Literatura

Otras caricias es el título de la más reciente novela del escritor peruano Alonso Cueto. Es propiamente una nouvelle cuya trama se basa en la historia de un personaje singularísimo: Albino Reyes, viudo pertinaz, de día profesor de literatura en un colegio y por las noches guitarrista y cantante de una peña limeña. Aunque no es la primera vez que Cueto exhibe su gusto e interés por la práctica musical que gruesa y cómodamente llamamos “criolla” (ver Valses, rajes y cortejos, de 2005), Otras caricias representa la primera vez que el autor ingresa a este universo desde la ficción.

La historia de Reyes es acompañada continuamente por la inserción de fragmentos de letras de valses. Ese gesto textual no es, de modo alguno, gratuito: entre la vida solitaria y gris de Reyes y el espíritu muchas veces resignado y fatalista del vals peruano hay una correlación auténtica, natural. “Piensas que la vida es la letra de un vals”, lo recrimina un sobrino. Y remata: “O sea, te imaginas que todo es «Si un rosal se muere herido de aromas» y toda esa vaina. Así eres tú” (p.73).

El inicio nos muestra a Reyes en la peña La Oficina, momentos antes de empezar a cantar y el narrador penetra en su conciencia y nos informa: “Tantos años en ese piso de maderas, los sonidos enardecidos por la tristeza, la soledad de los tablones oscuros, las facciones borradas por la bruma, recuerdos de recuerdos, manchas encima de otras manchas, voces ausentes que persisten, tanta niebla detenida bajo los tubos de neón. Y en ese estrado de canciones y guitarras y cajones y quijadas de burro y castañuelas criollas. Toda esa felicidad de la pena” (pp.15-16).

En Reyes se acumulan las frustraciones y algunos logros. El personaje tiene sin duda un aliento ribeyriano: una vida cercana al fracaso, la paternidad no realizada con Gladys –su mujer ahora ánima con quien conversa imaginariamente en un alarde neorrealista y melodramático necesario– y la imposible relación con Andrea, una joven acomodada que visita la peña y queda prendada del arte de Reyes, pero entre ambos hay barreras de clase que resultan infranqueables. ¿Y los logros? Pues el sueño del disco propio, un asunto de suma importancia para cualquier músico.

El narrador, además de mostrar en varios momentos de la nouvelle los sentimientos y el temperamento sombrío y melancólico de Albino Reyes, adopta también una cierta forma ensayística para definir la música que interpreta el personaje, como se puede ver en estos pasajes, en los que proyecta estas anotaciones en la mente de Reyes: “Apenas sonó la guitarra, Albino entró en la delicadeza sombría de las palabras y sonidos de La abeja de Ernesto Soto (…) La tierra o el fuego eran para otros géneros, como el tango o la ranchera, géneros que insistían en la violencia de las pasiones como una verdad definitiva (…) En cambio, el vals evitaba mirar de frente a la vida y a la muerte (…) Escoge el silencio para ser escuchado” (pp. 53-55).

Otras caricias, más allá de la historia de Albino Reyes, nos devuelve también la mirada al vals peruano, esa especie de ADN sonoro que está impregnada en el temperamento, sobre todo, de los seres citadinos. Ese respeto por la renuncia o por la forma cómo el destino teje nuestras vidas, a veces sin apelación posible. Albino Reyes no encarna una diatriba contra el destino ni contra las desigualdades que lo rodean, es apenas un hombre cuya función es llevar al canto todas las complejidades de la vida. Un pequeño héroe, en medio de tanta sombra.

Alonso Cuesto. Otras caricias. Lima: Random House, 2021.

Otras-caricias

 


Alonso Rabí Do Carmo es profesor ordinario de la Universidad de Lima, donde imparte cursos de Lengua, Literatura y Periodismo. Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y obtuvo el Doctorado en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Colorado. Ejerce el periodismo desde 1989.

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Alonso Cueto, Literatura, Otras caricias

Desde tiempos coloniales las relaciones entre lo que hoy son Argentina y Perú se han visto alimentadas por diversos acontecimientos de tipo cultural, militar, político y, por supuesto, literario.

Se sabe, por ejemplo, que el primer contacto que tuvo un europeo con el imperio incaico fue a través de los territorios de las actuales Argentina y Paraguay, cuando en 1525 el explorador portugués Aleixo García llegó a la zona del Collasuyo e intercambió objetos que alimentarían las fantasías de los conquistadores por una civilización hecha de oro. Pizarro, desde el norte, les ganó por puesta de mano a esos conquistadores del Chaco y logró la conquista como ya la conocemos. Pero, ¿qué hubiera pasado si los incas hubieran sido conquistados desde el sur? Nunca lo sabremos.

Lo que sí sabemos es que el virreinato del Perú, creado en 1542, comprendía los vastos territorios de Charcas y todo el Cono Sur, hasta que recién en 1774 la corona española decidió crear el virreinato del Río de la Plata y separarlo del virreinato del Perú. Esa fue la base de las divisiones territoriales surgidas de la independencia, lo que no anulaba el comercio constante entre el Cuzco, el Alto Perú y Buenos Aires que se llevaba a cabo desde viejos tiempos.

Con el desembarco del general José de San Martín en 1820 en la bahía de Pisco se reforzaron los lazos políticos, y los culturales encontraron su expresión en propuestas como las de Belgrano de entronizar a un príncipe incaico en el poder de la naciente Argentina o en los símbolos como el sol que hoy ostenta la albiceleste bandera del hermano país.

Y hay muchos otros indicios más, como el apoyo de Perú a la Argentina durante la guerra de las Malvinas y la actual migración peruana al país del Plata, que crea una interesante fusión culinaria y cultural en ese querido sur. 

