Se va el año del Bicentenario, corriendo y sin pagarle la cuenta a una historia engolosinada y jactanciosa. Antes de la Guerra con Chile pensábamos que estábamos en posición de castigar al vecino por invadir Bolivia; al final, el vecino nos hizo expiar cincuenta años de anarquía militar y despilfarro del guano, que sólo sirvió para enriquecer a la argolla civilista y no lo digo yo, lo dijo González Prada a gritos y luego Basadre con un poco más de ponderación ¿nos suena conocida la historia? 

Pero el agónico 2021, el debate no alcanzó a ser ese, ni siquiera los posibles derroteros del desarrollo nacional al inicio de nuestra tercera centuria de vida independiente, tampoco el Covid-19, pandemia fatal que asola el mundo y desnudó el carácter fallido de nuestro Estado. En realidad, la discusión de la vacancia presidencial, colocada en la agenda política mensualmente por la oposición congresal, ha acaparado la atención de los peruanos desde que Pedro Castillo asumiese la presidencia del país. 

En un contexto así, no sorprende que la controversia vargasllosiana ocupe regularmente el centro del escenario de manera reiterada y pueril. Mientras más leo los ensayos del nobel, más brillante me parece. Su Orgía Perpetua le otorga méritos más que suficientes para formar parte de la academia de la lengua francesa, pero mientras más declara más me parece que solo sirve para escribir, como se lo dijese alguna vez su excónyuge. ¿De verdad importa la versión más conservadora del escribidor aparecida al atardecer de su trayectoria? ¿le aporta al debate nacional?

A otra cosa, una conclusión compartida por casi todos en Chile es que el triunfo de Gabriel Boric representa un relevo generacional dentro de su propia izquierda. De hecho, Michelle Bachelet encarna la última representante de un pacto en esencia neoliberal suscrito en 1989 por la clase política chilena en su conjunto, de la que la vieja izquierda no pudo zafarse. Fue la generación de las grandes protestas estudiantiles de 2011, la que contó entre sus líderes con el propio Boric, Camila Vallejo y Giorgio Jackson, y que se levantó agitando la bandera de una drástica reducción de los costos de la educación superior, técnica y universitaria, la que hoy ha ingresado por la puerta grande a La Moneda con la votación más importante de la historia del país sureño. 

¿Tenemos realmente una generación que relevar en el Perú? ¿contamos con una generación capaz de reemplazar a quienes hoy constituyen la clase política? Para la mayor parte de la opinión pública el nivel del debate político y de la performance de sus actores es tan bajo que ameritaría su completo recambio, sin discriminación, ni excepción de carácter ideológico. Luego, una generación joven se mostró ante el país en las jornadas de protesta de noviembre del año pasado dejando tras de si a dos héroes, Inti y Bryan, que dejaron la vida luchando en contra de un gobierno cuya ilegitimidad refrendó la mayoría de los peruanos. 

Sin embargo, de allí a asistir a la génesis de un movimiento juvenil de recambio generacional que implique el destierro de las malas prácticas y de la pasmosa mediocridad que pululan, como lugar común, entre quienes nos representan en la función pública, existe un abismo, cuando no un inmenso signo de interrogación. Sin una nueva clase política, a nivel nacional, con una mínima conciencia del servicio público, no hay proyecto de república posible así vengan tantos bicentenarios como queramos. La que hace doscientos años se fundó, y tiene muchas ganas de quedarse, es la republiqueta criolla de Manuel González Prada. 

 

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Bicentenario, política peruana

Las últimas semanas he referido el fenómeno global de la radicalización de derechas populistas-autoritarias e izquierdas culturales. Una amalgama de circunstancias, desde el advenimiento de la segunda década del nuevo milenio, logró desplazar a la democracia liberal, con sus propias izquierdas y derechas, del centro de la discusión pública y de su otrora zona de confort. Paulatinamente, el debate político y cultural se trasladó desde los medios de comunicación a las redes sociales, espacio sin duda horizontal pero carente de filtro y mediación, donde no fue difícil que posiciones extremistas se apropiasen de todo el espectro.

De esta manera, la izquierda cultural estableció la cultura de la cancelación, destinada a pulverizar en redes a todo aquel artista, escritor, personaje público o lo que fuere que se saliese de los márgenes de lo “políticamente correcto”. Fue así como diversas personalidades sufrieron escraches y linchamientos públicos por opiniones mal dichas, mal interpretadas, o sencillamente, discordantes. La misma suerte han corrido autores de otros tiempos, que ya no están aquí para defenderse, así como las estatuas de personajes del pasado cuyos escritos o prácticas, normalizados en los tiempos en que vivieron, no resultan aceptables el día de hoy.

Un caso emblemático fue el retiro de las plataformas de HBO de la cinta “Lo que el viento se llevó”, producida en la década de 1930 y ganadora de varios premios Oscar, por sus contenidos y diálogos que hoy podrían considerarse racistas. HBO, con criterio, decidió reponer la película con un disclaimer que contiene una explicación del contexto histórico y una denuncia explícita del racismo, lo que parece ser una buena alternativa para no asesinar el pasado desde el presente, como en un lúgubre ministerio orwelliano.

