[Migrante al paso] Llevo viajando unas cuantas semanas. Desde un inicio supe que no iba a votar. Siendo sincero, no me molestó. De hecho, sentí alivio por no tener que elegir entre las opciones impresentables que tenemos. Igual ando pendiente, de lejos; mi país jamás dejará de ser el Perú. Sin embargo, siento cada vez menos cariño y más lástima hacia mi propio país. Igualmente, siempre estaré orgulloso de ser peruano, esté donde esté. Es una pena ver cómo basta una elección para que salgan a flote las diferencias, el racismo, el odio y toda la represión acumulada. Mi interpretación de todo esto es lo que me preocupa: somos un país de cobardes. Veas donde veas, eso es lo que encuentras, pero me niego a pensar que eso es todo lo que somos. Prefiero pensar que estoy en un ataque fatalista. Rara vez te llevas una sorpresa positiva. Giras la cabeza hacia la izquierda o la derecha y dan ganas de vomitar por lo ridículo de ambos lados. Me llego a preguntar si el ridículo soy yo al final, no lo sé.
Me sigo manteniendo en una posición solitaria porque no estoy de acuerdo con ninguno, menos con la multitud que los sigue y mucho menos con los periodistas que apañan a alguno de los dos lados. Puedes ver cómo la manía se apodera de estas personas mientras hablan, como si estuvieran extasiadas por tener un respaldo de seguidores que solo los escuchan porque no quieren escuchar a alguien que piense por sí mismo. Da pena; es como si en estas épocas el coeficiente intelectual disminuyera, y bastante. Lo que sí es preocupante es ver a personajes que antes me parecían respetables ahora ser partidarios de un lavado de cerebro masivo, cuando deberían promover el pensamiento crítico. Hacen todo lo contrario. Ya lo dije antes: va por los dos lados. Desde La República hasta Willax, han caído más bajo que los mismos políticos. Ambos aparentan resistencia cuando la verdad es que son uno más del montón. La resistencia tiene que ser disruptiva y no depender de los “me gusta” de quienes te siguen ni de lo que piensen los demás. Por eso, me parecen unos cobardes.

Estar destinados a votar por quien te parece el mal menor es agotador. Yo llevo, como máximo, cinco o seis elecciones haciéndolo. No puedo ni imaginar la frustración de la gente mayor. Entiendo por qué no hay resistencia a hacer siempre lo mismo. Somos una población que ya aprendió que así es como debe ser y parece imposible cambiarlo. He hablado con amigos con posturas distintas y, sin importar la diferencia en su elección, percibo culpa en sus voces. Mensajes dubitativos. Lo entiendo. Vivir así no me parece saludable y, mucho menos, bueno. De hecho, cuando escucho a alguien totalmente convencido, normalmente solo siento odio de un lado hacia el otro. Muchos me dirán tibio; al final, no importa lo que digan, pero creo que lo más rebelde y representativo de la resistencia sería no votar por ninguno. Claramente, pedir que eso sea la mayoría es demasiado para un país hundido en odio y caos, causado por la red de corrupción. Una red que no tiene orientación política, y ambos candidatos representan eso. Igual, no quiero caer en la idiotez de juzgar a otro por su voto; al final, eso es lo más democrático. No me pelearé con amigos que piensen diferente. Al final, hay cosas más importantes que tu postura política. Y no hay nada más denigrante que creer que tu pensamiento es mejor que el de otro, por lo menos en política.
Termino siendo un alien en las elecciones de mi país, no solo porque esté lejos, sino porque no me identifico con la opinión de nadie. Tampoco quiero hacerlo. Y la esperanza que tengo en el futuro de la humanidad es nula. Me tocaron los mejores años, pero me temo que también se vienen los peores. Se me hace imposible imaginar un escenario que no sea oscuro. Esta vez hablo de manera global. Las elecciones del Perú no son tan relevantes para el mundo. Sé que suena apocalíptico, pero por estos momentos solo veo a las personas abandonando la razón y abrazando la estupidez. Y, como siempre ha sucedido en la historia, eso viene acompañado de aplausos y celebraciones. Salga quien salga, alguien va a celebrar con mucha anticipación para luego arrepentirse. Prefiero mantenerme lo más alejado posible de este sinsentido. Prefiero no estar de acuerdo con nadie; si me gano enemigos, que sean bienvenidos. Amigos ya tengo y me basta con los que tengo. Si seguir el lado que me parezca correcto para mí implica caminar solo, caminaré solo. En unos días regresaré a Lima. Probablemente no sienta ninguna diferencia y me quiera ir apenas mis pies toquen tierra.
Así termina mi crónica fatalista, pero honesta. Espero que salga quien salga lo haga bien, pero mis fichas no están puestas sobre ninguno. Ya me despertaré mañana para enterarme de quién ganó y seguiré conociendo el lugar donde estoy, porque no veo nada bueno en la victoria de ninguno de los dos candidatos. Espero que salga quien salga se acepten los resultados, porque es lo que corresponde en la ilusión de democracia en la que creen que viven. Una que nació muerta hace miles de años.