En términos de poesía, por lo menos dos autores peruanos terminaron viviendo en Argentina: Alberto Hidalgo y Reynaldo Jiménez. La poesía peruana, en general, goza de buena recepción por esos lares, así como los vates argentinos son muy apreciados en el Perú.

Con todos esos antecedentes y algunos eventos poéticos realizados en la década pasada, finalmente se dará el Primer Gran Encuentro de Poesía Perú-Argentina, que busca ampliar el mutuo conocimiento académico entre ambas tradiciones poéticas, incluyendo el importante componente de la creación a través de recitales conjuntos.

Se trata, pues, de un súper congreso que cubrirá no solo el estudio académico de numerosos autores peruanos y argentinos, sino que reunirá a creadores notables de ambos países a fin de que contrasten sus obras y dialoguen sobre temas de interés común.

 El evento es organizado por la Asociación Internacional de Peruanistas (AIP), la Universidad de Buenos Aires (UBA) y el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) y empieza el miércoles 24 de noviembre hasta las últimas horas del jueves 25. Poetas peruanos como nuestros queridos Carlos Germán Belli, Marco Martos, Domingo de Ramos, Mónica Carrillo, Carlos López Degregori, Andrea Cabel, Róger Santiváñez, Rubén Quiroz, Ethel Barja, José Antonio Mazzotti, Luis Fernando Chueca, Paolo de Lima, Pedro Favarón, Ch’aska Anka Ninawaman, Rafael Hidalgo y las jovencísimas Valeria Chauvel y Brenda Vallejo se juntarán con los argentinos Diana Bellesi, Daniel Freidemberg, Irina Garbatzki, Denisse León, Bernardo Massoia, Claudia Masin, Lila Zemborain, Susana Villalba, Carlos Battilana, Loreley El Jaber, Lucas Margarit, Guillermo Siles, Sonia Scarabelli y Alicia Genovese, entre otros.

Las ponencias no son menos interesantes, pues cubrirán temas que van desde César Vallejo y las revistas altiplánicas de los años 20 hasta el neobarroco de Néstor Perlongher y la complejidad de Oliverio Girondo y Alejandra Pizarnik.

 Por supuesto, el encuentro será virtual y todos los detalles aparecen en el siguiente enlace:

 https://asociacioninternacionaldeperuanistas.blogspot.com/2021/11/primer-gran-encuentro-de-poesia-peru.html

Siempre hubiera sido mejor llegar a Buenos Aires, comerse un buen bife empujado por su vino tinto y departir con poetas y estudiosos en esta fiesta de la poesía. Pero la pandemia es cruel y no nos deja hacer todo lo que quisiéramos. Como decía Borges:

“Nadie pierde (repites vanamente) 

sino lo que no tiene y no ha tenido 

nunca, pero no basta ser valiente 

para aprender el arte del olvido. 

Un símbolo, una rosa, te desgarra 

y te puede matar una guitarra”.

 

rostros-literarios

Los rostros de César Vallejo, Alejandra Pizarnik, Oliverio Girondo y Ch’aska Anka Ninawaman iluminan el encuentro

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Argentina, lazo político, Literatura, Perú

La obra narrativa de Eduardo González Viaña (1941) tiene uno de sus ejes en la representación de personajes populares. Dos de sus títulos más conocidos son Don Tuno, el señor de los cuerpos astrales (2009), extensa y mágica conversación con el chamán Eduardo Calderón Palomino, y Habla, Sampedro (1979), libros que plantean, por su talante testimonial, una aproximación a la antropología. En la misma vertiente, impregnada de fe popular y pensamiento prodigioso, está la novela Sarita Colonia viene volando (1990); en tanto, Los sueños de América (2000) y El corrido de Dante (2006) se cuentan ya entre los   clásicos de la literatura de/sobre inmigrantes a los Estados Unidos.

No son estos los únicos ámbitos en los que González Viaña ha desplegado sus artes de narrador. En su producción literaria hay varias novelas de corte historiográfico. Mencionaré entre ellas Vallejo en los infiernos (2007), exploración de uno de los episodios más dolorosos de la vida de César Vallejo: su injusto encarcelamiento; El largo camino de Castilla (2020), esbozo épico de la vida de Ramón Castilla, primer presidente peruano de prosapia aimara y este año apareció ¡Kutimuy Garcilaso! (¡Regresa, Garcilaso!), un retrato histórico con resortes imaginarios del Inca Garcilaso de la Vega del que me ocuparé en las líneas que siguen.

 No es la primera vez que la figura del Inca Garcilaso es tematizada en la ficción o en sus bordes. El crítico Enrique Cortez señala algunos antecedentes importantes: “Retrato de Garcilaso” (1958), de Luis Loayza; Diario del Inca Garcilaso (1562-1616), de Francisco Carrillo y la novela Podres secretos, de Miguel Gutiérrez, ambos títulos aparecidos en 1996. A este corpus breve, sumaría ahora el poema que Tulio Mora le dedica al Inca en su Cementerio general, cuyos versos finales cito aquí: “Ya han traspuesto el cerco del olvido / los que escombraron en mi alma, mientras mi libro / es el poema que reta transparente / las miserias del tiempo y sus cronistas, / la belleza que derrota a la verdad. / otros hombres lo devoran en sus noches preocupadas / y lo citan cuando suben al cadalso. / Y es el sueño que aún espanta a los gobiernos”. 

