[OPINIÓN] Permítanme presentarles dos especies fascinantes de la fauna política peruana. No habitan en la selva ni en los Andes. Su hábitat natural está entre Miraflores, San Isidro, Barranco y algunos rincones bien regados de Surco. Son hijos de papá. Y poseen una extraordinaria capacidad para perjudicar al país desde la comodidad de su superioridad moral o de su parrilla dominical.
El Cojudigno es ese personaje que en 2021 decidió que votar por Pedro Castillo —o facilitarle el camino— era una elegante forma de protesta. Una postura ética. Un gesto de dignidad. Una demostración de conciencia social sin necesidad de abandonar el aire acondicionado.
El resultado ya lo conocemos: años de desgobierno, improvisación elevada a política de Estado, la sensatez por los suelos y la inseguridad por las nubes.
Pero el Cojudigno no ha revisado nada. Revisar equivaldría a admitir un error. Y admitir un error destruiría el único patrimonio intelectual que le queda: la estupidez sostenida por una supuesta superioridad moral. Así que sigue ahí, en sus redes sociales, con su foto de perfil artística y una cita de algún filósofo que nunca leyó, explicando por qué tenía razón entonces y por qué también la tiene ahora.
¿De dónde sale este espécimen?
De una combinación letal: padres que confundieron el amor con la ausencia de consecuencias y colegios trilingües —de a mil dólares por cabeza— donde la cultura woke llegó mucho antes que la historia del Perú.
El resultado es un joven bien alimentado, bien vestido, con la tarjeta de crédito de papá en el bolsillo, que encuentra virtudes en José Domingo Pérez y coherencia en Antauro Humala. Una persona capaz de ver inteligencia en un psicópata sin atenuantes y liderazgo en un drogadicto confeso y asesino de policías.
Pero si el Cojudigno es peligroso por lo que hace, el Ausente lo es por lo que deja de hacer.
Solo en Miraflores, San Isidro, Barranco y Surco, alrededor de 300,000 electores decidieron no votar. Seamos justos: una parte tenía razones reales. Enfermedad, emergencia familiar, viaje impostergable. A ellos, todo respeto.
Pero una porción considerable simplemente se quedó en casa.
Porque había parrilla.
Porque hacía frío.
Porque «todos son iguales».
Porque «igual ya ganó».
Porque «mi voto no cambia nada».
Porque el sacrificio de caminar unas cuadras hasta su mesa electoral parecía una exigencia incompatible con el relajo dominical.
Si apenas una parte significativa de esos ausentes hubiera acudido a votar —siguiendo la tendencia natural de sus propios distritos: 70% Keiko, 30% Sánchez— estaríamos hablando de más de 200,000 votos adicionales para Fuerza Popular. Suficientes para transformar una elección ajustada en una diferencia cómoda que el Perú necesita.
La ironía es que el Ausente también pagará las consecuencias si Roberto Sánchez llegara al poder. El dólar no pregunta si usted votó antes de subir. La inversión no distingue entre responsables e indiferentes. Y la inseguridad tampoco solicita el certificado de sufragio antes de tocar la puerta.
Gracias a Dios —y a pesar de ambos— el Perú parece demostrar más sentido común del que sus peores ciudadanos merecen.
Pero que quede registrado.
Cuando llegue el momento de celebrar o de pagar la cuenta, habrá que preguntarle al Cojudigno por la nobleza de sus convicciones. Y al Ausente, simplemente, cómo estuvo la parrilla aquel domingo.







