[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Ayer, en Barcelona, España, durante la IV reunión de Defensa de la Democracia, que reúne a los principales líderes progresistas del mundo, el mandatario brasilero, Ignacio Lula da Silva se ha preguntado ¿Yo quiero saber dónde hemos fallado como demócratas, cuándo las instituciones democráticas dejaron de funcionar?
Sin duda, esa es la pregunta de fondo, pero llega demasiado tarde y está mal planteada. La verdadera pregunta hasta qué punto la izquierda contemporánea está dispuesta a ceder en sus pretensiones progresistas para recuperar sus banderas sociales y democráticas, y así recuperar a buena parte del público que ha perdido los últimos veinte años.
Todo comenzó en los años 70 y 80, no con protestas ruidosas, sino con teorías académicas. En los departamentos de humanidades se introdujo la teoría crítica y se impuso la premisa de que el conocimiento no es neutral, sino una herramienta de poder utilizada por los grupos dominantes para oprimir a todos los demás.
En la década del diez, la idea saltó de los libros a la vida diaria a través de las redes sociales y desde una nueva sensibilidad generacional. El concepto de interseccionalidad se convirtió en carta de navegación, Al mismo tiempo, se popularizó la idea de que una persona puede estar sujeta a múltiples capas de opresión (raza, género, orientación sexual).
Lo que antes era un debate intelectual se convirtió en imperativo moral. Las universidades dejaron de comprenderse como centros de investigación y productoras de conocimiento, y se vieron a sí mismas como instituciones cuya misión era reparar injusticias sociohistóricas.
Para materializar el cambio, se implementaron políticas que las transformaron: se fundaron departamentos y asignaron grandes presupuestos para que cada aspecto de la vida universitaria reflejara estas teorías. Inclusive, se intervino en el lenguaje y se creó el concepto de microagresiones. Pronto se difundieron guías y catálogos de lenguaje inclusivo y microagresiones ¡cuidado con equivocarse! una microagresión es un comentario cotidiano que, sin mala fe, “agrede” a grupos marginados.
De la teoría se pasó a la lucha política. La manifestación más visible de este fenómeno fue la cultura de la cancelación: si un profesor expresaba ideas contrarias al dogma hegemónico (por ejemplo una crítica a la identidad de género), se organizaban boicots masivos para impedir su charla y forzar su despido. De hecho, las cancelaciones se extendieron a cualquier personaje público a través de las redes sociales ocasionando, en ciertos casos, su muerto social e, inclusive, su suicidio.
Un caso muy sonado fue el del actor Johnny Depp, acusado de violencia de género por su esposa Amber Heard. Durante el largo y penoso proceso, no solo el actor fue cancelado, sino una serie de colegas y amigos que se atrevieron a defenderlo en las redes, entre ellos su exesposa Lori Allison. Muchos fueron obligados a retractarse por la turba digital. Al final, Depp pasó al ataque, denunció a Heard y, en un procedimiento que todo el planeta presenció, demostró claramente que la víctima de violencia doméstica fue él: Heard resultó condenada.
En otro orden de cosas, para conseguir trabajo o mantener el que ya tenían, muchos académicos fueron obligados a escribir ensayos acerca de diversos aspectos de la teoría wokista, aplicado a diversas áreas del conocimiento. Al mismo tiempo, fue obligatoria la matrícula a talleres donde se enseña a estudiantes y empleados que todos son intrínsecamente racistas debido a su crianza en una sociedad injusta. Desde José Stalin, no se conoció nada parecido.
Respecto del feminismo
Dentro de la cosmovisión woke, el feminismo ha mutado hacia posturas que van mucho más allá de la igualdad legal tan anhelada en las luchas que libraron durante los años sesenta. En cambio, las corrientes actuales buscan desmantelar las estructuras de la civilización occidental, las que consideran intrínsecamente patriarcales.
Al respecto, proponen el fin del “binarismo de género” y el de la mujer como sujeto biológico. El concepto mujer pasaría a ser exclusivamente un constructo social elaborado para asegurar su opresión. De acuerdo con estas tesis, no existen ni hombres, ni mujeres, lo que existen son identidades líquidas, fluidas o flexibles, a veces pasajeras.
