[OPINIÓN] Domingo de Junio. Siete de la mañana. Cielo despejado, sol, mar tranquilo. Miles de personas bajan a la Costa Verde para hacer deporte, ir a la playa o simplemente usar la vía más rápida para cruzar Lima de sur a norte o de norte a sur.

Y entonces te encuentras con el caos y aparecen los imbéciles.

No son corredores ni tampoco son ciclistas. Los hay, y tienen todo el derecho del mundo de hacer deporte. Los imbéciles son quienes desde algún escritorio municipal o policial —cómodos, invisibles, sin rendir cuentas a nadie— autorizan convertir una vía expresa en pista atlética exclusiva para unos cuantos. Casi siempre sin aviso previo. Sin letrero. Sin comunicado. Los autos se acumulan, los conductores no entienden qué pasa, y los policías encogen los hombros.

Atrapados están los miles que usan la Costa Verde como lo que es: una arteria vial. Los que van de Chorrillos a Miraflores, de Barranco a San Isidro, los que no tienen otra ruta más rápida a lo largo del litoral. También los que trabajan allí: mozos, cocineros, instructores de surf, trabajadores de clubes, pescadores artesanales que ese día encuentran el acceso bloqueado por conos y uniformes. Para ellos no es una molestia. Es un día de trabajo perdido. Y los deportistas habituales —los que corren solos, a diario, sin pertenecer a ninguna federación— también se quedan afuera. Miles. No cientos: miles.

Desde el 1 de enero de 2026, esto ha ocurrido doce veces. Dos veces por mes. Siempre en fin de semana. Siempre cuando más gente necesita la vía. Doce veces con la misma impunidad de la primera.

La Constitución es clara: el artículo 2, inciso 11, garantiza el libre tránsito salvo restricciones expresamente previstas por ley, debidamente justificadas y proporcionales. ¿Quién evaluó la proporcionalidad de cerrar la Costa Verde doce veces en seis meses? ¿Qué funcionario? ¿Con qué firma al pie?

¿Y dónde están los clubes, los concesionarios, los restaurantes, los pescadores? ¿Dónde las acciones de amparo, las denuncias, los recursos legales? Tan responsable es quien firma la autorización como quien observa el abuso y calla.

En resumen: un grupo de imbéciles cierra una vía pública sin criterio, sin aviso y sin consecuencias. Perjudican a miles de usuarios, trabajadores, familias y negocios que tienen derechos perfectamente reconocidos por la Constitución. Los primeros responsables son quienes firman las autorizaciones. Los segundos —y no menos culpables— son quienes pudiendo actuar no hacen absolutamente nada: los dirigentes de clubes, los concesionarios, los gremios de pescadores, los empresarios afectados. Su silencio es también una forma de complicidad.

 La Costa Verde es una vía pública. No la cancha privada de nadie.

Nota del autor: Pido disculpas por el uso de la palabra «imbéciles». La mantengo porque es la única que describe con precisión  a quienes, teniendo responsabilidad sobre una vía pública, actúan como si no existiera nadie más.

 

[OPINIÓN] Las proyecciones de quienes, por diferentes razones que van desde la revisión obsesiva-compulsiva de las actas publicadas en el portal oficial hasta la posibilidad de recibir información anticipada a través de contactos por aquí y por allá, vaticinan que esa mínima distancia irá creciendo, casi hasta alcanzar la misma que Pedro Castillo le sacó a Keiko en ese otro final de fotografía, el de hace cinco años.

A estas proyecciones, en apariencia imparciales, se vienen sumando distintas informaciones que señalan denuncias concretas de acciones extrañas en el procesamiento de los votos de peruanos en el extranjero. Audios de conocidos operadores del fujimorismo, la aparición de Alfredo Torres anticipando posibles errores de su infalible encuestadora, videos en redes sociales. El semanario Hildebrandt en sus Trece tiene un par de piezas muy detalladas sobre esa situación.

Para quienes, desde distintos ámbitos, hemos contribuido de forma anónima, constante y desinteresada -sin promesas de cargos o remuneraciones, sin atajos para conseguir beneficios de ningún tipo- a la lucha ciudadana para combatir al fujimorismo, este revés electoral, esta derrota anunciada antes que acaben los conteos oficiales, constituye un golpe personal, una afrenta, un pisoteo de todo lo que creímos que había comenzado a erradicarse el 2001 con la salida de Alberto Fujimori y su posterior captura, cuatro años después.

Se trata de una victoria electoral construida a cuentagotas con los votos indiferentes de dos bandos específicos, hermanados por la indiferencia y ese regodeo por defender incomprensibles posturas racistas y clasistas no basadas en ideología sino en la más auténtica ignorancia y el desprecio por el otro, astutamente disfrazado de oposición al «comunismo».

Por un lado, los votos de “la desquiciada masa capitalina” como apuntó el caricaturista Carlos “Carlín” Tovar hace unos días. Tanto Lima Metropolitana, desde San Isidro/San Borja hasta Ate/San Juan de Lurigancho, desde Surco hasta Villa El Salvador; y su anexo histórico, el Callao, como las demás provincias de la región Lima, con excepción de Yauyos, Oyón y Huarochirí, han votado masivamente por Keiko Fujimori, lo cual extiende sobre ellos un manto de vergüenza que alguna vez, en el futuro inmediato, les quitará el sueño y cuestionará sus conciencias, si acaso tienen.

Y, por el otro lado, los hoy famosos y determinantes votos de los peruanos en el extranjero que en elecciones pasadas eran casi parte de la anécdota. La mayoría de los peruanos en el extranjero es una “raza distinta” que, habiéndose desconectado de la realidad de su país, por necesidad extrema, por superficial cosmopolitismo o cualquier otra combinación de factores, termina dirimiendo sobre lo que va a pasar los próximos cinco años en el lugar donde eligieron no vivir, de espaldas a esos compatriotas a quienes no reconocen como tales y condenándolos de manera infraterna, insolidaria, a la oscuridad que ellos no sentirán allá en Buenos Aires, en Madrid, en Tokio o en Nueva York.

En ese sentido, la tienda ganadora, la de Fuerza Popular, tiene en realidad muy poco qué celebrar, más allá del reduccionismo idiota del “jojolete” que probablemente, como en los grupos de WhatsApp que compartimos con amigos del colegio y la universidad, terminará manifestándose de una u otra forma entre algunos actores políticos y mediáticos, interesados en seguir presentando este proceso desordenado, viciado desde su origen por vacíos de la ley electoral, como si fuera la simplona dicotomía de un partido de fútbol o una competencia infantil.

Ha sido un triunfo el de Fuerza Popular, sí. Pero un triunfo agónico, logrado en los días finales, en momentos en que ni ellos mismos lo creían posible. Ya habrá tiempo para análisis más profundos, revisión de estrategias, develación de misterios, establecimiento de responsabilidades. Lo que se ve ahora, en este primer tramo del final, es que no parece una victoria de la que los ganadores puedan sentirse muy orgullosos.

Porque después de todo, que el partido que reivindica al Fujimorato (1990-2001) vaya a ganar por apenas 40 o 50 mil votos teniendo todo a su favor –“la gran prensa”, el empresariado, ocho de cada diez personas de cada grupo privado de WhatsApp hablando de comunismo y calificando a quienes se oponían  Fuerza Popular de “rojetes”, “caviares” y demás ñoñeces desinformadas- da cuenta del rechazo que genera en, casi literalmente, la mitad menos uno de electores en el Perú, en términos porcentuales.

