Música arequipeña: Orgullo e identidad

Música arequipeña: Orgullo e identidad

“Arequipa, la Ciudad Blanca, que celebró hace dos meses el 486 aniversario de su fundación, es una de las regiones más hermosas del sur de nuestro país. Orgullosa e indomable, la idiosincrasia arequipeña ha permeado todas sus manifestaciones culturales...”

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[Música Maestro] Como siempre decimos y es necesario repetir hasta el cansancio, en nuestro país las expresiones sonoras regionales han estado marcadas por el aislamiento y la discriminación, en un permanente segundo plano frente a la música criolla producida básicamente en Lima y, por extensión, en la costa norte -marineras, tonderos en Trujillo, Piura- y una porción de la costa sur -festejos y demás variantes afroperuanas en el sur de Lima e Ica. Esta situación ayudó a forjar escenas locales de música folklórica robustas y brillantes en sus calles, plazas y festividades pero desconocidas, invisibles e incluso despreciadas por el público capitalino.

Entre ellas, la música producida en Arequipa se mostró siempre como una de las principales portadoras de ese mensaje de orgullo, patriotismo e identidad que solo hoy, con el auge de la llamada “inclusión social”, encuentran muy reducidos espacios de reconocimiento por los cuales deben seguir batallando para no caer en el olvido de una oficialidad oportunista e inculta, pero además insensible y discriminadora.

Mariano Melgar: Poesía, yaravíes y heroísmo

Como ocurrió en toda la costa y sierra durante la época colonial, la música que se componía y tocaba en Arequipa también tuvo influencia del barroco español. Por otro lado, en las zonas altoandinas de la tierra del Misti resonaban los harawis (palabra quechua que significa “poemas”), tonadas melancólicas y románticas derivadas de la combinación de elementos de música inca y española que fueron extendiéndose por toda la sierra hasta el Ecuador.

Mariano Melgar Valdivieso (1790-1815), un joven instruido en múltiples lenguas, amante de la literatura clásica europea e idealista con la mirada puesta en la libertad de nuestro país, se convirtió en una importante figura de la poesía peruana, escribiendo fervientes versos de amor y desconsuelo que dedicó a su amada Silvia, que en realidad se llamaba María Santos Corrales, de quien se enamoró a los 13 años.

Melgar es considerado el padre del yaraví arequipeño, a pesar de que él mismo llamaba “canciones” a sus poesías sin música. Sin embargo, como la estructura métrica de los versos melgarinos estaba inspirada en aquellos yaravíes que había escuchado en su adolescencia, terminaron adoptando ese nombre. Aun cuando no hay registro de que el mismo Mariano Melgar haya cantado alguna de sus composiciones, estas comenzaron a grabarse en los albores del siglo XX, gracias a las recopilaciones y adaptaciones de diversos músicos como Benigno Ballón Farfán (1892-1957) y Luis Duncker Lavalle (1874-1922).

La vida de Mariano Melgar fue corta e intensa. Su fusilamiento, ocurrido un 12 de marzo de 1815, en la batalla de Umachiri (Puno), lo hizo trascender a la categoría de héroe nacional, apenas a los 24 años. Actualmente, el apellido Melgar es sinónimo de Arequipa y sirve para identificar colegios, calles y avenidas, plazas, estadios, hoteles y hasta un equipo de fútbol, el más popular de la ciudad y uno de los más importantes del balompié peruano, el FBC Melgar.

Benigno Ballón, ícono de la región

El compositor y pianista Benigno Ballón Farfán es la figura más importante del folklore musical arequipeño. Nació en el tradicional barrio de San Lázaro, el más antiguo de la región. Inquieto y hábil para los instrumentos -tocaba guitarra, violín, flauta y piano-, Benigno comenzó a actuar en público a los 13 años, junto a sus hermanas Aurora y Rosa, bajo el nombre de Trío Arequipa. Posteriormente, se adueñó de la bohemia local, animando las fiestas familiares con sus orquestas y grupos. Las jaranas que armaba en La Josefa, una de las picanterías más conocidas a principios del siglo XX, lo convirtieron en el “primer músico profesional” de Arequipa.