La novela de González Viaña tiene desde ya un reto difícil, habida cuenta de los vacíos que rodean la biografía de Garcilaso. La ficción autoriza, no sin riesgo, que esos vacíos sean llenados con licencias de la imaginación, siempre que no se afecte la coherencia de la narración ni la integridad del personaje. González Viaña cumple cabalmente, creo, con esa licencia. La escena inicial da a entender que la “Historia” será convertida en metáfora y, por tanto, su caudal simbólico será mucho mayor. Las líneas iniciales son, en ese sentido, claves: “Había una luna grande posada en el centro del cielo, pero esas lunas llaman a la tormenta, y, debido a eso, el barco se estaba hundiendo. Quizá no iba a encontrar fondo alguno porque, a veces, el océano no lo tiene. Desde la proa, Garcilaso asomó el rostro y se dijo asustado que el mar es lo único que existe dentro y fuera del universo cuando uno se va de su tierra para siempre” (p.31).

El inicio de la narración se centra en un momento clave de la vida de Garcilaso: su travesía hacia España, donde intentará hacer valer la condición nobiliaria que le correspondía, cosa que por cierto no lograría. Sin saberlo acaso, Garcilaso (Gómez Suárez de Figueroa hasta su rebautizo) ya representaba la figura del indiano, la misma que Alejo Carpentier escenificó en toda su complejidad cultural y llevó a un punto climático en su breve y magnífica nouvelle titulada Concierto barroco (1974). El retrato de la infancia de Garcilaso que ensaya González Viaña no está exento de encantamiento: la relación con su caballo, Salinillas, atento a las frases leídas por su amo. El final cierra el viaje vital y simbólico del personaje, con un coro de sabor alegórico: “Y fue entonces cuando tomó forma aquel murmullo bajito hasta crecer y hacerse un coro inmenso de voces que resonó con los apus: ¡Kutimuy Garcilaso! ¡Padre nuestro regresa! / Pajarinmi ripuchkani / Perlaschallay / Tutatutamanta / Perlaschallay / Pajarinmi ripuchkani / Perlaschallay / Tutatutamanta / Perlaschallay” (p.380).

La capa de datos históricos va complementándose con la imaginación. La infancia de Garcilaso, la relación con su madre, el matrimonio con su padre, el viaje a España, son hechos conocidos y documentados con cierto grado de certeza. Pero no es ahí donde la ficción juega sus cartas sino, por mencionar un ejemplo, en una escena en la que Garcilaso conversa con su padre difunto y con su caballo Salinillas. La imaginación y la invención dialogan, pues, con la historia. Y no se trata de ningún pecado: la canción que cita el final corresponde a un huayno ayacuchano anónimo, grabado por primera vez en 1930: “Adiós pueblo de Ayacucho”. Viaje de siglos en la siempre escurridiza y problemática pregunta por la identidad peruana, una de cuyas posibles respuestas está en la figura del propio Garcilaso, qué duda cabe, un fantasma de nuestros días. 

Eduardo González Viaña. ¡Kutimuy, Garcilaso! Lima: Fondo Editorial de la Universidad César Vallejo, 2021.

Kutimuy,  Garcilaso

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Alonso Rabí Do Carmo es profesor ordinario de la Universidad de Lima, donde imparte cursos de Lengua, Literatura y Periodismo. Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y obtuvo el Doctorado en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Colorado. Ejerce el periodismo desde 1989.

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Biografía, Eduardo González Viaña, Inca Garcilaso de la Vega, Literatura

Han pasado cuarenta años desde que apareció La guerra del fin del mundo, una de las grandes novelas de Mario Vargas Llosa. Por primera vez, una novela suya transcurría fuera del Perú y, además, en un tiempo lejano: finales del siglo XIX, en el infierno de una sequía que mataba todo en Canudos, en el nordeste brasileño, donde tuvo lugar una rebelión milenarista liderada por Antonio Conselheiro, ciego creyente que vio en el advenimiento de la República los signos del Anticristo.

Tengo el vivido recuerdo de haber visto esa esa extraña portada diseñada por el catalán Antoni Tàpies y de caer rendido ante el inolvidable inicio que presenta al Consejero a los lectores: “El hombre era tan alto y tan flaco que parecía siempre de perfil. Su piel era oscura, sus huesos prominentes y sus ojos ardían con fuego perpetuo. Calzaba sandalias de pastor y la túnica morada que le caía sobre el cuerpo recordaba el hábito de esos misioneros que, de cuando en cuando, visitaban los pueblos del sertón bautizando muchedumbres de niños y casando a las parejas amancebadas. Era imposible saber su edad, su procedencia, su historia, pero algo había en su facha tranquila, en sus costumbres frugales, en su imperturbable seriedad que, aun antes de que diera consejos, atraía a las gentes”. 

Un aspecto interesante de La guerra del fin del mundo es el intertextual. Vargas Llosa utiliza como una de las fuentes centrales de su novela el texto del escritor Euclides Da Cunha, publicado bajo el título Os sertoes. Da Cunha fue corresponsal de O Estado, diario de Sao Paulo, durante los terribles sucesos de Canudos y, a pesar de su seca apariencia de informe, resulta un texto cautivante porque además de cubrir los sucesos de la rebelión religiosa, elabora una ambiciosa y muy precisa radiografía social y cultural de la zona del conflicto.

No se crea que se trata entonces de un texto meramente derivativo. Sobre eso, conviene no olvidar, por justicia con una extraordinaria creación verbal, lo dicho por el crítico uruguayo Ángel Rama: “A pesar de remitirse, desde la dedicatoria del libro, a Euclídes Da Cunha, La guerra del fin del mundo es una novela autónoma, autosuficiente, que cualquier lector podrá leer sin conocer sus antecedentes, íntegramente de la escritura de Vargas Llosa. Su rica y esplendorosa materia, por amplias que hayan sido sus fuentes documentales, sólo existe en la forma literaria privativa con que la ha concebido su autor” (“Una obra maestra del fanatismo artístico. La guerra del fin del mundo”).

