El cuarto poder se une al circo

El cuarto poder se une al circo

Yo como ciudadano me hubiera sentido más tranquilo sabiendo que puedo contar con estas personas para que saquen a la luz lo que sea que se tenga que saber. Actualmente nos enfrentamos a un Leviatán corrompido y no creo que las lágrimas de unos líderes de opinión vayan a hacer mucho.

[Migrante al paso] De pequeño, junto con mi hermano, a veces visitábamos a mi padre en la redacción. No pasó muchas veces, pero sí pasaba. Desencajábamos ahí. Era un sitio alborotado: humo de cigarro por todos lados, las alfombras abombadas de nicotina. De niño sentía que era un espacio violento. Una melodía caótica de tecleos fuertes acaparaba casi todo lo que se podía escuchar.

Ya de grande me enteré de cómo era el submundo de este oficio, donde la brutalidad no era algo esporádico. Siempre me llamó la atención y, por más que solo lo vi de reojo, pude presenciar indirectamente los últimos momentos de un mundo prácticamente extinto.

Todo lo que llamamos cuarto poder fue dejado atrás por el mercado. Dejó de ser rentable y, en el proceso de adaptación, se volvió farandulero. Se puede sentir la desesperación de muchos periodistas, sedientos de aprobación mediática. Siendo esa mi lectura, hoy me desperté, me fumé un cigarro mientras escuchaba a estas personas decir lo que todo el mundo quiere escuchar, ya sea por morbo o por compatibilidad. Cuando el cigarro aún seguía botando humo, yo ya había dejado esas voces atrás y seguí con mi día; después de todo, ya no me aportan nada.

Nadie conocía los nombres de cientos de redactores. Solo se podía leer, al día siguiente, lo que en su momento había sido una tormenta de tecleos. Desde el anonimato, la mayoría de periodistas combatía la corrupción y las injusticias a base de investigaciones y verificaciones para luego comunicarlas; después de todo, esa es la labor de su oficio, por lo menos en definición. Había una que otra estrella de opinión porque, efectivamente, eran brillantes. Ahora basta con pagar por un sticker azul al costado de tu nombre; es como si ser alguien costara dinero.

Yo, como ciudadano, me sentiría más tranquilo sabiendo que puedo contar con estas personas para que saquen a la luz lo que sea que tengamos que saber.

Yo no soy una de estas personas, solo un mero observador. Me gusta escribir inclinado hacia la literatura de ficción; casi todos mis textos tienen una connotación política, pero no merecen ser tomados en cuenta más allá de su contexto literario. Si soy honesto, si yo fuera político no sería uno bueno: creo en el caos y, en ese contexto, apuntaría a ser el rey. Con esa naturaleza, prefiero mantenerme alejado del poder. Por lo menos eso lo tengo claro. Supongo que toda persona ha fantaseado alguna vez con tomar el control de todo por la fuerza. Siento rechazo por la rigidez ideológica, tanto si está arrimada hacia la derecha como hacia la izquierda. Tibio, me dirían.

Por eso estas personas, hoy en crisis demográfica, cuya obsesión debería ser investigar e interpretar, es tan importante: son ellos quienes deberían cuidarnos las espaldas. Actualmente nos enfrentamos a un Leviatán corrompido y no creo que las lágrimas de unos líderes de opinión vayan a hacer mucho. No puedo recordar un gran golpe contra la corrupción en los últimos años.

No sé ustedes, pero cuando he estado en una pelea, ataco e intento que no me peguen. Poniendo la otra mejilla no se logrará nada. Si yo fuera uno de esos sujetos corruptos que atropellan y machacan al país entero, estaría feliz de tener una oposición tan blanda y pusilánime como la que hay.


Alemania, 1933. Fueron apareciendo carteles en las puertas de bares, farmacias, hospitales, colegios, buses y más: «Prohibido el ingreso a judíos». «Prohibidos los homosexuales». Más de 1,300 periodistas perdieron sus trabajos entre despidos, persecuciones, torturas y asesinatos, el mismo año. La austeridad emocional y los abusos primaban dentro de familias e instituciones. En 1939, después de procesos similares a algunos que están ocurriendo actualmente, ya todos sabemos lo que sucedió.

Hoy son las elecciones municipales. Casi lo olvido. Quien encabeza las encuestas es un sujeto que manifiesta abiertamente su rechazo hacia la comunidad LGTB+. Peor aún: atrae votos con eso. Por no mencionar más cosas como que se autoflagela. En menos de un año, cinco periodistas han sido asesinados y varios han sido amenazados. En el mismo periodo ocurrieron más de dos mil casos de abuso sexual dentro de escuelas en el país; no solo la aberración ocurrida en el Liceo Naval. El fenómeno de El Niño más grande desde que existen registros es inminente. Mafias y extorsionadores llegan hasta el Poder Ejecutivo.

Sin embargo, todos están hablando de César Hildebrandt. No sé ustedes, pero a mí no me puede importar menos si estaba evadiendo impuestos o tenía problemas con la Sunat. Es ridículo que una nimiedad como esa alborote a todo el mundo periodístico. Todas las atrocidades que enumeré al inicio del párrafo ya fueron olvidadas y, esta vez, fueron los propios periodistas quienes se unieron al circo y nos hicieron desviar la mirada. Quién sabe, de repente es más importante la situación financiera de César Hildebrandt. Ahora me cuesta entender las prioridades de las personas.

Ahora todas las miradas están puestas en el pleito entre periodistas: La República y otros contra Willax. Viéndolo desde afuera, siento que son niñitos haciendo pataleta. «Él fue». «No, pero ellos comenzaron». Qué pena.

Ahora todo parece Esto es guerra y Combate, pero más aburrido. Así, entre likes y comentarios de TikTok e Instagram, el periodismo se unió al circo que juró derrumbar y los periodistas se convirtieron en actores de telenovela. Entre celebraciones y unas cuantas migajas desparramadas en redes sociales el periodismo va volviéndose cómplices del declive.

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