Demian, nicotina y el fin del mundo

Demian, nicotina y el fin del mundo

¿Qué pasó con Emil? ¿Con Demian? ¿Qué hay de su madre? No recordaba bien el final, así que lo revisé hace unos momentos, después de escribir los primeros párrafos. Curiosamente, la novela no termina con el anuncio de la guerra, sino con ambos personajes en ella.

[MIGRANTE AL PASO]  En el estacionamiento de Letras, dentro de la Universidad Católica. El humo salía por la ventana. Estaba prohibido, pero no castigado. Recién a los 21 o 22 años leí Demian, de Hermann Hesse. Fue allí, con mi cigarro y desparramado en mi carro, donde lo terminé mientras esperaba a que un amigo terminara sus clases. Recuerdo haber llegado a casa y decirle a mi padre: «Creo que tengo el estigma de Caín». «Yo pensaba lo mismo hasta que conocí a tu mamá», me respondió.

Las últimas escenas me vinieron a la mente estos últimos días. Demian y su madre tenían sueños premonitorios: Europa y el Viejo Mundo en llamas. Emil Sinclair, el protagonista, también imaginaba un ave enorme sobrevolando las calles, la misma que aparecía en los sueños de Demian, quien no quiso contarle cómo terminó aquella pesadilla. Hacia el final de la novela se anuncia que ha estallado una guerra: la Primera Guerra Mundial.

Ahora me pasa a mí. No puedo evitar sentir que algo va a ocurrir, como si todo estuviera a punto de destruirse para renacer. Nuevamente, el fin del mundo antiguo.

¿Qué pasó con Emil? ¿Con Demian? ¿Qué hay de su madre? No recordaba bien el final, así que lo revisé hace unos momentos, después de escribir los primeros párrafos. Curiosamente, la novela no termina con el anuncio de la guerra, sino con ambos personajes en ella. Emil está hospitalizado por una herida de guerra. A su lado se reencuentra con su gran amigo Demian. Este le da un beso en nombre de su madre y le dice que, en un día como aquel, ya no podría defenderlo como cuando eran niños; que, si alguna vez lo necesita, tendrá que buscarlo dentro de sí mismo. Al despertar, el enfermo de al lado es otra persona. El mundo sigue destruyéndose, pero Emil termina de transformarse por dentro.

Demian, nicotina y el fin del mundo

No es raro que los mensajes de este libro deambulen por mi cabeza de vez en cuando; de hecho, es bastante común. No sé si será una especie de Chernóbil de IA, una guerra nuclear o una catástrofe climática. Tal vez no pase nada, pero mi instinto siente un cambio abrupto y uno violento. Ojalá mi instinto esté equivocado. Al final, venga lo que venga, si el mundo opta por la destrucción, yo iré por transformarme por dentro; me niego a hundirme junto con todos. Y si llaman a la toma de armas, no lucharé por ninguno de los bandos visibles. No soy tan tonto como para morir por el bien de unos cuantos que manejan el mundo. Por otro lado, veo a muchos que aparentan estar felices con que algo como eso suceda. En fin, desde ese día que terminé aquella obra maestra no he cambiado mucho. Tal vez sea un poco menos rebelde, menos pelo, menos valor y ya no me acompaña aquel humeante amigo.

Ya pasaron casi tres meses. A veces, tanteo con mis manos los lados del sillón, buscando algo que me acompañe. Pero ya no hay cigarros. Tal vez mis pensamientos tan descabellados se deben a la abstinencia. En fin, supongo que es justamente un ejemplo de transformación sin catástrofe. Tal vez, con la falta de nicotina se fue también un poco de Demian, Emil y su madre. Un poco de rebeldía se diluyó. ¿Qué otras cosas han desaparecido desde ese entonces? No tengo idea. Pero probablemente muchas. En estas últimas semanas dejé atrás la ansiedad que siempre caminaba a mi costado. De pronto, desapareció. Cuando sucedía antes, era por algún tipo de hipomanía y de ahí regresaba. Por ahora se ha mantenido constante y no creo que sea completamente por dejar de fumar. Pero algo tiene que ver.

En el libro, el significado de la marca de Caín es distinto al de la bíblica. Es la marca que tienen ciertas personas extraordinariamente diferentes a los demás, tanto que incluso inspiran temor. La verdad es que no creo que exista algo como eso o, en todo caso, todos la tienen, pero a algunos se les borra con el tiempo. No somos tan diferentes; justamente eso es lo que a muchos les cuesta darse cuenta. La mayoría de gente va perdiendo la individualidad y se une a una especie de secta multitudinaria. Otra forma, bastante más sana, de borrar la marca es ponerse en el zapato del otro y darte cuenta de que somos prácticamente lo mismo. No tiene lógica, pero funciona igual. Supongo que, porque de esa manera la empatía no elimina la individualidad, solo la necesidad de sentirte excepcional.

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