En el otro extremo, los sectores conservadores dejaron de sentirse seguros en el marco de la democracia y los derechos fundamentales, transgredidos impune y corrientemente por vanguardias instaladas en las redes sociales que marcaban tendencias mucho más que los medios de comunicación tradicionales. Estos últimos, acorralados, comenzaron paulatinamente a acomodarse a las nuevas formas difundidas en las redes para asegurarse vigencia y audiencia. 

Entonces el apego a la tradición surgió como respuesta, y no solo el apego a la tradición, sino una explosiva amalgama de expresiones sociopolíticas e ideológicas que abarcan desde nacionalismos extremos, xenofobia, posturas antinmigración, posiciones anti LGTBIQ+, misoginia, esencialismos de todo tipo, integrismos de todo tipo, identitarismos étnicos y un largo etc. ¿Qué tienen en común todos estos grupos bastante bien distribuidos a nivel mundial? Su rasgo distintivo: son conservadores, no quieren el matrimonio igualitario, coquetean abiertamente con el autoritarismo, mientras que la democracia, y siglos de construcción de una sociabilidad basada en derechos igualitarios que giran a su alrededor, les interesan muy poco.  

Entre estas dos posiciones, que hoy han abarcado casi todo el espectro del debate político, se ubica el centro liberal, democrático, con sus izquierdas y derechas sistémicas, y al que no le faltan representantes que se ufanan de presentarse a si mismos como centro moderado que es donde radica la razón de su estruendoso fracaso al amanecer de la tercera década del tercer milenio. No se puede proceder “socráticamente” cuando el debate político genera sus contenidos en el infierno de las redes sociales, no se puede seguir pensando la democracia como un ágora de ciudadanos togados que escuchan admirados a Pericles o Damocles lucirse en el ágora ateniense para luego escribir su voto en un óstracon. 

La democracia, sus principios, sus instituciones ameritan ser defendidas a gritos e invectivas en las redes sociales para, en primer lugar, generar un público dispuesto a defenderlas tal y como lo tienen los dos extremos que he referido en estas líneas. La democracia es también política y en la política es irreversible, es la derrota autocumplida, ceder el espacio al contrincante, y, hoy, ese espacio son las redes. 

Debe comprenderse que las redes sociales representan un escenario no solo en tanto que lugar virtual donde se genera la opinión, sino en tanto que lenguaje común que moviliza a los ciudadanos. Ese lenguaje hoy se expresa en voz alta, de maneja simple, tenaz, binaria, buscando llevar al público a una respuesta obvia, previamente concebida.

Es posible que se señale que una apuesta así, desde posturas demócratas y centristas, significaría su desnaturalización e implicaría convertirse en lo que se combate, que un centro democrático debería ser, ante todo, docente y versado. Grave error, la política del siglo XXI consiste en ganar la calle y la calle se gana desde las redes para una vez desde allí apuntar hacia el poder y aplicar los ideales a través del gobierno y el control del Estado. Lo que no puede hacerse es luchar una guerra sin armas con el enemigo armado hasta los dientes y cuya orden directa es la destrucción de la democracia en cuanto se cuente con el equilibrio estratégico para hacerlo.

Tras 200 años de vida republicana, el Perú no cuenta ni siquiera con la clase política mínima para iniciar un auténtico proyecto republicano, de igualdad, de justicia social, de integración sociocultural y de desarrollo económico. Los enemigos de este proyecto han estado siempre un paso adelante y ahora, conforme a los tiempos, muestran abiertamente sus posiciones, combinadas con mensajes que buscan polarizar sembrando el miedo y la confusión. Crear una república del siglo XXI es luchar por ella bajo las formas, los medios y el lenguaje del siglo XXI. De lo contrario, la batalla está perdida de antemano.  

 

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Centro, ciudadanos, Democracia, política peruana

¿Qué relación existe entre el primer lugar obtenido por el ultraderechista José Antonio Kast en la primera vuelta presidencial chilena, el ataque de la radical Resistencia al domicilio del excongresista Jhony Lescano, la nueva moción de vacancia presentada por Fuerza Popular, Renovación Popular y Avanza Perú contra el Presidente Pedro Castillo, los gobierno ultra derechistas de Polonia y Hungría, que aterrorizan a sus ciudadanos en contra de una inmigración que, en sus países, es casi inexistente, el supremacista blanco con cuernos de búfalo en el Capitolio cuando Donald Trump no aceptaba su victoria, los representantes de la ultraconservadora Vox en felices coloquios con Keiko Fujimori y un larguísimo y global etc.?  

La respuesta, que parece compleja, es sencilla y absolutamente preocupante. En el mundo se impone el pánico dirigido hacia enemigos, las más de las veces imaginarios, pero, al mismo tiempo, perfectamente identificables por enormes masas que ya no se sienten seguras con el pacto demoliberal que se afirmase en el planeta tras la caída del muro de Berlín en 1989. En tal sentido, las razones de la migración de montones de gente hacia posturas integristas, esencialistas, conservadoras, religiosas, nacionalistas, identitarias deben abrir urgentemente el espacio para la autocrítica. 

