Historia

Los estudios acerca de la Guerra del Pacífico se han reinventado, desde que a finales de la década milenio los estudiosos de Perú y Chile comenzaron a encontrarse cotidianamente en congresos binacionales o internacionales, a conocerse, trabar amistad, intercambiar experiencias y emprender proyectos conjuntos. Al respecto, un libro pionero fue Chile-Perú, Perú-Chile de los historiadores Eduardo Cavieres y Cristóbal Aljovín, quienes, en 2005, reunieron al menos siete parejas de académicos binacionales para escribir sobre diferentes temas de la relación entre nuestros dos países, sin centrarse necesariamente en el conflicto bélico.

Respecto de este último, los nuevos estudios ampliaron prontamente el campo tradicional de las batallas y héroes épicos sobre el que se erigieron nuestros nacionalismos, y comenzaron a buscarle otros nichos y horizontes a la temática. Fue así como Carmen Mc Evoy, en dos estudios señeros, Armas de persuasión masiva (2010) y Guerreros civilizadores (2011) estudió las pompas fúnebres con las que Chile se conmemoraba y dolía de sus muertos de la guerra, que traían sus navíos provenientes del Perú, y construyó una identidad nacional alrededor de ellos; así como indagó, in extenso, la expansión de la administración burocrática del Estado chileno conforme ocupaba territorios enemigos, y el esfuerzo de organización que dicha expansión significó para aquel.

La guerra, cada vez más, abrió múltiples posibilidades al estudio de episodios antes desconocidos o ignorados. Al respecto, en 2018 Germán Morong y Patricio Ibarra, de la Universidad Bernardo O´Higgins, publicaron la compilación binacional, titulada Relecturas de la Guerra del Pacífico, avances y perspectivas en la que nueve autores de ambos países trataron temas tan diversos como el rol de la Iglesia y de la prensa para formar un compromiso ciudadano en favor de la causa patriota (Mauricio Rubilar), la vida cotidiana en Lima durante la ocupación y la administración de causas judiciales comunes por parte de la administración chilena (José Chaupis),  El Presbítero Juan Vitaliano Berroa frente a la chilenización de Tacna y Arica  (Ricardo Cubas), entre otros.

Los encuentros, estudios y publicaciones con estas características se han multiplicado y expresan el interés de los especialistas de ambos países por “ir a la guerra más allá de la guerra”, y encontrar, dentro de la desgracia que la acompaña, cómo puede inclusive florecer el amor, como se aprecia en varios estudios sobre matrimonios binacionales, ocurridos mientras se desarrollaba el conflicto. De esta manera, hemos logrado sacar a la guerra de la que ha sido por más de cien años su zona de confort -las batallas, las epopeyas y los héroes épicos- y llevarla a un terreno más mundano, social y cotidiano, en el cual se descubren la infinidad de facetas que una guerra saca a la luz al tensionar, al extremo, a una o varias comunidades.

La guerra como impacto en el presente: el compromiso del historiador

Sin embargo, hay un aspecto en el que los especialistas en la Guerra del Pacífico no hemos decidido entrar de lleno, como si un tabú se erigiese sobre nosotros y prefiriésemos hablarlo apenas en voz baja, en las recepciones después de los congresos, pero que no conceptuamos ni colocamos sobre la mesa como un aspecto vital que atañe el quehacer del historiador: los efectos de la guerra en el presente y que nos llevan, casi necesariamente, a la dimensión del imaginario y de la percepción. El imaginario de la Guerra del Pacífico, y la percepción de peruanos sobre chilenos y viceversa, solo puede llevarnos a la conclusión de que hasta hoy están ampliamente difundidos sentimientos y emociones que, como diría Tzvetan Todorov, no han logrado aún ubicarse en la periferia de nuestro pasado y se manifiestan de muy distintas maneras. Una de ellas es la escuela, en donde, en líneas generales, los docentes de la educación secundaria siguen induciendo a sus estudiantes, o al excesivo orgullo por una parte, o al excesivo rencor por la otra.

