Mujeres del sur

A nuestras mujeres del Sur

Ha quedado, pues, muy claro que el discurso que comparten los medios, el gobierno y el Congreso (con sus leyes contra la capacidad de decisión de la mujer) nos está ordenando cómo debe comportarse una mujer cuando es madre, haciendo de la maternidad una condición de vulnerabilidad, restándole el derecho a la protesta: ser madre es reducir la ciudadanía. O una madre ciudadana es, potencialmente, un monstruo. Este 8 de marzo, si a alguna mujer peruana hay que celebrar es a nuestras valientes mujeres del Sur, ciudadanas plenas que admirar.

Ayer martes 7, mujeres aymaras y quechuas se unieron en Lima para continuar con la protesta en nombre de sus compañeras, las madres que fueron gaseadas el día jueves. Ocurrió cuando la policía agredió a un grupo de mujeres puneñas que llevaba a sus hijos a sus espaldas, sin un palo o una piedra. Solo marchaban, tal como muchas madres lo hemos hecho a lo largo de la historia peruana, con nuestras hijas e hijos al lado. Pero los policías les lanzaron bombas lacrimógenas cuando las tuvieron frente a ellos, sin que se pueda encontrar alguna justificación, porque en una marcha pacífica la policía acompaña, no agrade con armas químicas porque sí. Sin embargo, este gobierno, y ya lo sabemos, no entiende razones. Mucho menos las que tengan el más mínimo vínculo con los derechos humanos.

Algunos medios de prensa, en colusión con el gobierno, de inmediato condenaron a las mujeres por haber “utilizado a sus hijos” como escudos, dando por sentado que lo correcto en una marcha pacífica era lanzar bombas lacrimógenas y lo incorrecto asistir con sus wawas en tiempo de lactancia. Como los videos que circularon en las redes daban cuenta de lo que realmente había ocurrido, el rechazo de la población contra ese argumento fue inmediato. Pero el gobierno no se quedó callado. Dando la espalda a los derechos de la mujer, el ministerio que debería encargarse de protegerlos, el de la Mujer y Poblaciones vulnerables, lanzó un comunicado afirmando que si bien una protesta pacífica es un derecho, no se puede poner en riesgo la integridad física de las niñas, niños y adolescentes. Ante la carencia de argumentos añadía que estas madres y no la Policía Nacional del Perú habían atentado contra el derecho de las niñas y niños a desarrollarse en un entorno protector. Condenaba a las mujeres que no habían cometido falta alguna y luego les pedía, como si hubiesen sido las mujeres aymaras las agresoras, abandonar “violencias” para un país “con igualdad y sin discriminación”. Ese comunicado no fue suficiente, se sumaron el ministro del Interior y la ministra de Salud. Eso no debe hacer una madre, repetían. Sin duda, la agresión más grave provino del ministro de Educación, funcionario aprista con antecedentes de corrupción, quien sostuvo que ni los animales ponen en riesgo la vida de sus hijos. Si de discriminación e igualdad se trataba, al haber perdido su capacidad instintiva, estás mujeres quedaron descritas no sólo como inhumanas, sino convertidas en monstruos ajenos a los reinos en los que permanece dividida nuestra naturaleza. Ha quedado, pues, muy claro que el discurso que comparten los medios, el gobierno y el Congreso (con sus leyes contra la capacidad de decisión de la mujer) nos está ordenando cómo debe comportarse una mujer cuando es madre, haciendo de la maternidad una condición de vulnerabilidad, restándole el derecho a la protesta: ser madre es reducir la ciudadanía. O una madre ciudadana es, potencialmente, un monstruo.

Cuando Rusia se incorporó a la Primera Guerra Mundial, reclutó a los obreros para conformar un ejército capaz de enfrentar a Alemania. Campesinos y mujeres los reemplazaron en las fábricas. Las madres fueron las primeras en ocupar los puestos para conseguir el dinero necesario para sobrevivir mientras sus maridos estaban en el campo de batalla. Pero la guerra recrudeció la pobreza, no había guarderías, donde dejar a los hijos y de pronto racionaron el pan. El partido Bolchevique les pidió a las mujeres organizadas que no protestaran. Sin embargo, las mujeres no se rindieron y el 8 de marzo de 1917 comenzó la huelga que culminaría con la caída del Zar Nicolás. Han pasado ya más de 100 años. Y todavía nos quieren decir a las mujeres cuándo, cómo y dónde debemos protestar. Este 8 de marzo, si alguna mujer peruana hay que celebrar es a nuestras valientes mujeres del Sur, ciudadanas plenas que admirar.

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8 de marzo, Ciudadanas Aymaras, Día de la mujer

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