[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Voy a tratar un tema de cuya vigencia dudo. Y dudo porque desde hace menos de una década ha irrumpido en el mundo la derecha global libertaria para la cual los derechos humanos significan poco menos que nada. Lo hemos visto recientemente en Estados Unidos con el trato inhumano brindado por los agentes de migraciones del gobierno a cualquier persona que pudiese “parecer inmigrante” y a cualquiera otra que, no pareciéndolo, se atreviese a defenderla o, sencillamente, por cerrarle el paso, sin siquiera proponérselo, a los temibles ICE.

Esto le sucedió el 7 de enero de 2026 a Renée Nicole Good una ciudadana estadounidense de 37 años que, sin querer, bloqueó el camino de los susodichos agentes, y que, luego de ser conminada a sacar su vehículo no fue lo suficientemente perita en la maniobra. El resultado: un agente la ultimó de tres balazos en la cabeza.

Los intelectuales del entorno libertario ya han comenzado a teorizar sobre el tema. Hablan de una Real Politik, en otras palabras, de la ley del más fuerte, o de la jungla, como nuevo paradigma que suplantará a todo el sistema de leyes y constituciones que se han elaborado en Occidente desde el advenimiento de la modernidad política, con la Revolución Francesa de 1789.

En este punto, el cambio paradigmático es absoluto: lo abarca todo. Toda la vida, toda la manera de relacionarnos entre los seres humanos estará regida directamente por las relaciones de poder entre ellos, y prevalecerán siempre los más poderosos . Este marco general es báscio pero recordemos que la Constitución de los Estados Unidos de América, aunque liberal, es también básica. Pareciera que a las bondades del derecho anglosajón les estuviésemos dando la vuelta para justificar el poder ilimitado del tirano.

No caigamos en la ingenuidad, el poderoso ha prevalecido siempre, desde los primeros tiempos de la sedentarización, desde que el hombre supo acumular alimentos y ganadería. Entonces surgieron los poderosos, los que capitalizaron las ganancias en nombre de deidades con las que se comunicaban para controlar lo que todos requerían urgentemente: a la naturaleza, para así asegurar la subsistencia colectiva.

Los marcos legales, las constituciones, la evolución de los derechos fundamentales desde el siglo XVIII en adelante no suprimieron el poder, ni todas las ventajes que otorga ostentarlo. No obstante, mitigaron hasta donde pudieron algunos abusos. Los derechos franceses contuvieron un poco al gigantesco Leviatán cuando intentaba  arrasar con el individuo y con su propiedad; la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 se constituyó en una segunda barrera frente a ese Estado: el ser humano, y su derecho a la vida se colocaron en la cima de la civilización precisamente porque Hitler nos deshumanizó como no se han deshumanizado jamás los animales, ninguna especie que se conozca. ¿Qué pasa si hacemos tabla rasa de todo aquello?

Y luego la izquierda cree, como siempre, que el problema es todo de la derecha. Pero esta vez el problema lo comenzó la izquierda. ¿Universalidad o diferencia? Dijeron: la igualdad discrimina. Dijeron: nosotros no queremos ser iguales, queremos un código para cada uno, queremos legislar la diferencia y proteger al vulnerable desde la ley. Se abre, claro, un largo debate que atañe la multiculturalidad, la interculturalidad, los modelos de convivencia democrática de Norbert Bilbeny y un largo etc.

Sin embargo, el progresismo no se quedó allí, sus planteamientos adoptaron pronto tono de denuncia y su praxis política ribetes de una intolerancia y jacobinismo político nunca vistos. Entonces los mismos derechos que hoy pisotea el libertarismo los pisoteó primero el progresismo wokista y los derechos que fueron conculcados por él pueden enumerarse: el derecho a la libertad de opinión, el derecho a la igualdad, el derecho a la defensa, el derecho a la presunción de la inocencia, el derecho al honor y a la reputación y un bastante largo etc. En pocas palabras, a la nueva generación de las redes sociales le valió madres todo. ¿Qué respuesta esperaban encontrar? ¿la de un mundo que dócilmente se entregaba a sus brazos? Así suelen ser los errores de juventud; en este caso, los de un movimiento jacobino que nunca verá la madurez: no se toparon con un mundo dócil,  se toparon con Donald Trump.

Y ahora, a quienes nos mantuvimos en el sentido común, nos queda, en medio de una guerra sin cuartel, que ya se sabe quien ganará, esperar encontrar los adeptos necesarios para colocar de nuevo a los derechos en la agenda mundial, aunque sea un poco. Hace 130 años, González Prada dijo que los viejos debían temblar ante los niños, ¿suscribiría sus palabras al contemplar el mundo contemporáneo?

[OPINIÓN]  Como todos sabemos, estamos ya en campaña de segunda vuelta. Una campaña deslucida y algo silenciosa, con una eterna candidata haciéndose la muertita para que las profundas grietas de su perfil político, caracterizado por la desconfianza y visceral rechazo que generan, no afloren tan temprano; y un candidato que parece desconectado de su responsabilidad histórica, apareciendo por aquí y por allá -con el Curwen, con José Domingo Pérez- pero sin consolidar un posible triunfo, casi como si no quisiera que pase, además de mostrarse incapaz de hacerse cargo, con responsabilidad y empatía, de un evento luctuoso que involucró directamente su liderazgo.

Las respuestas de Roberto Sánchez Palomino frente a la lamentable muerte del político de izquierda y poeta Dante Castro Arrasco (“Dante Andante” para quienes lo conocían), ocurrida durante las actividades de cierre de su campaña de primera vuelta, no han sido satisfactorias por decir lo menos. Más bien fueron evasivas y hasta irresponsables, como dejan ver los testimonios de los hijos del fallecido candidato al Senado por Juntos por el Perú, quienes han levantado la voz, en medio de su inconmensurable dolor, señalando las inconsistencias en las circunstancias de un hecho que, en un partido político medianamente organizado, habrían estado 100% claras.

Además de ese tema, cubierto por varios periodistas -Pedro Salinas y Juliana Oxenford, solo por mencionar a dos de ellos, les dieron espacios amplios a los deudos- hay otro hecho que marca diferencias entre la notoriedad en medios que viene acumulando Juntos por el Perú frente a la de Fuerza Popular, algo que finalmente es positivo para el amplio sector antifujimorista que está esperando el momento preciso para activarse.

Me refiero a la presencia en diversas entrevistas de Antauro Humala Tasso, líder del etnocacerismo. Fúrico con Milagros Leiva, sarcástico con Rosa María Palacios, nostálgico con Carlos Cornejo, Antauro reacciona según la actitud de su interlocutor con una habilidad y autenticidad de las que otros políticos carecen, independiente de que sus dichos estén en la mayoría de los casos más cercanos del disparate que de cualquier otra cosa.

Pero más allá de la personalidad de Antauro, siempre impredecible, divertida y peligrosa a la vez, sus apariciones han traído de regreso a la esfera pública local una palabra que, seguramente, suena arcana para los votantes más jóvenes: el etnocacerismo. El público peruano consumidor de noticias políticas conoció masivamente este término allá por el año 2005, hace poco más de dos décadas, cuando el hermano mayor de Antauro, Ollanta Humala, anunció su candidatura a la Presidencia de la República, la misma que perdió en segunda vuelta frente a Alan García. Pero yo sabía de la existencia de esta ideología que combina nacionalismo con reivindicaciones étnicas andinas e históricas, por un evento fortuito que me ocurrió mientras estudiaba en la universidad.