Pero si esa certeza puede funcionar como una especie de bálsamo para quienes estamos viviendo días de desasosiego, de una pena casi equiparable a la que produce la muerte de un familiar, un vacío en el pecho que crece cuando uno se pone a pensar en los años noventa o en todo lo ocurrido en el decenio 2016-2026, si esa constatación numérica, digo, permite atravesar con entereza este duelo electorero, hay otra que indigna, que rebela y revuelve el estómago.

Esa otra certeza es ver cómo la mitad más uno de nuestros compatriotas, en zonas urbanas de Lima y regiones de la costa norte, costa sur y oriente, esos que sí viven aquí, prefirió darle sus votos a Fuerza Popular sin detenerse a reflexionar, dejándose llevar por el frenesí del falso y tendencioso temor que les vienen infundiendo desde hace años, de que cualquier agrupación que esté orientada hacia la izquierda -que, en este proceso, se llamó Juntos por el Perú- es sinónimo de terrorismo. Con todos sus resquemores y justificados cuestionamientos, no se acercaba ni por asomo a la amenaza nociva y dictatorial del fujimorismo.

No estamos hablando aquí de opiniones personales sino de hechos investigados y confirmados, pero sobre todo padecidos por trabajadores peruanos que ven cómo los dueños se siguen enriqueciendo sin que sus situaciones cambien, por familias peruanas cuyos hijos fueron desaparecidos. No importa si fue en 1992 o en el 2022, si fue en algún caserío de Huancavelica o Ayacucho, o en la Plaza Francia, en el centro histórico de Lima. No importa si fue el Grupo Colina o los militares bajo las órdenes de Dina Boluarte, a quien la bancada naranja protegió mientras le fue útil. Hay cientos de páginas web con los detalles, las fechas y los nombres, los testimonios y los números.

A todo eso, la mitad más uno del Perú le acaba de entregar el último bastión de lo que podría haber sido contrapeso a la acumulación de poder que ya ostentaba, el Poder Ejecutivo. Y la mitad menos uno, entre acongojada y confundida, se pregunta: “¿Y ahora… qué?” Esa mitad menos uno está en pleno proceso de reconstrucción de su ánimo, para sobrellevar la avalancha de celebraciones que, en cuestión de días, Perú 21 y El Comercio, Willax y Panamericana Televisión, encabezarán sonrientes como si se tratara de un “gran triunfo democrático” y negando, como ya lo vienen haciendo algunos “líderes de opinión”, todo el daño que Fuerza Popular y su aplanadora congresal ha venido haciéndole al Perú.

En el entorno digital y las redes sociales, donde se libró la verdadera contienda, estuvo la voz de los que no tienen voz, de quienes no la tendrán en el próximo quinquenio. Y quién sabe, más allá.

En medio de ese ecosistema nuevo, de comunicadores valientes -algunos provenientes de la prensa tradicional- y combativos, se alzó la figura del politólogo y YouTuber Carlos León Moya quien actuó, primero, como parte del equipo de asesores de los contrincantes de Fuerza Popular en primera y segunda vuelta -Ahora Nación y Juntos por el Perú, respectivamente-; donando para ello su tiempo y experiencia en anteriores campañas políticas. Y luego, como contención emocional para esa mitad menos uno, poniendo su unipersonal de humor negro político “Voto Irresponsable” en una posición aparentemente desventajas en términos algorítmicos, dando información para entender los resultados y apoyo moral para asestar el golpe con hidalguía.

A diferencia de sus pares, León Moya puso a un lado la comprensible necesidad de monetización y la cauta neutralidad de sus colegas para comportarse como la gente de a pie que ve la injusticia frente a sus ojos y no puede hacer nada. Se la jugó y su público le brindó, en respuesta, genuinas expresiones de agradecimiento, del mismo modo en que lanzó reproches, también genuinos -sin consignas políticas de por medio, sin ser troles pagados por algún candidato- a quienes no se la jugaron.

Toca aceptar los resultados, demostrando talante democrático y alejándose de posturas fraudistas que, en otros procesos, mostraron desembozadamente quienes hoy ganan con las justas. Incluso con todas estas nuevas informaciones que revelarían el operativo montado para convertir a los otrora intrascendentes votos del extranjero en el puntito extra que necesitaban para convertirse en el 50.01%, suficiente para quedarse por delante del 49.99% del contrario.

Y tocará también estar vigilantes, pero de forma más cínica y lejana, porque habrá luchas desiguales en las que el rol protagónico deberán tenerlo los mismos jóvenes que ayudaron al triunfo de quien les arrebatará, probablemente, hasta el último brote de esperanza que les quede.

El Perú no pertenece a ninguna de las dos mitades. Que la mitad más uno celebre y la mitad menos uno llore es síntoma de que seguimos sin darnos cuenta de que nuestra nación está rota, está enferma. Y, como ocurre con toda enfermedad, si realmente queremos combatirla, hacerla retroceder, aceptarla es es lo primero que deberíamos hacer para comenzar a recuperarnos, algo que seguramente no pasará en los próximos cinco años.

[OPINIÓN]  La diferencia entre sospechar que hay fraude y ser un fraudista propiamente tiene que ver con 1) la manera en que emerge la creencia en el fraude y 2) cómo se actualiza dicha creencia. Esta no es una definición estricta, sino más bien una serie de características a tomar en cuenta (basada en la teoría de Giulia Napolitano que discutí en esta columna). El fraudista cree, sin razón alguna, que se ha cometido un fraude. Además, rechaza de antemano toda evidencia que pueda corregir su creencia. En ese sentido, si una persona tiene más o menos buenas razones para creer en un fraude (es decir que su creencia se formó de manera racional), o está dispuesta a aceptar evidencia contraria, entonces no se le puede catalogar como fraudista.

¿Son fraudistas los votantes de Sánchez? En principio, no es irracional sostener la posibilidad de que el fujimorismo haya cometido fraude. Para comenzar, fueron ellos los últimos en hacer fraude en las elecciones peruanas el 2000. Peor aún, ¡hace solo 5 años Fujimori intentó cometer otro fraude! Los fujimoristas usaron el fraudismo para tratar de tergiversar los resultados de la elección, intentando anular actas que no los favorecían, inventando supuestos reemplazos de votantes, yendo hasta la OEA para reclamar, etc. Y lo peor, hicieron todo esto con el apoyo activo de toda la prensa tradicional. No solo eso, hace menos de dos meses el aliado del fujimorismo, el partido Renovación Popular de RLA, ha intentado también usar el fraudismo como herramienta para cometer fraude: han querido anular las actas de zonas rurales, han presentado una demanda de amparo para rehacer todo el proceso, etc. Incluso han llegado a forzar la destitución del jefe de la ONPE. Estos no solo fueron intentos políticos, sino que la gran mayoría de los simpatizantes de Fujimori y RLA apoyaron activamente estas iniciativas. En base a esto, no sorprende que varios votantes de Sánchez piensen que se está queriendo cometer un fraude en segunda vuelta.

Ahora bien, queda por verse si los votantes de Sánchez cumplen o no con la segunda característica (la de actualizar su creencia en base a la información correcta). Es claro que hasta ahora que no hay evidencia de que las autoridades electorales hayan manipulado esta segunda vuelta. Los organismos internacionales, si bien han llamado la atención por la cobertura sesgada de los medios tradicionales, han señalado también de que todo se ha conducido con tranquilidad y transparencia. Queda por ver, por lo tanto, cómo reaccionan los votantes de Sánchez frente a esto. Personalmente, sospecho que como esta vez no va a haber una maquinaria mediática que presione todos los días con la mentira del fraude, estas ideas van a ser abandonadas por la mayoría en los próximos días.

