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Rosas blancas para Rosita

"Quiero celebrar la vida de Rosa Elvira Ramos Vda. de Mazzotti (1929-2023) y reconocer en ella la importancia de las docentes y educadoras en la formación de los niños, adolescentes y jóvenes adultos de nuestro país."

El 8 de marzo hemos celebrado a las mujeres internacionalmente, pero no puedo dejar de rendir homenaje también a una mujer que acaba de dejar este mundo y que representa el sacrificio de muchas otras mujeres peruanas. Quiero celebrar la vida de Rosa Elvira Ramos Vda. de Mazzotti (1929-2023) y reconocer en ella la importancia de las docentes y educadoras en la formación de los niños, adolescentes y jóvenes adultos de nuestro país.

Era la década de los noventa y yo vivía en EEUU cuando en una de mis visitas a Lima tuve la gran suerte de conocerla. Cada verano “gringo” (junio y julio), yo retornaba al Perú y trataba de tener una agenda literaria activa ya que eso me nutría para poder escribir, investigar y crear artículos de importancia durante todo el año académico. Entre Ribeyro y la poesía peruana no me quedaba tiempo para nada más, específicamente en el mes de julio, la semana justamente antes de las fiestas patrias. Todos los años, por ley, sabíamos que todos nuestros amigos y la mancha de los poetas ochenteros y noventeros nos reuniríamos para visitar a la mamá de uno de nuestros hermanos literarios, José Antonio Mazzotti.

Desde aquellos años Doña Rosita generosamente nos invitaba a su casa y siempre nos trataba con mucho amor. Yo admiraba cómo esa señora además de ser madre de cuatro hijos pudo llegar a ocupar puestos de renombre en su carrera profesional.

Ingresó muy joven a la Escuela Normal de Monterrico, ya que su vocación de maestra le fue clara desde muy temprano. Se unió a la educación pública en las áreas de Geografía, Lengua, Literatura e Historia, por lo que llegó a dominar un amplio arsenal de conocimientos y una comprensión aguda de nuestros problemas nacionales. Conversar con ella era siempre un lujo y una verdadera clase, casi sin darnos cuenta. Llegó por muchos años a ser directora del Colegio Nacional Femenino Nuestra Señora del Carmen, en la cuadra 9 de la Avenida Brasil, en el distrito de Breña. Con el terremoto de 1974, el edificio se derrumbó y el colegio tuvo que trasladarse a San Miguel. Durante ese difícil tránsito ella mantuvo la armonía y la lealtad del alumnado, que prefirió viajar algo más lejos de sus casas por la calidad del profesorado y su dirección.

Doña Rosita mantenía siempre una actitud calmada que inspiraba a cualquiera que se le acercara. Educaba no solo con la palabra, sino también con el gesto y el calor humano, por lo que fue querida por muchísimas de sus estudiantes y por todos los amigos del hijo el poeta, algunos de los cuales la llamaban su segunda mamá.

En épocas de violencia, drogas, caos social y desorientación como las que vivimos entonces, su voz era un faro de cordura y de esperanza.

Pero no se trata de reconocer solamente a personas que sobresalen en algo extraordinario por una vez o esporádicamente, sino a todas las mujeres que día a día luchan por su familia, por su trabajo, por el bien del Perú. En doña Rosita se encarnan las mejores virtudes de la mujer peruana, dedicadas sin pausa al mejoramiento de los seres humanos a través de la comprensión profunda de sus problemas y el estímulo para que crezcan espiritualmente a través del estudio y la práctica de los valores cristianos.

Hoy que tantas mujeres luchan en las calles por sus derechos para lograr un país mejor, mi admiración por ellas no hace sino crecer.

Hoy te recuerdo, Rosita, y te agradezco por tus enseñanzas y por tu compañía.

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docentes, mujer

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