiples capas de opresión (raza, género, orientación sexual).

Lo que antes era un debate intelectual se convirtió en imperativo moral. Las universidades dejaron de comprenderse como centros de investigación y productoras de conocimiento, y se vieron a sí mismas como instituciones cuya misión era reparar injusticias sociohistóricas.

Para materializar el cambio, se implementaron políticas que las transformaron: se fundaron departamentos y asignaron grandes presupuestos para que cada aspecto de la vida universitaria reflejara estas teorías. Inclusive, se intervino en el lenguaje y se creó  el concepto de microagresiones. Pronto se difundieron guías y catálogos de lenguaje inclusivo y microagresiones ¡cuidado con equivocarse! una microagresión es un comentario cotidiano que, sin mala fe, “agrede” a grupos marginados.

De la teoría se pasó a la lucha política. La manifestación más visible de este fenómeno fue la cultura de la cancelación: si un profesor expresaba ideas contrarias al dogma hegemónico (por ejemplo una crítica a la identidad de género), se organizaban boicots masivos para impedir su charla y forzar su despido. De hecho, las cancelaciones se extendieron a cualquier personaje público a través de las redes sociales ocasionando, en ciertos casos, su muerto social e, inclusive, su suicidio.

Un caso muy sonado fue el del actor Johnny Depp, acusado de violencia de género por su esposa Amber Heard. Durante el largo y penoso proceso, no solo el actor fue cancelado, sino una serie de colegas y amigos que se atrevieron a defenderlo en las redes, entre ellos su exesposa Lori Allison. Muchos fueron obligados a retractarse por la turba digital. Al final, Depp pasó al ataque, denunció a Heard y, en un procedimiento que todo el planeta presenció, demostró claramente que la víctima de violencia doméstica fue él: Heard resultó condenada.

En otro orden de cosas, para conseguir trabajo o mantener el que ya tenían, muchos académicos fueron obligados a escribir ensayos acerca de diversos aspectos de la teoría wokista, aplicado a diversas áreas del conocimiento. Al mismo tiempo,  fue obligatoria la matrícula a talleres donde se enseña a estudiantes y empleados que todos son intrínsecamente racistas debido a su crianza en una sociedad injusta. Desde José Stalin, no se conoció nada parecido.

Respecto del feminismo

Dentro de la cosmovisión woke, el feminismo ha mutado hacia posturas que van mucho más allá de la igualdad legal tan anhelada en las luchas que libraron durante  los años sesenta. En cambio, las corrientes actuales buscan desmantelar las estructuras de la civilización occidental, las que consideran intrínsecamente patriarcales.

Al respecto, proponen el fin del “binarismo de género” y el de la mujer como sujeto biológico. El concepto mujer pasaría a ser exclusivamente un constructo social elaborado para asegurar su opresión. De acuerdo con estas tesis, no existen ni hombres, ni mujeres, lo que existen son identidades líquidas, fluidas o flexibles, a veces pasajeras.

Por otro lado, la familia tradicional, papá, mamá e hijos, constituye la  unidad básica de reproducción del capitalismo patriarcal, así como una herramienta de dominio sobre el cuerpo de la mujer. Inclusive, la maternidad resulta objeto de  crítica pues supone la perpetuación de la dominación sobre las mujeres.

La crítica feminista ha llegado a la justicia, en universidades de todo el planeta es normal que se apliquen reglamentos de género en los cuáles a una supuesta víctima de violencia de género se le cree de antemano y se le provee de abogado y psicólogo, frente al procedimiento interno por iniciarse. Al contrario, el acusado es separado preventivamente de su cargo, estigmatizado, y encontrado responsable hasta que demuestre que no lo es. Luego, si lograse demostrarlo, igual el daño ocasionado en su contra es irreversible.

En algunos países estos procedimientos han alcanzado a la justicia. Es el caso de España y su ley en contra de la violencia de género, aprobada en 2004, en cuyos efectos funciona exactamente igual que los reglamentos universitarios que acabamos de referir: una mujer denuncia a su cónyuge por violencia, este es encarcelado tres días de manera preventiva, es expulsado de su domicilio preventivamente, como daño colateral -estigmatización- la más de las veces es despedido de su trabajo. En suma, su vida resulta arruinada, de nada le vale que dos años después un tribunal de género, que aplica justicia a base de todos los criterios que aquí hemos resumido, lo encuentre inocente. Su vida terminó desde el momento en el que fue denunciado. Alguien se olvidó, en el camino, que la presunción de la inocencia es un derecho fundamental.