Quienes se formaron, como yo, en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la San Martín durante los años noventa, cuando estaba en Jesús María, recordarán que toda la esquina de las avenidas Brasil y Bolívar estaba ocupada por una cafetería muy conocida, llamada Di Romeo Caffe, que para nosotros era simple y llanamente “El Romeo”. Su salón de estilo tradicional -como el Rovegno o el Berisso- nos servía tanto de sala de reuniones para planificar trabajos de grupo como de centros de conciliación y resolución de conflictos de incipientes parejas, en medio de las clases.

En una ocasión, estábamos yo y una compañera de aula tomándonos un café y disfrutando de una deliciosa tartaleta de fresa, uno de los clásicos del Romeo. En medio de nuestra animada charla, que tenía de esto y de aquello -parafraseando a Denegri-, comenzamos a intercambiar pareceres respecto de un trabajo que nos habían dejado acerca del racismo en el Perú. Corría el año 1994 si mal no recuerdo, ambos apenas acabábamos de cruzar la barrera de los veinte años. De repente, un señor mayor sentado en una de las mesas contiguas pidió, muy educadamente, permiso para conversar con nosotros. Era Isaac Humala Núñez, ideólogo absoluto del etnocacerismo.

Nosotros no teníamos idea de quién era, pero sonaba muy solvente en el tema. Se presentó como abogado y profesor de San Marcos, lo cual abrió más nuestro interés. En pocos minutos, nos habló, por supuesto, de Andrés Avelino Cáceres, del regreso del inca y de la división de las razas. En lo personal, recuerdo que nos impactó mucho, intelectualmente, su uso del término “cobrizo” para describir la raza andina y, desde ese momento, lo incorporé a mi bagaje de conversaciones sobre el tema, en casa y entre amigos.

Al provenir yo de una familia clasemediera limeña, marcada por la fuerte influencia de mi rama paterna afroperuana que ostentaba un profundo e histórico talante discriminador hacia lo indígena, del cual ya me había distanciado hacía tiempo, la descripción me pareció pertinente, precisa y respetuosa. Y ella, cuya procedencia familiar y nivel socioeconómico estaba unos escalones más arriba, también reaccionó positivamente a aquello de lo cobrizo aplicado a la raza india nacional.

Como estudiantes de pregrado de miras elevadas y con algunas lecturas encima, de inmediato entendimos que, más allá de las evidentes excentricidades de su pensamiento, muchas de las cosas que nos dijo tenían un profundo sentido. Tanto así que lo comprometimos para que, al día siguiente, en el mismo café, nos reuniésemos nuevamente, esta vez para entrevistarlo. Cosa que hicimos, con mucho entusiasmo, en el Romeo. Hasta hace unos años, antes de las múltiples mudanzas que hemos tenido, rodaba entre mis cajones un viejo cassette Samsung, esos de etiqueta blanquinegra, de los más baratos, con la voz grabada de Isaac Humala explicándonos sus teorías que navegaban entre lo historicista, los sociológico y lo genético.

Como ocurre con todas las posturas ideológicas no convencionales que pueden llegar a sonar un poco locas, había mucho de romántico y utópico en ese discurso nacionalista, características suficientes para impresionar a dos jóvenes idealistas, con nula experiencia política y un mundo por descubrir. En aquellas grabaciones, el patriarca de los Humala incluso nos habló de sus hijos, de cómo los había formado académica y militarmente para que cualquiera de ellos esté en capacidad de asumir la Presidencia del Perú y hacer realidad el sueño etnocacerista.

En el 2000, Ollanta y Antauro lideraron una rebelión en Locumba (Tacna), en medio de una cadena de hechos que terminaron con la caída del fujimorato. En el 2006, como ya dijimos, postuló en las elecciones generales, en las que también candidateó su hermano mayor, Ulises. Y cinco años después, en el 2011, llegó a Palacio de Gobierno ganándole en segunda vuelta a Keiko Fujimori, la primera de sus derrotas. Pero lo que parecía ser el anhelo cumplido de nuestro amigo don Isaac terminó en una trama tragicómica con su hijo apodado “Cosito” y su rebelde hermano acusándolo de traidor. Las cosas no podrían haber salido peor para las bases fundacionales del etnocacerismo.

Sin embargo, con Ollanta desprestigiado y con el apoyo de su padre, fue Antauro quien asumió la conducción de ese proyecto, aunque ciertamente con un talante mucho más errático y atolondrado que tuvo su génesis antes de la llegada al poder de su hermano, tras los hechos mortales del 2005 de aquel levantamiento conocido como “El Andahuaylazo”. Hoy, luego de casi dos décadas en prisión por ese nuevo intento de rebelión, Antauro y sus huestes etnocaceristas siguen animando la esmirriada escena política local, con estas apariciones que van de la polémica al estigma, de intenciones provocadoras que suelen chocar con sus propias inconsistencias, las mismas que aprovechan sus adversarios para ridiculizarlo más de la cuenta.

A la luz de los hechos, es muy poco lo que se puede rescatar del pensamiento de Antauro Humala, aunque la podredumbre de nuestro sistema partidista exija a veces posturas frontales que dejen atrás la falsa diplomacia y encaren las cosas con ese nivel de agresividad e indignación. Todo lo que vivimos aquel lejano 1994 ha desaparecido: la prédica de don Isaac, hoy de 95 años, ya no alcanza para convertirse en un proyecto real. Ollanta está en la cárcel y Nadine en Brasil bajo la protección de su primer mandatario, Lula. Y Antauro busca reposicionarse a través de su apoyo a Roberto Sánchez, mientras que el líder de Juntos por el Perú, después de utilizarlo para captar a sus correligionarios, ahora intenta hacerlo disimuladamente a un lado.

Mi compañera y yo, casados desde hace doce años, los primeros en escuchar la palabra “etnocacerismo” -después de los alumnos de Isaac Humala en San Marcos y, por supuesto, de su esposa e hijos- siendo aun pueriles estudiantes de comunicaciones, hemos visto la decadencia de la política nacional, del periodismo y del nacionalismo humalista, así como la desaparición de aquellos espacios en que lo conocimos de casualidad.

La esquina de Brasil con Bolívar es ahora un polvoriento tragamonedas con el Romeo sobreviviendo como una fondita casi invisible, de minúscula puerta engullida por los huachafos colores amarillos, turquesas y verdes de las paredes desgastadas por el sol de ese casino, símbolo del despilfarro y el pensamiento mágico. Y la antigua facultad de la Brasil fue demolida hace unos meses para poner en su lugar un inmenso proyecto inmobiliario, actualmente en etapa de excavación, símbolo de la tugurización vertical de nuestra ciudad.

[OPINIÓN] Perú camina otra vez sobre el filo de la navaja. El próximo 7 de junio, el país definirá su destino en una de las finales más ineditas de su historia. En un rincón, Keiko Fujimori, la candidata perpetua de la derecha dura, que busca, en su cuarto intento, sacudirse el estigma del apellido. En el otro, Roberto Sánchez: el hincha de Unión Huaral, psicólogo de izquierda con experiencia como funcionario público, que, hasta hace semanas, era un nombre en la lista de «otros» y hoy es el hombre que tiene en jaque al sistema.

​Un sistema roto por diseño
Cuando todos daban por clasificado a Rafael López Aliaga, la ola del «Perú profundo» empujó al Huaralino Roberto Sánchez del sexto al segundo lugar. El margen fue de infarto: apenas 13,000 votos (un 0.15%) le arrebataron el sueño a la ultraderecha y a una parte de la elite empresarial.

​El dato que debería quitarle el sueño a ambos candidatos es el «Partido del Desencanto»: 2.4 millones de peruanos (15.5%) votaron en blanco o nulo. No hay ganadores entusiastas, solo sobrevivientes de un naufragio.

La guerra de las cifras: Un empate de miedo
​Las encuestas actuales dibujan un escenario de paridad, pero con tendencias opuestas. IEP pone a Sánchez ligeramente arriba (50.8% vs 49.2% en votos válidos), mientras que Ipsos marca un empate clavado en 38%.

