[OPINIÓN] Las proyecciones de quienes, por diferentes razones que van desde la revisión obsesiva-compulsiva de las actas publicadas en el portal oficial hasta la posibilidad de recibir información anticipada a través de contactos por aquí y por allá, vaticinan que esa mínima distancia irá creciendo, casi hasta alcanzar la misma que Pedro Castillo le sacó a Keiko en ese otro final de fotografía, el de hace cinco años.
A estas proyecciones, en apariencia imparciales, se vienen sumando distintas informaciones que señalan denuncias concretas de acciones extrañas en el procesamiento de los votos de peruanos en el extranjero. Audios de conocidos operadores del fujimorismo, la aparición de Alfredo Torres anticipando posibles errores de su infalible encuestadora, videos en redes sociales. El semanario Hildebrandt en sus Trece tiene un par de piezas muy detalladas sobre esa situación.
Para quienes, desde distintos ámbitos, hemos contribuido de forma anónima, constante y desinteresada -sin promesas de cargos o remuneraciones, sin atajos para conseguir beneficios de ningún tipo- a la lucha ciudadana para combatir al fujimorismo, este revés electoral, esta derrota anunciada antes que acaben los conteos oficiales, constituye un golpe personal, una afrenta, un pisoteo de todo lo que creímos que había comenzado a erradicarse el 2001 con la salida de Alberto Fujimori y su posterior captura, cuatro años después.
Se trata de una victoria electoral construida a cuentagotas con los votos indiferentes de dos bandos específicos, hermanados por la indiferencia y ese regodeo por defender incomprensibles posturas racistas y clasistas no basadas en ideología sino en la más auténtica ignorancia y el desprecio por el otro, astutamente disfrazado de oposición al «comunismo».
Por un lado, los votos de “la desquiciada masa capitalina” como apuntó el caricaturista Carlos “Carlín” Tovar hace unos días. Tanto Lima Metropolitana, desde San Isidro/San Borja hasta Ate/San Juan de Lurigancho, desde Surco hasta Villa El Salvador; y su anexo histórico, el Callao, como las demás provincias de la región Lima, con excepción de Yauyos, Oyón y Huarochirí, han votado masivamente por Keiko Fujimori, lo cual extiende sobre ellos un manto de vergüenza que alguna vez, en el futuro inmediato, les quitará el sueño y cuestionará sus conciencias, si acaso tienen.
Y, por el otro lado, los hoy famosos y determinantes votos de los peruanos en el extranjero que en elecciones pasadas eran casi parte de la anécdota. La mayoría de los peruanos en el extranjero es una “raza distinta” que, habiéndose desconectado de la realidad de su país, por necesidad extrema, por superficial cosmopolitismo o cualquier otra combinación de factores, termina dirimiendo sobre lo que va a pasar los próximos cinco años en el lugar donde eligieron no vivir, de espaldas a esos compatriotas a quienes no reconocen como tales y condenándolos de manera infraterna, insolidaria, a la oscuridad que ellos no sentirán allá en Buenos Aires, en Madrid, en Tokio o en Nueva York.
En ese sentido, la tienda ganadora, la de Fuerza Popular, tiene en realidad muy poco qué celebrar, más allá del reduccionismo idiota del “jojolete” que probablemente, como en los grupos de WhatsApp que compartimos con amigos del colegio y la universidad, terminará manifestándose de una u otra forma entre algunos actores políticos y mediáticos, interesados en seguir presentando este proceso desordenado, viciado desde su origen por vacíos de la ley electoral, como si fuera la simplona dicotomía de un partido de fútbol o una competencia infantil.
Ha sido un triunfo el de Fuerza Popular, sí. Pero un triunfo agónico, logrado en los días finales, en momentos en que ni ellos mismos lo creían posible. Ya habrá tiempo para análisis más profundos, revisión de estrategias, develación de misterios, establecimiento de responsabilidades. Lo que se ve ahora, en este primer tramo del final, es que no parece una victoria de la que los ganadores puedan sentirse muy orgullosos.
Porque después de todo, que el partido que reivindica al Fujimorato (1990-2001) vaya a ganar por apenas 40 o 50 mil votos teniendo todo a su favor –“la gran prensa”, el empresariado, ocho de cada diez personas de cada grupo privado de WhatsApp hablando de comunismo y calificando a quienes se oponían Fuerza Popular de “rojetes”, “caviares” y demás ñoñeces desinformadas- da cuenta del rechazo que genera en, casi literalmente, la mitad menos uno de electores en el Perú, en términos porcentuales.
Pero si esa certeza puede funcionar como una especie de bálsamo para quienes estamos viviendo días de desasosiego, de una pena casi equiparable a la que produce la muerte de un familiar, un vacío en el pecho que crece cuando uno se pone a pensar en los años noventa o en todo lo ocurrido en el decenio 2016-2026, si esa constatación numérica, digo, permite atravesar con entereza este duelo electorero, hay otra que indigna, que rebela y revuelve el estómago.