Puesta en común

Podría decir muchas cosas más, podría hablar de la teoría poscolonial, del derribo de las estatuas de Cristobal Colón y un largo etc. pero es la hora de los matices. Sí creo que hay violencia contra la mujer, desde luego, y también creo que existe racismo y que, además, es sistémico. El error basal cometido por el  movimiento wokista, cuya ideología acabo de describir, es haberse planteado como meta socavar las bases mismas de la civilización occidental pues entre esas bases se encuentran, o se encontraban, la propia democracia y los derechos fundamentales.

No soy un conservador radical, no creo que la única familia deba ser la familia tradicional, pero los planteamientos de destruirla o de tomarla como el enemigo me resultan absolutamente aberrantes, tanto como el intento de descartar la biología de la ecuación para definir a un hombre, una mujer y a una persona LGTBI+, es que no se puede. Luego, también entran en juego los factores sociales y culturales, es obvio, y está bien, ya nos lo dijeron los primeros sociólogos y antropólogos hace poco más de un siglo, también nos lo dijo Freud, ciertamente.

La caída del muro de Berlín, en 1989, abrió para occidente la era de los derechos y sus vanguardias académicas y universitarias no hicieron otra cosa que convertirla  en su propio oxímoron: un jacobinismo de los derechos, principalmente, el de las minorías, un jacobinismo que olvidó que aquel varón al que le destrozaron la vida en redes sociales tenía finalmente derecho a defenderse, y también tenía derecho a ser hallado inocente mientras no se le demostrase lo contrario, y también tenía derecho a que se preserve su honor ante la sociedad, y que, ante la universalidad de los derechos humanos, sin la cual no puede haber democracia, no cabía decapitarlo en la Place de la Concorde virtual.

Ud. conoce la respuesta a su pregunta amigo Ignacio Lula da Silva, la conoce perfectamente bien, y, en todo caso, aquí se la he recordado. La pregunta ahora es otra: tiene Ud. razón, el wokismo fue tan radical que aterrorizó a la mayor parte del mundo occidental el que buscó cobijo en posiciones conservadoras que -como natural reacción- también se extremaron. Y resulta que ahora están prevaleciendo en el mundo.

Tal vez el progresismo debiera comenzar por esa enorme autocrítica que se debe a sí mismo y que nos debe a todos los que esperábamos de él un desempeño medianamente racional. Tras ello, es posible que puedan ver más claro el panorama y comenzar a ser más razonables. Occidente necesita un balance, necesita una izquierda pero democrática, y necesita una derecha democrática también, cómo no.

Foto, Ignacio Lula da Silva y Pedro Sánchez, mandatarios de Brasil y España respectivamente, en reciente cumbre de líderes progresistas realizada en Barcelona.

[OPINIÓN] Rafael López Aliaga ha decidido regalarnos una pequeña pieza de teatro electoral. Shakespeare, la habría titulado To be or not to be… según cómo vaya el conteo. Porque de eso se trata: atacar o callar, incendiar o susurrar, denunciar el apocalipsis o hacerse el místico, siempre dependiendo de una sola variable: si él entra o no a la segunda vuelta.

Apenas aparecieron los problemas logísticos del domingo, López Aliaga no habló de fallas ni de desorden. Habló de fraude. No de dudas, no de observaciones, no de prudencia. Fraude. Vinieron los insultos a la ONPE, a sus funcionarios, pedidos de prisión…  cifras lanzadas al aire como confeti y las acusaciones sin prueba, todo con esa delicadeza perturbada que lo caracteriza cuando se siente perjudicado. El problema es que ni la OEA, en su informe preliminar, habló de fraude: habló de retrasos logísticos, simulacros incompletos y en 13 locales de votación afectados en Lima. Desorden, sí. Conspiración, no. Pero para un hombre cuya relación con la evidencia es, digamos, libre, ese detalle es secundario.

