Jorge Luis Tineo - Sudaca.Pe

Canciones Románticas: En peligro de extinción

Ayer, domingo 14 de febrero, fue el primer Día de San Valentín en pandemia. Y, a pesar de todos los esfuerzos del establishment comercial por hacer de esta fecha algo todavía vigente, a través de la venta superficial de peluches, bombones y demás objetos -online, por supuesto, para protegerse de “la” COVID-, los reportajes chacoteros de Frecuencia Latina y las vulgaridades porno-soft de los programas faranduleros, las contradicciones entre lo que originalmente significaba la celebración y lo que hace esta sociedad -adicta al TikTok y otros exhibicionismos en redes- con temas como el amor y la amistad son tan grandes como las mentiras de los candidatos a la Presidencia de nuestro país.

 

Pero quizás sea en la música que actualmente escuchan los jóvenes en que esta incoherencia se hace más evidente y patética. Vivimos un tiempo en que los asuntos relacionados “al corazón” son vistos como una cosa desfasada, anacrónica, una debilidad inaceptable en hombres y mujeres. Los grandes romances son hoy piezas de museo, que ya ni siquiera entre los más pequeños pueden imaginarse con mucha claridad y las historias de amores intensos se reducen a disfuerzos entre personajes de la telebasura que (inter)cambian de parejas con la misma facilidad con la que se cambian de ropa. Una ligera revisión a las letras de canciones románticas de hace tres décadas –no es mucho tiempo, después de todo- basta para entender esta situación:

 

Te amo desde el primer momento en que te vi, hace tiempo te buscaba y ya te imaginaba así. Te amo. Esta frase pertenece a una de las baladas más conocidas del cantautor venezolano Franco de Vita (Te amo, 1988), y encarna el espíritu de la canción romántica esencial, creíble: letra que describe sentimientos profundos y pueriles, melodía cadenciosa y suave, voz desgarrada y conmovedora. Freddie Mercury, rockero británico, extravagante y excesivo líder de Queen, cantaba a estadio lleno, ante 50 mil almas: Love of my life can’t you see? Bring it back, don’t take it away from me because you don’t know what it means to me (Love of my life, 1975). Los mismos elementos -emoción, profundidad, melodrama- se conjugan en perfección romántica.

Escuchando las babosadas sexistas y mononeuronales que hoy aplauden los adolescentes, en “canciones” como las de Maluma, Romeo Santos, Shakira o cualquiera de sus afines, uno se pregunta: ¿Cuándo pasó de moda el amor en términos musicales? Quizás las sociedades de antes, cautivadas por los tormentosos romances de la historia, la literatura clásica, la ópera, el cine y las telenovelas, y sin la contaminación del consumismo salvaje que domina todas las actividades humanas, se dejaban llevar por sus emociones sin avergonzarse.

O será que la modernidad materialista se encargó de arrancarle a la humanidad esa careta falsa de romanticismo para que pueda entregarse, con absoluta libertad y cinismo, a la ansiedad práctica e inmediatista de los emparejamientos pasajeros concentrados en una sexualidad epidérmica y comercializada por los medios de comunicación, los contratos matrimoniales donde se discuten más patrimonios que sentimientos y las relaciones “serias” en las que la estabilidad depende de un cuidadoso -y a veces psicópatico- juego de roles, intereses y conveniencias.

No lo sabemos. Lo cierto es que hoy Franco de Vita, Freddie Mercury o cualquier otro de los tantísimos creadores e intérpretes de música popular romántica occidental del pasado difícilmente tendría éxito masivo hoy con esta clase de canciones. Los más culturosos los acusarían de “cursis”, mientras que la oceánica masa de jóvenes que deliran por reggaetoneros, latin-poperos o bachateros con pinta y labia de sicarios y bataclanas simplemente pasaría de largo al escuchar estas declaraciones de amor musicalizadas para vivir un rato felices los cuatro buscando hombres mayores que les abran las puertas y les traigan flores. O cosas peores.

La extinción de la canción romántica no es total gracias a que aún hay quienes disfrutan de su auténtica belleza. Cómo no emocionarse, por ejemplo, escuchando aquellos boleros de Los Panchos, los lamentos de Lucho Gatica o Daniel Santos, las sutiles canciones de Carpenters o las grandiosas baladas de la era dorada del pop hispanoamericano, en que surgieron grandes intérpretes como José José, Nino Bravo, Camilo Sesto, Rocío Durcal, Isabel Pantoja, José Luis Rodríguez, José Luis Perales y tantos otros.

La devaluación del sentimentalismo musical tiene que ver con los excesos y fórmulas en los que cayeron varios artistas durante los ochenta, en inglés y en español, lo cual fue tomado como pretexto para descalificar todo un género que ha unido, con sus letras intensas -desde las infantiles hasta las sugerentes- y sublimes instrumentaciones, a millones de parejas genuinamente enamoradas. Pero si bien esos disfuerzos existieron, no justifican el encanallamiento que padecemos actualmente, comprobable con solo darle una vuelta a las emisoras de moda.

Hace treinta o cuarenta años, en la era del cassette, uno de los regalos más comunes entre las (no tan) inocentes parejas universitarias e incluso escolares era una cinta con canciones especialmente seleccionadas que se intercambiaban como demostración de afecto. No podían faltar Air Supply, Chicago, Journey, Billy Joel, Elton John, Bee Gees. También entraban Nino Bravo, Raphael, Dyango y Mocedades. Hasta finales de la década de los noventa llegaban buenas canciones celebrando al amor: las viñetas poéticas de Juan Luis Guerra, uno que otro tema de artistas juveniles como Luis Miguel, Sin Bandera o Cristian Castro. O las emotivas baladas de Celine Dion y Laura Pausini, solo por mencionar algunos nombres, que continuaban esa larga tradición de música popular romántica.

Incluso géneros como la salsa, el heavy metal y la trova insertaban el romanticismo en medio de sus temas habituales. Así tenemos las poesías musicalizadas de Pablo Milanés, Joan Manuel Serrat o Luis Eduardo Aute; las power ballads de Bon Jovi, Poison o Warrant; las rítmicas confesiones de Rubén Blades, Willie Colón o Willy Chirino. Más allá de preferencias específicas, es innegable que todas estaban en las antípodas del abyecto mal gusto que hoy difunden las radios populares.

 

Ayer fue el Día de San Valentín, uno muy diferente a causa de la pandemia. Y, en ese sentido, el amor y la amistad son sentimientos que, por más desprestigiados que estén, aun persisten en aquellas parejas que son capaces de expresarse lo que sienten a través de una canción sin acomplejarse. Aunque estén en extinción, las canciones de amor abren pecho a la muerte y despeñan su suerte por un tiempo mejor (Por quien merece amor, Silvio Rodríguez, 1982).

 

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