En el enfrentamiento de dos órdenes que propone la novela, uno representado por un Estado brasileño que aboga por la modernidad y el laicismo; otro representado por un catolicismo de indudable carácter arcaico y milenarista, está también el puente que une a esta poderosa ficción con el presente latinoamericano, especialmente, como ha sugerido Peter Elmore, en lo tocante a la viabilidad de los Estados latinoamericanos (La fábrica de la memoria). La historia, en ese sentido, no es únicamente un conjunto de sucesos fijados en un viejo almanaque, es, sobre todo, un fantasma activo y que de cuando en cuando se instala en los recovecos de nuestra precariedad regional. 

En medio de los dos contendores mencionados anteriormente, queda la estela de la monarquía brasileña, escudo del viejo orden colonial y aristocrático que la modernidad desplaza sin remedio. Muchos personajes memorables desfilan por estas páginas: Antonio Vicente Mendes Maciel, el Consejero, especie de iluminado y mesías que conduce a su grey, sin miramientos, hacia un cruento sacrificio; el León de Natuba o Joao Satán, seres de fábula, entregados a la causa del Consejero; el enano, de procedencia circense y experto en el vagabundeo; el barón de Cañabrava, aristócrata de talante agudo y escéptico o, entre otros el delirante frenólogo Galileo Gall o el periodista miope, obsesionado con explicar la naturaleza de la rebelión desatada en Canudos. A ellos se suman mujeres inolvidables como Jurema o la milagrosa María Quadrado, santa y demente.

No me pareció nunca que traer a colación el fanatismo del Consejero en un año como 1981 fuese casual o gratuito, estando ya en acción la insania del llamado Presidente Gonzalo. Tampoco creo que de eso dependa la cabal comprensión de la novela; sin embargo, el poder de las ficciones no solo radica en su capacidad de construir un mundo representado de manera autónoma, capaz de funcionar con una lógica y unas leyes propias, sino también en sus formas de establecer un diálogo entre el pasado y el presente, aun cuando las lecturas alegóricas no reciban hoy el fervor de que antes gozaron. En todo caso, ficciones como La guerra del fin del mundo actualizan las pesadillas del pasado y nos las hacen vivir de diversas maneras, unas oblicuas, otras muy directas. Cuarenta años después, se comprueba que La guerra del fin del mundo mantiene intactos su vigencia y su poder de convencimiento.

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Literatura, Mario Vargas Llosa

Después de casi treinta años, José Alberto Bravo de Rueda publica su segunda novela, titulada Fanático del rock (Lima: Hipocampo Editores). Si bien Bravo de Rueda es un prolífico escritor peruano que publica poesía y prosa, esta vez nos sorprende con un tema muy actual –político y cultural– que resalta la historia peruana de los últimos cincuenta años. 

Desde el inicio del relato notamos que el narrador en tercera persona nos cuenta sobre la admiración que existe en Lima por los músicos internacionales, particularmente los del género del rock y la banda The Rockin’ Bones (un sucedáneo literario de The Rolling Stones). Así, el argumento se desarrolla a través del secuestro de esa famosa banda por el comandante Fernando Goicochea, ex torturador y genocida del Grupo Colina que había sido dado de baja por sus atrocidades, pero seguía suelto en plaza y se dedicaba a la vida delictiva gracias a su avanzado entrenamiento militar y su posesión de diversas armas. Goicochea, curiosamente, es un fanático del rock y su intención es tocar con la banda mientras esta se encuentra cautiva.

Con una prosa limpia dentro de un lenguaje coloquial y lúdico, el narrador nos relata las hazañas de gente de poder en el estado peruano donde los corruptos (como Goicochea) terminan siendo los triunfadores y los honestos (como el detective Jorge Arteaga, de la Policía Nacional, perseguidor de Goicochea) son castigados. 

Asimismo, los temas de violencia, corrupción y crímenes son vistos bajo una nueva luz, donde se busca e indaga quiénes son los responsables de dichas acciones. La música cumple un rol fundamental a través del relato político-policial, desde un rock internacional, donde grandes músicos comparten su talento, hasta el gusto por lo local y regional. La música en sí identifica y define en muchos casos a nuestros personajes, que viven tanto el rock como el huayno.

La relevancia cultural que Fanático del rock nos expone es justamente la presencia musical en todos sus ámbitos y categorías, como un retrato alegórico del Perú, desde el rol fundamental que se le asigna al rock hasta sus derivaciones en subcategorías, como el auge de los músicos nacionales que representan distintas esferas sociales.

Sin embargo, el trasfondo histórico y político de la trama nos lleva a pensar en la denuncia de las atrocidades cometidas contra los derechos humanos que no se han resuelto en el país y que han derivado en algunos casos en la formación de comandos de delincuentes como síntoma de una sociedad enferma que no ha logrado superar sus problemas fundamentales (pobreza, desigualdad social, inseguridad pública, etc.). 

Fanático del rock nos ofrece una visión diferente a la aceptada por el conservadurismo nacional. Es decir, la novela pone en tela de juicio comportamientos y acciones perpetradas por gente de poder y finalmente nos ofrece una entretenida prosa con personajes que ejemplifican momentos trascendentes en la historia cultural y política del país.

José Alberto Bravo de Rueda ha publicado los poemarios Intento de ala (1983) y El libro de las reencarnaciones (2019), el conjunto El hombre de la máscara y otros cuentos (1994) y la novela Hacia el sur (1992). Es uno de los grandes valores de la notable Generación del 80, descuidada está, en su conjunto, por nuestra crítica local, más atenta a las publicaciones de las angurrientas editoriales transnacionales. Por añadidura, Bravo de Rueda forma parte del enorme contingente de escritores peruanos afincados en los Estados Unidos, que ya llega a por lo menos unos 150, según los índices del primer Encuentro de Escritores Peruanos en los Estados Unidos realizado el 2015 en Washington, DC. 

