[Migrante al paso] Ya van semanas, tal vez meses, en los que mi mente ha sido un remolino de política. Entre el caos electoral acá y el mundo que parece a punto de estallar. Es demasiado estrés comunal, una especie de ruido constante que no se apaga ni siquiera cuando intento desconectarme. Lo peor de la gente sale como si abrieran una represa de emociones y prejuicios acumulados durante años. Sin filtro se libera todo lo reprimido que normalmente se traduce en odio o menosprecio, como si bastara una chispa para que todo explote. No me excluyo. De hecho, caí de lleno y por mucho tiempo, arrastrado por esa corriente que parece inevitable cuando uno está expuesto constantemente a ese entorno. Está bien estar enterado y formar una opinión, pero de ahí a dejar que te afecte emocional y mentalmente es porque hay algo más. Probablemente esté buscando un culpable de todo lo que no me gusta y, de este modo, escapar del verdadero problema, que es interno. Tal vez es más fácil mirar hacia afuera que aceptar lo que uno tiene que ordenar por dentro.
Después de semanas pendiente y viendo cómo se pelea todo el mundo, es inevitable sentir que el ambiente se va cargando cada vez más. Pequeños bandos que entran en modo de desadaptado, defendiendo posiciones como si fueran trincheras personales. Prejuicios y tensión entre amistades y familiares, conversaciones que antes eran ligeras y ahora se vuelven incómodas o terminan en discusiones innecesarias. Todo por la situación política, que termina filtrándose en cada espacio, incluso en los más cotidianos. Es hora de tomar un descanso, después de todo, no puedo hacer mucho por cambiar lo inminente, solo estar atento, pero no preocupado. Hay una diferencia entre informarse y dejarse consumir, y últimamente esa línea se ha vuelto demasiado delgada.
Mis semanas han estado ocupadas, me estoy moviendo de un lado a otro, miles de llamadas, pendientes que no terminan y una sensación constante de estar corriendo contra el tiempo. Pensaría que el momento más calmado es cuando estoy manejando con música, porque en ese instante no puedo estar atento al teléfono ni a nada más. Solo disfruto del camino, a pesar del tráfico, como si fuera una pequeña pausa dentro de todo lo demás. Me había olvidado lo terrible que es manejar en Lima, lo impredecible que puede ser cada trayecto. A pesar de eso, al ser el único momento del día en el que puedo simplemente manejar y relajarme, termina convirtiéndose en un espacio necesario. Soy tímido, así que cuando estoy solo aprovecho para cantar o bailar sin pensar mucho. Es un momento sin juicio, sin expectativas. Más de una vez me ha pasado que volteo y alguien de otro carro me está viendo con mis locuras. Me río y me pongo rojo nomás, como si no hubiera forma de evitar esa reacción. Hay cosas que no cambian, y esta es una de ellas. Desde niño me pongo como un tomate ante cualquier situación rochosa, y aunque pase el tiempo, esa incomodidad sigue apareciendo de la misma manera.

Manejando sin mapa, entre calles rotas, esquivando tramos cerrados y cientos de huecos en la pista, pensaba en lo fácil que es dejarnos moldear por el entorno. No hace falta algo muy grande para que eso pase, basta con estar expuesto constantemente a ciertos estímulos. Más allá de nuestro desarrollo principal e infancia, me refiero al efecto inmediato, al impacto que tiene lo que consumimos todos los días. El año pasado, que estuve menos pendiente del contexto global y local, me mantuve enfocado en el trabajo y en mi salud. Rachas de meses en las que me mantuve constante, con una sensación de avance más clara y sostenida. Este año hubo un cambio abrupto, pero no venía de mí, ya que no me ha pasado nada y tampoco a mi familia ni a personas cercanas. Sin embargo, el entorno cambió, y eso fue suficiente. El simple hecho de estar en un ambiente disruptivo e incómodo tiene la fuerza necesaria para sacarme de mi orden y llevarme a tener la misma percepción negativa que le doy a lo externo hacia mis decisiones. Como si todo se contaminara poco a poco.
Es muy fácil darte cuenta de errores y problemas y muy difícil percatarte de avances y aciertos. La mente parece estar diseñada para enfocarse en lo que falta, en lo que incomoda, en lo que no está bien. Me repetía a mí mismo mientras manejaba: hay que dejar ir las cosas, es hora de mantener la calma y ser pacífico. No todo merece una reacción, no todo requiere una respuesta inmediata. A veces simplemente hay que observar y seguir. De pronto, un claxon ensordecedor de una combi casi me revienta los tímpanos y me olvidé de todas mis propuestas. Ese contraste entre lo que uno quiere ser y lo que termina haciendo en el momento es más común de lo que parece. Antes, me peleaba o evitaba que cojan pasajeros solo para molestarlos y, de alguna manera, que se den cuenta de lo intransigentes que son. Era una forma de descargar esa tensión acumulada, aunque en el fondo no resolviera nada. Ahora me limité a mirarlo mal y decir mil cosas sin que me escuche. Puede parecer poco, pero es un cambio. Tal vez no es la reacción ideal, pero al menos es un paso hacia algo más controlado.
Las calles ya no son como antes y una pelea tonta puede volverse una tragedia. Ese pensamiento se queda rondando, recordándome que no todo vale la pena. Que a veces lo más inteligente no es reaccionar, sino dejar pasar. Y quizás ese mismo principio aplica para todo lo demás que me ha estado cargando estas semanas.