La línea que separa la defensa de los derechos civiles de la cancelación violenta y autoritaria -mediática y en redes sociales- de cualquier opinión que pudiese interpretarse políticamente incorrecta, y que incluye la prohibición de películas, monumentos y autores que desarrollaron sus obras en tiempos en los que otras epistemes predominaban y que de pronto debían sencillamente ser borrados, quemados, olvidados o demolidos se cruzó con total y absoluta naturalidad. Esta puede ser la causa principal de la proliferación de binarismos, reduccionistas pero efectivos, que, básicamente, tildan de comunista o descalifican, sin más, todo lo que perciben que amenaza su forma de vida tradicional, a la que se aferran con mucha más conciencia que hace diez o veinte años. Son tiempos de guerra ideológica, no tiempos de paz, disenso/consenso, deliberación y democracia. Son tiempos como los previos a los fascismos europeos de las décadas de 1920 y 1930, y ya sabemos cómo acabaron esos experimentos. 

Ante contextos de polarización se desarrollan condiciones propicias para el advenimiento de gobiernos populistas, sólo hacen falta líderes que encajen en el momento (ojo Perú). De aparecer estos líderes, el paso principal hacia el autoritarismo se habrá dado con masas eufóricas apoyándolo en las calles, no sólo Lenin se preguntó “¿libertad para qué?”.

Vayamos a Chile, los candidatos de la derecha e izquierda sistémicas han obtenidos, juntos, 22%, en un mar de postulantes y partidos que nos hace plantearnos si realmente las reformas al antiguo bipartidismo fueron una buena idea. Luego, 30% de los chilenos están dispuestos a votar por cualquier tipo de derecha -con más ganas si resulta que José Antonio Kast tiene un aire a Pinochet- si esta representa una vuelta al orden, en lo que entienden como dos años de caos propiciado por la izquierda. 

No toman en cuenta que el pacto neoliberal de 1989, cuyas desigualdades económicas fueron llevadas al extremo durante las últimas tres décadas, está en la base de las protestas de las clases medias y populares que forzaron un nuevo pacto social a través de la Convención Constitucional. En todo caso, las posibilidades de triunfo de un candidato tildado por algunos como “el Bolsonaro de Chile” sólo se explica en un mundo sin certezas, sin parangones, en el cual la democracia es vista como debilidad y la moderación política como defecto. 

Por otro lado, Franco Parisi, enigmático candidato que postula desde el exterior, y realizó su campaña a través de las redes, ha obtenido el 12% de las preferencias y resultará decisivo en el balotaje del 19 de diciembre.  La política de las TIC y la virtualidad también está presente en el Chile contemporáneo, quizá tengamos que acostumbrarnos más y más a ella en las próximas décadas. 

Salir del autoritarismo

El mundo avanza hacia el autoritarismo. La incertidumbre posmoderna es una profecía autocumplida, pensamos que el credo liberal y la impronta de los derechos civiles podía imponerse a través de la dictadura de las redes sociales y hemos obtenido por repuesta el atrincheramiento de la derecha en la tradición y la intolerancia: el mundo, una vez más, se ha polarizado. De aquí en adelante, vuelvo a la idea, hay que rescatar el centro político, los valores de la república y la democracia, valores que nos amparan a todos, hay que rescatar cuestiones tan elementales como la inviolabilidad del domicilio, el derecho al honor y la libertad de opinión, venga esta de donde venga y por incorrecta que pudiese parecernos. 

Necesitamos reencontrar aquel pacto global democrático que hemos perdido. Siglos de derechos fundamentales no pueden tirarse al pozo debido a pasajeros exabruptos generacionales, al margen de su impronta y de su color político. 

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derechos fundamentales

En su reciente best seller El Ocaso de la Democracia, La Seducción del Autoritarismo (2021), la afamada periodista y economista polaca Anne Applebaum, columnista para The Washington Post y galardonada con el premio Pulitzer gracias a su obra Gulag, en el genero de no ficción (2004), advierte de un fenómeno mundial que pocos hubiesen podido vaticinar en la década milenio, en los primeros años del siglo XXI, cuando todo era democracia, liberalismo político y felicidad. 

Ya el gran semiólogo francés Tzvetan Todorov nos lo había advertido tempranamente en Los Enemigos íntimos de la Democracia (2012), obra visionaria que advierte que, en los mesianismos políticos, en las tentaciones integristas, en los puntos ciegos del neoliberalismo, en el populismo y en la xenofobia se escondían los antagonistas al modelo inventado por los griegos, basado en la igualdad entre los ciudadanos y cuya finalidad última es el bien común.  

Nueve años después, Applebaum nos demuestra que las advertencias de Todorov se han cumplido todas, y nos cuenta que sus antiguos amigos y amigas que en 2000 formaban, junto con ella, parte de grupos de derecha o centro derecha liberales, en la década pasada han migrado masivamente a posiciones conservadoras, nacionalistas, esencialistas, identitarias, anti-derechos y se han ubicado peligrosamente en los límites de la democracia. Applebaum, que nos dibuja un paisaje de la realidad europea contemporánea, se anima a saltar, de cuando en cuando, a nuestro continente y encuentra en Donald Trump un representante característico de esta derecha conservadora y anti sistémica, que en el Viejo Continente ya controla Hungría y Polonia, pero que viene por más, y el fenómeno es global.