Esto no es un hecho menor o un mero tecnicismo filosófico. Por el contrario, sirve para combatir una tendencia penosa, a saber, la de querer igualar “los males” de la izquierda de Sánchez con los de la derecha de Fujimori y RLA. La prensa “neutral” debe tener esto en cuenta y usar las categorías con responsabilidad. El fraudismo de Fujimori fue el primer paso de un cargamontón que terminó en la vacancia de Castillo (bien vacado, por golpista, pero no olvidemos que dio el golpe para evitar que lo vaquen sin sustento). El fraudismo de RLA ha terminado de tirar al suelo la confianza de los peruanos en las instituciones. A ambos fraudismos se sumó bien contenta la prensa tradicional. Nada de esto se ha visto hasta ahora por parte de los votantes de Sánchez.

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas.

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[ENTREVISTA] “Si López Aliaga no asume su escaño, la bancada de Renovación Popular tendría mayor disposición a tranzar con el fujimorismo”

Santiago Bedoya, politólogo del Centro Wiñaq, conversó con Sudaca y señaló que el inminente fenómeno climatológico denominado Mega Niño sería “un bautizo de fuego” para un posible gobierno de Keiko Fujimori. Además, explicó que a Roberto Sánchez le costó replicar el éxito de Pedro Castillo por la falta de elementos identitarios en su candidatura.

¿Qué influyó para que Keiko Fujimori hoy esté cerca de llegar a la presidencia con más de una década de cuestionamientos?

Durante los últimos cinco años se fue fortaleciendo Fuerza Popular como un partido que logró penetrar en múltiples regiones del país, facilitaron la formación de cuadros mediante iniciativas como la Escuela Naranja y se dio un proceso de institucionalización y profesionalización. También tenemos el hecho que tuvimos una guerra de antis (antifujimorismo y anti-izquierdismo) y el anti-izquierdismo habría sido ligeramente más fuerte que el antifujimorismo. Además, se vio una consistencia narrativa con Keiko Fujimori siendo constante con respecto a la seguridad ciudadana sin recambios discursivos, como sí se vio con el señor Sánchez.

¿Por qué los endosos de figuras políticas con el fujimorismo ocurrieron con cierta distancia?

No hubo un esfuerzo más activo en buscar estos momentos puesto que había un entendimiento más directo de su capacidad de captar al votante de derecha sin necesidad de estos endoses. La información disponible sugiere que, una vez culminado el proceso de litigio que intentó iniciar López Aliaga en primera vuelta, había un traspase de votos muy claro en más de un 80% de votante de Renovación Popular que pasó a Fuerza Popular. No creo que una imagen con López Aliaga hubiese sumado a la campaña. Pero es una realidad que López Aliaga sigue pensando en el futuro político de su partido y fue consciente que plegarse de forma explícita al fujimorismo tenía pasivos electorales a futuro.

¿Estos pasivos electorales pueden ser  un problema para Keiko Fujimori al momento de formar un gabinete?

Dudo mucho que vaya a ser un problema. El antifujimorismo está en un bajo histórico y el fujimorismo logró captar el apoyo de muchos técnicos no alineados históricamente con el fujimorismo. El señor Carlos Neuhaus, por ejemplo, fue miembro del equipo técnico para infraestructura, también están las figuras de Luis Carranza y Rafael Belaunde. Esta capacidad de captar a estos cuadros en un inicio le va a permitir captar más a futuro. A eso sumémosle otro hecho, el equipo fujimorista ha logrado cultivar un ecosistema técnico bastante amplio, como José Chlimper o Elmer Cuba, que pueden actuar como bisagras para contactar a más figuras técnicas.

En lo que respecta al Congreso, ¿se debe esperar que los sectores de derecha estén dispuestos a trabajar en alianza con el fujimorismo o mantendrá cierta distancia y una mirada crítica?

Va a depender mucho de algunos puntos claves que jugarán el rol de termómetro político de la señora Fujimori en la presidencia. El primer gran desafío que tiene entre manos para demostrar su capacidad de gestión crítica es el Mega Niño costero que va a aquejar al país en la segunda mitad de año y será un bautizo de fuego. Va a definir en gran medida qué tan redituable se vuelve para las bancadas de derecha una alianza explícita con el oficialismo. Porque si el gobierno de Keiko Fujimori logra una respuesta directa y efectiva sería muy torpe de figuras de la derecha parlamentaria no querer buscar un poco de aquello. También hay que tener en cuenta que, en el senado, si López Aliaga no asume su escaño, la bancada de Renovación Popular tendría mayor disposición a tranzar con el fujimorismo con Absalón Vásquez (reemplazo de López Aliaga).

¿Qué tanto peso han tenido en estas elecciones los endosos políticos?

Creo que la amplia mayoría de los endosos son gestos políticos carentes de un peso electoral real. Tenemos figuras como Carlos Espá o Carlos Álvarez cuyos votantes tenían una predisposición natural a fluir hacia el fujimorismo. Lo mismo con López Aliaga, con la diferencia que es una figura más mediática y simbólica de la derecha peruana. Lo mismo vemos en la izquierda con López Chau que sale a endosar a Roberto Sánchez y era un gesto político porque era muy complicado que su votante respalde la candidatura de Fujimori.

¿Cómo le puede afectar a Jorge Nieto no haber respaldado a ninguno de los contendientes en esta segunda vuelta?

Creo que todavía está barajando sus opciones en cuanto a su futuro político. Tiene setenta y cinco año, no creo que esté pensando en una candidatura en el 2031. Sin embargo, entre sus seguidores se ha logrado plantear muy bien como el líder de oposición neutral. Pero la capacidad de Nieto de trenzar con la izquierda era más complicada que con la derecha por la defensa acérrima de la izquierda parlamentaria al sector minero informal e ilegal. Esto era una línea roja para el señor Nieto y sus parlamentarios.

Si Roberto Sánchez parecía con más recorrido político que Pedro Castillo, ¿por qué terminó siendo derrotado?

El hecho de que la figura de Sánchez carecía de elementos identitarios fuertes. Cuando el IEP encuestó sobre los motivos por los cuales los votantes respaldaron a Pedro castillo se mencionaba su origen campesino, su rol como profesor y el ser un peruano rural. Elementos claramente identitarios. Cuando lo comparamos con la misma medición de IEP hecha este año no vemos indicadores identitarios para Sánchez. Todo gira en torno al hecho a que es el tapón contra el fujimorismo y representa a Castillo y la nueva constitución. No hay mucho ligado a su personaje. Creo que fue consciente de eso y lo vimos en el debate presidencial cuando fue insistente en recalcar cualidades propias insistiendo en que es psicólogo, un hombre de fe y un hijo de la educación pública. Insistió buscando forjar una figura propia, pero no generó el mismo entusiasmo que Castillo.

¿Podría Roberto Sánchez convertirse en la cara de la oposición?

Va a ser muy difícil que Sánchez se mantenga vigente como líder de la oposición. Veremos que la oposición como tal se dividirá en gran medida. No olvidemos que la misma alianza electoral de Juntos Por el Perú tiene, por lo menos, cuatro carpas políticas adentro y será complicado que en un escenario post electoral sigan apostando por Sánchez como cara única de la alianza. Vamos a ver una división en los rostros que caracterizarán este liderazgo de la oposición.

¿Qué significará para la izquierda no haber derrotado al fujimorismo como sí pudo en las últimas tres elecciones?

