En suma, el perdón histórico y reivindicador a los mundos andino y amazónico secularmente explotados, su reparación e integración de pleno derecho al proyecto nacional, lo que implica la dotación de los servicios del Estado en condiciones de igualdad que al resto de los ciudadanos, deben constituirse en la base de una sociedad en la que la multiculturalidad y el multilingüismo no representen muros que nos separan sino riquezas que compartimos y nos proyectan hacia el mundo, y que hemos sabido hacer nuestros tendiendo puentes interregionales e interculturales a través de la escuela y potentes programas de intercambio infantiles y juveniles. Desde estas bases podemos comenzar a construir una sociedad libre y justa, que aprendió de su pasado, que maduró a pesar de él y que se enorgullece del entendimiento entre todos sus ciudadanos y ciudadanas sin importar su origen, raza, género o religión, habiendo desterrado el racismo en todas sus formas.

La utopía del centro es una nación que hoy no somos, pero resulta que hoy no somos ninguna y hay que comenzar por imaginarnos aquella que queremos ser.

P.S. Mi agradecimiento a mi amigo y filósofo Atilio Castro Gargurevich por su expertiz en temas de reconciliación y amazónicos, y por compartirla conmigo.

 

 

 

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Cultura, Gobierno, sociedad

En 2016, sin embargo, un milagro cívico pareció emerger de la nada. Verónica Mendoza, joven cusqueña, quechua-hablante, surge de los confines olvidados del país y lo sacude con 18% de los votos. Todo el sur del Perú se vuelca hacia su nueva lideresa izquierdista, hacia su versión femenina y contemporánea del Incarri. Entonces la Vero, y no es primera vez que lo digo, solo tenía que decidirlo para que esa izquierda, que emergió electoral y espontáneamente, se trasformase en proyecto, en frente y en partido, pero la Vero no lo decidió. 

Podría ir más allá y más allá, pero, aunque tengan toda la pinta, la intención de estas líneas no es tirar barro. Al contrario, es sacudir, despercudir. La imagen de Anahí Durán, dejando su partido por un cargo en el Estado, se explica sola. Ya fuera que se trate del Estado, la consultoría o la ONG, en rubros como derechos humanos, feminismo y ecologismo -sin negar la importancia de cada uno- la izquierda que estuvo en el poder desde Toledo hasta hoy está feliz como está y no tiene ninguna vocación por liderar un proyecto transformador. Esta histórica omisión, la hace corresponsable de un desastre respecto del cual el fujimorismo y adláteres tienen, por cierto, mucho que responder. Pero veamos el panorama completo.

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Gobierno

Estos son los vientos del siglo XXI, el miedo y la incertidumbre buscan refugio en los extremismos y los facilismos populistas, las masas abandonan en masa el garantismo de la institucionalidad democrática y, cual canto de sirena, siguen atónitas a caudillos desorbitados. ¿Dónde estaremos al despertar?

 

 

 

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Economía, Francia, sociedad

La feliz decisión de apartarlo del equipo, o la gota que derramó el vaso, provino del comando técnico en marzo de 2016, tras la juerga de Luis Advíncula en una discoteca, luego de un partido eliminatorio, que generó escándalo y sanción por parte del comando técnico (Advíncula no volvió a ser titular hasta el partido definitorio del primer repechaje ante Nueva Zelanda en Lima). Pero Pizarro alzó la voz y declaró que el futbolista en su día libre podía hacer lo que quería. Esa era la lógica, pues, que había imperado los últimos procesos eliminatorios y “el bombardero” la propagaba a los cuatro vientos. Gareca, sin embargo, pensaba distinto y había comprendido perfectamente la naturaleza del problema con la selección. El partido siguiente, contra Venezuela, que Pizarro fue reemplazado con el marcador 2 a 0 abajo y que los entrantes Raúl Rui Díaz y Edison “el Orejas” Flores revirtieron, fue el último del excapitán con la bicolor. 

A Pizarro no parecieron afectarle mucho sus desconvocatorias al equipo de todos hasta que percibió que el nuevo team del profesor Gareca podía clasificar a Rusia 2018, entonces desde algunos medios de comunicación, periodistas amigos y hasta alguno futbolistas de la selección, se metió mucha presión para llamar al jugador del Bremen, la que continuó casi hasta la justa mundialista, generando continuas controversias, pero no se logró desconcentrar al grupo, y Pizarro nunca más fue convocado. Así fue como realmente comenzó la era Gareca en el fútbol peruano. 

Ahora viene la repesca, yo creo en la victoria infalible si se repite la actitud del equipo, su altísimo nivel de concentración, su solidaridad en la marca y su acierto en la definición que vimos contra Paraguay, pero es un partido y puedo ocurrir cualquier cosa, tengámoslo presente. Independientemente de ello, ojalá que el profe continúe al frente hasta 2026, este es el momento de consolidar el recambio con los jugadores nuevos que vienen apareciendo. 