Ciertamente, sí hay trabajos que han comenzado a abordar esta problemática, desde diferentes flancos, aunque todavía de manera indirecta: un ejemplo es la bella compilación de Eduardo Cavieres La Historia y la escuela: Integración en la triple frontera: Bolivia, Chile y el Perú, (2016) y cuyo segundo capítulo lleva un título muy sugerente: ¿Qué hacemos con la historia? La historia en la sala de clases. A propósito del fallo de la Haya.

Poco antes, en 2014, publiqué junto con Sergio González Las Historias que nos unen, que marcó un hito, pues buscó resaltar episodios positivos de la relación binacional, precisamente cuando nuestros países litigaban en la Haya por el mar; la idea era mostrar a nuestros pueblos que no todo nuestro pasado se limitaba a una guerra. Al respecto, me es grato anunciar que, en la misma línea, Sergio González acaba de publicar la compilación “Personajes de Integración y Palabras de Amistad entre el Perú y Chile” (2021), la que espero pronto poder comentar con más detenimiento.

Sin embargo, aunque estos esfuerzos implican acercarnos un paso más a la problemática que nos inquieta, no alcanzan a abordarla en su totalidad: esto es, a poner sobre la mesa el dolor que generó en nuestras sociedades la guerra, naturalmente mayor en aquella que sufrió años de ocupación militar. Las secuelas que ha dejado este evento traumático son notorias y los especialistas en la materia debemos adoptar como propia esta problemática y actuar sobre ella para atenuar sus efectos, los que han logrado conectarse con el tiempo presente y que denominamos de diferentes maneras: “desconfianza mutua”, “rivalidad” etc.

Esta inquietud me llevó a estudiar el origen de los discursos e imaginarios que genera la referida desconfianza por lo que me avoqué a escudriñar los elementos metatextuales de las narrativas tanto de la historiografía tradicional, como de los manuales escolares. En este punto es fundamental mencionar las obras de Gabriel Cid, Nación y Nacionalismo en Chile (2009) y La Guerra Contra La Confederación (2011), cuyo enfoque teórico, en ambos casos, es consulta obligada para el estudio de las discursos y elementos simbólicos con los que se construyeron las patrias decimonónicas.

De estas lucubraciones aparecieron mis volúmenes “Lo que dicen de nosotros” (2010) y “Lo que decimos de ellos” (2019), este último en compañía de José Chaupis. Mi intención, en ambas, fue mostrar el origen del problema que nos avoca: discursos básicamente nacionalistas que se reproducen una y otra vez, de generación en generación, y que tienden a presentar al otro (el vecino) como distinto y rival, cuando no como abiertamente hostil, tanto en la escuela, como en la historiografía tradicional, y alguna otra que todavía se produce y difunde.

Seguidamente, pensé que los historiadores también teníamos que aportar con las soluciones al problema social que nuestro campo de estudio genera en la colectividad, por lo que me dediqué a la investigación de las políticas de la reconciliación internacionales que se han aplicado entre diferentes países que deben administrar el dolor de una guerra pasada, y comencé a idear posibles propuestas para nuestro caso específico como en Conflicto y Reconciliación (2014). A ello se le suman otros ejes teóricos con los que es posible abordar la Guerra del Pacífico, como la sugerente corriente que estudia la resignificación del pasado y que nos inspiró el artículo Conocer, compartir, resignificar. Apuntes para una reconciliación peruano-chilena desde la escuela (2020). No es casual que franceses y alemanes cuenten con un memorial binacional de la Gran Guerra y que, en 2018, al advenirse su centenario, Emmanuel Macron y Angela Merkel se hayan abrazado en el “Vagón del Armisticio”. En otras palabras, franceses y alemanes han modificado la significación de este evento doloroso, al punto de conmemorarlo conjuntamente.

Si no se ha comenzado a trabajar a conciencia estos aspectos, y si nuestros estados, hasta ahora, no se comprometen a desarrollar una política de la reconciliación respecto de la Guerra del Pacífico, adecuada a nuestras propias circunstancias, es porque los historiadores no hemos terminado de comprender que debemos colocar el tema sobre la mesa, más allá de los significativos pasos que hemos dado juntos las últimas dos décadas. En esa medida, debido a nuestra propia omisión, seguimos aplazando por tiempo indefinido la solución a un problema que forma parte de la Guerra del Pacífico, tanto como las batallas de Tarapacá, Arica o Huamachuco.