Habrá una cuestión de replanteamiento en ciertos sectores sobre la identidad de la izquierda peruana. Cierto sector va a buscar asentarse bien y considerar que la enseñanza de esta elección es que este intento de moderación falló. Habrá quienes digan que se debió radicalizar la propuesta y otras voces dirán que se debió buscar la moderación. Gran parte se definirá en cómo se vaya desarrollando la relación entre los mismos miembros de la bancada de Juntos Por el Perú que representan a tres o cuatro sectores distintos de la izquierda peruana.

¿El antifujimorismo ha perdido fuerza?

Con el pasar del tiempo el antifujimorismo baja mientras van ingresando nuevos votantes al padrón y estos son los menos antifujimoristas de todos. Es una cuestión de un recambio generacional importante. Adicionalmente, estamos viendo que ciertas ciudades del interior, especialmente en el Perú central, están adoptando un comportamiento electoral muy parecido al de las urbes de la costa peruana. Se están asemejando más a como vota Ica, Trujillo o Chiclayo.

Varios analistas coinciden en que estamos ante un país dividido, ¿esto se profundizará o qué podría modificar esta tendencia?

Sospecho que va a ser muy relativo a la capacidad de gestión del gobierno de Fujimori. Tiene la capacidad, más que de unir, de amedrentar las divisiones si cumple con algunas consignas de campaña y con características del fujimorismo como movimiento político. Por ejemplo con la promoción de obras públicas, carreteras, puentes, colegios y hospitales, puntos clave que facilitaron la popularidad de su padre. No me sorprendería que veamos la reactivación de sectores del Ejecutivo claves para facilitar eso, como el Ministerio de la Presidencia o Ministerio de Obras Púbicas. Sería una medida inteligente.

 

[CIUDADANO DE A PIE] Hay momentos en la vida pública en que la palabra es necesaria. Hay otros en que la palabra estorba. Y hay algunos, en que la palabra de ciertos personajes deja de ser explicación para convertirse en combustible altamente inflamable. Alfredo Torres acaba de escoger, con una ligereza preocupante, el peor de esos momentos.

Pasadas las 10 de la noche del domingo 7 de junio, IPSOS presentó su conteo rápido al 100%. El resultado favorecía a Roberto Sánchez por una diferencia estrecha: 50.3% contra 49.7% para Keiko Fujimori. La propia empresa, como corresponde, precisó el margen de error y señaló que se trataba de un empate técnico. Hasta allí no había demasiado que objetar. Una encuestadora mide, proyecta, advierte sus límites y coloca su estimación ante el país. No proclama presidentes. No reemplaza a la ONPE. No decide el destino de una elección. Hace estadística, ni más ni menos.

El problema vino después.

Menos de veinticuatro horas más tarde, Alfredo Torres decidió volver a la escena pública para explicar que estaban haciendo cálculos internos, evaluando actas pendientes, revisando el voto exterior y considerando escenarios en los que, mayoritariamente, Keiko Fujimori podía terminar ganando. En términos técnicos, esto puede ser defendible pues no contradice formalmente su conteo rápido. En términos políticos, el daño es considerable, aunque nunca falten analistas políticos dispuestos a convertir esta imprudencia en una inocente operación aritmética.

El Perú no es Suiza, vivimos en un “régimen híbrido” y esta elección no ocurre sobre una ciudadanía tranquila, instituciones prestigiosas y partidos consolidados. Ocurre en un país quebrado por la desconfianza, intoxicado por la sospecha, marcado por fraudes reales, fraudes imaginarios, golpes, vacancias, venganzas, persecuciones, terruqueos y una degradación sostenida de la conversación pública. En un país así, un encuestador no puede hablar como si sus palabras fueran simples notas al pie de una ficha técnica. Sus palabras pesan… y cuando son inoportunas, aplastan.

Torres ya había cumplido la misión encomendada. IPSOS había emitido su proyección. Había advertido su margen de error. Había dicho, en la práctica, que el resultado seguía abierto. Eso era todo. A partir de ese momento lo que correspondía era callarse y esperar el conteo oficial. No porque el silencio sea siempre una virtud, sino porque en medio de una elección al milímetro, el silencio puede ser una forma elemental de responsabilidad democrática. Y en este caso, señor Torres, lo prudente y correcto era callarse.

No se le está pidiendo que renuncie a su profesión. Se le está pidiendo que respete sus límites. Una encuestadora tiene derecho a explicar su metodología, pero no a convertirse en una ONPE paralela de cálculos reservados, escenarios cambiantes y lecturas sucesivas administradas por entrevistas radiales. Una cosa es enseñar al público qué significa un margen de error. Otra muy distinta es sugerir, en pleno conteo oficial, que la imagen que usted mismo entregó podría estar transfigurándose. La primera actitud informa. La segunda inquieta. Y en el Perú, inquietar sin necesidad es una forma de irresponsabilidad.

Un personaje con historia.

Alfredo Torres carga con un antecedente que en cualquier otro país lo obligaría a una reserva casi monástica. En el año 2000, durante la elección entre Alejandro Toledo y Alberto Fujimori, la empresa Apoyo —hoy integrada en la historia de IPSOS— quedó asociada en la memoria pública a una jornada electoral confusa y contradictoria. Esas elecciones constituyen sin duda un negro capítulo en nuestro historial democrático, una herida nunca restañada del todo. En aquella jornada, la boca de urna de Apoyo presentó inicialmente a Alejandro Toledo como ganador por un ligero margen. Horas después, el conteo rápido de la misma empresa invirtió el orden y dio ganador a Fujimori con casi el 50% de los votos válidos. El propio Alfredo Torres reconocería años más tarde que aquella boca de urna fue su mayor error profesional. No es posible afirmar que ese error haya sido parte del fraude organizado por un régimen corrupto y manipulador que convirtió al Estado en una maquinaria de permanencia en el poder. Afirmo algo políticamente suficiente: quedó instalado en la memoria de muchos peruanos como uno de los momentos más desconcertantes de una elección profundamente viciada.

Por eso, cuando en 2026 el jefe de IPSOS empieza a hablar de escenarios que podrían revertir una proyección inicialmente desfavorable a Keiko Fujimori, no estamos ante un tema exclusivamente técnico. Estamos ante una verdadera imprudencia, aun cuando existan explicaciones matemáticas perfectamente válidas.

Hay además un segundo elemento que exige un mayor recato por parte de Torres: su entorno mediático inmediato. Cecilia Valenzuela, su esposa, dirige Perú21, un diario que durante esta campaña no ha ocultado una orientación editorial abiertamente hostil al campo de Roberto Sánchez y complaciente con la candidatura de Keiko Fujimori. Que un medio tenga línea editorial no es pecado. En estos tiempos exigir neutralidad periodística en una campaña política, raya en una delirante ingenuidad.  Pero cuando el presidente de una encuestadora aparece, en plena incertidumbre electoral, elaborando públicamente escenarios favorables a la candidata que ese entorno mediático prefiere, la apariencia de conflicto se vuelve inevitable. En estos casos, lo más inteligente y apropiado es no agregar ruido innecesario.

Y se hizo exactamente lo contrario.

Lo más grave no es que haya explicado que Keiko puede ganar. Eso era evidente desde el primer minuto para cualquiera que supiera leer un margen de error. Lo grave es que lo haya hecho como si IPSOS siguiera ocupando un lugar privilegiado en el desenlace, como si el conteo rápido tuviera una segunda vida secreta, como si la empresa todavía estuviera procesando una verdad que la ciudadanía debía seguir recibiendo por entregas. Esa forma de intervención no fortalece la confianza; la perfora.

