Boards of Canada: Un regreso brillante

Boards of Canada: Un regreso brillante

“No se trata de dos improvisadores que juguetean con aparatos y tecnología para conseguir lo que no podrían usando instrumentos tradicionales. Ambos son bastante eficientes en guitarras, bajos, teclados y baterías -crecieron en una familia muy musical- y eso lo mezclan con su dominio de herramientas tecnológicas. Su manipulación sonora tiene más que ver con llevar el arte musical un paso adelante, como en su momento lo hicieron pioneros de la música electrónica como Vangelis (Grecia), Jean Michel Jarre (Francia), Wendy Carlos (Estados Unidos) o Conny Plank (Alemania)...”

[Música Maestro] OTROSÍ: Tres noticias de primer nivel esta semana en el mundo de la música popular: el 2 de junio falleció Peabo Bryson (75), una de las mejores voces de su generación, ganador del Oscar por icónicas baladas para películas de Disney. El sábado 6, Rush regresó a los escenarios y dejó deslumbrado a su público. Y el viernes 5, el pueblo argentino quedó conmocionado por el fallecimiento del Indio Solari (77), vocalista y líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, movilizando multitudes en su despedida. Más de esos eventos en las próximas semanas…

Boards of Canada: Un regreso brillante

Después de trece años, Boards Of Canada edita un disco nuevo que ha alborotado a los amantes de la electrónica y la música no convencional. El dato, que es definitivamente notorio, es solo la confirmación de que los hermanos escoceses suelen tomarse las cosas con calma, puesto que para sus álbumes previos se demoraron, respectivamente, ocho, siete y cuatro años. Claro, este es el hiato más largo entre lanzamientos, pero tampoco es que deba sorprendernos tanto su espaciada periodicidad.

Inferno es el título de este álbum -¿el infierno de Dante? ¿el infierno en la tierra? ¿Gaza?-, el quinto de su discografía oficial, décimo si tomamos en cuenta los cinco EP que, como suelen hacer las bandas independientes, Boards of Canada lanza de cuando en cuando -décimo primero si nos fijamos en Acid memories (1989), una de las joyas perdidas a la que solo han tenido acceso familiares, amigos cercanos y los más fanáticos-; y contiene todos los elementos que han convertido al dúo en un acto de culto global, con ciudades como Londres, Tokio, Nueva York y Amsterdam rindiéndose ante esta nueva selección de sonidos espectrales y nostálgicos, brillantes y misteriosos.

Hace unas semanas, con motivo de la promoción de este álbum, más de una hora de música espacial, relajante y, por momentos, conmovedora, se difundió una nota en que el tándem había expresado su malestar por el uso de una de sus grabaciones en videos propagandísticos nada menos que de la Casa Blanca, lo cual les dio bastantes titulares alrededor del mundo.

Previamente, los hermanos Sandison y sus cómplices en Warp Records, su casa discográfica desde el debut de 1998, el sorprendente Music has the right to children, habían puesto en marcha una de esas idiosincráticas estrategias de suspenso con las que acostumbran crear expectativa cada vez que deciden exponer sus creaciones musicales. Pero, ¿quiénes son Boards of Canada?

Una banda de hermanos

Michael (55) y Marcus Sandison (53) nacieron en Escocia, en una pequeña villa, Cullen, ubicada en la costa superior del país del whisky, las gaitas y los hombres en falda, teniendo como frontera el Mar del Norte, esa extensión del Atlántico que baña sus costas. Pero vivieron casi dos años, cuando ambos tenían 9 y 7 aproximadamente, en la ciudad de Calgary, la más grande de Alberta, una de las más provincias más importantes del lado anglófono de Canadá.

¿La razón? Su padre trabajaba en el sector construcción y fue destacado allá para integrarse al equipo que levantó una de las edificaciones más conocidas del país norteamericano, el Scotiabank Saddledome -llamado así porque su techo tiene forma de una montura de caballo-, arena en la que se realizan conciertos masivos y eventos importantes de alto nivel como los juegos olímpicos de invierno.

En aquellos años infantiles, los hermanos se hicieron fanáticos de los documentales y programas para niños producidos por la Oficina Nacional de Cine de Canadá (National Fim Board of Canada, en inglés) por lo que el nombre de su proyecto musical, que iniciaron a mediados de los años ochenta ya de vuelta en su país natal -esta vez en Edimburgo, una de sus principales ciudades-, es una íntima y directa conexión con sus años de libertad, crecimiento y desarrollo socioemocional.

Música electrónica inteligente

Se puede pensar en varias cosas a la vez cuando uno recorre las grabaciones de Boards of Canada. Más allá de las diferencias y cambios anímicos que motivan a los músicos en cada lanzamiento, hay varios temas en común que le dan a su discografía unicidad y coherencia. No se trata de dos improvisadores que juguetean con aparatos y tecnología para conseguir lo que no podrían usando instrumentos tradicionales. Ambos son bastante eficientes en guitarras, bajos, teclados y baterías -crecieron en una familia muy musical- y eso lo mezclan con su dominio de herramientas tecnológicas.