Luego llegó la fase heroico-barrial. Amenazó con “insurgencia ciudadana”, pidió anular las elecciones y puso ultimátums, plazos perentorios al JNE como si la democracia fuera un trámite notarial que se corrige levantando la voz. Lo pintoresco vino después: el mismo hombre que denunció el fraude sin mostrar ninguna prueba terminó ofreciendo S/ 20.000 a quien pudiera alcanzarle alguna. Notable epistemología: primero acusar, luego salir a comprar la evidencia. Eso, en cualquier diagnóstico serio, no es método. Es un síntoma.

Porque ahí está el asunto que nadie quiere nombrar con todas sus letras: un candidato que no controla sus impulsos cuando pierde no va a controlarlos cuando gane. Un político que confunde su frustración con prueba jurídica no va a distinguir entre su voluntad y el interés público. Y un líder que mueve entre los exabruptos  y el silencio según dónde apunta el marcador no tiene convicciones: tiene estados de ánimo.

Con la ONPE al 93% de actas procesadas, López Aliaga iba tercero por un margen estrecho. Y, curiosamente, el incendiario de anteayer empezó a administrar sus decibeles. Cuando parecía fuera, fraude. Cuando todavía podría colarse, prudencia. La geometría variable en estado puro. Finalmente se trata de un ingeniero a carta cabal.

En castellano simple: no estamos ante un defensor de la transparencia. Estamos ante un hombre que juega a demócrata con fósforos en una mano y calculadora en la otra. Lo segundo preocupa. Lo primero, en alguien que pretende dirigir un país, debería asustarnos.

 

[INFORME] Sudaca pudo revisar numerosos documentos de Contraloría que exponen las diversas falencias de la ONPE en la preparación de la jornada electoral. Falta de personal, ausencia de material para capacitaciones y hasta injustificados cambios en contratos destacan en estos informes.

Tras cinco años de permanente crisis, las elecciones del pasado domingo se asomaban como la esperanza de alcanzar cierta estabilidad con nuevos integrantes del Ejecutivo y Legislativo que representen un proyecto de país que cuente con un mayor grado de respaldo por parte de la población.

Sin embargo, lo que debía ser el inicio de una nueva etapa entre los peruanos y sus políticos terminó en un escándalo insólito que ha convertido el proceso electoral en una extensión de la crisis política que atraviesa el país. Las injustificables demoras con la entrega del material para instalar las mesas de votación generaron un razonable clima de zozobra en distintos puntos de la capital donde, incluso pasado el mediodía, se reportaban largas colas de espera y, en casos todavía más graves, se le anunciaba a los votantes que sus respectivas mesas nunca serían instaladas.

En un contexto en el cual un sector de la población desconfía de sus autoridades, no era impensado prever que una situación como esta derivaría en la formulación de todo tipo de especulaciones. En este informe, Sudaca pudo revisar las numerosas advertencias hechas por la Contraloría durante las semanas y meses previos al domingo 12 de abril.

DESDE INICIO DE AÑO

Si bien es justo señalar que en todo proceso electoral pueden ocurrir imprevistos, la tolerancia hacia estos cambia cuando se tiene en cuenta que las deficiencias en la preparación para estas elecciones venían registrando advertencias desde hace varios meses incluso para labores que requerían un menor despliegue que el del domingo.

Sudaca pudo acceder a un documento de la Contraloría en el cual se advertía de una situación adversa relacionada con la capacitación del personal que trabajaría en las Oficinas Descentralizadas de Procesos Electorales (ODPE). Según se había programado, el personal de la ODPE de Puno debía llevar a cabo la capacitación de su personal la tercera semana de febrero.

Sin embargo, tal como se puede observar en la siguiente imagen, cuando llegó el día de la capacitación, la persona encargada no contaba con el material necesario. Pese a que se había estipulado una cantidad determinada de elementos, el 16 de febrero apenas contaban con treinta de los más de ochocientos lapiceros requeridos y ninguna de las credenciales que solicitaron.

 

Por supuesto, esta actividad sí estaba contemplada en la asignación de presupuesto para la Oficina Descentralizada de Procesos Electorales de Puno. Según se señala en el propio documento de Contraloría, se dispusieron cerca de cuatrocientos mil soles para la adquisición de materiales que no llegaron.