En nuestro sufrido país -estamos firmemente convencidos- la responsabilidad de un encuestador excede la exactitud de sus cálculos; incluye la valoración del efecto político de sus comunicaciones. Torres debería, por experiencia, saberlo mejor que nadie. Si todo está dentro del margen de error calculado, no hay nada nuevo que anunciar. Si la posibilidad de reversión ya se encuentra contemplada en la ficha técnica, no hace falta teatralizarlo en una entrevista. Si la única autoridad final es la ONPE, no corresponde a IPSOS seguir ocupando el centro de la escena.

Alfredo Torres tiene todo el derecho a hablar, pero nosotros tenemos también el derecho a exigirle que mida las consecuencias de hacerlo. Cuando la ONPE concluya el conteo, IPSOS podrá explicar lo que quiera. Ese será el momento de los intervalos, las curvas, las autocríticas o las celebraciones. Antes no. Antes hay que dejar que los votos hablen por sí mismos. Y los votos no hablarán mejor porque Alfredo Torres dé entrevistas. No se vuelven más legítimos porque un encuestador sugiera una posible reversión. En una democracia, el conteo oficial no necesita protagonismos impostados, necesita tiempo, vigilancia, transparencia y serenidad.

No defendemos la existencia de fraudes electorales ni conspiraciones en las que el señor Torres esté involucrado, voluntaria o involuntariamente, pero sí señalamos su imprudencia, el no entender —o no querer hacerlo— que, con la experiencia del año 2000, sus vínculos y el contexto político actual, su palabra exige una disciplina mucho mayor que la del ciudadano común.

Usted ya habló, señor Torres, la última, sinceramente, estuvo de más.  Ahora le toca a la ONPE concluir el conteo oficial. A los personeros vigilar. A los ciudadanos esperar. A los candidatos respetar. Y a usted callar. Con todo respeto señor Torres, y por el bien de nuestro querido país, por favor mantenga la boca cerrada.

[Música Maestro] OTROSÍ: Tres noticias de primer nivel esta semana en el mundo de la música popular: el 2 de junio falleció Peabo Bryson (75), una de las mejores voces de su generación, ganador del Oscar por icónicas baladas para películas de Disney. El sábado 6, Rush regresó a los escenarios y dejó deslumbrado a su público. Y el viernes 5, el pueblo argentino quedó conmocionado por el fallecimiento del Indio Solari (77), vocalista y líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, movilizando multitudes en su despedida. Más de esos eventos en las próximas semanas…

Boards of Canada: Un regreso brillante

Después de trece años, Boards Of Canada edita un disco nuevo que ha alborotado a los amantes de la electrónica y la música no convencional. El dato, que es definitivamente notorio, es solo la confirmación de que los hermanos escoceses suelen tomarse las cosas con calma, puesto que para sus álbumes previos se demoraron, respectivamente, ocho, siete y cuatro años. Claro, este es el hiato más largo entre lanzamientos, pero tampoco es que deba sorprendernos tanto su espaciada periodicidad.

Inferno es el título de este álbum -¿el infierno de Dante? ¿el infierno en la tierra? ¿Gaza?-, el quinto de su discografía oficial, décimo si tomamos en cuenta los cinco EP que, como suelen hacer las bandas independientes, Boards of Canada lanza de cuando en cuando -décimo primero si nos fijamos en Acid memories (1989), una de las joyas perdidas a la que solo han tenido acceso familiares, amigos cercanos y los más fanáticos-; y contiene todos los elementos que han convertido al dúo en un acto de culto global, con ciudades como Londres, Tokio, Nueva York y Amsterdam rindiéndose ante esta nueva selección de sonidos espectrales y nostálgicos, brillantes y misteriosos.

Hace unas semanas, con motivo de la promoción de este álbum, más de una hora de música espacial, relajante y, por momentos, conmovedora, se difundió una nota en que el tándem había expresado su malestar por el uso de una de sus grabaciones en videos propagandísticos nada menos que de la Casa Blanca, lo cual les dio bastantes titulares alrededor del mundo.

Previamente, los hermanos Sandison y sus cómplices en Warp Records, su casa discográfica desde el debut de 1998, el sorprendente Music has the right to children, habían puesto en marcha una de esas idiosincráticas estrategias de suspenso con las que acostumbran crear expectativa cada vez que deciden exponer sus creaciones musicales. Pero, ¿quiénes son Boards of Canada?

Una banda de hermanos

Michael (55) y Marcus Sandison (53) nacieron en Escocia, en una pequeña villa, Cullen, ubicada en la costa superior del país del whisky, las gaitas y los hombres en falda, teniendo como frontera el Mar del Norte, esa extensión del Atlántico que baña sus costas. Pero vivieron casi dos años, cuando ambos tenían 9 y 7 aproximadamente, en la ciudad de Calgary, la más grande de Alberta, una de las más provincias más importantes del lado anglófono de Canadá.

¿La razón? Su padre trabajaba en el sector construcción y fue destacado allá para integrarse al equipo que levantó una de las edificaciones más conocidas del país norteamericano, el Scotiabank Saddledome -llamado así porque su techo tiene forma de una montura de caballo-, arena en la que se realizan conciertos masivos y eventos importantes de alto nivel como los juegos olímpicos de invierno.

En aquellos años infantiles, los hermanos se hicieron fanáticos de los documentales y programas para niños producidos por la Oficina Nacional de Cine de Canadá (National Fim Board of Canada, en inglés) por lo que el nombre de su proyecto musical, que iniciaron a mediados de los años ochenta ya de vuelta en su país natal -esta vez en Edimburgo, una de sus principales ciudades-, es una íntima y directa conexión con sus años de libertad, crecimiento y desarrollo socioemocional.

Música electrónica inteligente

Se puede pensar en varias cosas a la vez cuando uno recorre las grabaciones de Boards of Canada. Más allá de las diferencias y cambios anímicos que motivan a los músicos en cada lanzamiento, hay varios temas en común que le dan a su discografía unicidad y coherencia. No se trata de dos improvisadores que juguetean con aparatos y tecnología para conseguir lo que no podrían usando instrumentos tradicionales. Ambos son bastante eficientes en guitarras, bajos, teclados y baterías -crecieron en una familia muy musical- y eso lo mezclan con su dominio de herramientas tecnológicas.

Su manipulación sonora tiene más que ver con llevar el arte musical un paso adelante, como en su momento lo hicieron pioneros de la música electrónica como Vangelis (Grecia), Jean Michel Jarre (Francia), Wendy Carlos (Estados Unidos) o Conny Plank (Alemania), solo por mencionar a cuatro personajes fundamentales para la evolución de este género a mediados de los años setenta, es decir hace más de cinco décadas. Y los Boards of Canada lo vienen haciendo desde hace ya más de un cuarto de siglo.

La IDM -Intelligent Dance Music- es una rama de la música electrónica cuyos orígenes podemos trazar en el trabajo de artistas no relacionados al pop-rock convencional, como el japonés Ryuchi Sakamoto en sus tiempos ochenteros junto a Yellow Magic Orchestra o la ola alemana del krautrock más espacial, aquella que inspiró a Brian Eno en su paso por Harmonia. Boards of Canada han declarado en más de una oportunidad su devoción por estos experimentadores, así como por personalidades más contemporáneas como Aphex Twin, Autechre -que fueron algo así como sus padrinos- u Orbital, otro dúo de hermanos.

Post-rock, techno-folk, psicodelia y progresivo

Pero las producciones de Boards of Canada también pueden conectarse con otras vertientes de la música popular contemporánea no convencional, como por ejemplo los extremos más volátiles y etéreos del rock progresivo -el kosmische rock, por ejemplo, o el ya mencionado kraut- en conjunción con ritmos más asociados al techno, el trip-hop y géneros más modernos/alternativos como el post-rock. Desde los norteamericanos Tortoise hasta los islandeses Sigur Rós, lo de Boards of Canada se inscribe en esa (ya no tan) nueva generación de músicos que fluye al margen de Taylor Swift y Ed Sheeran.