Su manipulación sonora tiene más que ver con llevar el arte musical un paso adelante, como en su momento lo hicieron pioneros de la música electrónica como Vangelis (Grecia), Jean Michel Jarre (Francia), Wendy Carlos (Estados Unidos) o Conny Plank (Alemania), solo por mencionar a cuatro personajes fundamentales para la evolución de este género a mediados de los años setenta, es decir hace más de cinco décadas. Y los Boards of Canada lo vienen haciendo desde hace ya más de un cuarto de siglo.

La IDM -Intelligent Dance Music- es una rama de la música electrónica cuyos orígenes podemos trazar en el trabajo de artistas no relacionados al pop-rock convencional, como el japonés Ryuchi Sakamoto en sus tiempos ochenteros junto a Yellow Magic Orchestra o la ola alemana del krautrock más espacial, aquella que inspiró a Brian Eno en su paso por Harmonia. Boards of Canada han declarado en más de una oportunidad su devoción por estos experimentadores, así como por personalidades más contemporáneas como Aphex Twin, Autechre -que fueron algo así como sus padrinos- u Orbital, otro dúo de hermanos.

Post-rock, techno-folk, psicodelia y progresivo

Pero las producciones de Boards of Canada también pueden conectarse con otras vertientes de la música popular contemporánea no convencional, como por ejemplo los extremos más volátiles y etéreos del rock progresivo -el kosmische rock, por ejemplo, o el ya mencionado kraut- en conjunción con ritmos más asociados al techno, el trip-hop y géneros más modernos/alternativos como el post-rock. Desde los norteamericanos Tortoise hasta los islandeses Sigur Rós, lo de Boards of Canada se inscribe en esa (ya no tan) nueva generación de músicos que fluye al margen de Taylor Swift y Ed Sheeran.

En varios pasajes de sus siempre extensos discos -canciones básicamente instrumentales, conectadas muchas veces por viñetas de menos de un minuto y uso masivo de voces, conversaciones y efectos de sonido que van desde aleteos hasta el vuelo de helicópteros- hay ecos de Pink Floyd y Massive Attack, de Seefeel y Pet Shop Boys, de The Cure y de Mogwai, de Moby y Tangerine Dream. Especialmente, ciertas atmósferas creadas en sus canciones -especialmente las electroacústicas- me traen a la memoria a bandas como Mojave 3 o Fleet Foxes, representantes del indie-folk o, como suelen rotular otros, “pop de cámara”.

El diablo está en los detalles

Así se titula uno de los temas de Geogaddi (2002), el segundo disco de larga duración de Boards of Canada y, probablemente, lo mejor que han hecho hasta antes del estrenado Inferno, dentro de una discografía que es, en líneas generales, bastante consistente con la calidad y el trabajo serio de estos todavía jóvenes compositores y multi-instrumentistas que se colaron, casi desde el anonimato, en las preferencias de amplios sectores de público interesado en lo experimental y lo contemplativo, en la música que activa emociones y que está abierta a interpretaciones múltiples.

Ese álbum, en el que se mostraron un poco más oscuros e indescifrables que en su aclamado debut, con una serie de mensajes subliminales incrustados en las canciones a manera de sampleos de audios -voces distorsionadas extraídas de fuentes diversas -programas antiguos de televisión, voces de niños, entrevistas científicas- al estilo de los que hizo Pink Floyd en Dark side of the moon (1973), solo por citar una referencia más o menos reconocible por todos.

Conexiones con la numerología, la filosofía ambientalista, el ocultismo y la combinación de naturaleza y tecnología que, como decíamos, los liga al trabajo auroral de creadores como Vangelis o Jarre, terminan siendo novedosas en un mundo como el de hoy, que en los aspectos más superficiales del arte y específicamente de la industria musical, está más preocupado por generar estímulos hacia afuera, con poco o nulo espacio para una verdadera introspección y para el surgimiento de emociones dicotómicas -tranquilidad/angustia, relajación/tensión, seguridad/incertidumbre- capaces de ocasionar respuestas tanto sensoriales tanto psíquicas.

En una entrevista que concedieron al diario y web británica The Guardian, con respecto a los mensajes casi apocalípticos de su tercera producción oficial, The campfire headphase (2005), Michael Sandison deja más o menos clara la posición que adopta Boards of Canada como artistas frente al mundo del siglo XXI y su inevitable declive: “Nos hemos vuelto más nihilistas con el pasar de los años. De alguna manera estamos celebrando la idea de un colapso en lugar de resistirnos a ella”.

El culto por Boards of Canada

Artistas importantes surgidos en la década de los noventa como Björk o Radiohead han declarado ser seguidores de Boards of Canada y de su enigmática forma de afrontar su papel como artistas musicales. Pero, además de estas adhesiones obvias -por afinidades sonoras, por contemporaneidad- una de las cosas más sorprendentes es la cantidad creciente de público que ha abrazado la propuesta del dúo escocés, una extensa minoría de seres humanos que no sienten ninguna conexión con las banalidades del pop actual.