Su obra abarcó una gran cantidad de géneros musicales, desde composiciones sinfónicas y corales hasta himnos para colegios y actividades deportivas, desde valses y yaravíes hasta marineras y pampeñas (huaynos). Sin embargo, sus dos aportes fundamentales son el vals Melgar (“Blanca ciudad de eterno cielo azul, puro sol…”) y la recopilación del Carnaval arequipeño, probablemente la melodía que más identifica a la ciudad, interpretada por íconos como Yma Súmac, con arreglos de su esposo Moisés Vivanco (1950); o el recordado guitarrista ayacuchano Raúl García Zárate (1931-2017), quien la grabó por primera vez en 1970.

En cuanto al vals dedicado al autor de Carta a Silvia -aquí en versión de la cantante ayacuchana Consuelo Jerí-, cuya letra pertenece al poeta arequipeño Percy Gibson, padre de la periodista y fundadora de la revista Caretas, Doris Gibson, es uno de los temas que mejor describen el sentido patriótico y romántico de Arequipa, y ha sido también grabado e interpretado por famosos artistas criollos como Alicia Maguiña, Los Kipus, Carmencita Lara y un largo etcétera.

En julio del 2019, el gobierno de Martín Vizcarra declaró la obra de don Benigno Ballón Farfán como Patrimonio Cultural de la Nación, en reconocimiento a su trabajo artístico que unió la música popular con la académica y a la creación de composiciones que hoy son emblemas de la ciudad del sillar, el rocoto relleno y el Misti.

Arequipa y la música criolla

A fines de los años cuarenta e inicios de los cincuenta, apareció una brillante generación de conjuntos criollos y andinos. El auge del vals criollo, la marinera y el huayno concitó la atención del público, que disfrutaba de las danzas y canciones del Perú en las transmisiones radiales en vivo y la naciente televisión. Algunos artistas de Arequipa conquistaron la capital con su talento, entre ellos un conocido dúo de hermanos.

Víctor y José Dávalos Salazar solían cantar en radios y picanterías desde muy jovencitos, acompañando a veces don Benigno Ballón, a quien llamaban “tío”. Los Dávalos se convirtieron en las voces oficiales de la música arequipeña -uno de sus más grandes éxitos es el vals Ciudad blanca, compuesto por el piurano Rafael Otero López (1921-1997)-, y alternaron con los grandes conjuntos criollos de la época. La voz alta y engolada de José hacía armonías con el timbre grueso de su hermano Víctor, y sus guitarras vestían de elegantes bordones composiciones como Melgar, La Benita, Arrullo, entre otros yaravíes, huaynos y valses.

En Lima unieron fuerzas con el guitarrista criollo Óscar Avilés (1924-2014), con quien grabaron el LP Los Dávalos con Óscar Avilés (Sono Radio, 1967), en el que incluyeron la conocida marinera Montonero arequipeño. La música de este tema pertenece al compositor puneño Jorge Huirse mientras que la letra fue escrita por Enrique Portugal, periodista arequipeño. La carrera de Los Dávalos continuó hasta la muerte de José, a los 79 años, en el 2002. Víctor falleció en el 2023, a los 93 años, en su querida tierra natal.

Otro nombre notable es el de Juan Isidoro Berrocal Coronado, más conocido y recordado como “El Cholo” Berrocal. Nacido en 1936 en Caravelí, provincia arequipeña que limita al norte con Ayacucho y al sur con el Océano Pacífico, el joven Isidoro tuvo que luchar arduamente para hacerse un espacio entre los artistas de la época debido a una ceguera parcial que lo ponía en desventaja, en tiempos en que las discapacidades visuales no eran de fácil tratamiento.

Su estilo quejumbroso y melancólico, que lo acercaba a los intérpretes de mulizas y pasillos, le hizo ganar popularidad en la escena criolla, y se convirtió en la contraparte natural de Luis Abanto Morales. Sus valses más conocidos, Payaso (1967) y Nunca podrán (1968), hasta hoy se escuchan en radios locales. Sus grabaciones para los sellos MAG y El Virrey, acompañado por Braulio Hito, Modesto Pastor (guitarras) y José Carlos Serván (acordeón), han sido recopiladas en varios CD. Berrocal falleció a la temprana edad de 48 años, en 1984, en Puerto Rico.

