Mi historia con el etnocacerismo

Mi historia con el etnocacerismo

No soy influencer ni youtuber. No soy un columnista conocido ni un conductor líder de opinión. Tampoco pertenezco a ninguna familia encumbrada o grupo privilegiado de colegas que, por experiencia, por tenacidad o por alguna casualidad, son hoy muy famosos en la televisión, en la prensa o en redes sociales. Sin embargo, debo ser el primer periodista que alguna vez escuchó la palabra “etnocacerismo”. ¿Quieres saber por qué? Acá te cuento la historia.

[OPINIÓN]  Como todos sabemos, estamos ya en campaña de segunda vuelta. Una campaña deslucida y algo silenciosa, con una eterna candidata haciéndose la muertita para que las profundas grietas de su perfil político, caracterizado por la desconfianza y visceral rechazo que generan, no afloren tan temprano; y un candidato que parece desconectado de su responsabilidad histórica, apareciendo por aquí y por allá -con el Curwen, con José Domingo Pérez- pero sin consolidar un posible triunfo, casi como si no quisiera que pase, además de mostrarse incapaz de hacerse cargo, con responsabilidad y empatía, de un evento luctuoso que involucró directamente su liderazgo.

Las respuestas de Roberto Sánchez Palomino frente a la lamentable muerte del político de izquierda y poeta Dante Castro Arrasco (“Dante Andante” para quienes lo conocían), ocurrida durante las actividades de cierre de su campaña de primera vuelta, no han sido satisfactorias por decir lo menos. Más bien fueron evasivas y hasta irresponsables, como dejan ver los testimonios de los hijos del fallecido candidato al Senado por Juntos por el Perú, quienes han levantado la voz, en medio de su inconmensurable dolor, señalando las inconsistencias en las circunstancias de un hecho que, en un partido político medianamente organizado, habrían estado 100% claras.

Además de ese tema, cubierto por varios periodistas -Pedro Salinas y Juliana Oxenford, solo por mencionar a dos de ellos, les dieron espacios amplios a los deudos- hay otro hecho que marca diferencias entre la notoriedad en medios que viene acumulando Juntos por el Perú frente a la de Fuerza Popular, algo que finalmente es positivo para el amplio sector antifujimorista que está esperando el momento preciso para activarse.

Me refiero a la presencia en diversas entrevistas de Antauro Humala Tasso, líder del etnocacerismo. Fúrico con Milagros Leiva, sarcástico con Rosa María Palacios, nostálgico con Carlos Cornejo, Antauro reacciona según la actitud de su interlocutor con una habilidad y autenticidad de las que otros políticos carecen, independiente de que sus dichos estén en la mayoría de los casos más cercanos del disparate que de cualquier otra cosa.

Pero más allá de la personalidad de Antauro, siempre impredecible, divertida y peligrosa a la vez, sus apariciones han traído de regreso a la esfera pública local una palabra que, seguramente, suena arcana para los votantes más jóvenes: el etnocacerismo. El público peruano consumidor de noticias políticas conoció masivamente este término allá por el año 2005, hace poco más de dos décadas, cuando el hermano mayor de Antauro, Ollanta Humala, anunció su candidatura a la Presidencia de la República, la misma que perdió en segunda vuelta frente a Alan García. Pero yo sabía de la existencia de esta ideología que combina nacionalismo con reivindicaciones étnicas andinas e históricas, por un evento fortuito que me ocurrió mientras estudiaba en la universidad.

Quienes se formaron, como yo, en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la San Martín durante los años noventa, cuando estaba en Jesús María, recordarán que toda la esquina de las avenidas Brasil y Bolívar estaba ocupada por una cafetería muy conocida, llamada Di Romeo Caffe, que para nosotros era simple y llanamente “El Romeo”. Su salón de estilo tradicional -como el Rovegno o el Berisso- nos servía tanto de sala de reuniones para planificar trabajos de grupo como de centros de conciliación y resolución de conflictos de incipientes parejas, en medio de las clases.

En una ocasión, estábamos yo y una compañera de aula tomándonos un café y disfrutando de una deliciosa tartaleta de fresa, uno de los clásicos del Romeo. En medio de nuestra animada charla, que tenía de esto y de aquello -parafraseando a Denegri-, comenzamos a intercambiar pareceres respecto de un trabajo que nos habían dejado acerca del racismo en el Perú. Corría el año 1994 si mal no recuerdo, ambos apenas acabábamos de cruzar la barrera de los veinte años. De repente, un señor mayor sentado en una de las mesas contiguas pidió, muy educadamente, permiso para conversar con nosotros. Era Isaac Humala Núñez, ideólogo absoluto del etnocacerismo.

Nosotros no teníamos idea de quién era, pero sonaba muy solvente en el tema. Se presentó como abogado y profesor de San Marcos, lo cual abrió más nuestro interés. En pocos minutos, nos habló, por supuesto, de Andrés Avelino Cáceres, del regreso del inca y de la división de las razas. En lo personal, recuerdo que nos impactó mucho, intelectualmente, su uso del término “cobrizo” para describir la raza andina y, desde ese momento, lo incorporé a mi bagaje de conversaciones sobre el tema, en casa y entre amigos.