Mucho que pensar entonces, lo primero es el rol del historiador para con su objeto de estudio y la sociedad en la que deposita su trabajo, y la segunda reconocer la Guerra del Pacífico no solo como campo de estudio sino como problemática presente. El reconocimiento de dicha problemática por parte de los historiadores es paso previo para que nuestros respectivos estados implementen las políticas necesarias para resolverla. No queremos más egresados de la escuela secundaria que vean al vecino como a un rival que habrá de serlo siempre. Los historiadores e historiadoras tenemos la palabra.

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Guerra del Pacífico, Historia

Gratifica y motiva ver proyectos culturales apoyados por centros estatales culturales. Es el caso de Petroperú y su editorial Copé, con el libro 21. Relatos sobre mujeres que lucharon por la Independencia del Perú, con selección y prólogo de José Donayre Hoefken. Tuve el placer de presentarlo esta semana.

La originalidad de la propuesta se encuentra en la gran creatividad de diversas narradoras contemporáneas que dan voz a muchas heroínas que se manifestaron en contra de las injusticias y apoyaron la causa noble de la libertad.

El número en el título del libro se refiere a la “Colección Siglo 21” de la editorial y recoge 22 textos de escritoras contemporáneas con personajes femeninos de bagaje histórico. Estos personajes se ficcionalizan a partir de tres referentes históricos: la rebelión organizada por José Gabriel Condorcanqui y Micaela Bastidas (1780), las insurgencias ocurridas entre el grito de Tacna con las acciones de los hermanos Angulo (1814-15) y, por último, la Independencia propiamente dicha, desde el desembarco de Paracas por el general San Martín (1820) hasta las batallas de Junín y Ayacucho (1824).

Las veintidós escritoras desarrollan a sus personajes desde cuentos que tienen que ver con prendas íntimas de vestir hasta alusiones a referencias públicas e históricas, pasando por ficcionalizaciones de entrevistas que muestran la vitalidad de los personajes, su astucia y sobre todo su convicción moral, emocional y libertaria. 21. Relatos sobre mujeres que lucharon por la Independencia del Perú celebra en este Bicentenario a quienes ocuparon un rol fundamental en nuestra emancipación. Asimismo, cabe destacar que el orden de los relatos es según el suceso histórico que se evoca.

El libro incluye textos de Carolina Cisneros, Jessica Rodríguez, Rossana Sala, Andrea Rivera, Bethsabé Huamán, Yeniva Fernández, Rocío Qespi, Micky Bolaño, Alejandra P. Demarini, Marissa Bazán, Rosalí Leon-Ciliotta, Victoria Vargas, Lucía Noboa, Karen Luy de Aliaga, Marie Linares, Lucy Fernández, Sophie Canal, Ángela Luna, Leslie Guevara, Claudia Salazar, Kathy Serrano y Angelita Velásquez.

Cada uno de los relatos nos lleva por distintas esferas, diálogos entre personajes históricos y ficcionalizados y constituye la voz de muchas de estas mujeres que han sido de alguna u otra manera silenciadas, calladas y ninguneadas. 

 Conocemos así a estas heroínas mediante la creatividad de las autoras, al desplegar mundos imaginarios en los cuales las mujeres ocupan un rol protagónico y son las pioneras, las guerreras y las forjadoras de una nueva visión de mundo donde la libertad y la emancipación son el motor y motivo de la existencia.

 Juana Moreno, Micaela Bastidas, Tomasa Tito Condemayta, Gregoria Apaza, Cecilia Túpac Amaru, Marcela Castro Puyucahua, Margarita Condori y Manuela Tito Condori, Manuela Sáenz, entre otras, lideran una causa a fin de mejorar nuestra calidad de vida. Estas heroínas ayudan en la independencia de nuestro país; desde sus espacios remotos encaran el objetivo de liberarse de la colonización.