En varios pasajes de sus siempre extensos discos -canciones básicamente instrumentales, conectadas muchas veces por viñetas de menos de un minuto y uso masivo de voces, conversaciones y efectos de sonido que van desde aleteos hasta el vuelo de helicópteros- hay ecos de Pink Floyd y Massive Attack, de Seefeel y Pet Shop Boys, de The Cure y de Mogwai, de Moby y Tangerine Dream. Especialmente, ciertas atmósferas creadas en sus canciones -especialmente las electroacústicas- me traen a la memoria a bandas como Mojave 3 o Fleet Foxes, representantes del indie-folk o, como suelen rotular otros, “pop de cámara”.

El diablo está en los detalles

Así se titula uno de los temas de Geogaddi (2002), el segundo disco de larga duración de Boards of Canada y, probablemente, lo mejor que han hecho hasta antes del estrenado Inferno, dentro de una discografía que es, en líneas generales, bastante consistente con la calidad y el trabajo serio de estos todavía jóvenes compositores y multi-instrumentistas que se colaron, casi desde el anonimato, en las preferencias de amplios sectores de público interesado en lo experimental y lo contemplativo, en la música que activa emociones y que está abierta a interpretaciones múltiples.

Ese álbum, en el que se mostraron un poco más oscuros e indescifrables que en su aclamado debut, con una serie de mensajes subliminales incrustados en las canciones a manera de sampleos de audios -voces distorsionadas extraídas de fuentes diversas -programas antiguos de televisión, voces de niños, entrevistas científicas- al estilo de los que hizo Pink Floyd en Dark side of the moon (1973), solo por citar una referencia más o menos reconocible por todos.

Conexiones con la numerología, la filosofía ambientalista, el ocultismo y la combinación de naturaleza y tecnología que, como decíamos, los liga al trabajo auroral de creadores como Vangelis o Jarre, terminan siendo novedosas en un mundo como el de hoy, que en los aspectos más superficiales del arte y específicamente de la industria musical, está más preocupado por generar estímulos hacia afuera, con poco o nulo espacio para una verdadera introspección y para el surgimiento de emociones dicotómicas -tranquilidad/angustia, relajación/tensión, seguridad/incertidumbre- capaces de ocasionar respuestas tanto sensoriales tanto psíquicas.

En una entrevista que concedieron al diario y web británica The Guardian, con respecto a los mensajes casi apocalípticos de su tercera producción oficial, The campfire headphase (2005), Michael Sandison deja más o menos clara la posición que adopta Boards of Canada como artistas frente al mundo del siglo XXI y su inevitable declive: “Nos hemos vuelto más nihilistas con el pasar de los años. De alguna manera estamos celebrando la idea de un colapso en lugar de resistirnos a ella”.

El culto por Boards of Canada

Artistas importantes surgidos en la década de los noventa como Björk o Radiohead han declarado ser seguidores de Boards of Canada y de su enigmática forma de afrontar su papel como artistas musicales. Pero, además de estas adhesiones obvias -por afinidades sonoras, por contemporaneidad- una de las cosas más sorprendentes es la cantidad creciente de público que ha abrazado la propuesta del dúo escocés, una extensa minoría de seres humanos que no sienten ninguna conexión con las banalidades del pop actual.

Conocidos mundialmente por su carácter elusivo, casi antisocial, los hermanos Sandison establecieron su perfil desde el comienzo. En ninguno de sus lanzamientos muestran sus rostros y difícilmente han concedido entrevistas, más allá de una que otra a medios prestigiosos The Guardian o especializados -y también prestigiosos- como NME y Pitchfork, para las cuales ponen estrictas reglas como, por ejemplo, nunca hacerlas en persona, solo por correo electrónico ni juntos desde el mismo lugar.

Tampoco hacen conciertos -una decisión que, por ejemplo, hizo conocida en los setenta y ochenta a una gran experimentadora, la británica Kate Bush- y sus campañas promocionales suelen ser misteriosas y creativas: vinilos con extraños audios en los anaqueles de las tiendas, códigos de barras que deben ser descifrados, envío de cintas de VHS por correo a los domicilios de quienes compraron su disco anterior.

Todo esto, además de la innegable calidad de su música, hacen de Boards of Canada una banda atractiva, ligeramente oscura y humanamente cálida a la vez, virtudes que promueven vínculos de identificación y complicidad emocional con sus oyentes, un fenómeno similar al que generaron en los noventa otros escoceses, los reyes del indie-pop, Belle & Sebastian.

Un sonido que une pasado y presente

Michael y Marcus tienen un sistema de trabajo muy cuidadoso pero, a la vez, relajado, como ellos mismos detallan: “En el estudio, no hay roles necesariamente definidos, nos vamos lanzando ideas de ida y vuelta. A veces tocamos sobre una base principal, otras uno de nosotros comienza algo y lo va armando, o viceversa. No tenemos un solo método ni funciones particulares, porque cambia de canción a canción. Ambos escribimos melodías pero también ambos manejamos aspectos técnicos, de modo que el proceso es impredecible y algo caótico”.

En cuanto la instrumentación, los Sandison son la mejor fuente de información: “Definitivamente, somos fanáticos de los equipos viejos, estilo vintage. Todo lo que usamos es decrépito. Nuestro estudio está rodeado de cosas de madera y luces LED. Hacemos todo lo posible por conseguir un instrumento específico solo para obtener un sonido particular. En cuanto a nuestra percusión, nunca es solo una caja de ritmos o un sampleo, ponemos mucha batería o percusiones reales en vivo, entretejidas en las pistas rítmicas”.

Desde las atmósferas electrónicas de su primer EP, Twoism (1995) hasta las ondas electroacústicas de The campfire headphase (2005); desde los golpes rítmicos y los efectos vocales de Geogaddi (2002) hasta los vuelos casi new age de Trans Canada highway (2006, el extended play que precede a sus dos últimos larga duración); del trip-hop semi-psicodélico de Music has the right to children (1998) a la diversidad instrumental de Inferno (2026), la música de Boards of Canada, descrita por el periodista Simon Reynolds como “un sonido difuso de tonos de sintetizador borrosos y una producción analógica deteriorada, sostenido por ritmos pacientes y sonámbulos, cargados de nostalgia”, es siempre una caja de sorpresas que une pasado y presente en una corriente fluida de sonidos y sensaciones agradables.

Música de colores

Esa melancolía casi asociada a la sinestesia -escuchar el turquesa, oler el marrón claro, saborear el verde- se apoya también en el aspecto visual de las carátulas de sus discos, otra de las características que comparten con sus compatriotas Belle & Sebastian. El uso de imágenes alteradas digitalmente -los rostros borrados de los personajes del primer álbum, los árboles de incandescentes tonos naranjas del segundo- con una tipografía limpia y escenas brumosas, se combina con las referencias a su propio paquete de influencias artísticas.

Así, tenemos que la carátula de Twoism (1995) nos remite a Daft Punk mientras que la de Trans Canada highway es una mención evidente a Kraftwerk. La foto del horizonte en Tomorrow’s harvest (2013) nos hace recordar al álbum Cluster & Eno (1977), a pesar de que reemplazan los simbióticos arbustos por los fríos edificios de San Francisco. Y las letras que usan para el nombre de la banda en Inferno, su más reciente disco, nos remite tanto al pop-rock psicodélico de los años setenta como a la estética de los programas de televisión de la época, como los que producían Transtel (Alemania) o la NHK (Japón).