​Sin embargo, el diablo está en los detalles. Mientras Keiko ha logrado «suavizar» su rechazo (bajando del 59% al 48% de antivoto), Sánchez está experimentando el rigor de la luz pública: su rechazo subió del 39% al 43% en tiempo récord. El miedo al «salto al vacío» está despertando en el electorado urbano. Su geografía es su fortaleza y su jaula: arrasa en el sur y el centro, pero se desploma en Lima con un 22%. Y la historia puede ser cruel en el Peru, sin la capital, la banda presidencial es muy difícil de lograr.

GANARSE A NIETO ESTA DIFICIL
​Para ganar, Sánchez tiene que dejar de hablarle solo a los convencidos. O buscar una alianza con la izquierda perdedora de la elección. «7 enanos no hacen un gigante» dice un poderoso libro de autoayuda empresarial. Su «techo» de izquierda ya se 😭 alcanzó; ahora necesita pescar en aguas ajenas.

Su única vía es una coalición con el centro moderado: buscar los votos de Jorge Nieto y el progresismo institucional de fuerzas como Marisol Perez Tello y el Movimiento Obras.

Jorge Nieto forjado en la asesoría política en México y en el trabajo con ex Presidentes en la UNESCO, tiene claro su rol. Ser un péndulo sin alineamiento definido, fortaleciendo alianzas exclusivamente parlamentarias, que es lo que cuenta en la política real.

Además un dato clave: más o menos 50% de los jóvenes que votaron por el sol, tienen familias que votaron por López Aliaga. Son de centro derecha. Y otro segmento proviene de sectores progresistas y urbanos, como en Arequipa. Nieto no puede correrse a la izquierda radical con Venceremos. Si no se queda en el Centro, usando pincel a dos manos, se hace el Harakiri. Quién es su aliado con un público electoral similar? El Movimiento Obras, cuyo Secretario General ha trabajado con el en el Ministerio de Defensa en el gobierno de PPK. Serían el fiel de la balanza en el Senado, que hoy por hoy es lo que cuenta.

CIRUGIA PARA UN GOBIERNO QUE GOBIERNE
Para Sanchez ​su reto es cirugía con laroscopia: convencer a una parte de los 2 millones de Limeños que no votaron o votaron blanco a irse con JP. Igual fueron 24% en todo el Peru ME. Para los,votantes urbanos, debe plantear que él es el «riesgo controlable» frente a la continuidad del Pacto Legislativo del Fujimorismo. Para otros, votantes rurales, que el olvido de siglos será revertido con una profunda transformación.

​Sánchez sabe que la CONFIEP y los gremios mineros no van a votar por él, así que su estrategia no es convencerlos, sino contenerlos. Cuestión de hechos y no palabras. Su narrativa debe virar hacia un pragmatismo frío: formalización tributaria, shock de inversiones con resultados sociales en las regiones, reforma radical de la salud y la educación, impulso a las MYPE , a la vital Formalización de la Minería de Oro, alianzas con el sector agro exportador con impulso decidido al sector y acuerdos para mejorar las condiciones laborales de esa industria.

​La hora de la verdad en el Día de la Bandera
​El 7 de junio, día de la Bandera, no se elige solo un presidente, se elige un modelo de supervivencia de la democracia y del país.

Sánchez tiene la oportunidad de su vida, pero también un límite de cristal a los cambios que exigen sus electores. La pregunta es si sabrá romper el vidrio , sin cortarse las manos en el intento. Creería qué si se puede. Si sigue los mandamientos de este Catecismo.

[PUNTO CRÍTICO]  No dudo de que hay personas que realmente creen que ha habido fraude. Su juicio simplemente no pudo contra la avalancha mediática de mentiras. Tampoco dudo que hay personas inteligentes que claramente saben que no lo hubo, pero pretenden que sí para rehacer total o parcialmente las elecciones. Pero hay un grupo que es bien curioso, y que estuvo muy presente también en la campaña fraudista de Keiko Fujimori de hace cinco años. Estoy hablando de personas que, cuando te están dando las supuestas pruebas de que hubo fraude mezclan, en la misma discusión, afirmaciones acerca de lo terrible que sería un gobierno de Roberto Sánchez. Por un lado, critican a Piero Corvetto como si fuera un gran estratega que planeó todo, pero al mismo tiempo se burlan de él por incompetente y, en el mismo aliento, señalan cosas horribles de Antauro Humala (todas ciertas probablemente), y también que Sánchez va a destruir la economía (no dudo de que si tuviera el poder en el congreso lo haría). Pero, al tener estos argumentos mezclados como si fueran todos evidencia del fraude, lo que te están diciendo básicamente es que lo mejor para el Perú es mentir y hacer como si sí lo hubiera habido. Entonces, resulta que si tú señalas que no hay evidencia de fraude, estás apoyando a Sánchez y todo el mal que podría traer Sánchez sería tu culpa. Claramente el argumento está mezclando cosas. Es como si yo reclamara que una lotería es fraudulenta solo porque el ganador va a hacer cosas que no me gustan con la plata que ha ganado.

Algo curioso de estas discusiones es que ocasionalmente brotan extraños momentos de claridad. A veces pasa que, cuando un fraudista te da una supuesta evidencia del fraude (por ejemplo, que las mesas rurales no existen), y tú le respondes que eso es algo que se viene haciendo en el Perú desde hace años, de pronto surge un silencio, como si el aire se hubiera detenido, y en un arrebato de intimidad te dicen: “¿Pero realmente quieres que este huevón sea presidente?” Entonces ahí te das cuenta de que, cuando estos fraudistas se detienen a pensar, se dan cuenta de que en realidad no ha habido un fraude. Y que en realidad están mintiendo. Pero nadie quiere admitir para sí mismo que es mentiroso. Mamá siempre nos dijo que somos buenos y puros de corazón. Este conflicto cognitivo hace que el momento de lucidez se pierda rápidamente. La luz de sus ojos se apaga, y comienzan a repetir de nuevo la misma letanía: “No, es que en realidad las mesas de código 9000…” Este deseo voluntario por tener la mente confundida es la peor herencia que nos están dejando los Trumps, los Mileis y los Aliagas.

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas.
Fuente de la imagen: https://www.telegraph.co.uk/news/science/8327304/AAAS-Out-of-body-experiences-are-just-the-product-of-a-confused-mind.html

[Migrante al paso] Alguna vez han estado en el tráfico, apurados, sudando por el calor, con ruido por todos lados y faltas de tránsito en cada cuadra. De pronto escuchas gritos furibundos y desaforados desde un carro vecino. Siempre pensaba: hay que estar loco para perder así la calma. Resulta que esta semana yo fui esa persona, y en más de una ocasión. El estrés contenido y mal canalizado se traduce en ira incontrolable, como si algo te poseyera, y las decisiones siempre terminan siendo equivocadas. Tomé la decisión de evitar manejar y, en dos días, mi ánimo cambió. Iba calmado, trabajando mientras llegaba a mi destino, sin irritabilidad. Eso hizo que hasta el ambiente laboral cambiara: todo comenzó a ordenarse y la calma primaba. Nada mejor que la calma para un negocio, y eso que solo pasaron dos días. El ambiente ya está bastante tenso como para añadirle la furia ocasionada por el tráfico. Es una lástima que, por la corrupción que nos rodea, no contemos con un sistema de transporte decente que solucionaría una gran cantidad de problemas para todos.