Conocidos mundialmente por su carácter elusivo, casi antisocial, los hermanos Sandison establecieron su perfil desde el comienzo. En ninguno de sus lanzamientos muestran sus rostros y difícilmente han concedido entrevistas, más allá de una que otra a medios prestigiosos The Guardian o especializados -y también prestigiosos- como NME y Pitchfork, para las cuales ponen estrictas reglas como, por ejemplo, nunca hacerlas en persona, solo por correo electrónico ni juntos desde el mismo lugar.

Tampoco hacen conciertos -una decisión que, por ejemplo, hizo conocida en los setenta y ochenta a una gran experimentadora, la británica Kate Bush- y sus campañas promocionales suelen ser misteriosas y creativas: vinilos con extraños audios en los anaqueles de las tiendas, códigos de barras que deben ser descifrados, envío de cintas de VHS por correo a los domicilios de quienes compraron su disco anterior.

Todo esto, además de la innegable calidad de su música, hacen de Boards of Canada una banda atractiva, ligeramente oscura y humanamente cálida a la vez, virtudes que promueven vínculos de identificación y complicidad emocional con sus oyentes, un fenómeno similar al que generaron en los noventa otros escoceses, los reyes del indie-pop, Belle & Sebastian.

Un sonido que une pasado y presente

Michael y Marcus tienen un sistema de trabajo muy cuidadoso pero, a la vez, relajado, como ellos mismos detallan: “En el estudio, no hay roles necesariamente definidos, nos vamos lanzando ideas de ida y vuelta. A veces tocamos sobre una base principal, otras uno de nosotros comienza algo y lo va armando, o viceversa. No tenemos un solo método ni funciones particulares, porque cambia de canción a canción. Ambos escribimos melodías pero también ambos manejamos aspectos técnicos, de modo que el proceso es impredecible y algo caótico”.

En cuanto la instrumentación, los Sandison son la mejor fuente de información: “Definitivamente, somos fanáticos de los equipos viejos, estilo vintage. Todo lo que usamos es decrépito. Nuestro estudio está rodeado de cosas de madera y luces LED. Hacemos todo lo posible por conseguir un instrumento específico solo para obtener un sonido particular. En cuanto a nuestra percusión, nunca es solo una caja de ritmos o un sampleo, ponemos mucha batería o percusiones reales en vivo, entretejidas en las pistas rítmicas”.

Desde las atmósferas electrónicas de su primer EP, Twoism (1995) hasta las ondas electroacústicas de The campfire headphase (2005); desde los golpes rítmicos y los efectos vocales de Geogaddi (2002) hasta los vuelos casi new age de Trans Canada highway (2006, el extended play que precede a sus dos últimos larga duración); del trip-hop semi-psicodélico de Music has the right to children (1998) a la diversidad instrumental de Inferno (2026), la música de Boards of Canada, descrita por el periodista Simon Reynolds como “un sonido difuso de tonos de sintetizador borrosos y una producción analógica deteriorada, sostenido por ritmos pacientes y sonámbulos, cargados de nostalgia”, es siempre una caja de sorpresas que une pasado y presente en una corriente fluida de sonidos y sensaciones agradables.

Música de colores

Esa melancolía casi asociada a la sinestesia -escuchar el turquesa, oler el marrón claro, saborear el verde- se apoya también en el aspecto visual de las carátulas de sus discos, otra de las características que comparten con sus compatriotas Belle & Sebastian. El uso de imágenes alteradas digitalmente -los rostros borrados de los personajes del primer álbum, los árboles de incandescentes tonos naranjas del segundo- con una tipografía limpia y escenas brumosas, se combina con las referencias a su propio paquete de influencias artísticas.

Así, tenemos que la carátula de Twoism (1995) nos remite a Daft Punk mientras que la de Trans Canada highway es una mención evidente a Kraftwerk. La foto del horizonte en Tomorrow’s harvest (2013) nos hace recordar al álbum Cluster & Eno (1977), a pesar de que reemplazan los simbióticos arbustos por los fríos edificios de San Francisco. Y las letras que usan para el nombre de la banda en Inferno, su más reciente disco, nos remite tanto al pop-rock psicodélico de los años setenta como a la estética de los programas de televisión de la época, como los que producían Transtel (Alemania) o la NHK (Japón).

Para trabajar, Boards of Canada se interna en sus propios estudios de grabación, llamados The Hexagon Sun, un bunker ubicado en Pentland Hills, una zona rural de Escocia. Desde allí cocinan estas maravillosas oleadas de tecnología retro, creatividad instrumental y conceptos que van de lo espiritual a lo fantasioso, intercambiando bajos, teclados, guitarras y baterías con un manejo electrónico inspirado en los padres del género. Como ellos mismos dicen: “Definitivamente, preferimos trabajar fuera de la ciudad porque en entornos urbanos es imposible evitar que te recuerden el año actual, las noticias, la música que suena en las radios, las modas, etc.”

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