Cuando ya no esté, Ricardo Gareca nos habrá dejado al “futbolista peruano confiable”, ese que nunca tuvimos en realidad, y nos habrá enseñado la manera de mantener una selección permanente profesional y competitiva. Dependerá de la plana dirigencial del presente y futuro tomar las mejores decisiones para que el proceso se torne indefinido y nuestra selección sea siempre competitiva en el plano internacional. 

 

 

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Fútbol, Ricardo Gareca

¿Y los puentes? 

He señalado en otras reflexiones que hoy la universidad, inclusive la privada, es un espacio de encuentro de todas las sangres y he invitado a los estudiantes a conocerse: a la “pituca” que veranea en Asia a convidar a sus compañeros provincianos a su casa de playa, tanto como a la estudiante de la sierra, que vive en una estancia rural en Ayacucho o Cajamarca, llevar a la “pituca” y a los demás a disfrutar de su tierra, vivir sus costumbres, para así conocerse, comprenderse y compartir las diferentes realidades del Perú. Les he dicho que está en ellos construir la nación que no somos porque están todos juntos y es la primera vez que estamos todos juntos. Entonces alternemos, en lugar de adoptar posiciones los unos en contra de los otros.

Tal vez esta propuesta será fustigada con indignación o tildada de ingenua, porque nada es más fácil que destruir o desarmar, y es desconcertante constatar la reiterada adopción de posturas sin mayores matices, y, lo más alarmante, sin propuestas para la solución de una problemática que es real. ¿Qué hacer para que un día en el Perú baste con llamarnos peruanos para vernos, tenernos y reconocernos como iguales, y en una sociedad en el que la diversidad cultural se conciba como una ventaja y no como una línea divisoria? 

Criticar es muy fácil, si somos científicos sociales es para pensar estos temas en profundidad y ofrecer alternativas de solución, esto es tender puentes. El país lo necesita a gritos. 

 

 

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Cultura, sociedad

De la desidia de la izquierda limeña en constituirse en un sector vital y orgánico de nuestra política, se explica la súbita aparición de Perú Libre. No busca esta reflexión achacarle a PL, todos los defectos y críticas que ya se le han hecho y que son harto conocidas. El tema es reconocer que, ignorándolo Lima, el centro del poder, en la sierra peruana, principalmente la urbana, se organizó un partido político que, me corrijo, junto al Morado, conforman la dupla de organizaciones políticas correctamente instituidas con las que cuenta el Perú.

El marxismo-leninismo de PL, es otra cosa, a mi tampoco me gusta, como no me gusta el caudillismo del inefable Vladimir Cerrón, ni el APRA, el partido más moderno del siglo XX peruano, pudo escapar al flagelo del líder carismático, weberianamente hablando. Pero independientemente de esto, Perú Libre, es un partido político con programa, cúpula, militantes, bases y seguidores; y surgió de la región huanca, como lo hizo la verdadera resistencia peruana durante la guerra del Pacífico, con perdón de la forzada comparación.

En todo caso, puede que yo esté completamente equivocado, que los partidos políticos sean una manifestación societal de los siglos XIX y XX, y obsoleta en tiempos en los que, evidentemente, las redes convocan más que aquellos. Lo que nadie puede negar es que un país no puede construirse sin clase política. Miremos nomás a Chile, ante el fracaso de una, perfectamente instituida, el pueblo, recupera la soberanía en sus manos y la reemplaza por otra, igual de capacitada, pero joven e inclinada hacia reformas en el ámbito del Estado de bienestar. Una manera muy chilena de instituir el siglo XXI en el país vecino.

Con o sin partidos políticos, y sin negar la globalidad de muchos de los fenómenos aquí descritos, lo cierto es que sin una clase política profesional, preparada y descentralizada, que persiga auténticamente utopías de las que ni hablamos ante tanto ruido, como el mero y simple desarrollo del país, no contamos con un punto de partida para comenzar a implementarlo. Sin punto de partida no hay principio, de allí mi escepticismo, el de un utópico que no por ello dejará de perseguir la utopía del progreso nacional.

 

 

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Política, sociedad

La élite política limeña debe sacarse las vendas de los ojos de una vez, principalmente el centro político, o quienes pretendemos construirlo, me incluyo, sin duda. El Perú, tras de Velasco hasta la fecha, se ha organizado a espaldas del republicanismo, ha desarrollado otros códigos de comunicación. A las normas republicanas y sus valores se les superpone absolutamente todo, lo que equivale a su inexistencia, salvo por el ademán de votar cada 5 años y cada 4 años.