A leer a Bravo de Rueda, que vale la pena.

 

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No está en discusión el hecho de que César Hildebrandt es una de las grandes personalidades del periodismo peruano de las últimas décadas. Tampoco se discute que sus opiniones, a veces, resulten incómodas o estén teñidas de arbitrariedad (y desde ya espero, lectores, que empiecen a arrojar sus primeras piedras). Yo mantengo nítido el recuerdo de haber leído por primera vez Cambio de palabras, un clásico de la entrevista como género en el Perú. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, esta tierna y dolorosa conversación con el poeta Juan Gonzalo Rose o aquella otra con Haya de la Torre, o acaso la magnífica sesión verbal que supuso el encuentro con Borges?

Aprovecho esta columna para confesar que sí, que esperaba que alguien como César Hildebrandt publicara un libro de memorias. Ver Confesiones de un inquisidor en el escaparate de una librería me dio la sensación, algo narcisista, la verdad, de pensar que Hildebrandt me había leído el pensamiento. La memoria es en realidad un largo diálogo entre Hildebrandt y Rebeca Diz Rey, que tuvo lugar en distintas fechas entre los años 2017 y 2020.

Descontando las erratas y las traiciones de la memoria, asunto del que se han ocupado ya bastantes caracteres en redes (y que supongo una próxima edición subsanará), el libro ofrece un variado mosaico de recuerdos personales y profesionales, que van desde la iniciación en la lectura hasta la construcción de la vocación periodística, la remembranza de grandes personajes, entre ellos periodistas como Raúl Villarán o Alfonso Tealdo, un pormenorizado relato de riesgos asumidos durante su carrera televisiva, vivida siempre en el precipicio del despido, la década fujimorista, el surgimiento de Sendero Luminoso, el retorno a la democracia en 1980, entre otros temas. 

Mi único enfado con este libro responde al hecho de que Hildebrandt no escribiera el texto, sino que este fuera el resultado de responder preguntas, lo que por cierto no quita interés al volumen y, más bien, realza las cualidades de Diz Rey como interrogadora. En todo caso, la fuerza testimonial de estas páginas no tiene pierde. Tampoco lo tiene la habilidad de Hildebrandt para producir frases memorables. Dejo por aquí algunas: 

La vocación

(…) la comunicación era mi mundo, el periodismo era mi destino. No tuve en ningún momento duda alguna. Y también supe que no iba a entrar a la universidad, que no me interesaba porque sentía que podía empobrecerme y encasillarme” (p.20).

Sobre Luis Alberto Sánchez

“Me unía con Sánchez el asunto de nuestra actividad de lectores. Nuestras lecturas comunes, nuestras fobias y filias a veces compartidas y a veces no. Pero hablábamos en muchos ratos libres y off the record sobre literatura latinoamericana. De Gallegos, de Azuela, de Chocano, de Darío…” (p.47).

Políticas

“Siempre me identifiqué con la izquierda, pero creyendo en el socialismo como un esquema libertario. Por eso, desde mis orígenes, fui antiestalinista. Leí muy temprano a autores como Solzhenitsyn y Pasternak. Y desde muy joven tuve lecturas heterodoxas que me curaron, me vacunaron, me inmunizaron respecto al socialismo realmente existente, es decir, la Unión Soviética y sus países presuntamente democráticos” (p.51). 

“La derecha bruta y achorada creo que es una definición perfecta, contemporánea y exhaustiva sobre lo que es la derecha hoy en el Perú” (p.57). 

“…lo más trágico es que de la lección de Sendero no ha surgido lo que debió brotar: una izquierda renovada, moderna, mundial, ecológica, brillante. Ese es el peor drama. Hemos tenido la guerrilla más primitiva, el marxismo más ininteligible y luego este apagón intelectual y esta debilidad de izquierda” (p.89). 

“El diagnóstico de Basadre, hecho por los años 40, está incólume, se mantiene. No hemos logrado cuajar un Estado funcional e incluyente y el abismo social nos parece natural, nos parece parte de un mandato divino. Es casi bíblico que haya peruanos en los cerros, sin agua y con poca comida. Y es parte casi de las leyes de la física que el Estado sea corrupto e ineficiente” (p.99).

Literarias

“…Neruda fue y es fundamental en mi vida. Descubrí un mundo, descubrí la ira con él. Descubrí las posibilidades de cambiar el mundo (…) Neruda se merece una memoria elefantiásica” (p.109).

“…casi me alegré de no haberle hecho alguna (entrevista) porque un tipo tan genial como García Márquez, hablando, parece otra persona. Parece un sustituto apócrifo, un impostor” (p.112). 

“…cuando entrevisté a Borges, en todo caso, ahí sí me encontré con un tipo que era deslumbrante por escrito y deslumbrante hablando” (p.113).

Una confesión

“Siento que no he sido un gran padre. Y eso es uno de los rojos más pronunciados, es un rojo carmesí. Pero lo acepto. Otro es que no tuve el coraje de abandonar el periodismo y dedicarme a la literatura, como debí hacerlo alguna vez (…) Yo creo que uno de los mayores rojos ha sido una cierta tendencia a arruinar mis placeres, a verlos desde un lado sombrío, a cuestionarme el derecho de ser feliz” (p.115).  

Últimas palabras

“¿Crees que hay alguien que vaya a salir airoso de esta crisis?

3M, los que fabrican mascarillas”. (p.245).

Confesiones de un inquisidor. Memorias de César Hildebrandt, en diálogo con Rebeca Diz Rey. Lima: Debate, 2021.

 

Portada Hildebrandt

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Alonso Rabí Do Carmo es profesor ordinario de la Universidad de Lima, donde imparte cursos de Lengua, Literatura y Periodismo. Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y obtuvo el Doctorado en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Colorado. Ejerce el periodismo desde 1989.

