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Informalidad: un cáncer para la política

“El despliegue de una economía informal masiva tiene graves repercusiones en la política. En el Perú, el 80% de la población laboral transita por ella. Primero, socava el sentido de comunidad y solidaridad necesarios para la construcción de una sociedad democrática”

La informalidad, esa perversa característica que permea todas las capas de la sociedad peruana, tiene efectos corrosivos no solo en la economía y en la convivencia ciudadana, sino también en la esfera política. En el Perú, la informalidad genera apatía política en nuestros conciudadanos.

La informalidad es el triunfo de la ilegalidad, de la evasión de responsabilidades y de la búsqueda del beneficio personal sin importar las consecuencias para la colectividad. En ese juego de trampas, aquellos que se sumergen en la informalidad abandonan los principios éticos y las normas establecidas, pervirtiendo así la convivencia social y minando la confianza en las instituciones.

El despliegue de una economía informal masiva tiene graves repercusiones en la política. En el Perú, el 80% de la población laboral transita por ella. Primero, socava el sentido de comunidad y solidaridad necesarios para la construcción de una sociedad democrática. Cuando cada individuo busca sacar ventaja de la situación sin importar el impacto en los demás, la noción de bien común se diluye, y con ella, los cimientos de la participación política informada y comprometida.

La informalidad también fomenta la desigualdad, al permitir que algunos se beneficien de privilegios y eludan las cargas tributarias y las regulaciones laborales, mientras otros luchan por sobrevivir en la economía formal. Esta brecha económica y social se traduce en una brecha política, donde los intereses de los informales y los formales divergen. La falta de equidad y justicia deslegitima las instituciones, generando un sentimiento de desamparo y desencanto que dificulta la movilización y participación ciudadana. Millones de peruanos no se sienten parte del Estado y les importa poco o nada, por ello, lo que acontezca en la esfera pública.

Asimismo, la informalidad alimenta el clientelismo y la corrupción, dos venenos que corroen los fundamentos de la democracia. En la medida en que las prácticas informales se normalizan, se erige un sistema basado en el favoritismo y el abuso de poder. Los ciudadanos, hastiados de la falta de transparencia y justicia, ven en la política una mera farsa donde los intereses particulares priman sobre el bienestar colectivo.

La informalidad, con su pernicioso influjo, ha contribuido de manera significativa a generar apatía política en nuestra sociedad. La pérdida de valores éticos, la desigualdad económica y la corrupción desenfrenada erosionan la confianza ciudadana en las instituciones democráticas y debilitan los cimientos de la participación política comprometida. Es impensable, por ejemplo, un sistema político con partidos fuertes e ideológicamente sólidos, mientras subsista tamaña fisura informal.

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Cáncer, Informalidad, Política

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