Al provenir yo de una familia clasemediera limeña, marcada por la fuerte influencia de mi rama paterna afroperuana que ostentaba un profundo e histórico talante discriminador hacia lo indígena, del cual ya me había distanciado hacía tiempo, la descripción me pareció pertinente, precisa y respetuosa. Y ella, cuya procedencia familiar y nivel socioeconómico estaba unos escalones más arriba, también reaccionó positivamente a aquello de lo cobrizo aplicado a la raza india nacional.

Como estudiantes de pregrado de miras elevadas y con algunas lecturas encima, de inmediato entendimos que, más allá de las evidentes excentricidades de su pensamiento, muchas de las cosas que nos dijo tenían un profundo sentido. Tanto así que lo comprometimos para que, al día siguiente, en el mismo café, nos reuniésemos nuevamente, esta vez para entrevistarlo. Cosa que hicimos, con mucho entusiasmo, en el Romeo. Hasta hace unos años, antes de las múltiples mudanzas que hemos tenido, rodaba entre mis cajones un viejo cassette Samsung, esos de etiqueta blanquinegra, de los más baratos, con la voz grabada de Isaac Humala explicándonos sus teorías que navegaban entre lo historicista, los sociológico y lo genético.

Como ocurre con todas las posturas ideológicas no convencionales que pueden llegar a sonar un poco locas, había mucho de romántico y utópico en ese discurso nacionalista, características suficientes para impresionar a dos jóvenes idealistas, con nula experiencia política y un mundo por descubrir. En aquellas grabaciones, el patriarca de los Humala incluso nos habló de sus hijos, de cómo los había formado académica y militarmente para que cualquiera de ellos esté en capacidad de asumir la Presidencia del Perú y hacer realidad el sueño etnocacerista.

En el 2000, Ollanta y Antauro lideraron una rebelión en Locumba (Tacna), en medio de una cadena de hechos que terminaron con la caída del fujimorato. En el 2006, como ya dijimos, postuló en las elecciones generales, en las que también candidateó su hermano mayor, Ulises. Y cinco años después, en el 2011, llegó a Palacio de Gobierno ganándole en segunda vuelta a Keiko Fujimori, la primera de sus derrotas. Pero lo que parecía ser el anhelo cumplido de nuestro amigo don Isaac terminó en una trama tragicómica con su hijo apodado “Cosito” y su rebelde hermano acusándolo de traidor. Las cosas no podrían haber salido peor para las bases fundacionales del etnocacerismo.

Sin embargo, con Ollanta desprestigiado y con el apoyo de su padre, fue Antauro quien asumió la conducción de ese proyecto, aunque ciertamente con un talante mucho más errático y atolondrado que tuvo su génesis antes de la llegada al poder de su hermano, tras los hechos mortales del 2005 de aquel levantamiento conocido como “El Andahuaylazo”. Hoy, luego de casi dos décadas en prisión por ese nuevo intento de rebelión, Antauro y sus huestes etnocaceristas siguen animando la esmirriada escena política local, con estas apariciones que van de la polémica al estigma, de intenciones provocadoras que suelen chocar con sus propias inconsistencias, las mismas que aprovechan sus adversarios para ridiculizarlo más de la cuenta.

A la luz de los hechos, es muy poco lo que se puede rescatar del pensamiento de Antauro Humala, aunque la podredumbre de nuestro sistema partidista exija a veces posturas frontales que dejen atrás la falsa diplomacia y encaren las cosas con ese nivel de agresividad e indignación. Todo lo que vivimos aquel lejano 1994 ha desaparecido: la prédica de don Isaac, hoy de 95 años, ya no alcanza para convertirse en un proyecto real. Ollanta está en la cárcel y Nadine en Brasil bajo la protección de su primer mandatario, Lula. Y Antauro busca reposicionarse a través de su apoyo a Roberto Sánchez, mientras que el líder de Juntos por el Perú, después de utilizarlo para captar a sus correligionarios, ahora intenta hacerlo disimuladamente a un lado.

Mi compañera y yo, casados desde hace doce años, los primeros en escuchar la palabra “etnocacerismo” -después de los alumnos de Isaac Humala en San Marcos y, por supuesto, de su esposa e hijos- siendo aun pueriles estudiantes de comunicaciones, hemos visto la decadencia de la política nacional, del periodismo y del nacionalismo humalista, así como la desaparición de aquellos espacios en que lo conocimos de casualidad.

La esquina de Brasil con Bolívar es ahora un polvoriento tragamonedas con el Romeo sobreviviendo como una fondita casi invisible, de minúscula puerta engullida por los huachafos colores amarillos, turquesas y verdes de las paredes desgastadas por el sol de ese casino, símbolo del despilfarro y el pensamiento mágico. Y la antigua facultad de la Brasil fue demolida hace unos meses para poner en su lugar un inmenso proyecto inmobiliario, actualmente en etapa de excavación, símbolo de la tugurización vertical de nuestra ciudad.

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