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César Hildebrandt, Confesiones de un inquisidor, Literatura

En 1647, Baltasar Gracián anotó en su Oráculo manual y arte de prudencia: La brevedad es lisongera, y mal negociante; gana por lo cortés lo que pierde por lo corto. Lo bueno, si breve, dos vezes bueno”. La escritura breve supone un ejercicio arduo. “Navajas mentales” llamaba el cubano Regino Boti a esos textos económicos y de rigurosa concisión que llevaban impresa la virtud de proyectarse mucho más allá, suscitando amplias reflexiones. 

La brevedad está presente tanto en el terreno de la creación de ficciones cuanto en escrituras más referenciales. En la tradición latinoamericana probablemente sean el guatemalteco Augusto Monterroso o el argentino Marco Denevi dos de los campeones del micro cuento (además el primero ostenta el honor de ser el autor del cuento más breve del mundo, esas siete palabras que dan vida plena al dinosaurio). En el orden de la no ficción, en una escritura que emula al carnet y coquetea con el ensayo, es quizá Eduardo Galeano y su enorme proyecto narrativo titulado Memorias del fuego el que se lleve los laureles.

Brevetes de historia universal del Perú es el más reciente libro de Fernando Iwasaki (1961), escritor peruano afincado hace ya buenas décadas en España. Estos “brevetes”, alusión algo burlesca a la brevedad y a la vez pedido de licencia, son en realidad, un conjunto de lacónicos pasajes históricos, citas de textos olvidados y semblanzas a vuela pluma escritas con extrema economía. Vistos en su totalidad, todos estos fragmentos forman un mosaico narrativo en cuya trama se dan cita la historia y la melancolía no por un pasado épico, sino por una historia de episodios modestos y en muchos casos desconocidos, aunque no por ello menos significativos.  

Dos elementos destacan aquí, aunque se trate de presencias transversales en buena parte de la obra de Iwasaki: uno es el humor, otro logro solo posible con prolijidad de artesano; otro, la erudición, el gusto por el dato asombroso, el regusto por solazarse en fuentes que al mortal de a pie podrían resultarle incluso esotéricas. El inicio del libro es un ejercicio imaginario, pero no imposible: un encuentro entre Cervantes, recaudador de impuestos de paso por Montilla, donde vive nuestro Garcilaso. 

Se sabe que Cervantes había leído Diálogos de amor, de León Hebreo, en la sutil traducción del italiano acometida por el Inca. Era 1591. Y ya que ambos coinciden en la misma ciudad, uno tiene la impresión de que existen las mismas posibilidades de que dicho encuentro se realizara o no. En todo caso, Iwasaki sella el momento de manera brillante. Cervantes ha tocado la puerta de Garcilaso y entonces ocurre este diálogo: “–¿Quién busca al Inca?” “—Miguel, señor” “–¿Qué Miguel?” “—Miguel de Cervantes, señor” (p. 13).

No faltan los héroes populares y su aura de tragedia. En el texto que dedica a Luis Pardo, “el famoso bandolero”, Iwasaki apunta: “…tenía 35 años cuando el ejército y los gamonales lo cazaron en enero de 1909, pero seis meses más tarde un poeta anónimo le dedicó una décima que luego se transformó en el vals “La Andarita”, en memoria de su esposa. La letra dice que tenía el alma de armiño” (p.77).

Cabe ahora dilucidar un aspecto del título de este libro: los términos “universal” y “del Perú” en clarísima contigüidad. Y es que hay personajes como el inglés Peter Dennis Daly, avecindado en Lima desde 1887 y que logró sobrevivir al naufragio del Titanic en 1912, quizá por prodigio de la estampita de la Virgen del Perpetuo Socorro del Rímac que llevaba consigo. “El señor Daly regresó a Lima, donde pasó los últimos años de su vida cuidando el jardín de casa, jugando al solitario, sosteniendo partidas de ajedrez por correo y comiendo rábanos de su huerto, como cualquier súbdito inglés” (p.85). La historia local, bien vista, tiene fronteras muy porosas.

Otros textos se asemejan más al estilo de Prosas apátridas, de Julio Ramón Ribeyro. Un buen ejemplo de esa filiación es “Paraíso: I, 25” donde Iwasaki aboga por un inventario “de los árboles de la poesía peruana” (p.95). Allí rememora, entre otras especies, los castaños que admiró Vallejo en París, los mangos que deleitaban a Antonio Cisneros o el granado de la casa muerta de Javier Heraud, para no mencionar el enigmático rosedal que intenta desentrañar Silvio en ese enorme cuento de Ribeyro. 

Más allá de las solemnidades propias del Bicentenario, leer estos brevetes (¿reencarnación en breve de las tradiciones de Palma?) nos da la posibilidad de enfrentar los hechos históricos con espíritu lúdico. Naturalmente, eso no es poco decir.

Brevetes de historia universal del Perú. Fernando Iwasaki. Lima: Alfaguara, 2021.  

¹El vals fue compuesto por Abelardo Gamarra, escritor y periodista de reconocidos quilates que se hacía llamar “El Tunante”.

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Alonso Rabí Do Carmo es profesor ordinario de la Universidad de Lima, donde imparte cursos de Lengua, Literatura y Periodismo. Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y obtuvo el Doctorado en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Colorado. Ejerce el periodismo desde 1989.

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Iwasaki, Literatura

Gratifica y motiva ver proyectos culturales apoyados por centros estatales culturales. Es el caso de Petroperú y su editorial Copé, con el libro 21. Relatos sobre mujeres que lucharon por la Independencia del Perú, con selección y prólogo de José Donayre Hoefken. Tuve el placer de presentarlo esta semana.