Esa otra certeza es ver cómo la mitad más uno de nuestros compatriotas, en zonas urbanas de Lima y regiones de la costa norte, costa sur y oriente, esos que sí viven aquí, prefirió darle sus votos a Fuerza Popular sin detenerse a reflexionar, dejándose llevar por el frenesí del falso y tendencioso temor que les vienen infundiendo desde hace años, de que cualquier agrupación que esté orientada hacia la izquierda -que, en este proceso, se llamó Juntos por el Perú- es sinónimo de terrorismo. Con todos sus resquemores y justificados cuestionamientos, no se acercaba ni por asomo a la amenaza nociva y dictatorial del fujimorismo.
No estamos hablando aquí de opiniones personales sino de hechos investigados y confirmados, pero sobre todo padecidos por trabajadores peruanos que ven cómo los dueños se siguen enriqueciendo sin que sus situaciones cambien, por familias peruanas cuyos hijos fueron desaparecidos. No importa si fue en 1992 o en el 2022, si fue en algún caserío de Huancavelica o Ayacucho, o en la Plaza Francia, en el centro histórico de Lima. No importa si fue el Grupo Colina o los militares bajo las órdenes de Dina Boluarte, a quien la bancada naranja protegió mientras le fue útil. Hay cientos de páginas web con los detalles, las fechas y los nombres, los testimonios y los números.
A todo eso, la mitad más uno del Perú le acaba de entregar el último bastión de lo que podría haber sido contrapeso a la acumulación de poder que ya ostentaba, el Poder Ejecutivo. Y la mitad menos uno, entre acongojada y confundida, se pregunta: “¿Y ahora… qué?” Esa mitad menos uno está en pleno proceso de reconstrucción de su ánimo, para sobrellevar la avalancha de celebraciones que, en cuestión de días, Perú 21 y El Comercio, Willax y Panamericana Televisión, encabezarán sonrientes como si se tratara de un “gran triunfo democrático” y negando, como ya lo vienen haciendo algunos “líderes de opinión”, todo el daño que Fuerza Popular y su aplanadora congresal ha venido haciéndole al Perú.
En el entorno digital y las redes sociales, donde se libró la verdadera contienda, estuvo la voz de los que no tienen voz, de quienes no la tendrán en el próximo quinquenio. Y quién sabe, más allá.
En medio de ese ecosistema nuevo, de comunicadores valientes -algunos provenientes de la prensa tradicional- y combativos, se alzó la figura del politólogo y YouTuber Carlos León Moya quien actuó, primero, como parte del equipo de asesores de los contrincantes de Fuerza Popular en primera y segunda vuelta -Ahora Nación y Juntos por el Perú, respectivamente-; donando para ello su tiempo y experiencia en anteriores campañas políticas. Y luego, como contención emocional para esa mitad menos uno, poniendo su unipersonal de humor negro político “Voto Irresponsable” en una posición aparentemente desventajas en términos algorítmicos, dando información para entender los resultados y apoyo moral para asestar el golpe con hidalguía.
A diferencia de sus pares, León Moya puso a un lado la comprensible necesidad de monetización y la cauta neutralidad de sus colegas para comportarse como la gente de a pie que ve la injusticia frente a sus ojos y no puede hacer nada. Se la jugó y su público le brindó, en respuesta, genuinas expresiones de agradecimiento, del mismo modo en que lanzó reproches, también genuinos -sin consignas políticas de por medio, sin ser troles pagados por algún candidato- a quienes no se la jugaron.
Toca aceptar los resultados, demostrando talante democrático y alejándose de posturas fraudistas que, en otros procesos, mostraron desembozadamente quienes hoy ganan con las justas. Incluso con todas estas nuevas informaciones que revelarían el operativo montado para convertir a los otrora intrascendentes votos del extranjero en el puntito extra que necesitaban para convertirse en el 50.01%, suficiente para quedarse por delante del 49.99% del contrario.
Y tocará también estar vigilantes, pero de forma más cínica y lejana, porque habrá luchas desiguales en las que el rol protagónico deberán tenerlo los mismos jóvenes que ayudaron al triunfo de quien les arrebatará, probablemente, hasta el último brote de esperanza que les quede.
El Perú no pertenece a ninguna de las dos mitades. Que la mitad más uno celebre y la mitad menos uno llore es síntoma de que seguimos sin darnos cuenta de que nuestra nación está rota, está enferma. Y, como ocurre con toda enfermedad, si realmente queremos combatirla, hacerla retroceder, aceptarla es es lo primero que deberíamos hacer para comenzar a recuperarnos, algo que seguramente no pasará en los próximos cinco años.