¿Por qué la crisis de la democracia? Es la gran pregunta, el mundo de la postmodernidad, según lo definieron Lyotard, y todos los demás, es un mundo sin paradigmas, sin metarrelatos, con millones de discursos fragmentados y sin asideros aparentes a los que pudiesen aferrarse ciudadanos absolutamente absortos y despistados. En escenarios así, se adviene el miedo, y las respuestas simples, binarias, mejor cuanto más radicales, suelen encontrar gran acogida. Sucedió en el mundo post Primera Guerra Mundial y post Crisis del 29, cada una engendró un fascismo totalitario, el resultado: la guerra más desastrosa de la humanidad.

La sombra de la dictadura

Sigamos en el Perú, al atardecer del 6 de abril de 1992, Alberto Fujimori, sobre una Custer, en el frontis de Palacio, jugueteaba con las masas. Estas lo aclamaban por cerrar el Congreso. Ufano, les preguntó ¿Quieren parlamento o no quieren parlamento? Las masas, eufóricas y sin táper, respondieron al unísono: sin parlamento. Era un pueblo al que Montesinos y sus psicosociales habían logrado aterrorizar, y que ahora canjeaba a gritos su libertad por el supuesto orden que una dictadura podía garantizarle. 

No nos equivoquemos, estamos en tiempos de extremismos, el debate político es extremista, en Europa, en Estados Unidos y en el Perú. Vacar o no a un presidente poco apto, pero sin causales para ser vacado no tendría que ser la discusión del día, sino las mejores leyes y decisiones en bien de la comunidad. Lo primero es lo que caracteriza una sociedad que ha desplazado su debate político a las fronteras de su democracia, al borde del precipicio autoritario; lo segundo es la democracia misma, y es la mejor garantía del progreso. 

El centro, no es pues, un conjunto vacío, el centro no consiste en no ser de izquierda o derecha. El centro supone defender la democracia del autoritarismo, defender el diálogo del caballazo autoritario, defender el bien común de la corrupción, defender los proyectos de desarrollo sobre las agendas que imponen en nuestra política, el narcotráfico y otros proyectos vedados. 

Hoy nuestro centro es muy pequeño. En el congreso contamos con los representantes de Somos Perú y Partido Morado, mientras que fuera de él Perú Republicano, proyecto nuevo que agrupa cuadros de la talla de César Guadalupe, Jorge Yrrivaren, Carlomagno Salcedo, Nancy Goyburo, Wilder Mamani Llica, Juan Fonseca, entre otros, pugna por abrirse un espacio en la política nacional y con una fuerte vocación provinciana. 

Muy recientemente el gobierno estuvo copado por la izquierda radical, mientras que la derecha conservadora y anti sistémica pretende introducirnos en un nuevo quinquenio de crisis política, a punta de reiterados proyectos de vacancia. El centro, entre ambas posiciones, representa la apuesta por el desarrollo, por el gobierno del pueblo, la aspiración por el bien común y la búsqueda de consensos para construir país. Es hora de tomarlo más en cuenta. 

 

 

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Centro, Derecha, Izquierda, política peruana

“Que pase el rey, que ha de pasar…que el hijo del conde se ha de quedar”

En los recreos escolares de mi primaria escolar solíamos jugar Qué pase el Rey, antiquísimo juego infantil con motivos nobiliarios en donde los niños pasan en circulo ante dos de ellos que, al finalizar el último verso del epígrafe que inicia esta nota, bajan los brazos y atrapan a uno. Este jugador resulta eliminado y se retira de la ronda. Al final gana el último sobreviviente, el que nunca fue atrapado.

Me acordaba de ese juego que remonta a lo que por esos años llamábamos jardín o transición, períodos previos a la primaria propiamente dicha, a propósito de lo que se ha hecho con la institución de la Presidencia de la República, gracias al uso y abuso de la vacancia presidencial. Este abuso se ha consolidado desde que, hace unas pocas semanas, el Congreso desactivó la Cuestión de Confianza, el contrapeso natural a la vacancia. 

Si nos remontamos a la historia, la vacancia presidencial aparece en los textos constitucionales desde la carta de 1823, donde se habla de aplicarla en caso de incapacidad física o moral del más alto dignatario de la nación. Aunque el tema ha sido harto discutido, el concepto moral, para esos tiempos, aludía la incapacidad mental, esto es la locura, o trastorno análogo, que pudiese incapacitarlo para el ejercicio de sus funciones.  

Sin embargo, el no reconocimiento de Keiko Fujimori de los resultados electorales de 2016 la llevaron, junto a su mayoritaria bancada, a activar el mecanismo, interpretando moral conforme a la primera acepción de RAE en la actualidad:  Perteneciente o relativo a las acciones de las personas, desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal y en función de su vida individual y, sobre todo, colectiva, y no a la sexta, que todavía guarda el significado antiguo y original, que es como la interpretó la Constitución de 1823: Conjunto de facultades del espíritu, por contraposición a lo físico. De allí el distingo entre físico o moral, entendido como físico o mental, traducido al español de nuestros días. 

