El mar y, algo, de yo

No logró interrumpir lo lúdico del momento. Pero sí pensé, y pensé en la muerte; y ella suele venir acompañada por la melancolía.

[MIGRANTE AL PASO]  Me abre la puerta un gran amigo, nos conocemos desde antes del colegio; 30 años han pasado. Una puerta por la que tenías que entrar agachado. Según él, se golpea la cabeza cada vez que entra, y es más chato que yo. Una casa pintoresca, con techo alto, un pequeño jardín. Se podría considerar que es todo solo un ambiente. Hace mucho tiempo que no iba a la playa. Aunque ya era tarde y no había sol, igual lo considero un día de mar. Después de todo, en algún momento parecía que este me hablaba. Sí, el mar.

Tenía una llamada de trabajo a las siete, así que aún teníamos que esperar un rato. Hicimos tiempo.

Cuando estoy en Lima, aparte del trabajo y escribir, no hago mucho. Paso la mayoría del tiempo en mi cuarto o salgo a caminar solo; veo a muy poca gente. Se lo contaba sonriendo, porque mi soledad ya no es una tragedia; me gusta. Odio el small talk y he cortado el 80% de cosas que antes me rodeaban en la vida por distintas razones.

Mi año inició extremadamente turbulento y pasó a una calma de meses. Ese día fue diferente; estuve ofuscado, discutí en la cocina, le hablé mal a gente y en el tráfico estaba desquiciado. Ahí estaba él, que me hablaba también de sus temas, me escuchaba y nos inventábamos posibles explicaciones. Habían pasado meses sin tener una buena conversación. En parte, mi aislamiento es por eso: las personas me aburren a un nivel fatal; sin embargo, a muchos de ellos les tengo un cariño enorme.

El tiempo pasó volando. Tuve mi llamada, no salió bien.

—Uno o dos cuadrados del chocolate —me ofrece.
—Dos —le respondo.

Salimos por el pequeño portal a caminar por la arena. Ya era de noche.

Hemos pasado la frontera de Israel con Jordania, 100 metros caminando con unos cuantos soldados en cada lado, cada uno con una ametralladora. Casi morimos en Chazuta, un pequeño pueblo en mitad de la selva peruana, durante una excursión y lluvia imprevista. Esta vez era algo más simple, lamentablemente más adulto; aunque, con lo de adulto, muchos no estarán de acuerdo al terminar de leer.

Unas escaleras hacia abajo. Parecía un callejón empinado que daba directamente al agua salada. Tenía los pies temblorosos y las luces que iluminaban aquel sendero se difuminaban como si no tuviera mis lentes para astigmatismo. Mientras bajábamos, las olas rugían sin ritmo. La marea, altísima. Casi tuvimos que saltar para llegar a unas rocas mojadas que daban con una casa de rosado barranquino. No tenía puerta; ya es conocido que por ahí se te puede inundar todo.

Al salir de aquel tobogán escalonado, la brisa marina entraba primero a los pulmones; luego sentías que hasta fluía por tu sangre. En esta noche lunática, el mar cobraba vida y marcaba el ritmo de nuestros pasos, que parecían andar solos.

Mis lentes se empañaron inmediatamente. Nosotros, en Lima, es como si nadáramos fuera del agua y, lamentablemente, las personas actúan como peces también.

Nada peor que zapatillas en la arena, pero esta estaba endurecida, así que no estaba mal. Soy una persona de tierra y de cemento; en mis fantasías soy de fuego, pero jamás soy de agua. Siempre digo que el mar y la playa no son lo mío. Pensaba mientras veía las olas cada vez más cerca. Ya había esquivado un par rápidamente.

Se amplió el terreno. Conté cuatro postes en dos kilómetros, uno de ellos blanco, extremadamente potente y disruptivo.

—¿Te acuerdas cuando confundimos las sombrillas con espantapájaros en la casa de Aldito? —me dice.

Recuerdos de aventuras antiguas y exploraciones farmacológicas.

De las sombras, unos perros corrían; sus sombras parecían lobos. Jugaban entre ellos. Seguimos y nos encontramos con esa luz de hospital que alumbraba hasta el horizonte. Felizmente, solo iluminaba una dirección. Un rayo de luz innecesario.

Logramos ver, gracias a este, un montículo a unos metros. Nos acercamos: un cuello doblado, plumas desparramadas, la arena había absorbido la sangre. Una gaviota, por lo menos en algún momento. No logró interrumpir lo lúdico del momento. Pero sí pensé, y pensé en la muerte; y ella suele venir acompañada por la melancolía.

—¿Qué te gustaría que haya después de la muerte? —me preguntó mi psicoanalista, sonriente.

—No creo que haya nada, pero encontrarme con todos mis perros en una casa grande y cómoda, con buena comida, no estaría mal —le dije, tímido.

—Sí, los perros están bien, hay mucha gente que no quiero ver —me dice, riéndose, unos días antes de su muerte.

En ese camino oscuro y de sombras intermitentes, dos viejos amigos que ya no fuman caminaban acompañados solo de Coca-Cola y recuerdos; este fue uno de ellos. El mar se retiraba y jalaba, de a pocos, todo tipo de memorias. El camino continuó y lo que comenzó con dos cuadraditos de chocolate y una caminata se prolongó mucho más. Demasiado como para contarlo en un solo texto. Lo continuaré. Después de todo, hasta el momento se entiende muy poco.

 

 

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