 Gracias a publicaciones como esta podemos conocer más de lo nuestro y acercarnos a la historia depurando visiones y mostrando de manera más humana y reivindicadora la situación de las mujeres. Cada uno de estos relatos nos abre una realidad poderosa, donde las protagonistas son mujeres valientes y rebeldes, pero también trabajadoras humildes. Además de celebrar a cada una de estas autoras en el libro, quiero reconocer el aporte del crítico José Donayre Hoefken.

 Ojalá que el destino político de nuestro país que se juega hoy siga apoyando este tipo de publicaciones y que se continúen visibilizando los aportes que nos enriquecen como nación en camino al Bicentenario.

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Historia, Literatura

[SÁTIRA]

Conquista y Pacificación

Hasta la llegada de los españoles el Imperio Inca era amplio y próspero, aunque su ubicación geográfica -el sur andino- y su aspecto físico –pómulos amplios y pocas ropas–son indicios de sus presuntos vínculos con Sendero Luminoso. 

La guerra civil entre los hermanos Huáscar y Atahualpa, iniciada tras la muerte de Huayna Cápac, debilitó al Imperio y facilitó la tarea a los conquistadores. El sur contra el norte, el político contra el militar. Sin embargo, diversas voces han pedido se deje de utilizar el término “guerra civil incaica” por no representar lo que realmente ocurrió en el país, y se le reemplace por el término “terrorismo incaico”. El almirante Galifardo Montoya propuso además se renombre a los bandos: por un lado la Organización Terrorista Huáscar (OTH), y por otro la Organización Terrorista Atahualpa (OTA). A esto debe añadirse que Huayna Cápac nunca respetó la santidad de la familia y tuvo alrededor de 300 hijos. Era un López Aliaga al revés.

Tras la captura de Atahualpa en Chota y su muerte en julio de 1533, la conquista parecía asegurada. Pero no. Fue un proceso largo y tortuoso, con conflictos armados entre los propios conquistadores y una resistencia inca que duraría 40 años.

Del lado español, la larga disputa entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro terminaría con la muerte de ambos. Según la versión oficial, la causa fue la ausencia de claridad sobre cómo repartirse el botín de la conquista, pero fuentes de inteligencia sostienen que la causa real fueron los presuntos vínculos de Almagro con Sendero Luminoso.

La sangre llegó a todos. Almagro fue ajusticiado y luego decapitado en la Plaza de Armas de Cusco en 1538. Pizarro fue asesinado de 20 sablazos en el propio Palacio de Gobierno en julio de 1541. Su puesto fue tomado por un cholo de 20 años, Diego de Almagro “El Mozo”, hijo de Almagro con la india panameña Ana Martínez quien seguramente era venezolana y militaba en las filas del chavismo.

Del lado incaico, la resistencia parecía una margarita: me uno, no me uno, me uno, no me uno. Hasta que Manco Inca, luego de sitiar la ciudad del Cusco sin lograr tomarla, se retiró primero a Ollantaytambo y luego a Vilcabamba, donde se asentaría con sus tropas y familia. Se declaró Inca. Decidió quedarse allí y no volver al Cusco, pero fue asesinado por infiltrados almagristas que se habían convertido en colaboradores eficaces para subsanar sus antiguos vínculos con Sendero Luminoso. 

Lo sucedió su hijo, Sayri Túpac. Murió, o lo mataron.

Luego lo sucedió su otro hijo, Titu Cusi Yupanqui. Murió, o lo mataron. 

Luego lo sucedió su otro hijo, Túpac Amaru, quien fue decapitado en la Plaza de Armas de Cusco en 1572 debido a sus presuntos vínculos con el MRTA.

Con su muerte llegó a su fin lo que la historiografía caviar llama “Los Incas de Vilcabamba”, pero diversas voces han pedido que se les llame simplemente “Los Remanentes”.

En adelante, siguieron 250 años de pacificación y estabilidad logradas por el gobierno del expresidente Alberto Fujimori.