En fin, este es un debate superado, al punto que al público ya no le importa. Sin embrago, no debiera sorprender que recobre actualidad si finalmente la derecha congresal se anima a presentar, ante el Congreso, la moción de vacancia para la cual buscan apenas una coyuntura propicia desde que Pedro Castillo ciñó la banda presidencial hace poco más de cien días. 

Los escenarios que evaluar ante una eventual vacancia del presidente Castillo son diversas. Nos ponemos a jugar otra vez Que pase el Rey en este nuevo periodo constitucional y nos dedicamos a cambiar de presidente cada dos por tres, como si no hubiese sido suficiente dividir el periodo anterior entre cuatro mandatarios. De esta manera, sumiremos al país en un caos aún mayor al que suponemos que vivimos, pues lo que yo veo es un presidente algo torpe pero que paulatinamente superpone sus aciertos a sus desaciertos, como tras la evidente mejoría en la selección de su gabinete ministerial. 

Otro elemento a tomar en cuenta es que unas encuestas desaprobatorias no equivalen a carecer de legitimidad. La mayoría de peruanos no está conforme con la gestión de Pedro Castillo, pero al mismo tiempo piensa que éste se ha ganado justa y democráticamente el lugar en el que está. Entonces cuidado con las tentaciones autoritarias, con los caballazos, revestidos con ropaje democrático, pues la calle juega su propio partido en la democracia peruana; y en este caso la sierra rural, y su apoyo militante a quien considera su presidente, es un factor sensible que no puede faltar en la evaluación de políticos sensatos (si los hay). 

Ya nos lo dijo Max Weber: legalidad y legitimidad no son lo mismo. A algunos vacar un presidente puede parecerles tan sencillo como contar con el voto de 87 congresistas. No es así, también tienen que contar con el favor del pueblo, soberano al fin y al cabo, ciudadano al fin y al cabo, aunque no les guste a quienes viven en las fronteras de nuestra democracia. 

 

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Congreso de la República, política peruana, Presidente Castillo

Si en algo hay consenso entre los peruanos, es que este gobierno no es como los demás. Para empezar por su origen, el gobierno de Pedro Castillo no proviene de la clase política que nos ha gobernado los últimos veinte años y que podemos señalar, sin duda alguna, como la más mediocre de la historia de la República. 

Castillo no vino de esa argolla, donde, en realidad, daba lo mismo el partido, o vientre de alquiler, de gobierno. Castillo, mucho más que Vladimir Cerrón, venía tanto de las luchas sindicales, como de las rondas campesinas y del Perú andino rural, una combinación nunca vista en Palacio. 

Los primeros 100 días de su gobierno, que en otros casos constituyen el lapso en el que el Presidente establece sus líneas maestras, a Castillo le han dado tiempo apenas para formar equipos y para establecer las alianzas -al día de hoy muy precarias- para gobernar. 

Son 100 días en los que ha logrado zafarse de su secuestro por parte de Vladimir Cerrón y la izquierda radical cuyo partido -Perú Libre- lo llevó al poder, lo que, al mismo tiempo, le ha ganado el momentáneo apoyo congresal de Acción Popular, APP y Podemos, además de las sabidas de SP + PM y JP, con cuyos votos el gabinete de Mirtha Vásquez ha obtenido la confianza de la representación parlamentaria. Al mismo tiempo, ha mejorado sustancialmente la composición del gabinete, con la ya mencionada Vásquez en el premierato, acompañada de Pedro Francke, Aníbal Torres, Gisela Ortíz y el flamante Avelino Guillén.

La recomposición de las fuerzas políticas en el Perú admite otra lectura, de acuerdo a la coyuntura global: el espectro demoliberal -que abarca desde izquierdas hasta derechas- se ha consolidado frente a sus pares radicales y esencialistas, que se mueven en las fronteras de la democracia y que encontramos en los extremos de la derecha y la izquierda. De esta manera, Fuerza popular se afirma como la “Vox peruana” y votó en bloque contra la investidura de Vásquez, mientras que Renovación Popular y Avanza Perú también la balotaron, pero dividiendo sus votos. Por el lado izquierdo, se confirma la división de la bancada de Perú Libre y 16 congresistas seguidores del marxista Cerrón le han negado el respaldo a Vásquez, en una ruptura que, en realdad, le era exigida al Presidente por la mayoría del país. 

Lo que se viene

Criticar el caos de los cien días que hoy se cumplen es una perogrullada. Hay que ver un poco más allá de lo obvio, es posible que este gobierno acabe de obtener una victoria que se extienda mucho más allá de la propia investidura; podría haber obtenido las alianzas necesarias para gobernar y a las personalidades claves para formar el equipo requerido para la tarea. Sin embargo, hay que advertir la precariedad de la alianza de centro-izquierda que recién se ha logrado. César Acuña es una veleta que cambia como el viento y sus cambios de humor son los de la bancada de APP. Por otro lado, ha sorprendido gratamente el voto proinvestidura de AP, esperemos que signifique una vuelta por el camino de la institucionalidad luego del desastre del “gobierno de los 6 días”. 