Junto a ellos, destacaron otros conjuntos de Arequipa como el Trío Yanahuara -Daniel Cerpa, Pedro Pablo Llosa (voces, guitarras) y Ángel “Torito” Muñoz (charango), fallecido el 2018-; Los Errantes -Gilberto Cueva Fernández (voz, guitarra), Antonio Alarcón (guitarra líder) y Plinio Mogrovejo (guitarra, voz)-; Los Hermanos Azpilcueta; entre otros.

Mario Cavagnaro: El más famoso

Mario Cavagnaro Llerena (1926-1998) es el compositor arequipeño con mayores reconocimientos y pergaminos a nivel nacional e internacional. Como director de orquesta, instrumentista o cantante, Cavagnaro destacó por su creatividad, don de gentes e ingenio para el manejo del idioma. En el Perú se hizo conocido escribiendo valses en replana, lenguaje popular y gracioso que en ese tiempo se asociaba a la delincuencia. Títulos como Yo la quería patita, Desembólate chontril, Carretas aquí es el tono, se hicieron famosos cantados por Jorge “El Carreta” Pérez, voz y segunda guitarra de Los Troveros Criollos, entre 1953 y 1958.

A nivel internacional, varias de sus composiciones fueron grabadas por reconocidos artistas. Osito de felpa y Emborráchame de amor, ambos boleros, fueron éxitos en toda Latinoamérica en las versiones de Los Panchos -con el boliviano Raúl Shaw Moreno (1923-2003) como vocalista, en la primera mitad de los años cincuenta- y el salsero portorriqueño Héctor Lavoe (1946-1993) -en su primer LP como solista, La voz (1975)-, respectivamente.

En cuanto a la música criolla, don Mario Cavagnaro enriqueció el cancionero local con sofisticados valses de letras poéticas y acordes que combinaban el toque de la Guardia Vieja con ritmos foráneos como el bolero y la bossa nova, como La historia de mi vida, El rosario de mi madre, La noche de tu ausencia, Barranco en el ayer, que forman parte del repertorio de estrellas criollas de todas las épocas como Los Embajadores Criollos, Eva Ayllón, Bartola, Jorge Luis Jasso y muchísimos otros.

Cavagnaro escribió, en 1969, una canción que se convirtió en el himno no oficial de Arequipa: El regreso. No hay arequipeño que no se conmueva hasta las lágrimas cada vez que escucha estos versos que alcanzaron su máxima expresividad en la versión de Los Dávalos: “Cuando yo muera que me entierren en tu suelo y algún día bajo el cielo unas flores crecerán… Será mi alma asomándose a la vida, desde mi tierra querida, para ver a mi volcán”. Pura poesía cargada de amor y añoranza por su terruño. Mario Cavagnaro falleció en Lima, en 1998, a los 72 años.

Música clásica y lírica de la Ciudad Blanca

Pedro Ximénez Abril Tirado (1784-1856) compuso decenas de sinfonías, misas, conciertos y más de trescientas piezas para guitarra. Fue además guitarrista, violinista, pianista, organista, violoncelista y maestro de capilla. Su vasta obra de música académica, influenciada por el clasicismo italiano, fue redescubierta el año 2018 durante un evento especial, organizado por el 478 aniversario de la región. En esa ocasión, el guitarrista alemán de padres peruanos Alexander Sergei Ramírez interpretó varias de las composiciones de este músico considerado “el Rossini de América”, acompañado por la Orquesta Sinfónica de Arequipa.

Otro personaje destacado fue Luis Duncker Lavalle (1874-1922), pianista y compositor autodidacta, que escribió partituras para valses, yaravíes y huaynos, entre los que destacan las obras Quenas, Cholita, entre otras. Actualmente, el Conservatorio Regional de Arequipa lleva su nombre.