 

La Colonia

Todo bien, gracias.

 

La Independencia

Doscientos años después sabemos que nuestra independencia fue un fracaso. Como señaló la historiadora Stephanie Cayo, hay cosas no funcionan porque son “del año de la pera”, como la democracia en Grecia, o porque “se originan en el extranjero”, como San Martín y Bolívar y la Constitución de Cádiz y los ideales de la Revolución Francesa.

Cabe señalar que antes del fatídico 1821 hubo una serie de ataques terroristas contra la integridad de la Colonia. El más conocido fue el del antisistema José Gabriel Condorcanqui, alias Túpac Amaru II, en noviembre de 1780. En lugar de optar por una marcha pacífica o canalizar sus demandas a través de las vías institucionales, Túpac Amaru optó por una salida violenta. Primero, asesinó al corregidor Antonio de Arriaga, un sacrificado funcionario público que solo cumplía su labor a favor del modelo económico. Producto del resentimiento, Túpac Amaru mandó a que Arriaga fuese ahorcado en un patíbulo y que la soga fuese jalada por su propio esclavo. Según un testigo, los indios resentidos pasaban al lado del cuerpo sin vida de Arriaga y le decían “manachu caita rurahux canqui” (“¿No solías hacernos esto?”).

Pero la violencia nunca es la solución, salvo que sea en forma de represión.

Muchos años después de estos luctuosos sucesos que dividieron a los peruanos, un argentino con ideas foráneas y camiseta de River cruzó los Andes y llegó en barco a Paracas. Su nombre era José de San Martín. Sus patillas eran largas. En Paracas solo durmió. Un día soñó con gaviotas de alas rojas, lo cual muestra sus presuntos vínculos con Sendero Luminoso.

Al final, San Martín no fue tan malo como parecía. Luego de declarar la independencia del Perú y hacer un largo tour por la costa, impulsó la sana idea de que lo mejor para el Perú era una monarquía. A fin de cuentas, los peruanos no sabían cómo gobernarse a sí mismos y cada que les toca decidir algo la cagan. “Estoy seguro”, dijo San Martín, “que si les damos a elegir a ustedes, siempre van a elegir mal. Y así será por 200 años. Mejor no elijan. La monarquía es el mal menor. Palabra de Generalísimo”.

No obtuvo el apoyo deseado.

En julio del 1822, San Martín se dirigió a Guayaquil a encontrarse con lo peor que uno se puede encontrar.

Un venezolano.

Allí lo esperaba Simón Bolívar, el Libertador, un hombre pequeño y moreno de ideologías trasnochadas, y que acababa de fundar la Gran Colombia y convertirla en un país comunista e hiperinflacionario.

El encuentro entre San Martín y Bolívar buscaba definir qué hacer militarmente con el Perú, el último reducto realista y con una aristocracia poco afecta a la república. 

San Martín proponía una monarquía. Bolívar, el comunismo. 

El 27 de julio de 1822, Bolívar tomó la delantera. Mirando el Río Guayas y tocando suavemente su espada, miró a San Martín y le lanzó un ultimátum:

-No pueden brillar dos dólares en un mismo firmamento.

San Martín lo miró intrigado.

-Había pensado decir “dos soles”, pero el sol se está devaluando -concluyó Bolívar.

San Martín entendió. Agarró sus cosas -su mate, su espada, su camiseta de River- y partió hacia el Perú. Luego hacia Francia. Nunca más volvió al continente.

Y así nos dejó ante las garras autoritarias de Bolívar, el chavismo y Sendero Luminoso.

Lo que vino ya lo sabemos. Los españoles fueron derrotados en las batallas de Junín y Ayacucho. Se independizó el Perú, grave error. Nadie quería a Bolívar y al final este se fue, gloria a Dios. 

 

A continuación

Para nuestra siguiente entrega, haremos un sucinto resumen de nuestro siglo favorito, el XIX. 

Miraremos el intento irracional de unirnos con Bolivia, a pesar de que somos muy distintos.