Para trabajar, Boards of Canada se interna en sus propios estudios de grabación, llamados The Hexagon Sun, un bunker ubicado en Pentland Hills, una zona rural de Escocia. Desde allí cocinan estas maravillosas oleadas de tecnología retro, creatividad instrumental y conceptos que van de lo espiritual a lo fantasioso, intercambiando bajos, teclados, guitarras y baterías con un manejo electrónico inspirado en los padres del género. Como ellos mismos dicen: “Definitivamente, preferimos trabajar fuera de la ciudad porque en entornos urbanos es imposible evitar que te recuerden el año actual, las noticias, la música que suena en las radios, las modas, etc.”

[OPINIÓN] Permítanme presentarles dos especies fascinantes de la fauna política peruana. No habitan en la selva ni en los Andes. Su hábitat natural está entre Miraflores, San Isidro, Barranco y algunos rincones bien regados de Surco. Son hijos de papá. Y poseen una extraordinaria capacidad para perjudicar al país desde la comodidad de su superioridad moral o de su parrilla dominical.

El Cojudigno es ese personaje que en 2021 decidió que votar por Pedro Castillo —o facilitarle el camino— era una elegante forma de protesta. Una postura ética. Un gesto de dignidad. Una demostración de conciencia social sin necesidad de abandonar el aire acondicionado.

El resultado ya lo conocemos: años de desgobierno, improvisación elevada a política de Estado, la sensatez por los suelos y la inseguridad por las nubes.

Pero el Cojudigno no ha revisado nada. Revisar equivaldría a admitir un error. Y admitir un error destruiría el único patrimonio intelectual que le queda: la estupidez sostenida por una supuesta superioridad moral. Así que sigue ahí, en sus redes sociales, con su foto de perfil artística y una cita de algún filósofo que nunca leyó, explicando por qué tenía razón entonces y por qué también la tiene ahora.

¿De dónde sale este espécimen?

De una combinación letal: padres que confundieron el amor con la ausencia de consecuencias y colegios trilingües —de a mil dólares por cabeza— donde la cultura woke llegó mucho antes que la historia del Perú.

El resultado es un joven bien alimentado, bien vestido, con la tarjeta de crédito de papá en el bolsillo, que encuentra virtudes en José Domingo Pérez y coherencia en Antauro Humala. Una persona capaz de ver inteligencia en un psicópata sin atenuantes y liderazgo en un drogadicto confeso y asesino de policías.

Pero si el Cojudigno es peligroso por lo que hace, el Ausente lo es por lo que deja de hacer.

Solo en Miraflores, San Isidro, Barranco y Surco, alrededor de 300,000 electores decidieron no votar. Seamos justos: una parte tenía razones reales. Enfermedad, emergencia familiar, viaje impostergable. A ellos, todo respeto.

Pero una porción considerable simplemente se quedó en casa.

Porque había parrilla.

Porque hacía frío.

Porque «todos son iguales».

Porque «igual ya ganó».

Porque «mi voto no cambia nada».

Porque el sacrificio de caminar unas cuadras hasta su mesa electoral parecía una exigencia incompatible con el relajo dominical.

Si apenas una parte significativa de esos ausentes hubiera acudido a votar —siguiendo la tendencia natural de sus propios distritos: 70% Keiko, 30% Sánchez— estaríamos hablando de más de 200,000 votos adicionales para Fuerza Popular. Suficientes para transformar una elección ajustada en una diferencia cómoda que el Perú necesita.

La ironía es que el Ausente también pagará las consecuencias si Roberto Sánchez llegara al poder. El dólar no pregunta si usted votó antes de subir. La inversión no distingue entre responsables e indiferentes. Y la inseguridad tampoco solicita el certificado de sufragio antes de tocar la puerta.

Gracias a Dios —y a pesar de ambos— el Perú parece demostrar más sentido común del que sus peores ciudadanos merecen.

Pero que quede registrado.

Cuando llegue el momento de celebrar o de pagar la cuenta, habrá que preguntarle al Cojudigno por la nobleza de sus convicciones. Y al Ausente, simplemente, cómo estuvo la parrilla aquel domingo. 

 

[Migrante al paso]  Llevo viajando unas cuantas semanas. Desde un inicio supe que no iba a votar. Siendo sincero, no me molestó. De hecho, sentí alivio por no tener que elegir entre las opciones impresentables que tenemos. Igual ando pendiente, de lejos; mi país jamás dejará de ser el Perú. Sin embargo, siento cada vez menos cariño y más lástima hacia mi propio país. Igualmente, siempre estaré orgulloso de ser peruano, esté donde esté. Es una pena ver cómo basta una elección para que salgan a flote las diferencias, el racismo, el odio y toda la represión acumulada. Mi interpretación de todo esto es lo que me preocupa: somos un país de cobardes. Veas donde veas, eso es lo que encuentras, pero me niego a pensar que eso es todo lo que somos. Prefiero pensar que estoy en un ataque fatalista. Rara vez te llevas una sorpresa positiva. Giras la cabeza hacia la izquierda o la derecha y dan ganas de vomitar por lo ridículo de ambos lados. Me llego a preguntar si el ridículo soy yo al final, no lo sé.

Me sigo manteniendo en una posición solitaria porque no estoy de acuerdo con ninguno, menos con la multitud que los sigue y mucho menos con los periodistas que apañan a alguno de los dos lados. Puedes ver cómo la manía se apodera de estas personas mientras hablan, como si estuvieran extasiadas por tener un respaldo de seguidores que solo los escuchan porque no quieren escuchar a alguien que piense por sí mismo. Da pena; es como si en estas épocas el coeficiente intelectual disminuyera, y bastante. Lo que sí es preocupante es ver a personajes que antes me parecían respetables ahora ser partidarios de un lavado de cerebro masivo, cuando deberían promover el pensamiento crítico. Hacen todo lo contrario. Ya lo dije antes: va por los dos lados. Desde La República hasta Willax, han caído más bajo que los mismos políticos. Ambos aparentan resistencia cuando la verdad es que son uno más del montón. La resistencia tiene que ser disruptiva y no depender de los “me gusta” de quienes te siguen ni de lo que piensen los demás. Por eso, me parecen unos cobardes.

Estar destinados a votar por quien te parece el mal menor es agotador. Yo llevo, como máximo, cinco o seis elecciones haciéndolo. No puedo ni imaginar la frustración de la gente mayor. Entiendo por qué no hay resistencia a hacer siempre lo mismo. Somos una población que ya aprendió que así es como debe ser y parece imposible cambiarlo. He hablado con amigos con posturas distintas y, sin importar la diferencia en su elección, percibo culpa en sus voces. Mensajes dubitativos. Lo entiendo. Vivir así no me parece saludable y, mucho menos, bueno. De hecho, cuando escucho a alguien totalmente convencido, normalmente solo siento odio de un lado hacia el otro. Muchos me dirán tibio; al final, no importa lo que digan, pero creo que lo más rebelde y representativo de la resistencia sería no votar por ninguno. Claramente, pedir que eso sea la mayoría es demasiado para un país hundido en odio y caos, causado por la red de corrupción. Una red que no tiene orientación política, y ambos candidatos representan eso. Igual, no quiero caer en la idiotez de juzgar a otro por su voto; al final, eso es lo más democrático. No me pelearé con amigos que piensen diferente. Al final, hay cosas más importantes que tu postura política. Y no hay nada más denigrante que creer que tu pensamiento es mejor que el de otro, por lo menos en política.