Soy un viejo de 32 años que, lamentablemente, no ha trabajado mucho en su vida. Ahora mi vida está girando en torno a mi centro laboral y no tengo el entrenamiento necesario para soportar lo que implica gestionar un negocio. Poco a poco, todo va encajando y, con orden, se vuelve más ligero. Siempre digo que perdí diez años de mi vida pasando de universidad en universidad en lugar de comenzar a trabajar desde más joven, pero es simplemente una queja sin sustento. Todo lo que aprendí en esos años de estudios inconclusos y viajes locos y aventureros en soledad me hicieron quien soy. Sin esa experiencia, probablemente sería alguien frustrado por no haber hecho lo que quiso en su juventud. Vale recalcar que aún no acaba. Planeo que el pico de mi juventud sea el día de mi muerte, y así les dejo un poco de delirio inculcado por los animes.


Mientras iba calmado en el tráfico sin manejar, entraba a ver noticias. Bueno, ya no sé si llamarlo noticias. Si el Perú está dividido entre los seguidores de Willax y los de La República, es fácil entender por qué estamos tan mal. Con todo respeto a los periodistas veteranos, ambos medios han caído en picada al mismo nivel. Ahora parecen más youtubers, sin faltarle el respeto a esa profesión, porque muchos la menosprecian, pero requiere un enorme trabajo y dedicación. Cuando las opiniones y las noticias están así de sesgadas, creo que es mejor omitirlas. La noticia, la investigación y la opinión dejaron de ser protagonistas en esos canales, cediéndole el puesto a quienes las cuentan. Como ese es el caso, no me aportan nada, ya que todo lo dicho en esos medios tiene un público objetivo de seguidores que solo quieren escuchar lo mismo y encontrar a alguien que reconfirme sus opiniones y posturas. Es decir, mentalidades débiles que necesitan seguir como mascotas de profesor a esos señores y señoras. Antes renegaba al respecto; ahora me di cuenta de que dejar que me moleste solo me afecta a mí, así que prefiero ser indiferente. No aportan a liberarme del estrés que me ha estado envolviendo. Lo bueno es que, transportándome sin manejar, por lo menos puedo pensar. Si vivimos en el caos en el que estamos, es normal ver actitudes desmedidas y molestia por todos lados, todo porque la gente no tiene tiempo ni para pensar, y eso no es su culpa.

Todas estas semanas revoltosas y de remolinos mentales, donde no podía dejar ir el más mínimo inconveniente, extrañaba a mi ya fallecido psicoanalista. Me gustaría conversar con él; lamentablemente, no puedo. Solo me queda recordar sus consejos e incluso sentía como si me los dijera en mi mente. Él no perdió la compostura ni siquiera sabiendo que iba a morir; yo no puedo darme el lujo de perder el control por nimiedades. Siempre me decía que, en tiempos donde el miedo es constante, las personas tienden a agruparse y arrimarse a bandos donde se sientan más cómodos, por afinidades de ideología y principios. Sin embargo, dudo que existan dos personas que piensen exactamente igual. En mi caso, soy un disidente y llevar la contra es mi naturaleza. Por más miedo que tenga, no me voy a arrimar como conejo asustado a una trinchera donde la opinión de otros me dé comodidad; prefiero quedarme con mi bando de uno. No solo por rebelde, también por mi bienestar emocional y porque, si lo hiciera, me sentiría un cobarde.

Al final, creo que todo se resume en aprender a convivir con el ruido sin dejar que el ruido se convierta en uno mismo. El tráfico, la tensión, los gritos, las noticias hechas para enfurecer y los problemas que se acumulan como platos sucios en una cocina durante hora punta no van a desaparecer mañana. El caos seguirá ahí, esperándome apenas salga a la calle o abra el celular. Pero tal vez la verdadera diferencia está en decidir cuánto espacio permito que ocupen dentro de mi cabeza. Porque cuando uno vive constantemente irritado, el mundo entero se vuelve un enemigo y cualquier pequeño inconveniente parece una amenaza personal. Y así, poco a poco, uno termina agotado, vacío y desconectado de sí mismo. Quizá crecer no sea volverse más fuerte ni más duro, sino aprender a conservar la calma en medio del desastre. Pensar antes de reaccionar. Respirar antes de explotar. Y entender que la paz mental también es una forma de resistencia.

 

[EL DEDO EN LA LLAGA] Éste es un episodio muy poco explorado de la historia musical del Sodalicio de Vida Cristiana, donde el protagonista fue Eduardo Gildemeister (1962), un cantautor católico ahora casi olvidado, con un epígono cuyas canciones, compuestas dentro de los lineamientos que planteara Gildemeister, nunca llegaron a hacerse públicas: Martín Scheuch, yo mismo, quien escribe estas líneas.

Hay varias coincidencias entre Gildemeister y yo. Ambos teníamos la misma edad; ambos fuimos miembros del Sodalicio de Vida Cristiana; ambos teníamos una fuerte sensibilidad social; ambos compusimos canciones de resonancia poética; ambos bebimos de las mismas fuentes: Víctor Jara, Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y otros. Pero lo que pudo devenir en una amistad sincera y una intensa colaboración nunca llegó a concretarse. De este modo, el movimiento musical propuesto por Gildemeister, centrado en una canción cristiana de raíces humanistas, no llegó a perdurar y terminó evaporándose en el fluir de los años, como un fantasma de esperanzas germinales que se truncaron definitivamente con su muerte temprana a la edad de 47 años.

Para ponernos en contexto hay que retroceder en el tiempo hasta la primera mitad de los años ochenta. Yo ya entonces vivía en comunidades sodálites y había comenzado a componer canciones de influencia folclórica, principalmente andina, para el grupo musical emblema del Sodalicio, Takillakkta, fundado en 1983 conmigo en la guitarra, Alejandro Bermúdez en las zampoñas, Ricardo Trenemann en el charango y Pepe “Mario” Quezada en el bombo. Aunque habíamos adaptado melodías del repertorio andino latinoamericano con nuevas letras de contenido cristiano, yo había comenzado a componer con melodías originales y textos adaptados o también propios. Se trataba de canciones de propaganda católica pensadas como instrumentos de proselitismo y evangelización.

Siendo un aniversario del Sodalicio —que se celebraban cada 8 de diciembre—, durante la reunión de confraternidad posterior a la Misa, realizada esta vez en una casa de campo en Ñaña (localidad situada a unos 25 km al este de Lima), Eduardo Gildemeister comenzó a interpretar, acompañado de su guitarra, algunos temas que él mismo había compuesto. Eran canciones que se enmarcaban dentro del estilo de la Nueva Canción Latinoamericana.

Luis Fernando Figari, fundador del Sodalicio, consideró que “Lalo” —como lo llamábamos coloquialmente a Eduardo— podía ser, al igual que Takillakkta, un “instrumento de evangelización”. De este modo, desde 1984 y hasta en diez ocasiones, hubo en los Convivios, congresos de estudiantes católicos que organizaba el Sodalicio, una doble presentación de Takillakkta junto con un recital de Eduardo Gildemeister.

Mientras que las canciones de Takillakkta tenían un mensaje religioso explícito y pretendían ser de corte folclórico andino, los temas compuestos por Gildemeister buscaban transmitir una vivencia cristiana de manera más soterrada, íntima, sin enunciados doctrinales explícitos. Eduardo bautizó ese estilo con el nombre de “Nueva Gesta”, como una especie de contrapunto a la “Nueva Trova” de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, muy popular entonces entre jóvenes universitarios.

Hubo también en ese entonces una canción del repertorio de Takillakkta, carente de originalidad musical, compuesta por Pablo Pilco, integrante del conjunto durante un breve período de tiempo, que se intitulaba Nueva Gesta.

La primera parte de la canción decía así:

Somos convocados
a una gesta que ha llamado el Señor
como monjes y soldados
en el mundo de hoy.

Evidentemente, se entendía la Nueva Gesta dentro de las coordenadas del pensamiento sodálite.

