Un Perú dividido: ¿dos naciones?

En los últimos días se han visto mapas del Perú proclamando la independencia de los departamentos del sur, es decir, desde Junín para abajo, incluyendo Arequipa y Ucayali, y por supuesto Cusco y Puno, entre otros. Los que proclaman esta propuesta se apoyan en una evidente divergencia de intereses con el Perú menos quechuahablante, es decir, el Perú liderado por Lima, más blancoide y fundamentalmente monolingüe hispanohablante. Volvemos así al viejo debate de un país dual, en el cual la pugna constante entre criollos y andinos florece una vez más, pero esta vez hasta llegar a la imaginación geopolítica que implica la división territorial del país.

Los que saben un poco de historia no verán en esta propuesta casi nada nuevo. Desde la conquista española en 1532 el territorio del Tahuantinsuyu fue radicalmente reorganizado para pasar de un modo de producción agraria a uno de explotación minera bajo el mando de españoles y criollos, lo que produjo (junto con las epidemias y la violencia militar) una reducción de cerca del 90% de la población indígena en poco más de un siglo. Así, esta pasó de tener unos doce millones de habitantes en el incario, aproximadamente, a menos de millón y medio a mediados del siglo XVII.

Muchos han dicho que se trata, no solo en el Perú, sino en el conjunto del continente americano, de uno de los mayores genocidios de la historia de la humanidad. Y sin embargo, nuestros pueblos originarios sobrevivieron y poco a poco se reconstituyeron como identidades colectivas adaptándose a la nueva realidad colonial y utilizando muchos de los recursos de los colonizadores para defender sus propios derechos y consolidar sus reclamos.

Ya desde fines del siglo XVI los caciques andinos y los descendientes de los incas presentaron miles de alegatos y petitorios pidiéndoles a las autoridades virreinales y hasta a la misma corona en Madrid que aliviara los tributos y otorgara beneficios a esos mismos curacas, que empezaron a consolidarse como grupo bajo la denominación de «nación índica» y «nación indiana».

La Gran Rebelión de Túpac Amaru II entre 1780 y 1781 fue la culminación de esos reclamos, reprimida de manera brutal por la autoridad colonial, que acabó con las aspiraciones de los curacas y los descendientes de los incas mediante el exilio o el asesinato.

Luego, con la independencia, lo poco que quedaba de los derechos de la «república de indios» fue borrado del mapa al oficializarse el español como lengua del nuevo Estado republicano y la conversión de los indios en «peruanos», de manera genérica, lo cual no significó en absoluto un mejoramiento de sus condiciones de vida.

Si uno mira la «larga duración» del problema, en 200 años de independencia las aspiraciones de los grupos andinos y amazónicos han seguido y siguen frustradas. Se trata del viejo tema de la desigualdad y la discriminación. Cada vez que ha habido asomos de forjar desde el Estado un país más igualitario (Billinghurst, Velasco, Castillo) la represión y la traición han caído como águila voraz para preservar los intereses de los herederos de la identidad criolla. «Lima está más cerca de Londres que del Perú» había sentenciado Alexander von Humboldt a su paso por nuestra capital a principios del siglo XIX. Tan fácil de ver entonces como ahora.

Lamentablemente, las manifestaciones de las últimas dos semanas en contra del gobierno de Dina Boluarte y del impopular actual congreso pueden verse como parte de un antiguo malestar de raíces centenarias. De igual manera puede verse la respuesta violenta del Estado.

Solo que esta vez no se trata solamente de un Estado basado en el colonialismo interno, sino en la rapiña de sus recursos por una clase política a la que hace rato se le ve el fundillo bajo una máscara democrática.

Pobre Perú, condenado a repetir su historia. Obviamente, la propuesta de una división territorial no progresará. Pero tampoco es bueno que el Estado asentado en Lima y los grupos dominantes olviden que tienen una papa caliente entre las manos. Nuestro sufrido país nunca saldrá del hoyo mientras se sigan olvidando esos reclamos.

 

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