La originalidad de la propuesta se encuentra en la gran creatividad de diversas narradoras contemporáneas que dan voz a muchas heroínas que se manifestaron en contra de las injusticias y apoyaron la causa noble de la libertad.

El número en el título del libro se refiere a la “Colección Siglo 21” de la editorial y recoge 22 textos de escritoras contemporáneas con personajes femeninos de bagaje histórico. Estos personajes se ficcionalizan a partir de tres referentes históricos: la rebelión organizada por José Gabriel Condorcanqui y Micaela Bastidas (1780), las insurgencias ocurridas entre el grito de Tacna con las acciones de los hermanos Angulo (1814-15) y, por último, la Independencia propiamente dicha, desde el desembarco de Paracas por el general San Martín (1820) hasta las batallas de Junín y Ayacucho (1824).

Las veintidós escritoras desarrollan a sus personajes desde cuentos que tienen que ver con prendas íntimas de vestir hasta alusiones a referencias públicas e históricas, pasando por ficcionalizaciones de entrevistas que muestran la vitalidad de los personajes, su astucia y sobre todo su convicción moral, emocional y libertaria. 21. Relatos sobre mujeres que lucharon por la Independencia del Perú celebra en este Bicentenario a quienes ocuparon un rol fundamental en nuestra emancipación. Asimismo, cabe destacar que el orden de los relatos es según el suceso histórico que se evoca.

El libro incluye textos de Carolina Cisneros, Jessica Rodríguez, Rossana Sala, Andrea Rivera, Bethsabé Huamán, Yeniva Fernández, Rocío Qespi, Micky Bolaño, Alejandra P. Demarini, Marissa Bazán, Rosalí Leon-Ciliotta, Victoria Vargas, Lucía Noboa, Karen Luy de Aliaga, Marie Linares, Lucy Fernández, Sophie Canal, Ángela Luna, Leslie Guevara, Claudia Salazar, Kathy Serrano y Angelita Velásquez.

Cada uno de los relatos nos lleva por distintas esferas, diálogos entre personajes históricos y ficcionalizados y constituye la voz de muchas de estas mujeres que han sido de alguna u otra manera silenciadas, calladas y ninguneadas. 

 Conocemos así a estas heroínas mediante la creatividad de las autoras, al desplegar mundos imaginarios en los cuales las mujeres ocupan un rol protagónico y son las pioneras, las guerreras y las forjadoras de una nueva visión de mundo donde la libertad y la emancipación son el motor y motivo de la existencia.

 Juana Moreno, Micaela Bastidas, Tomasa Tito Condemayta, Gregoria Apaza, Cecilia Túpac Amaru, Marcela Castro Puyucahua, Margarita Condori y Manuela Tito Condori, Manuela Sáenz, entre otras, lideran una causa a fin de mejorar nuestra calidad de vida. Estas heroínas ayudan en la independencia de nuestro país; desde sus espacios remotos encaran el objetivo de liberarse de la colonización.

 Gracias a publicaciones como esta podemos conocer más de lo nuestro y acercarnos a la historia depurando visiones y mostrando de manera más humana y reivindicadora la situación de las mujeres. Cada uno de estos relatos nos abre una realidad poderosa, donde las protagonistas son mujeres valientes y rebeldes, pero también trabajadoras humildes. Además de celebrar a cada una de estas autoras en el libro, quiero reconocer el aporte del crítico José Donayre Hoefken.

 Ojalá que el destino político de nuestro país que se juega hoy siga apoyando este tipo de publicaciones y que se continúen visibilizando los aportes que nos enriquecen como nación en camino al Bicentenario.

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Historia, Literatura

El crítico literario Jose Carlos Yrigoyen dijo alguna vez que en las novelas de Santiago Roncagliolo se cumple «una regla donde lo trivial, lo frívolo y lo predecible se imponen». Y no es otra la impresión que he tenido al terminar de leer su última novela “Y líbranos del mal”.

La falta de originalidad del autor se evidencia desde el mismo título, usado tantas veces en otras obras que describen males presentes en el seno de la Iglesia católica, en especial el excelente documental “Deliver Us from Evil” (2008) de Amy Berg, que aborda el abuso clerical al hilo de una entrevista con el P. Oliver O’Grady, un pederasta en serie que actuó en la arquidiócesis de Los Angeles (California) y que se retiró a vivir a Irlanda después de purgar condena en cárceles de Estados Unidos.

El punto de partida de Roncagliolo es sospechosamente muy parecido al de “Sepulcros blanqueados”, otra novela inspirada en el Sodalicio y publicada el año pasado por el psicoterapeuta y ex-sodálite Gonzalo Cano, quien además es primo hermano del escritor. En ambas novelas, el hijo de un hombre que ha emigrado del Perú a los Estados Unidos regresa a Lima para averiguar sobre el oscuro y misterioso pasado de su progenitor. Mientras que en la novela de Cano el padre se suicida al principio, en la novela de Roncagliolo está vivo y se llama Sebastián Verástegui, pero por motivos desconocidos no quiere volver a pisar Lima en su vida y, cuando su madre (Mamá Tita) enferma gravemente, envía a su hijo a la capital peruana para que éste cuide de su querida abuela. En ambas novelas el pasado oculto y secreto del padre está vinculado a una orden religiosa de características sectarias, en las cuales él mismo habría cometido abusos sexuales.

Pero mientras que la novela de Cano se desarrolla como un thriller policíaco que sigue a tres personajes, sumidos en una atmósfera de miedo y angustia, en la novela de Roncagliolo el miedo no está tan presente, sino más que nada los silencios reveladores y el temor de quienes rodean al protagonista respecto a que éste descubra la verdad sobre su padre.