Con el tiempo, Lalo logró juntar a un grupo de músicos que le acompañaban profesionalmente durante sus presentaciones en vivo, las cuales se realizaban en universidades, colegios, parroquias y centros culturales. Algunas fuentes señalan que llegó a componer unas 200 canciones, la mayoría de las cuales nunca se hicieron públicas.

En los ochenta se publicaron cinco álbumes suyos en cassette, a saber:

  • Nueva Gesta
  • Personajes
  • El combatiente
  • Gesta de valientes
  • La misa latinoamericana

Ninguno fue remasterizado ni reeditado oficialmente en CD.

En el año 2001 el sello IEMPSA (Industrias Eléctricas y Musicales Peruanas S. A.) le publicó el CD recopilatorio “Que levante la esperanza”, hasta el momento su único álbum disponible en plataformas digitales.

Debo reconocer que el estilo de componer de Gildemeister influyó enormemente en mi manera personal de componer canciones. La idea de cifrar poéticamente ciertos temas y sugerir a través de imágenes simbólicas lo que no se quería expresar directamente me pareció una buena idea. Así como Eduardo Gildemeister tomaba experiencias personales para convertirlas en canciones, de manera un poco distinta mis canciones comenzaron a nutrirse de mi propia experiencia personal y tocar profundidades poco visitadas. Fruto de eso fueron muchas canciones mías que nunca fueron interpretadas en público. Mis primeras canciones que podrían enmarcarse dentro de la Nueva Gesta fueron grabadas por Takillakkta: “Cadáver ayacuchano”, “Viento en Ayacucho”, “Trabajando” y “El pueblo que canta (No queremos los aplausos)”.

Sin embargo, otras canciones mías compuestas en los ochenta nunca llegaron a grabarse, porque Figari —quien era en el Sodalicio la última voz respecto a lo que les era permitido publicar musicalmente a los miembros de comunidades sodálites— o no las entendía, o no las consideraba aptas para ser interpretadas por Takillakkta. Temas que compuse en los ochenta (“Ciudadano de los reinos malditos”, “El vigilante”, “La guitarra rota”, “La barca de Caronte”, por mencionar algunos) nunca vieron la luz.

En 1989 yo fui separado de Takillakkta, y el hecho de componer se convirtió en una actividad personal íntima. Componía para mí y ya no para estar al servicio del lenguaje ideologizado de Figari, que éste quería que transmitieran las canciones. E incluso tuve la intención de ponerme en contacto con Gildemeister para un proyecto conjunto, cosa que nunca llegó a concretarse.

Lamentablemente, los esfuerzos de Eduardo se concentraron principalmente en sacar adelante sus propios temas y el proyecto de la Nueva Gesta nunca llegó a plasmarse en un movimiento, un número significativo de cantautores que fueran una alternativa a las canciones politizadas de otros movimientos musicales, muchas veces con valores ajenos a los cristianos. El nombre de Nueva Gesta se redujo a ser el título del primer cassette que sacara Eduardo y, eventualmente, del grupo de músicos que lo acompañaban. Eduardo tenía un carácter muy reservado, y nunca quiso o pudo (no lo sé) asumir el liderazgo dentro de la corriente musical que había creado.

El 17 de julio de 2010 falleció inesperadamente. Si bien padecía ya desde hace algún tiempo de una extraña enfermedad, su muerte fue imprevista y me causó una profunda impresión. No obstante que nuestros caminos se cruzaron en varias ocasiones y su manera de hacer música tuvo una influencia decisiva en mi manera de componer canciones —cosa que le agradezco enormemente—, nunca llegamos a cultivar una amistad cercana, aunque en algunas ocasiones durante la década de los ochenta nos encontramos en el escenario, cuando a Takillakkta le tocaba presentarse en la misma ocasión que él.

Guardo de él un recuerdo como de un hombre bueno, de mirada sincera y soñadora, de carácter sencillo y conciencia recta. Tenía un profundo mundo interior que plasmó en sus canciones. Si bien estaba afiliado al Sodalicio de Vida Cristiana, nunca dejó que el lenguaje estereotipado ni los clichés musicales presentes en las canciones surgidas en el seno de esa institución conservadora católica influyeran en las letras de sus canciones ni en su estilo musical. La sustancia de sus canciones provenía de su propia experiencia de vida, abierta a los detalles humanos de los acontecimientos cotidianos, y fue ajena a cualquier contenido ideológico.

Pocos días después de su muerte me vino la inspiración para componerle una canción de homenaje, expresando lo que significó para mí su breve paso por la vida. Una canción que también forma parte de la Nueva Gesta.

LA MUERTE DEL BARDO

yo qué sé
por qué el árbol se muere de pie
y el cantor tiene que padecer y caer
y dejar una estela fugaz en la sal
que amortaja la mar

yo qué sé
por qué sigo viviendo y no él
por qué sigo cantando en la piel del ayer
madurando recuerdos de cal y de arena
en mi soledad

sólo sé
que no hay cartas para el coronel
capitán que se hundió en su bajel
y aún me duele
y me cuesta entender

dónde vuelan sus manos aladas
dónde trinan sus cuerdas calladas
dónde está su mirada
dónde su voz

donde juega sus fichas marcadas
el destino que me sabe a nada
dónde está su calzada

que quiero andar
y caminar
y luchar por la verdad
codo a codo trabajar
ser heraldo de la paz
como el bardo en su cantar

yo qué sé
por qué el cielo parece al revés
cuando el ángel cosecha la mies y tal vez
sea sólo su muerte anunciada que yerra
de hora y lugar

yo qué sé
por qué al fin tuvo que suceder
ni siquiera era tarde en su sien y se fue
a poblar con su ausencia cansada las calles
de otra ciudad

sólo sé
que el amigo del amanecer
no verá a sus retoños crecer
y eso duele
y cuesta entender

dónde sueña su gesta encantada
dónde canta el amor a su amada
dónde está su guitarra
dónde su adiós

dónde hilvana su última historia
dónde araña el dintel de la gloria
dónde está su memoria

que quiero andar
y caminar
y luchar por la verdad
codo a codo trabajar
ser heraldo de la paz
como el bardo en su cantar

De este modo, una historia que pudo haber dado buen fruto, terminó marchitándose, como muchas de las historias que germinaron en el jardín contaminado del Sodalicio.

[INFORME] José María Balcázar recibe en el despacho presidencial a un empresario que fue condenado por sobornar a exalcalde de Chiclayo y obtener una licitación. El encuentro se produjo en un contexto en el cual este empresario le exige a la justicia salir del Registro Nacional de Sanciones contra Servidores Civiles.

Han pasado casi tres meses desde que, producto de una de las tantas crisis que atravesó la política nacional en el último tiempo, José María Balcázar dejó su lugar en el parlamento y se instaló en Palacio de Gobierno para emprender un nuevo capítulo en su trayectoria que, probablemente, ni él mismo se lo imaginaba.

Pero si algo ha caracterizado a la gestión Balcázar es, sin duda, que optó por un perfil muy distinto del que mostraron sus más recientes predecesores. El congresista de Perú Libre parece no estar preocupado por agradar en redes sociales, como ocurría con José Jerí, ni busca constantemente los aplausos de las bancadas más poderosas del hemiciclo, algo que sí era una prioridad para Dina Boluarte.

Sin  embargo, aunque el gobierno busca un perfil bajo e intenta ser tan silencioso como le resulta posible, en los pasillos de Palacio de Gobierno se escuchan pasos de personajes que están lejos de contribuir con esa quietud y, por el contrario, resultan escandalosos por sus antecedentes.