Una conclusión se cae de madura: el Presidente Pedro Castillo se encuentra mejor posicionado que hace 100 días. Habrá que dejarlo trabajar y apoyarlo críticamente, eso hacemos quienes queremos al país. 

 

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100 días de gobierno, Congreso de la República, Presidente Castillo, Vladimir Cerrón

Recientemente Alonso Cueto publicó la novela Otras Caricias que rompe la vieja e insuficiente definición del vals como una suerte de “alegría sollozante”. Cueto nos habla de una modesta elegancia, o de la elegancia de la pena, que es como observé el ángulo desde el cual nuestro célebre novelista se ha propuesto relanzar (y rescatar) el vals para nuestros tiempos presentes, y a sus ambientes viejos, con sabor a madera húmeda, que nos sumen en una profunda nostalgia para que comprobemos que, en él, tenemos, como en el tango porteño, o el bolero habanero, un género que será siempre nuestro, que espera por nosotros, todos los viernes a la misma hora, y que nunca le hizo daño a nadie.  

En esta ocasión, a propósito de celebrarse un aniversario más del día de la canción criolla, he querido referir la presencia de los celos en las letras de los valses, recurriendo para ello a cuatro temas. El primero es Zapatero Celoso, que aprendí de mi padre, cuando niño. De hecho, es un vals que hoy no pasaría el examen de la cultura de la cancelación pues, aunque muy alegre en la tonada, reza así: 

“Un zapatero celoso, 

le dijo a su mujer, 

cómo te encuentre con otro, 

yo te tiro con el tirapié” 

Felizmente, yo creo más en la explicación que puede ofrecer un disclaimer que en eliminar aquello que del pasado no le resulta políticamente correcto al presente. Este vals fue compuesto a fines del siglo XIX y es posible que su letra haya sido escrita inclusive antes. Por ello, corresponde al periodo denominado de la Guardia Vieja, donde lo común era el anonimato de las canciones. Ciertamente, dicha letra es expresión de una cultura popular patriarcal explícita, muy alejada de nuestros tiempos.

Pero para los años veinte del siglo pasado, Felipe Pinglo había llegado a revolucionar el vals tanto en sus líneas melódicas como en sus letras. Pinglo fue todo lo cosmopolita que pudo en la Lima de aquellos tiempos, tenía secundaría completa en Guadalupe, que no era poca cosa para un hombre de la Lima obrera, y una sensibilidad social y musical que le permitió retratar realidades y sensaciones con imágenes intemporales que se devanean entre nuestros días. Es en la década de 1920 que el Bardo de los Barrios Altos compone el vals Celos, que es una elegante metáfora entra las caricias que brinda la mujer idolatrada a las flores de su jardín y acerca de la brisa que  besa su rostro, una y otra vez, placer prohibido para el pretendiente cautivo: 

“Celos tengo de las flores que hoy me roban

El cariño de aquel ángel de pureza

Las envidio porque son acariciadas

Sin suplicas, sin lloros y sin ruegos.

Celos tengo de esos labios tan hermosos

Que depositan besitos tan intensos

Y celos tengo de la brisa mañanera

Que besa y besa, lo que besar no puedo” 

Pedro Espinel fue amigo barrial de Pinglo pero casi una década menor, aquel nació en 1908, este en 1899. Se dice que Espinel comenzó a componer tras el fallecimiento de Pinglo y, de hecho, lo sobrevive casi cinco décadas pues nos acompañó hasta 1981. De esta manera, si Pinglo fue un cosmopolita de los años 20 y 30, Espinel lo fue en las décadas siguientes. Sus letras, que acaso muestran algún diálogo poético con los requiebros románticos del bolero, así lo demuestran. 

Espinel cuenta con dos valses que tratan de los celos, uno de la mujer hacia el hombre, y el otro del hombre hacia la mujer. El primero se titula Rosa Elvira, y la música corresponde al también compositor criollo Carlos Saco. Es una belleza, trata de las palabras de seducción y tranquilidad del hombre a la mujer amada que está llena de inquietud por la prolongada ausencia de su amado: 

“La causa de este mal, yo creo adivinar

en que al no verme le torturan ya los celos

por eso al comprender que el remedio está en mí

a continuo mis labios le suelen decir:

Rosa Elvira de mi ensoñación

eres la única beldad

a quien ama de verdad

mi sensible corazón

ven y dime quien te puede amar

tan igual o más que yo

que te amo con gran devoción” 

Quizás la versión más sublimada y delicada de los celos en el vals, nos la ofrece de nuevo Espinel en su vals Celos Míos, donde el amante que se encuentra inseguro sin ninguna razón, abre su corazón a la intimidad de sus sentimientos. 

Amo y sufro, soy cautivo de espasmo,

que me inyecta el continuo cavilar,

no comprendo si tal vez sea un sarcasmo,

el amar y ser celoso por demás.

Pues los raros espejismos que, en mi mente,

los contemplo en continuo desfilar,

me han tornado en amante indiferente,

desconfiado y temeroso para amar.

Celos vanos que atormentas mi existencia,

prodigando la tortura y desamor,

quien pudiera imaginar lo que puede acontecer,

si los celos se apoderan del querer.