Finalmente, es importante mencionar que el canto lírico gozó de gran popularidad en la región en décadas pasadas gracias al trabajo en Perú del reconocido tenor y actor mexicano José Mojica (1896-1974), más conocido como Fray José Francisco de Guadalupe Mojica, pues decidió vestir los hábitos franciscanos, tras recibirse de sacerdote en el Perú, en 1947. Sus discos se escucharon en Lima, Cusco y Arequipa, ciudad en la que realizó donaciones para establecer un seminario. El Padre Mojica inspiró a cantantes líricos arequipeños como Luis Santander Villavicencio, Leoncio Gonzáles y Danilo Valencia Zeballos, fallecido en el 2010.

Rock arequipeño

Aunque normalmente se les asocia con una personalidad más conservadora y tradicionalista, Arequipa ha desarrollado también una escena rockera estimable. Entre 1968 y 1971 destacó una banda llamada Los Texao, conocida por grabar covers de bandas de la época como Steppenwolf o The Guess Who, además de componer sus propios temas en inglés. En el 2025, el sello español Munster Records editó sus singles en el álbum El sonido niebla de Los Texao.

Otras agrupaciones de ese periodo fueron Los Incógnitos, Free Sound System, Opus o Madera Fresca quienes, junto a Los Texao, fueron recopilados por el sello independiente Repsychled Records, activo desde los primeros años del siglo XXI por rescatar grabaciones de bandas aurorales del rock y la cumbia nacionales. El disco, Rock en Arequipa, 1969-1974, es un excelente muestrario de cómo sonaban las juventudes arequipeñas en ese tiempo, en que la música criolla y andina conseguían mucha más atención masiva que la foránea.

En años posteriores, aparecieron dos nombres que lideraron las preferencias de la Ciudad Blanca con sonidos más contemporáneos. A fines de los noventa, el grupo de pop-rock y ska X Dinero, llamó la atención con un sonido divertido y extravagante. En el año 2024 uno de sus principales integrantes, el guitarrista británico Chris “El Gringo” Little, falleció a los 63 años. Por su parte, Los Chapillacs -combinación de Los Shapis y Los Fabulosos Cadillacs- se integraron a la movida de la “cumbia psicodélica” liderada por Bareto u Olaya Sound System, participando en eventos masivos como el festival ecológico y artístico Selvámonos, que se lleva a cabo en la ciudad de Oxapampa desde el año 2009. Llevan tres discos en el mercado.

Otro aporte reciente, esta vez desde el pop-rock con aires electrónicos, fue el de la joven cantante Luz María Catacora Durán, conocida en el ambiente artístico como Killary –“luz de luna” en quechua-, con su tercer CD titulado Luna arequipeña (2018), en el que interpreta yaravíes, pampeñas, marineras y huaynos de su tierra. Killary participó representando al Perú en el famoso Festival de Viña del Mar, el año 2014.

Al rescate de la historia musical arequipeña

A pesar de las dificultades para recopilar materiales de épocas pasadas, el legado y la historia del acervo musical arequipeño viene siendo rescatado por investigadores que dedican tiempo y esfuerzo para crear una bibliografía con abundantes datos sobre su desarrollo. Entre ellos podemos mencionar títulos como Apuntes para la historia de la música en Arequipa (Carlos Zuzunaga, 1940), Arequipa, música y pueblo (Juan Guillermo Carpio Muñoz, 1984), Arequipa y su música: 100 años de discografía, 1913-2013 (Luis Octavio Pareja Rivero, 2013) o El pendón musical de Arequipa (Juan Guillermo Carpio Muñoz, 2014).

Por otro lado, artistas contemporáneos como Percy Murguía o El Conjunto Queñual, dirigido por Pedro Rodríguez Chirinos, retoman el repertorio clásico del cancionero arequipeño dotándolo de elementos nuevos, ya sea desde la guitarra acústica clásica, en el primer caso; o desde la fusión y música electrónica, en el segundo.

Arequipa, la Ciudad Blanca, que celebró hace dos meses el 486 aniversario de su fundación española, es una de las regiones más hermosas del sur de nuestro país. Orgullosa e indomable, la idiosincrasia arequipeña ha permeado todas sus manifestaciones culturales, convirtiéndose en un elemento destacado de nuestra diversidad, como se refleja en su historia, sus artes plásticas, su literatura, su gastronomía y, por supuesto, su música.

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