VISITA DE UN CONDENADO

José María Balcázar llegó a la presidencia en un contexto muy particular. Por un lado, la mirada política de la mayoría de partidos, y bancadas, estaba puesta en el proceso electoral y, además, asumió el cargo en un momento en el cual su bancada, la de Perú Libre, se encontraba diezmada y lejos de tener claro un proyecto político.

Este inusual escenario para un mandatario lo ha llevado a buscar posibles aliados y el lugar ideal para encontrarlos parece haber sido su natal Cajamarca. Los registros de visitas del despacho de Balcázar demuestran que, desde que asumió el cargo, diversas autoridades y líderes de esta región.

Pero entre estos visitantes no han faltado algunas sorpresas muy desagradables. Por ejemplo, el pasado 13 de marzo, cuando no se había cumplido ni un mes de la llegada de Balcázar Zelada a Palacio de Gobierno, el despacho del presidente abrió sus puertas para una reunión de trabajo con Ángel Salvador Espinoza Castro.

Pero Ángel Espinoza Castro no es un desconocido. Hace menos de diez años supo ocupar las páginas policiales luego de verse involucrado en un pago de sobornos al exalcalde de la Municipalidad Provincial de Chiclayo, David Cornejo Chinguel, para que este interceda en favor de la empresa de Espinoza Castro en una licitación del año 2017.

Sudaca pudo revisar los documentos de este caso en los cuales se detalla que este empresario que hoy visita Palacio de Gobierno para reunirse con el presidente Balcázar entregó cuarenta y seis mil soles al entonces alcalde de Chiclayo para que su consorcio, Llantas Sudamericanas, se adjudique la licitación correspondiente a la adquisición de neumáticos para la flota vehicular de la Municipalidad Provincial de Chiclayo.

Cuando los involucrados, entre ellos Ángel Espinoza, vieron que la posibilidad de pisar una cárcel era una posibilidad optaron por el recurso de terminación anticipada con el cual podían evadir una condena de prisión efectiva si aceptaban haber cometido los delitos que se les imputaban.

Las consecuencias para Espinoza Castro por haber recurrido a estas maniobras ilícitas con tal de obtener una licitación para su empresa fueron una sentencia por el delito de cohecho activo por lo cual se le condenó a dos años y tres meses de pena privativa de la libertad y el pago de cuarenta mil soles bajo el concepto de reparación civil.

¿AYUDA PRESIDENCIAL?

Luego de verse involucrado en un caso tan grave que incluso terminó exponiendo muchos más casos de corrupción durante la gestión de Cornejo Chinguel en Chiclayo, para más de uno resultaría lógico que los involucrados no vuelvan a estar involucrados en procesos de licitaciones públicas.

Pero esto no es lo que piensa Ángel Espinoza Castro. Tras librarse de una condena efectiva, este empresario quiere volver a ser considerado para contratos con el sector público y viene exigiéndole a la justicia que su nombre se retirado del Registro Nacional de Sanciones contra Servidores Civiles.

Es en este contexto en el cual Espinoza viene pidiéndole de forma insistente a la justicia que borre su nombre de esta infame lista, con lo cual podría volver a participar de licitaciones o trabajar para el sector público, que el condenado empresario tuvo esta “reunión del trabajo” con el actual presidente. Casualmente, el mismo día que Ángel Espinoza Castro visitó el despacho presidencial ,se reiteró el pedido para que el juzgado de la Corte Superior de Justicia de Lambayeque atienda la exigencia de Espinoza.

Otra sorprendente coincidencia de dicha “reunión de trabajo” es que el encuentro entre el empresario condenado por pagar un soborno y el presidente Balcázar tuvo lugar a poco más de una hora del viaje del mandatario a Lambayeque, donde se podría resolver el pedido de Espinoza Castro sobre su salida del Registro Nacional de Sanciones contra Servidores Civiles.

Pero queda un dato más a tener en cuenta sobre esta sospechosa reunión. En ella no sólo participaron José Balcázar y Ángel Espinoza. Como se pudo observar en la imagen anterior de la agenda presidencial, en este encuentro también se encontraba José Carlos Quiroz Calderón, miembro de Somos Perú y actual alcalde provincial de San Miguel (Cajamarca).

José María Balcázar parece alejarse de los reflectores tanto como sea posible. Sin embargo, este tipo de reuniones en el despacho presidencial invitan a creer que este bajo perfil no es para buscar estabilidad sino para evitar que la atención esté puesta en este tipo de encuentros muy cuestionables que ocurren en Palacio de Gobierno.

 

[Música Maestro] En la vigésima quinta edición del Coachella Valley Music and Arts Festival, el espíritu rebelde del rock volvió a acaparar reflectores, gracias a una banda cuya participación rompió con la actual superficialidad de este megaconcierto que se realiza desde 1999 en la localidad de Indio, California. Y no por la expectativa que había ocasionado su regreso al famoso campo de golf después de quince años y con nuevo disco, sino porque hicieron, en su segunda presentación, una declaración política que los puso en el centro de la atención mundial por su valentía y pertinencia.

El festival fue, durante sus primeros años, un espacio donde la irreverencia y la innovación musical ajena al mainstream tuvieron preeminencia, sea desde el rock alternativo, el rock clásico, el rap o la EDM. Sin embargo, los cambios en la industria musical lo hicieron mutar hasta convertirse en un evento aséptico, colorido y fashion que, en sus últimas versiones, genera más postales de Instagram que momentos contraculturales dignos de recordarse. Por eso, el cierre de The Strokes viene siendo descrito como “una de las actuaciones más importantes y controversiales en la historia de Coachella”.

Como se sabe, el festival se desarrolla siempre en abril durante dos fines de semana y cada día -viernes, sábado, domingo- mantiene el mismo cartel en sus ocho escenarios diferentes, repartidos en la inmensa área dedicada a su organización (más de 300 acres entre escenarios, carpas, zonas de campamento, venta de comida y merchandising, etc.). El quinteto neoyorquino, programado para los días sábado 11 y 18 de abril en el escenario principal, no figuraba como cabeza de serie sino que fueron teloneros de Justin Bieber -por cosas así Coachella ha perdido respeto y credibilidad en ciertos sectores. Conscientes de ello, prepararon una sorpresa que será difícil de olvidar.

El rock del siglo XXI

Quienes solemos vivir aferrados al pasado glorioso del rock, vemos y escuchamos con informada desconfianza casi todo lo que se ha producido en ese terreno desde fines de los años noventa. Tras las oleadas de grunge, indie-rock, nu metal, hip-hop y electrónica, que venían influenciadas por todo lo que se había hecho las tres décadas previas, y sus derivados, desde el indie-pop y el shoegaze hasta el trip-hop y metal progresivo, parecía que nada interesante podría pasar de 1999 en adelante.

Por eso, cuando el sonido distorsionado y nostálgico de The Strokes apareció una vez superado el jubileo del siglo XXI -sin que se cayeran los sistemas informáticos ni colapsara el sistema solar- muchos lo sentimos, en su momento, como una suerte de hype, como se dice actualmente, una moda pasajera de impacto promovido a través de la televisión por cable y validado por la ausencia de bandas que, desde la escena más comercial y accesible, generaran el mismo interés que podía intuirse en otras arenas estilísticas con menores posibilidades de difusión.

Is this it? (RCA, 2001) se colocó de inmediato en un lugar privilegiado de las radios y televisiones rockeras, con esa estética sonora y visual que rendía tributo a un amplio abanico de influencias, desde The Doors hasta The Cars, desde MC5 hasta The Knack, desde The Romantics hasta Pixies. La prensa especializada de la época no tardó en considerarlos la nueva gran promesa del rock norteamericano, a medida que las ventas de ese clásico del recién iniciado siglo subieran como la espuma, gracias a la popularidad de canciones como Someday, Hard to explain y, especialmente, Last nite, con un video que recordaba al legendario programa setentero The Midnight Special. Los muchachos crearon el sonido del rock comercial del siglo XXI, y su influencia se siente hasta el día de hoy.