Creo que hemos discutido demasiado sobre el vals, innecesariamente, sobre todo en nuestras esferas intelectuales. Hoy que sabemos que el vals ni murió, ni siguió muriendo, debemos abrirle la puerta de nuestros hogares, tanto criollos y no criollos, para aprender a escuchar lo que tiene que cantarnos pero en voz baja, como un susurro al oído, modesto, como sugiere Alonso Cueto. 

No es casual que una nueva generación de músicos como Renzo Gil o Sergio Salas se haya abocado al rescate de verdaderas joyas musicales que no se encuentran en el repertorio valsístico tradicional y que nos ofrecen un auténtico género de culto. Al mismo tiempo, la colección De Familia fue un esfuerzo notable para reunir viejos y nuevos representantes de los clanes criollos de antaño, mientras que La Gran Reunión, agrupó antiguos exponentes que de otro modo no hubiesen podido establecer la sinergia de entrelazar juntos a su arte y sabor. En el plano editorial, la investigación de Gérard Borras Lima, El Vals y la Canción Criolla devela una inimaginable variedad temática que supera nuevamente a la “alegría sollozante”.

Los celos en el vals son parte de mi celo por el vals, por una riqueza que está para recogerse, rescatarse, pero sobre todo para disfrutarse y jaranearse, y no solo cada 31 de octubre: para eso fue creada. 

 

 

 

 

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Día de la Canción Criolla

El domingo pasado, en mi videocolumna dominical, recurrí al distingo que hacía el célebre historiador británico Erick Hobsbawm entre siglos cronológicos y siglos históricos para proponer que el corto siglo XX peruano comenzaba desde el advenimiento de Leguía, con su autogolpe del 4 de julio de 1919 y culminaba con la caída de Fujimori, en Septiembre de 2000. Sustenté mi afirmación en que, desde Leguía, la avasalladora llegada de las inversiones, capitales y modas norteamericanas nos metieron al siglo XX al son de los modernos y pegajosos ritmos del one step y el foxtrot.  

Sin embargo, el imperialismo yanqui, como lo llamaba Haya de la Torre, no fue el único huésped inesperado que, desde 1919, se alojó en el país sin intenciones de irse, lo hizo también una parroquiana insospechada, mucho más sombría e indeseada, y que marcaría decisivamente el devenir de nuestra veinteava centuria: la dictadura. 

Si aceptamos que el siglo XX histórico comenzó con la modernización y expansión del Estado emprendida por Leguía, con cientos de millones de dólares gringos que luego, con la depresión del 29, nos sumieron en una extenuante crisis económica que provocó su estrepitosa caída, la conclusión que se desprende de su innovación autoritaria es inequívoca: 

En los 81 años transcurridos entre 1919 y 2000, vivimos 53 en dictadura, los 11 de Leguía (1919 – 1939), los 3 de Sánchez Cerro (1931 – 1933), quien a pesar de resultar elegido democráticamente, en su primer acto de gobierno promulgó la ley de emergencia, convirtiéndose así en uno de los dictadores más sanguinarios que haya registrado nuestra historia, los 4 (1935 – 1939) de Oscar Benavides, luego de que concluyese el periodo de amnistía con el que intentó pacificar al país (1934), los 6 de Manuel Prado en su primer gobierno, quien, a pesar de ser elegido a través del voto, lo hizo en elecciones con proscripción del APRA y el PC, y en un gobierno que mantuvo al tope la persecución contra de los militantes de ambos partidos (1939 – 1945), los 8 de Manuel Odría con la represión política al tope (1948 – 1956), el años de la junta de Nicolás Lindey y Ricardo Pérez Godoy   (1962-1963), el GRFA con Juan Velasco y Francisco Morales Bermúdez (1968 – 1980) y finalmente el ochenio fujimorista (1992 – 2000), con lo que cerramos el corto siglo XX histórico defenestrando una dictadura el mes de septiembre, así como lo iniciamos inaugurando otra en julio de 1919. 

A su turno, los periodos democráticos, casi brillan por su ausencia: el limbo de 1930/31, cuando Luis Sánchez Cerro renunció al poder para postular a las elecciones de 1931 y se lo cedió a la Junta de Gobierno que encabezó el dignísimo Comandante Gustavo Jiménez encargado de organizar dichas justas electorales y que se quitaría la vida en circunstancias trágicas al fracasar su rebelión en contra de la cruenta y ultrarepresiva dictadura sanchecerrista. Luego nos encontramos otro limbo, debido a la ley de amnistía promulgada por el presidente Benavides en 1933, en favor de apristas y comunistas que terminó diluyéndose en el transcurso de 1934 y con los lideres de ambos movimientos una vez más en la clandestinidad antes de fin de año. La democracia sólo volvió en el trienio de José Luis Bustamante y Rivero (1945 – 1948), en buena parte arruinada por la poca disposición del APRA para convertirse en un aliado más colaborador con el Poder Ejecutivo, en circunstancia en el que el mundo se recuperaba de la Segunda Guerra Mundial y hacían falta medidas económicas de ajuste fiscal. 