Pero este no fue un episodio aislado. La Oficina Descentralizada de Procesos Electorales de San Román, también del departamento de Puno, recibió un presupuesto de casi doscientos ochenta mil soles para la capacitación de su personal y también reportó falta de materiales básicos como plumones, cintas de embalaje y cartulinas.

Otro informe de Contraloría sobre la Oficina Descentralizada de Procesos Electorales de Puno pone al descubierto que tampoco contaban con computadoras para sus labores y que, ante el trabajo que tenían pendiente, el personal de esta ODPE tenía que utilizar sus propias computadoras.

Sudaca pudo encontrar por lo menos treinta y siete documentos de Contraloría, que corresponden a los meses de febrero y marzo, en los cuales se reportan problemas a nivel nacional relacionados con la capacitación del personal que estuvo a cargo de la preparación para el proceso electoral. Entre los problemas más recurrentes se encontraba la ausencia de materiales para dichas capacitaciones y la falta de personal que no habían contratado pese a que el cronograma establecía que para esas fechas debían estar disponibles.

CAMBIOS SIN JUSTIFICACIÓN

En otra situación insólita, la Oficina Descentralizada de Procesos Electorales de Ica realizó una extraña modificación en los términos de referencia para la contratación del servicio de transporte que tendría bajo su responsabilidad entregar el material necesario para instalar las mesas de votación.

Pese a que Gerencia de Organización Electoral y Coordinación había estipulado que los vehículos debían tener un máximo de diez años de antigüedad, esta ODPE decidió de forma unilateral extender a quince años de antigüedad el requisito para la contratación de transporte para el material electoral.

Pero la oficina de Ica no sería la única en realizar este tipo de cambios. En la provincia de Mariscal Nieto, la Oficina Descentralizada de Procesos Electorales también tomó la decisión de dejar de lado lo establecido por la Gerencia de Organización Electoral y Coordinación y amplió el requisito de antigüedad de vehículos que contratarían para la jornada electoral.

Estas irregularidades no sólo habrían ocurrido con los vehículos. En otro de los informes revisado por este medio se pudo encontrar que hasta habían contratado a personal que no cumplía con los requisitos establecidos como obligatorios para trabajar en una de las oficinas en Ayacucho.

Si bien no existen argumentos que respalden la narrativa del fraude que algunos políticos intentan instalar en la opinión pública, lo que sí está respaldado por evidencia contundente es que la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) no se preparó de la manera más adecuada de cara a las elecciones pese a que, como se observa en los informes que de Contraloría, existieron numerosas señales de alarma sobre sus deficiencias.

[Migrante al paso] Nuevas elecciones, el mismo caos de siempre, pero peor. Recuerdo mi primera votación presidencial en el 2016. Las de 2011 aún tenía 17 años. Pasaron a segunda vuelta PPK con Keiko Fujimori. Caminaba un poco intimidado desde mi casa, unas cuadras, hacia mi centro de votación. Un colegio con números y sin nombre. Todavía no conocía la realidad peruana y era más ignorante de lo que creía. En el camino, solo iba repasando lo que tenía que marcar y cómo, basándome en lo que me habían dicho mis padres. Entré rápidamente, ubiqué mi mesa de votación, marqué, firmé y salí. Me sentí adulto, como la primera vez que manejé. Supongo que muchos jóvenes hicieron lo mismo en las elecciones del domingo que acaba de pasar. Veo a muchos periodistas y líderes de opinión resaltando los mismos argumentos de siempre. No es un problema solo de los que no están enterados, de los que no han recibido una educación o de los que sí. Es un problema enganchado en todas las áreas, desde las más académicas hasta las más informales. Es muy fácil darse cuenta de que el famoso voto anti Keiko ha disminuido; no es necesario ser politólogo. Sin embargo, siguen con esa idea como si no quisieran aceptar que eso cada vez se vuelve menos certero. La realidad actual es muy diferente a la de las últimas elecciones. Generaciones enteras que no conocen lo sucedido durante el fujimorismo, ni lo que sucedió con el terrorismo y mucho menos las atrocidades cometidas por el Estado en ese momento oscuro de nuestro país. Es normal, porque somos una sociedad que olvida. Por eso las orientaciones radicales están en aumento en todo el mundo. Por eso he reducido drásticamente a quiénes escuchar y a quiénes omitir. No soy un experto, pero a mi parecer el análisis tiene que venir desde esa premisa, una en la que las tendencias cambian con el tiempo.

