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Sin palabras

Parece que ante el no poder remitirse al terrorismo (pues las Naciones Unidas ha descrito el término como parte de una retórica hostil, peligrosa y traumática utilizada contra el movimiento de protesta) Boluarte ha empezado a construir una versión alternativa de traición social.

[EN LA ARENA] Tras las dolorosas muertes con las que comenzamos el año, Dina Boluarte empezó a repetir que estaba dispuesta a dialogar. Poco tiempo después dejó de hacerlo. En ese momento, su propuesta llamada “de diálogo” estaba dirigida a los gobernadores regionales con el fin de terminar con las marchas. Pero una cosa es llamar “diálogo” a querer dar órdenes y recibir una respuesta de confirmación y otra muy distinta, realmente dialogar.

Los diálogos, como nos lo enseñaron filósofos, filósofas, dramaturgos y novelistas, no se reducen a cualquier conversación, pues aquello que se diga no puede decirse a cualquier persona, es a alguien que está dispuesto a procesarlo, a metabolizarlo, si se quiere, y que busca que su respuesta también sea recibida de la misma manera por el otro. Es discutir profundamente sobre un tema o una acción, desde aquello que se cree, se piensa, se siente desde como uno es. Es nuestra voz en el sentido público y democrático, es la voz con la que nos identifican, es la voz que reconocemos. Sin llegar a ser un debate donde uno quiere vencer al otro, el diálogo no trata de competir o de lograr un mero acuerdo de negociación puntual. Un diálogo es un intercambio que abre un espacio de escucha, de análisis, de propuestas conjuntas. El diálogo, por tanto, requiere de una confianza mutua.

Este martes, durante la inauguración del “Encuentro Intergubernamental de Preparación ante el Fenómeno de El Niño”, Dina Boluarte se mostró indispuesta ante cualquier posibilidad de dialogar. Y fue directa. Para conseguirlo, desplegó las formas de desconfianza que aún le quedan respecto de la Tercera Toma de Lima y se las comunicó al pueblo peruano, con indiscutible énfasis hacia quienes tenía frente a sí mientras hablaba: sus ministros, altos funcionarios, y los gobernadores regionales, aquellos con quienes nunca dialogó. Cómo confiar en los que protestan o se declaran en huelga, si la Primera y Segunda Toma de Lima, dijo Boluarte, detuvieron el desarrollo del país, estancaron su economía y paralizaron el turismo.

Parece que ante el no poder remitirse al terrorismo (pues las Naciones Unidas ha descrito el término como parte de una retórica hostil, peligrosa y traumática utilizada contra el movimiento de protesta) Boluarte ha empezado a construir una versión alternativa de traición social. Y añade, cómo se puede confiar en peruanos que envían un mensaje “para afuera” en el que se presenta al Perú como un país sin garantías, generador de caos y zozobra. No satisfecha con la desconfianza, reforzó su oposición al diálogo diciendo que había solamente una ruta para conseguir que el país avance. Es suya, y consiste en unirse con el gobierno para resolver los problemas futuros. Una unión en silencio. Así lo dejó de claro cuando al terminar y antes de ponerse de pie, se despidió diciendo: Hechos y no palabras.

La frase latina, muy usada por mandos militares de la antigua Roma, remite a cierta virtud para decidir y actuar con la rapidez necesaria opuesta al diálogo político, que perjudica la urgencia de las acciones, que gasta el tiempo con discusiones que dejan de lado la obligación de decidir. Es por eso una frase que sintetiza el sustento de las dictaduras. En el caso peruano fue Manuel Odría quien la popularizó. Apenas dio el golpe de Estado en 1948, empezó a perseguir a sus oponentes más discursivos, a quienes llamó terroristas: los militantes del Partido Aprista Peruano y del Partido Comunista Peruano. Al año siguiente decretó la suspensión de las garantías individuales y mediante sistemas de vigilancia y tortura, reprimió cualquier cosa que se dijera contra su gobierno hasta 1956. Gracias a los silencios, Odría consiguió acumular grandes propiedades y pactar con Manuel Prado el darle los votos de sus seguidores si no lo investigaba durante su gobierno. Prado ganó feliz. Protegido con el Pacto de Monterrico, como fue llamado ese acuerdo, el silencio sobre la corrupción de Odría hasta hoy nos muestra la otra cara de los Hechos y no palabras. Irónicamente (pobres viejos apristas) Alan García usó la expresión en su campaña del año 2016. Ahora Boluarte se la apropia. Pero en su caso, ya es algo tarde para que los hechos que ha cometido contra su pueblo los consiga silenciar.

 

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