Miraremos el enfrentamiento entre Castilla y Echenique, que derivó en la abolición de la esclavitud pese a las recomendaciones del IPE en contra, pues suponía encarecer la mano de obra y atentaba contra el crecimiento.

Miraremos la mal llamada prosperidad falaz, que en realidad fue una época de bonanza y crecimiento y si algo falló fue el Estado.

Miraremos finalmente la Guerra con Chile, aquel funesto suceso originado por culpa de Bolivia (¿Quién se alía con Bolivia?) y que terminó con la ocupación de Lima por el ejército chileno con ayuda de los coches bombas de Sendero Luminoso.

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Historia, sendero luminoso, Terrorismo

Acabo de terminar mi sesión de historia en la PUCP, tocaba el primer gobierno de Alan García, para muchos el gobierno maldito, el peor de todos los tiempos, el que mayor griterío provoca de la derecha, aún peor que con Velasco. A este último le reconocen a regañadientes que a los gamonales se les había acabado el tiempo y que fue la historia la que los dejó atrás.

De Alan, en cambio, dicen que es el socialista a destiempo, el progre desfasado, quien leyó el Antimperialismo y el APRA, debiendo haber leído Treinta Años de Aprismo: “imperdonable, no aprendió de su viejo y sabio maestro”. Lo que pocos recuerdan es que más allá de su heterodoxa postura de destinar el 10% del valor de las exportaciones para pagar la deuda externa y de la obsoleta subvención de precios para aliviar la economía de las familias peruanas, Alan García buscó a la derecha para reactivar la economía a mediados de la década de 1980.

El joven líder aprista se reunió con los 12 hombres más ricos del Perú, encabezados por Dionisio Romero, tan dueño del BCP como su homónimo hijo, el del maletín con los tres millones de dólares para Keiko Fujimori, y acordaron crear un dólar más barato, el recordado dólar MUC, para el empresariado si este se invertía en insumos industriales y colocaban sus ganancias en el Perú. La apuesta era clara: el capital extranjero no llegaría jamás a un país con terrorismo, había que animar al empresariado local y García lo hacía así, de la manera más irresponsable posible pues, sin adecuados mecanismos de fiscalización, el resultado era previsible.

Además, había que conocer un poco la historia del Perú para vaticinar fácilmente el final, los 12 apóstoles no reinvirtieron nada, difícil pedirle al escorpión que no muerda a la rana, e imposible pretender vocación de desarrollo en una clase económica cuyo pingüe negocio, a través de los tiempos, no hemos sido otros sino nosotros. De esta manera, las reservas del Estado, vía dólar MUC, fueron a parar por miles de millones a cuentas privadas en bancos suizos y no volvimos a verlas jamás.

Pero si en algo se equivocó el joven Haya, fue en pensar que las clases medias podían formar parte de un frente revolucionario. De hecho, a la sangría de millones del MUC, se sumaron perro, pericote y gato, y no hacía falta apellidarse Romero para cambiar 4X5 las divisas de la nación. El resultado: para 1987 el Perú se quedó sin reservas y llegaron el caos, la hiperinflación y la nacionalización de la banca. El país estaba quebrado.

Por eso, cuando veo la blanquirroja peruana asociada a una candidata, solo puedo colegir que se trata de los de siempre, de los que gritaron “libertad” a los cuatro vientos cuando les quitaron sus bancos después de que nos dejaron sin un duro, los mismos cuyo negocio somos nosotros y que ahora, una vez más, quieren confundir sus intereses con los de toda la nación. Yo no sé si el hombre del sombrero es una alternativa, pero sí sé distinguir una garrapata cuando la veo.

 

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Alan García, Historia, Perú

Patrimonio, género y memoria

Cuando pensamos en las figuras protagónicas de nuestra historia, se nos vienen a la mente, las ilustraciones, láminas y pinturas que nos enseñaron en la escuela durante nuestra niñez.  También pensamos en los grandes monumentos y en los nombres de calles y plazas que día a día recorremos. Estos espacios, que habitamos cotidianamente, cumplen la misión de tendernos puentes sensibles con nuestra identidad y nuestro pasado.