Esta vez, ya estaba informado y tenía mi propio análisis y opinión. Me levanté temprano, comí, me compré una Red Bull y fui caminando tranquilo; tomé todas las medidas necesarias para no estar de mal humor y funcionó. Claramente, después de enterarme de tantas negligencias y del panorama que se aproxima, comencé a caer de a pocos en el remolino de incertidumbre y estrés. Varias personas que tengo en redes sociales que desacreditaban a Jorge Nieto por una foto con Víctor Polay, les preguntaba si sabían quién era este señor: un rojo antiguo, me comentaban; claramente solo demostraban que no sabían nada. Ni siquiera me tomaba el tiempo para explicarles porque ya había probado mi punto. Decidí seguir la semana como si no hubiera pasado nada; recordaba unas palabras de Jaime Bayly, alguien que no admiro ni le tengo aprecio especial, pero su frase dio en el clavo: lo bonito de la vida no está en la política.

Por otro lado, veo a gente ilusionándose por una potencial segunda vuelta con Jorge Nieto en ella; también veo posts en Instagram que decían “mañana sale el sol”, haciendo referencia al logo del Partido del Buen Gobierno. También, periodistas de renombre alabando a Marisol Pérez Tello. Solo podía pensar: ¿son estos los veteranos que saben de política? Porque no lo parecen. Esos dos eran mis opciones principales y, efectivamente, voté por Nieto, pero de eso a ilusionarme hay un gran paso. Creo que ya todos los peruanos deberíamos saber que celebrar antes de tiempo por la política de nuestro país es un error garrafal. Por más que tengan el beneficio de la duda, eso no los vuelve motivo de celebración; más bien es una advertencia para mantenerse alerta. Me baso puramente en que la persecución del poder suele atraer a las personas más débiles, débiles en el sentido mental de la palabra. Por más que ellos sean mis candidatos, no confío en ninguno de ellos ni un poquito.

Keiko Fujimori, Rafael López Aliaga y Roberto Sánchez no tienen el beneficio de la duda, solo hechos. Por lo tanto, no entiendo cómo estos impresentables lideran hasta el momento los conteos. Me parece repugnante, pero no me puedo quejar. Después de todo, estamos en democracia. Así que tanto el voto estratégico, el consciente y el alpinchista son igual de válidos. Incluso los viciados. De ahí ver podcasts y noticieros que te dicen qué no se debe hacer es una mentira. Es parte de nuestro derecho votar por quien queramos, lo entendamos o no. Y no se confundan, tu preferencia en los votos no te hace superior a nadie, eres simplemente un votante más.

Me parece nefasto ver estas caras que me generan repulsión liderando las encuestas, pero no hay nada que pueda hacer, porque no tengo autoridad moral sobre nadie. Para los que hablan de autoridad intelectual, creo que tienen que ir al psicólogo para que se les bajen los humos. Después de todo, los resultados al final son un reflejo de lo que somos como país y el resultado que salga lo tenemos que aceptar como buenos ciudadanos. De lo contrario, caeríamos en lo mismo que muchos odiamos, como cuando declaran fraude y falacias por el estilo. En este caso, la gota que rebalsó el vaso de irresponsabilidad, negligencia y estupidez es lo sucedido con la ONPE y el retraso en la votación. Ese tipo de cosas deberían ser sancionadas porque alimentan estas teorías conspiratorias y, lo peor, es que dejan de parecer descabelladas. Veremos cuáles son los resultados y mi consejo sigue siendo el mismo de siempre: hay que mantenerse siempre como oposición, salga quien salga, y no celebren ni se ilusionen. Porque la victoria no se canta con el sufragio sino con los buenos hechos que ocurran durante el gobierno, que ya todos sabemos, hemos tenido muy pocos, por no decir ninguno.

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