Termino siendo un alien en las elecciones de mi país, no solo porque esté lejos, sino porque no me identifico con la opinión de nadie. Tampoco quiero hacerlo. Y la esperanza que tengo en el futuro de la humanidad es nula. Me tocaron los mejores años, pero me temo que también se vienen los peores. Se me hace imposible imaginar un escenario que no sea oscuro. Esta vez hablo de manera global. Las elecciones del Perú no son tan relevantes para el mundo. Sé que suena apocalíptico, pero por estos momentos solo veo a las personas abandonando la razón y abrazando la estupidez. Y, como siempre ha sucedido en la historia, eso viene acompañado de aplausos y celebraciones. Salga quien salga, alguien va a celebrar con mucha anticipación para luego arrepentirse. Prefiero mantenerme lo más alejado posible de este sinsentido. Prefiero no estar de acuerdo con nadie; si me gano enemigos, que sean bienvenidos. Amigos ya tengo y me basta con los que tengo. Si seguir el lado que me parezca correcto para mí implica caminar solo, caminaré solo. En unos días regresaré a Lima. Probablemente no sienta ninguna diferencia y me quiera ir apenas mis pies toquen tierra.

Así termina mi crónica fatalista, pero honesta. Espero que salga quien salga lo haga bien, pero mis fichas no están puestas sobre ninguno. Ya me despertaré mañana para enterarme de quién ganó y seguiré conociendo el lugar donde estoy, porque no veo nada bueno en la victoria de ninguno de los dos candidatos. Espero que salga quien salga se acepten los resultados, porque es lo que corresponde en la ilusión de democracia en la que creen que viven. Una que nació muerta hace miles de años.

 

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Hoy, 7 de junio de 2026, millones de peruanos acudirán a las urnas para elegir a su nuevo presidente en segunda vuelta. También un día como hoy, hace 146 años, se libró la infausta batalla de Arica, en la que aproximadamente mil quinientos combatientes peruanos defendieron el austral puerto de la República frente a una fuerza invasora de cerca de seis mil soldados chilenos que avanzaba desde el norte, el sur y el mar.

La batalla de Arica encuentra una de sus principales explicaciones en la derrota naval sufrida por el Perú en Angamos, el 8 de octubre de 1879. Aquel día cayeron el almirante Miguel Grau y buena parte de la tripulación del célebre monitor Huáscar, embarcación que durante cinco meses logró inmovilizar estratégicamente a la escuadra chilena y retrasar los planes de invasión terrestre del enemigo.

En 1872, Chile dispuso la construcción de dos poderosos blindados en astilleros británicos. Cada una de estas naves poseía una capacidad de combate capaz de superar a la fragata Independencia, el buque más importante de la Marina peruana. Apenas se conoció la noticia, el gobierno del coronel José Balta inició gestiones para encargar unidades similares en Inglaterra. Miguel Grau, entonces comandante del Huáscar, respaldó decididamente aquella iniciativa.

Aunque resulta imposible establecer con absoluta certeza las motivaciones que impulsaron las  adquisiciones navales de Chile, es evidente que la construcción de aquellos blindados modificaba sustancialmente el equilibrio estratégico en el Pacífico sur. Conviene recordar que también en 1872 se constituyó la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta, consolidándose así una poderosa presencia chileno-británica en la explotación y comercialización del salitre. Ello incrementó la competencia con la producción procedente de la entonces provincia peruana de Tarapacá y de su principal puerto exportador, Iquique.

Tras el cambio de gobierno producido ese mismo año, el presidente Manuel Pardo optó por abandonar el proyecto naval heredado de Balta y concentrar los recursos disponibles en la culminación de los ferrocarriles Central y del Sur, emprendimientos iniciados en 1870. Su propósito era encontrar una alternativa económica capaz de sustituir al guano, cuya explotación mostraba claros signos de agotamiento y cuyos beneficios se hallaban, en gran medida, comprometidos por el contrato suscrito con la casa Dreyfus en 1869.

Otro factor decisivo para la paralización del programa naval fue la crítica situación fiscal que atravesaba el país, consecuencia de una administración deficiente de las finanzas públicas, agravada por prácticas de corrupción ampliamente extendidas. En su Memoria de 1878, presentada como Comandante General de Marina, Miguel Grau volvió a advertir sobre el deterioro material de la escuadra peruana y la necesidad de fortalecerla ante la incorporación de los blindados chilenos construidos en Inglaterra. Una vez más, sus advertencias no encontraron eco suficiente en las más altas instancias del Estado.

He querido reflexionar sobre la batalla de Arica desde esta perspectiva porque resulta legítimo preguntarse si, bajo una conducción estatal más previsora, responsable y consciente de los desafíos geopolíticos de su tiempo, aquel combate habría llegado siquiera a producirse. Probablemente tampoco se habría suscrito un tratado de alianza que comprometía al Perú a intervenir en una eventual guerra entre Bolivia y Chile, conflicto que finalmente estalló y terminó arrastrando a nuestro país a una conflagración de enormes proporciones. Del mismo modo, resulta discutible el envío de una misión mediadora a Santiago cuando el Perú no estaba dispuesto a asumir una posición de neutralidad, circunstancia que proporcionó a Chile un argumento —o, si se prefiere, un pretexto— para declarar la guerra.

Por supuesto, honra a la nación contar con héroes de la talla de Francisco Bolognesi, Alfonso Ugarte y Miguel Grau: el primero defendiendo la plaza “hasta quemar el último cartucho”; el segundo inmolándose en el Morro antes que permitir la captura del pabellón nacional; y el tercero enfrentando en el Huáscar a fuerzas navales muy superiores. Sin embargo, por admirable que resulte su sacrificio, siempre habría sido preferible que hubiesen envejecido rodeados de sus familias y fallecido en tiempos de paz.

Hoy no es un día cualquiera. Es 7 de junio, aniversario de la batalla de Arica, nuestra propia Termópilas: la lucha por el terruño, por el honor y por una idea de nación profundamente sentida. Pero también es la jornada en que elegimos a un nuevo presidente de la República.

Resulta absurdo exigir a los ciudadanos que “voten bien”. ¿Qué significa exactamente votar bien? La cuestión fundamental es otra: quien resulte elegido debe estar a la altura de la enorme responsabilidad que la ciudadanía deposita en sus manos. Gobernar implica conducir el Estado de manera eficaz para generar bienestar, reducir desigualdades y ampliar oportunidades.

El abandono histórico de amplias zonas rurales andinas y amazónicas, las persistentes brechas educativas y las deficiencias del sistema de salud son realidades inocultables. Sin educación de calidad no existe desarrollo sostenible. Quizá por ello, aunque todos admiramos a Bolognesi, Ugarte y Grau, todavía no hemos logrado consolidarnos plenamente como esa comunidad imaginada, diversa y cohesionada a la vez, llamada Perú. Con demasiada frecuencia seguimos percibiéndonos como grupos separados antes que como integrantes de un proyecto nacional compartido.

Mi único llamado, en este nuevo aniversario del Día de la Bandera, es el de un ciudadano a sus gobernantes presentes y futuros: responsabilidad, capacidad de gestión y una mejora sustancial de los servicios públicos. Pensemos en una patria moderna, desarrollada y dotada de infraestructura de primer nivel. Recordemos que países como China y Corea del Sur se encontraban, hace apenas seis décadas, en condiciones comparables o incluso inferiores a las nuestras. Ha llegado la hora de construir la república que durante tanto tiempo hemos postergado. Porque, en muchos sentidos, todavía estamos comenzando.

Cómo citarnos:

Parodi Revoredo, Daniel (2026, 7 de junio). El otro 7 de junio. Colocar aquí el link de la nota
Imagen: Lienzo de Agostino Marazani (1905)

 

 

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