Durante los dos primeros tercios de la novela el autor nos da algunas pistas, algunos indicios, sugiere sospechas, pero poco llegamos a saber sobre la organización sectaria que está detrás del meollo. En una trama predecible, cansina y cargada de clichés literarios y lugares comunes, Roncagliolo nos narra las peripecias de Jimmy Verástegui en un ambiente burgués limeño de clase media acomodada, ubicado en una zona urbana entre San Isidro y Miraflores, donde conocemos a algunos personajes que le revelan información sobre la institución a la que perteneció su padre, antes de callar definitivamente. Aquí no llegamos a enterarnos de ningún abuso concreto que se haya realizado en la organización, no obstante que ya se nos adelanta que efectivamente habrían ocurrido.

Es en la tercera parte donde Roncagliolo busca poner la carne en el asador, pero la pone mal, pues lo que al final llegamos a saber parece sacado de un thrilller comercial hollywoodense o de un cómic barato de kiosko. Pues la organización religiosa descrita por Roncagliolo se parece poco o nada al Sodalicio en que se inspira. Los personajes basados en los abusadores Jeffery Daniels (Sebastián Verástegui), Luis Fernando Figari (Gabriel Furiase) y Germán Doig (Paul Mayer), las víctimas inspiradas en Rocío Figueroa (Marisa Vega) y Álvaro Urbina (Daniel Lastra), el periodista inspirado en Pedro Salinas (Julián Casas) no se asemejan a sus originales ni por asomo, al contrario de lo que ocurre en la novela de Gonzalo Cano, donde los personajes ficticios son retrato fiel de las personas reales en las que se basa. Roncagliolo, en cambio, se limita a poner en escena personajes planos sin mayor profundidad.

No le niego al autor, como novelista, su derecho a escribir las ficciones que le vengan en gana. Pero en una buena novela el escritor recurre a la invención literaria para profundizar mejor en una realidad que la pura documentación testimonial no logra reproducir plenamente. Además, Roncagliolo presenta como parámetro de su ficción realidades sociales que supuestamente existen. Sus descripciones de los ambientes neoyorkinos y de la burguesía limeña se mueven dentro del marco de una descripción naturalista que busca reflejar aspectos de la realidad. Pero yerra el blanco cuando intenta recrear los ambientes de esa orden que supuestamente tendría como modelo al Sodalicio. Más aún, traiciona la veracidad de los testimonios de abusos al hacer interpretaciones personales que resultan deshonestas y ofensivas para las víctimas. ¿Tiene sustento en la realidad presentar a quienes sufrieron abusos en el Sodalicio como una camarilla de compadres que se juntan solo entre ellos para contarse sus historias consumiendo cerveza y whisky hasta la ebriedad en reuniones parrilleras? ¿Existen fundamentos para presentar a Daniel Lastra —el avatar de Álvaro Urbina— como alguien que sólo busca figuración a través de sus denuncias, que es un homosexual que en cierto momento intenta seducir a Jimmy Verástegui y que anteriormente había tomado la iniciativa en la seducción de su padre Sebastián —avatar de Jeffery Daniels—, mientras que éste había intentado resistirse a los avances del joven muchacho, pero finalmente había cedido a la tentación? Sin contar con que el abuso sufrido por Marisa Vega —tomado del testimonio de Rocío Figueroa en “Mitad monjes, mitad soldados”— es narrado con tal ligereza y superficialidad, que el lector termina preguntándose si lo que se describe es verdaderamente un abuso o una exploración de la sexualidad en personas adultas.

Además, no llegamos a saber en concreto cuáles fueron los abusos sexuales, porque Roncagliolo simplemente no los cuenta ni detalla. Nada de nada. En ese sentido, la novela es casi pudorosa, decentemente burguesa, sin descripciones gráficas que puedan incomodar a la multitud de lectores dispuestos a pasar el tiempo con una novela de digestión fácil y complaciente.

Como resultado, los abusos sexuales parecen evaporarse en la incógnita del quién sabe, pues lo que se ve en la novela de Roncagliolo es una institución religiosa donde había relaciones homosexuales consentidas entre algunos de sus miembros. La manipulación psicológica —favorecida por la asimetría en las relaciones jerárquicas—, el control mental producto del lavado de cerebro, el miedo solapado inculcado en los miembros de la organización, todo ello está ausente del relato, probablemente porque el autor no entiende cómo ocurrieron esas cosas. Tampoco llegan a entenderse los daños que puede generar el abuso sexual en los afectados. En la novela, el personaje de Tony “El Vaquero” es presentado como aquel que mayor daño psicológico ha sufrido en lo personal por algo ocurrido cuando tenía como compañero de andanzas en el barrio a Sebastián Verástegui. Pero nunca llegamos a enterarnos de qué es lo que efectivamente le sucedió.

No puedo sino estar de acuerdo con lo que José Carlos Yrigoyen escribe en su columna de crítica literaria en El Comercio: «Más que ser una novela sobre el abuso sexual, la ligereza con que Roncagliolo asume sus materiales hace de “Y líbranos del mal” la crónica de un triángulo gay con música de denuncias de fondo. Se restringe a detallar los celos y venganzas de Sebastián, Daniel y Furiase; prefiere no ahondar en el infernal mundo que los rodea, el cual apenas podemos adivinar o imaginarnos, pues Roncagliolo, por razones misteriosas, ha escogido ocultarlo».

Al final, el autor no llega a profundizar en la temática del abuso. Su novela no sirve para entenderlo a mayor cabalidad, pues queda reducido a un acontecimiento impreciso, subjetivo y —por qué no decirlo— banal. Qué más se puede esperar de una narrativa que hace de la ligereza y la frivolidad su bandera, su estilo, su atractivo, su gancho para embelesar a lectores poco exigentes.

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Abuso, Literatura, Santiago Roncagiolo
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