Una banda nueva con una historia clásica

Para cuando The Strokes llegó al ojo público, todavía eran comunes las historias de bandas que se formaban desde sus años adolescentes, con el ideal de que ese colectivo se convertía en una segunda familia -a veces la única- para jóvenes que soñaban con hacer música sin pretensiones comerciales ni anhelos de fama y fortuna. La leyenda del grupo de desadaptados o inconformes que se juntan para recorrer el mundo con sus guitarras a la espalda en una vieja camioneta y que son casi como hermanos se reflejó en este quinteto de forma muy concreta pero, a la vez, contradictoria con los paradigmas del rock y su proveniencia de estratos socioeconómicos, generalmente, deprimidos y disfuncionales.

Para empezar, sus integrantes se conocen, efectivamente, desde su más temprana infancia. Julian Casablancas (voz), Albert Hammond Jr. (guitarras), Nick Valensi (guitarras), Nikolai Fraiture (bajo) y Fabrizio Moretti (batería) estaban todos ingresando a los veinte años cuando decidieron comenzar a tocar sus canciones en los circuitos de clubes nocturnos de New York. Pero no tenían un origen de clase media o baja. Valensi, Fraiture, Moretti -brasileño de nacimiento- y Casablancas estudiaron en uno de los mejores colegios del alto Manhattan, The Dwight School.

Por otro lado, Casablancas era hijo de un exitoso empresario de la moda y Hammond Jr., de un conocido compositor de origen británico, famoso por haber coescrito recordados hits radiales como Nothing’s gonna stop us now (Starship, 1987), The air that I breathe (The Hollies, 1974), la balada que cantan a dúo Julio Iglesias y la leyenda del country Willie Nelson, To all the girls I loved before (1984) y muchos otros. Ambos coincidieron en un exclusivo liceo de Suiza, Institut Le Rosey, siendo adolescentes, enviados por sus padres y se hicieron muy amigos al ser ellos los dos únicos norteamericanos estudiando en esa zona occidental suiza, conocida como el cantón de Vaud.

2001-2005: Los tres primeros discos

Durante ese periodo, The Strokes sentó las bases para todo lo que vendría después en la escena del rock guitarrero comercial, un sonido que comenzó a rotularse como “revival” –“renacimiento” en español- de géneros considerados muertos como el garage rock o el post-punk, aunque de hecho se les debe relacionar menos con este último estilo, más cercano a la música popular que llegaba desde el Reino Unido tras la asonada punk del periodo 1976-1978.

Después de Is this it? -hasta ahora mencionado entre los mejores álbumes debut de todos los tiempos- llegaron Room on fire (2003) y First impressions on Earth (2005). Aunque esos dos conservaron el aura original del primero, no replicaron su éxito en ventas. Sin embargo, su impacto comercial sembró la semilla para toda una ola de grupos, encabezada por The Killers, Arctic Monkeys, Kasabian, Franz Ferdinand, entre otros, quienes hasta ahora los reconocen como su principal inspiración. Dicho eso, es necesario resaltar que no fueron los primeros, pues detrás de ellos venían otros colectivos como The Jon Spencer Blues Explosion, MGMT, Black Rebel Motorcycle Club o The White Stripes que iniciaron esta subcorriente de rock revisionista gringo, pocos años antes de The Strokes.

Para el oyente promedio, estos tres discos funcionan como unidad, aun cuando ligeras variaciones en intención y desarrollo compositivo ya se pueden vislumbrar en cada listado de canciones. La marca registrada del efecto de distorsión en la voz de Casablancas, sumada a las creativas guitarras de Hammond Jr. y Valensi, intercambiando roles de primera y segunda todo el tiempo, además de una base rítmica maquinal y repetitiva, se estableció como sonido inconfundible. Sin embargo, The Strokes ingresó, tras el lanzamiento del tercer álbum, a una etapa menos estable con lanzamientos erráticos y espaciados en el tiempo.

Un largo hiato de seis años

Entre 2005 y 2011, la carrera de The Strokes se vio perjudicada por distintas situaciones que pusieron a prueba su capacidad de adaptación. En aspectos personales, el alcoholismo de Julian Casablancas y los serios problemas de adicción de Albert Hammond Jr., motivaron que el quinteto tomara la decisión de “descansar por un tiempo”. Alejado de su grupo principal, el vocalista se dio tiempo para lanzarse en solitario con un álbum titulado Phrazes for the young (2009) que, en líneas generales, pasó bastante desapercibido.

Hammond Jr., por su parte, lanzó un par de discos en solitario tras su proceso de rehabilitación, con algo más de suerte que su compañero. Con el tiempo, el guitarrista de padre británico y madre argentina demostró ser quien más producciones individuales lanzaría, en los siguientes periodos de inactividad de The Strokes en los estudios, aunque la banda siguió apareciendo en diversos festivales, lo cual disipaba los rumores de separación que, de cuando en cuando, aparecían en la prensa musical.

Recién el año 2011 vio la luz el cuarto disco oficial de The Strokes, titulado Angles, aun bajo la escudería RCA -distribuida en el Perú por la recordada BMG-, a pesar de que ya Casablancas había fundado su propia compañía discográfica, Cult Records, que se iría encargando progresivamente de los lanzamientos posteriores, tanto de The Strokes como de Albert Hammond Jr., y de su propia banda alterna, The Voidz, con quienes lleva hechos tres discos, con una propuesta cercana a la de su grupo matriz pero con enfoque más centrado en temas políticos (letra) y electrónicos (música), sin desviarse de las guitarras que caracterizan a sus composiciones.

Dos años después de Angles -cuya primera canción se titula curiosamente Machu Picchu, aunque no tiene nada que ver con nuestra mítica ciudadela inca- apareció Comedown machine (2013), su quinta producción de estudio, en la cual volvieron a reforzar su vocación por las melodías más etéreas y el uso de sintetizadores, tocados indistintamente por Casablancas, Valensi y Hammond.

Luego comenzó un nuevo hiato, aun más largo que el anterior, en lo relacionado a grabaciones. Como acto en vivo, The Strokes se dedicó a recorrer el mundo y especialmente Sudamérica, tocando en varias ediciones del Lollapalooza de Chile, Brasil y Argentina. En ese periodo, el quinteto llegó por primera y única vez al Perú, el 2019, en el festival Vivo x el Rock. La banda retornó a los estudios siete años después con The new abnormal (2020), su sexta producción discográfica.

The Strokes en Coachella: Celebrado retorno

La noche del sábado 18 de abril era la segunda para The Strokes en Coachella 2026, arena en la que no tocaban desde el año 2011. Ya la primera, el sábado 11, había complacido a sus fans con una selección de emblemáticos temas y un estreno, Going shopping, adelanto de su séptimo álbum Reality awaits, cuyo lanzamiento oficial será el próximo mes de junio. Las guitarras de Hammond Jr. y Valensi sonaron maduras y controladas, ofreciendo un espectáculo de rock moderno que merecía haber sido cabeza de serie y no plato de segunda mesa.

Luego de hora y media de concierto, las luces se apagaron y detrás de la banda apareció, en las enormes pantallas de alta resolución, una mezquita con sus características cúpulas y minaretes silueteados en incandescentes luces LED. Mientras, Hammond Jr. y Valensi comenzaron la introducción a dos guitarras de Oblivius, uno de los tres temas nuevos que lanzaron en el 2016, en un EP titulado Future present past, en medio de su segundo hiato. De repente, en el momento del coro en que Casablancas -quien viene exponiendo sus opiniones políticas desde hace años, en entrevistas con los filósofos Noam Chomsky y Henry Giroux y, más recientemente, en el podcast SubwayTalks– exclama la frase “what side you standing on?” –“¿de qué lado estás?”- comenzaron a proyectar imágenes de líderes políticos que han sido derrocados por conspiraciones comandadas por la CIA a lo largo de los años.