El segundo gobierno de Manuel Pardo (1956 – 1962) es un gobierno de transición. Prado llega al poder con el voto aprista que obtiene a cambio de la amnistía política que se extiende también a los comunistas. El pacto da lugar a un periodo de apaciguamiento nacional y a las elecciones libres de 1962 en las que, desgraciadamente, una vez más  intervienen los militares para impedir el triunfo de Haya de la Torre. En el 63 se repiten las justas y gana Fernando Belaúnde quien lidera un gobierno democrático hasta el golpe de Velasco del 3 de octubre de 1968. La democracia se recupera recién el 28 de julio de 1980, otra vez con Belaunde, y el 28 de julio de 1985 es la primera ocasión, en nuestro corto siglo XX (1919 – 2000) que un presidente democrático le entrega la banda a otro también democrático, la escena se repitió una vez más en 1990, cuando Alan García se la entregó a Alberto Fujimori, hasta que este interrumpió el proceso democrático más largo del siglo XX, el 5 de abril de 1992, y encabezó una dictadura teñida de nocturnidad y oscurantismo y que se prolongó hasta septiembre de 2000.

El saldo democrático, entre 1919 – 2000, no puede ser más exiguo: suman 21 años de un total de 81. Luego nos preguntamos ¿por qué no hay partidos políticos en el Perú? ¿por qué lo que tenemos son vientres de alquiler? ¿por qué contamos con partidos con propietarios privados como Podemos o Alianza Para el Progreso? Los números, bien interpretados, responden ellos mismos la pregunta: no tuvimos cuando madurar una cultura democrática en el Perú, tan sencillo como eso.

Hacia un nuevo autoritarismo ¿el camino del siglo XXI?

Los números del siglos XXI, a primera vista, deberían ser motivo, sino de entusiasmo, al menos de expectativa. Ya el año pasado batimos el récord de 19 años de continuidad democrática ininterrumpida que ostentaba la vetusta República Aristocrática (1895 – 1914), nosotros acabamos de cumplir 21, desde septiembre de 2000 a septiembre de 2021, nada mal. 

Sin embargo, 21 años constituyen una ridiculez como tiempo necesario para madurar en la construcción de una institucionalidad democrática. Lo es más si analizamos la calidad de dicha democracia, la ya referida ausencia de partidos y la difusión de viejas formas de clientelismo, patrimonialismo y feudalización de la política, las que constituyen el verdadero vínculo entre la ciudadanía y el estado, aunque con ropajes contemporáneos. 

Si a esto le sumamos la creciente corriente de extremismos de derecha que se abre paso hace una década como respuesta a los excesos de la cultura de la cancelación proveniente de la izquierda cultural,  podemos retratar un panorama en el cual el desinterés por las formas y contenidos de la democracia y el republicanismo, así como por los derechos que enarbolan, los han colocado casi en la periferia del juego político, cuya posición central, principalmente en el debate, comienza a ser ocupado por los extremos de la derecha y de la izquierda.  

No es pues casualidad, que el aliado más indeseado del gobierno de Pedro Castillo, hoy puesto en entredicho, se declare marxista leninista sin ningún apuro y que algunos personajes no completamente deslindados de los grupos terroristas hayan formado parte del gabinete en sus inicios. En la otra orilla, la reivindicación del pasado hispano, acompañado de cruces de Borgoña, vigilias a la escultura de la estatua de Cristóbal Colón al conmemorarse un año más del descubrimiento de América, y la agresión verbal al presidente Sagasti en una librería sanisidrina, con el terruqueo como fácil recurso que apunta hacia la polarización binaria cerrando el debate para más opciones, nos muestran cuál es el escenario que desde ciertos sectores extremistas se quiere montar para nuestra política del futuro inmediato. 

El año pasado, varios meses antes de las elecciones presidenciales, Salvador del Solar hizo un oportunísimo y desoído llamado a formar un gran frente de centro, uno que defendiese eso que hoy a pocos parece entusiasmar pero que es nuestro mayor resguardo para el desarrollo material y espiritual de la nación: el centro, entendido como confluencia de movimientos cuyas bases doctrinales las constituyen el republicanismo, la democracia y los derechos fundamentales, civiles, humanos, políticos y sociales; los que conforman el marco fundamental para el debate, así como las fronteras que deben acogerlo. Es por eso que ese centro admite también derechas e izquierdas, si el punto de partida es ese gran consenso. 

He sabido recientemente de los esfuerzos de Carlo Magno Salcedo a través de la Confluencia Perú que agrupa a los colectivos Perú Republicano, Confluencia Ciudadana, Colectivo Colibrí, Grupo Valentín, Dignidad Magisterial y Servicio La Libertad; que apura esfuerzos para alcanzar su inscripción ante el JNE. Al mismo tiempo, El Partido Morado ha mantenido su inscripción ante el JNE y hoy delibera la elección de una nueva directiva que esperamos troque maneras verticales de hacer política por otras auténticamente republicanas, pues ese es el cambio de cultura política que en un Bicentenario no ha surtido efecto en el Perú y que la ciudadanía reclama a gritos.

Mucha cháchara. ¡Construid en centro! El centro amplio, el centro que puede incluir a las derechas y las izquierdas democráticas también, de lo contrario, las sombras del autoritarismo, una vez más, están a la vuelta de la esquina.  

 

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