Pero pensar, como señaló Neira, en construir la república desde nuestra propia realidad, al día de hoy, es una ecuación dolorosísima a fuer de realista, por eso la evitamos y, los que más, se limitan al populismo patrimonial. Es decir, a administrar lo que hay con parches, obras dispersas, mucha coima y harta corrupción. ¿Qué sistema podríamos crear partiendo de la realidad si nuestra realidad es una sociedad que hace quinientos años se relaciona con el Estado a través de la corrupción? Ya no importa si a la clase política la mató Fujimori, o si se disolvió dentro de su propia incapacidad.

¿Qué estamos dispuestos a hacer? ¿Qué batallas estamos dispuestos a librar si lo que enfrentamos no es una realidad en la que hay corrupción, sino un escenario en el que la realidad es la corrupción, acompañada de decenas de otros malos hábitos arraigados por siglos en la sociedad? Y la clase política que había, zozobrante tabla de salvación, yace en el fondo de nuestros sueños republicanos. En el Perú, primero es la revolución -y no me refiero a la marxista sino a la moral- y después es la república, ténganlo presente aquellos que todavía sueñan con sus togas y sus grandes oradores.

 

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Gobierno, Pedro Castillo

A Carolina

Cayó en mis manos “Freud en su tiempo y en el nuestro”, de Élisabeth Roudinesco, oportuna reivindicación del padre del psicoanálisis, luego de dos décadas de cancelaciones y escraches. Llegó a mí gracias a otra mujer, mi esposa, también psicoanalista, a la vez feminista y admiradora del intelectual vienés porque, racionalmente, se puede ser ambas cosas al mismo tiempo. 

Llevo pocos días con el texto, y como suele sucederme con lecturas no previstas, he comenzado a leerlo en desorden, de acuerdo a mis propios intereses y prioridades. Así que recién he concluido con el capítulo 2 de la Cuarta Parte que se titula “Frente a Hitler”. 

En él, Roudinesco opone a Sigmundo Freud con Adolf Hitler como a dos esencias contrarias y trae a colación las teorías freudianas que vinculan al hombre con sus instintos más autodestructivos. A estos instintos, Freud les opone la cultura y la civilización. Al respecto, señala Roudinesco que “había un camino muy distinto que era igualmente posible, explicaba Freud: el acceso a la civilización (la cultura), la única capaz de permitir, mediante la sublimación, la dominación de las pulsiones de destrucción, es decir, del estado de naturaleza, ese estado salvaje y bárbaro que es un componente de la psique humana desde la antigua horda primitiva”. 

Está claro que con Hitler se perdió todo eso, la civilización, la cultura y nos desbarrancamos hacia las pulsiones más autodestructivas del hombre. Si un equívoco ha despejado la posmodernidad es creer que progresamos y que, eventualmente, en simultaneo al avance material y técnico, superamos también nuestro estado salvaje. Este, más bien, depende de los siglos o las décadas, va y viene, puede emerger en cualquier momento. La mayoría de visiones cinematográficas sobre nuestro futuro son distópicas, proclaman el triunfo del animal salvaje que lo destruyó todo a su paso. Anticipan un advenimiento fatal, una profecía autocumplida. 

¿Y el Perú? ¿Y los peruanos? Hay un consuelo de tontos. No estamos mucho peor que el mundo. La vieja diatriba, “qué mal estamos en el Perú, quiero irme al extranjero” no funciona más. En Alemania hay neonazis en el parlamento, en España Vox crece como la marea al ponerse el sol y en USA al bueno de Joe Biden se le opone el malo de Donald Trump. 

Lo que tienen en común los neonazis alemanes, Vox española y Donald Trump es una forma de hacer política que rechaza la mirada freudiana de civilización, entendida como cultura, porque impugna el diálogo y se constituye y realiza desde la destrucción del adversario, lo que supone la vuelta de nuestras pulsiones más autodestructivas, posicionándolas, cada vez más, en el mundo contemporáneo. Y lo mismo hacen los y las radicales ultraliberales, con sus cancelaciones en redes sociales, las que hace tiempo dejaron de ser su patrimonio exclusivo. Así, la democracia, quintaescencia ideal donde debería establecerse el consenso en busca del bien común cede presto su lugar a los extremismos. 

Sin embargo, la situación en el Perú sí es peor por una razón. En los tres espacios nacionales que he referido preexistían clases políticas profesionales de muy alto nivel, y partidocracias sólidas que ahora enfrentan a capa y espada esta nueva corriente política que, finalmente, también es cultural. En el Perú, en cambio, la versión chicha y posmoderna de Adolf Hitler ha llegado, o llegará en cualquier momento, sin siquiera un partido político, o cincuenta cuadros políticos en el candelero, con la suficiente capacidad de convocatoria y movilización para hacerle frente. 

Por eso en las encuestas gana el centro y en las elecciones ganan los extremos; hasta que un día ya no haya elecciones, o lo que es peor, ya no haya república, total ¿acaso algún día la tuvimos?  

 

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Freud, Hitler
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