Entonces a algunos se les pasa la mano por el lado de la agresión, abusan, imponen, recurren a sus ventajas en el arte de la guerra. Otros se quedan paralizados en un despliegue de debilidad y miedo. Los lugares de la simpatía y la antipatía, la popularidad y el rechazo se definen a un ritmo acelerado a través de conductas avezadas o de renuncia a cualquier asertividad. Y, claro, la vida casi exclusivamente en línea ha dejado mucha experiencia en las teorías de la conspiración y los fake news. Así que la cosa desborda los límites del colegio.
Se produce una mezcla de miedo y rabia. Chicos, padres y maestros participan en la puesta al día rápida de la convivencia, algo así como un campeonato que antes duraba un año y que ahora se define en pocas fechas, como ver dos o tres temporadas de una serie al hilo. Nadie sabe hasta dónde se puede ir y los roles de jueces, mediadores, jugadores, entrenadores e hinchas se mezclan endiabladamente.
No va a ser fácil. Menos en un mundo con altas dosis de incertidumbre y en un país convulsionado que no encuentra, justamente, el camino de la convivencia. Es muy sintomático, patético, que ante la incapacidad de los adultos para canalizar sus conflictos, un virus peor que el Ómicron, lo primero que se hizo fue… cerrar las escuelas.