¿Quiénes aparecieron durante Oblivius?

Es particularmente significativo que el primer personaje en aparecer haya sido Mohammed Mossadegh, quien fuera Primer Ministro de Irán durante el reinado de Reza Pahlavi, el último Sha, derrocado en 1953 por un golpe de Estado apoyado por la CIA y la inteligencia británica. Como sabemos, la hostilidad entre Estados Unidos e Irán está actualmente en boca de todo el mundo por sus implicancias y consecuencias. De todo el mundo menos en el Perú, donde sus candidatos presidenciales se pasaron toda la campaña sin hablar de la coyuntura internacional, como si no estuviera pasando nada fuera de nuestras fronteras.

Desde Salvador Allende, el líder de izquierda chileno que terminó suicidándose durante la invasión del Palacio de La Moneda en 1973, el punto de inicio de la dictadura de Augusto Pinochet, hasta los sospechosos accidentes aéreos que acabaron con las vidas de Omar Torrijos y Jaime Roldós -aunque hubo un error en su apellido, consignado como “Rondos”-, presidentes de Panamá y Bolivia, ambos en 1981. La multitud de Coachella vio también, en pantalla gigante, los rostros del presidente de Bolivia, Juan José Torres, derrocado en 1976 durante la Operación Cóndor; y de Jacobo Árbenz, primer mandatario de Guatemala, sacado por la CIA en 1954 en una serie de eventos que acabaron con él exiliado en distintos países hasta que fue acogido por la revolución cubana de 1959.

Un mensaje potente

Mientras que, en las estrofas, aparecía nuevamente la gigante y luminosa mezquita, símbolo del mundo islámico, durante los coros volvían las alusiones a problemas ocasionados por los servicios secretos estadounidenses. Así, fue el turno del asesinato de Martin Luther King Jr. (1929-1968), uno de los casos conspirativos más famosos y el derrocamiento de Patrice Lumumba en el Congo, orquestado también por la CIA y el gobierno de Bélgica, en 1961. Una foto del histórico abolicionista Frederick Douglass (1818-1895) se unió a las protestas del movimiento Black Lives Matter, cubriendo así las injusticias cometidas contra las poblaciones afroamericanas en un rango de casi 200 años.

Pero lo más impactante llegó a final. Después de mostrar un dato terrible, según el cual más de treinta universidades han sido destruidas en Irán en los recientes bombardeos, la canción acaba con las imágenes de la destrucción de la universidad Al-Israa en Gaza, la última que quedaba en pie en la franja, donde estudiaban cientos de mujeres y hombres palestinos para convertirse en abogados expertos en derechos humanos. El centro de estudios superiores fue tomado por las fuerzas israelíes y demolido en enero del 2024, con el pretexto de ser un refugio para integrantes de Hamas, algo que no ha podido probarse hasta ahora.

Normalmente, son los artistas de la guardia vieja del rock, como Neil Young, Brian Eno o Roger Waters, quienes han levantado su voz frente a los abusos de la política exterior de los Estados Unidos. Por ello, que una banda de ese país cuyos integrantes están apenas por llegar a los 50 años, pase de la metáfora o el sarcasmo habitual a dar una opinión tan clara y contundente es bastante encomiable, sobre todo por las amenazas y ninguneos que esto les puede traer. Con valentía y pertinencia, The Strokes cerró su segunda noche en Coachella 2026 y pasó a la historia moderna del rock and roll.

[OPINIÓN] En 1964, un hombre saltó una reja. No era metáfora. Era literal. Víctor Vásquez, el “Negro Bomba”, irrumpió en el Estadio Nacional con la furia de quien no mide consecuencias. Un impulso. Un acto. Una chispa. El resultado: caos, represión y más de 300 muertos. No fue un líder. Fue un detonante.

Sesenta años después, el país ya no necesita rejas para saltar. Basta un megáfono y una red social.

El nuevo Negro Bomba no invade canchas: invade calles, timelines y cabezas. No corre contra un árbitro: arremete contra cualquiera que no piense como su jefe ocasional. El método cambió; la lógica es la misma: provocar, incendiar, empujar al límite. La violencia ya no es física —aunque coquetea peligrosamente con ella—, pero sí verbal, sistemática y calculada.

Hay uno que se hace llamar “El Profe” —dizque sobre ruedas. Alguien que  afirma, tiene estudios —aunque incompletos en dos universidades—, trayectoria política —aunque con partidos cambiados como camisetas—, y hasta libros publicados —vendidos en buses. Nada de eso deshonra: es historia de vida. Pero tampoco construye un ideólogo. Es el recorrido de alguien que encontró en el conflicto lo que no pudo consolidar por otras vías. Y que, en algún momento, descubrió que el conflicto también se monetiza.

Porque esto no es espontáneo ni pasional. Es un servicio. Ataca a quien le indican, cuando le indican, con la intensidad requerida. La agenda no es suya: es de su jefe ocasional. Él solo pone la voz —y el odio de alquiler.

En política siempre hay operadores. Unos construyen; otros ensucian el terreno. Este pertenece al segundo grupo. No debate: ataca. No argumenta: grita. No construye: dinamita. Y siempre hay alguien arriba que se beneficia del humo.

Pero el problema real no es el personaje. Es el entorno que lo celebra y salta, como conejos.

Ahí aparecen los llamados Porky Lovers. Y es aquí donde el cuadro se vuelve grotesco. Gente con títulos, viajes y biblioteca. Gente que se proclama derecha civilizada, liberal, republicana. Que cita a Dante, pero aplaude el insulto. Que exige institucionalidad con una mano y celebra a quien la dinamita con la otra. No son ingenuos: son cómplices voluntarios. Y lo más grave no es la incoherencia —eso sería tolerable—, sino el entusiasmo con el que difunden cada exabrupto, cada provocación, cada acusación sin sustento. Como si la cultura fuera adorno y la política, barra brava.

Son groupies con vocabulario técnico. Idiotas útiles con ínfulas de analistas. Y su jefe los merece.

Porque el jefe tampoco modera el tono. Ese es el dato que prefieren ignorar: el modelo original es tan agresivo como el imitador —o más. Capaz de insultar en vivo, de atacar a empresarios, periodistas, autoridades o a cualquiera que no le resulte funcional. No es un líder que contenga el caos: lo genera. Y el Profe no lo contradice: lo replica. En menor escala, pero con la misma lógica: incendiar para que otro capitalice.

Un individuo que no trabaja para el Perú ni para Lima. Trabaja para sí mismo.

El paralelo histórico es incómodo, pero inevitable —y más grave de lo que parece. El Negro Bomba del 64 actuó por impulso: era hincha, se exaltó, cruzó una reja. Nadie le pagó. Nadie le dio instrucciones. La tragedia fue real, pero el origen fue humano: pasión desbordada, error, adrenalina. Este Negro Bomba del 2026 no tiene esa coartada. Actúa por encargo. Y eso lo vuelve algo distinto: no es un detonante involuntario. Es un mercenario del caos.

Lo que viene después es peor.

Y mientras tanto, la ciudad: obras improvisadas, conflictos abiertos, demandas internacionales en curso y una gestión que produce más titulares que resultados. Todo envuelto en una narrativa de confrontación permanente, ahora reforzada con el grito de “fraude” para paliar su derrota. Una confrontación que no le sirve a nadie —salvo a quienes pretenden vivir de ella. Vergüenza nacional.

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