De acuerdo a la arquitecta española Nuria Álvarez Lombardero, el paisaje urbano alimenta la memoria pública de los ciudadanos y ciudadanas en forma de “territorio común”, sin embargo, advierte, que las mujeres, no cuentan con una representación material que corresponda a sus hazañas y contribuciones, por lo tanto, carecen de memoria histórica en el espacio urbano.

Agregaría a lo dicho por Álvarez Lombardero, que el escaso repertorio monumental que guarda las memorias de las mujeres en nuestra ciudad, se ubica en los márgenes con respecto a los espacios centrales. Basta con hacer el ejercicio de pensar en los nombres de las grandes plazas de Lima, y tendremos la respuesta. Esta representación periférica y marginal, es sin duda, una metáfora con lo que ha sucedido con las mujeres en los relatos históricos.

Los monumentos más populares, que ocupan las plazas principales de Lima, fueron construidos y/u obsequiados, durante el gobierno de Augusto B. Leguía en el contexto de las conmemoraciones del Centenario. Algunos de los más conocidos son; La Plaza San Martín, El Monumento a Manco Cápac, La Plaza Dos de Mayo, La Plaza Alfonso Ugarte, el monumento a Hipólito Unanue en el Parque Universitario y el monumento a la Libertad en la Plaza Francia.

Es interesante notar, que las únicas representaciones de mujeres en las esculturas antes mencionadas, se constituyeron a través de alegorías. Me refiero, al monumento de la Plaza Francia que presentó a una mujer encarnando la libertad, y el monumento de la Plaza 2 de Mayo, cuya figura principal es, una mujer representando los laureles de la victoria. A ellos, le podemos sumar, el signo Libra en la Alameda de Los Descalzos, y otras alegorías zodiacales en el Parque Neptuno.

En abril del 2018 fueron declaradas Patrimonio Cultural de la Nación, 91 esculturas monumentales ubicadas en el Centro Histórico Lima y entre el extenso listado de héroes de la patria, presidentes, personajes ilustres, grandes pensadores y profesionales, solo hay dos mujeres con nombres propios; Juana Alarco de Dammert, benefactora y fundadora de las cunas maternales y Elisa Rodríguez Parra de García Rossell, luchadora por los derechos políticos de las mujeres.

Es muy importante y necesario, el proyecto de rescate y restauración monumental, que actualmente viene implementando el municipio de Lima por la celebración del Bicentenario, sin embargo, también es necesario preguntarse dónde están las mujeres y por qué a 200 años de vida republicana, no hemos sido capaces de generar un otro relato que se vea reflejado en el paisaje urbano.

Hace meses que recorro la ciudad en busca de esa respuesta, visitando las huellas de las grandes mujeres de nuestra historia, esa búsqueda ha dado como resultado el documental El Patrimonio Invisible. La realización de este proyecto, fue una invitación a mirar Lima con nuevos ojos, descubrir las pequeñas plazas, bustos, parques y monumentos que rescatan historias relegadas al olvido, muchos de estos espacios están descuidados y otros son poco conocidos o visitados.

Un busto me sorprendió en particular, el de la notable pedagoga e intelectual Elvira García y García en la Alameda Magisterial en Breña. Su escultura, era la única dedicada a una educadora mujer, y a la vez, era la única, a la que, en un acto vandálico se le había cercenado la cabeza. La imagen era realmente triste y violenta.

La ciudad, es reflejo del proyecto social y político de una nación, así como de sus aspiraciones y proyecciones futuras. A puertas de conmemorar el Bicentenario de nuestro país, cabe reflexionar sobre el paisaje urbano desde el enfoque de género, y en los desafíos que implica, que las memorias de las mujeres, empiecen a ocupar un lugar más digno y democrático en la representación patrimonial y simbólica de una ciudad, que nos pertenece a todas y todos.

https://cultural.upc.edu.pe/galeria/el-patrimonio-invisible?fbclid=IwAR3neXM_hyXJtVsPF8x4rwY8HrvGNVQgwH9faVe0i3lJOkarLlRijGM3sIM

 

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Historia, Lima