Por otro lado, la familia tradicional, papá, mamá e hijos, constituye la unidad básica de reproducción del capitalismo patriarcal, así como una herramienta de dominio sobre el cuerpo de la mujer. Inclusive, la maternidad resulta objeto de crítica pues supone la perpetuación de la dominación sobre las mujeres.
La crítica feminista ha llegado a la justicia, en universidades de todo el planeta es normal que se apliquen reglamentos de género en los cuáles a una supuesta víctima de violencia de género se le cree de antemano y se le provee de abogado y psicólogo, frente al procedimiento interno por iniciarse. Al contrario, el acusado es separado preventivamente de su cargo, estigmatizado, y encontrado responsable hasta que demuestre que no lo es. Luego, si lograse demostrarlo, igual el daño ocasionado en su contra es irreversible.
En algunos países estos procedimientos han alcanzado a la justicia. Es el caso de España y su ley en contra de la violencia de género, aprobada en 2004, en cuyos efectos funciona exactamente igual que los reglamentos universitarios que acabamos de referir: una mujer denuncia a su cónyuge por violencia, este es encarcelado tres días de manera preventiva, es expulsado de su domicilio preventivamente, como daño colateral -estigmatización- la más de las veces es despedido de su trabajo. En suma, su vida resulta arruinada, de nada le vale que dos años después un tribunal de género, que aplica justicia a base de todos los criterios que aquí hemos resumido, lo encuentre inocente. Su vida terminó desde el momento en el que fue denunciado. Alguien se olvidó, en el camino, que la presunción de la inocencia es un derecho fundamental.
Puesta en común
Podría decir muchas cosas más, podría hablar de la teoría poscolonial, del derribo de las estatuas de Cristobal Colón y un largo etc. pero es la hora de los matices. Sí creo que hay violencia contra la mujer, desde luego, y también creo que existe racismo y que, además, es sistémico. El error basal cometido por el movimiento wokista, cuya ideología acabo de describir, es haberse planteado como meta socavar las bases mismas de la civilización occidental pues entre esas bases se encuentran, o se encontraban, la propia democracia y los derechos fundamentales.
No soy un conservador radical, no creo que la única familia deba ser la familia tradicional, pero los planteamientos de destruirla o de tomarla como el enemigo me resultan absolutamente aberrantes, tanto como el intento de descartar la biología de la ecuación para definir a un hombre, una mujer y a una persona LGTBI+, es que no se puede. Luego, también entran en juego los factores sociales y culturales, es obvio, y está bien, ya nos lo dijeron los primeros sociólogos y antropólogos hace poco más de un siglo, también nos lo dijo Freud, ciertamente.
La caída del muro de Berlín, en 1989, abrió para occidente la era de los derechos y sus vanguardias académicas y universitarias no hicieron otra cosa que convertirla en su propio oxímoron: un jacobinismo de los derechos, principalmente, el de las minorías, un jacobinismo que olvidó que aquel varón al que le destrozaron la vida en redes sociales tenía finalmente derecho a defenderse, y también tenía derecho a ser hallado inocente mientras no se le demostrase lo contrario, y también tenía derecho a que se preserve su honor ante la sociedad, y que, ante la universalidad de los derechos humanos, sin la cual no puede haber democracia, no cabía decapitarlo en la Place de la Concorde virtual.
Ud. conoce la respuesta a su pregunta amigo Ignacio Lula da Silva, la conoce perfectamente bien, y, en todo caso, aquí se la he recordado. La pregunta ahora es otra: tiene Ud. razón, el wokismo fue tan radical que aterrorizó a la mayor parte del mundo occidental el que buscó cobijo en posiciones conservadoras que -como natural reacción- también se extremaron. Y resulta que ahora están prevaleciendo en el mundo.
Tal vez el progresismo debiera comenzar por esa enorme autocrítica que se debe a sí mismo y que nos debe a todos los que esperábamos de él un desempeño medianamente racional. Tras ello, es posible que puedan ver más claro el panorama y comenzar a ser más razonables. Occidente necesita un balance, necesita una izquierda pero democrática, y necesita una derecha democrática también, cómo no.
Foto, Ignacio Lula da Silva y Pedro Sánchez, mandatarios de Brasil y España respectivamente, en reciente cumbre de líderes progresistas realizada en Barcelona.







