Jorge Luis Tineo - Sudaca.Pe

Classic Rock Magazine: Periodismo musical de primera

Desde que entré en contacto con estas revistas británicas, hace casi una década, me hice adicto a ellas. La oportunidad de tenerlas entre manos me la dio una persona muy especial, conocedora de mis más queridas (y sanas) obsesiones, quien aprovechó un viaje a Londres para ponerlas al alcance de este empedernido melómano limeño.

 

Algunas de estas publicaciones son la continuación de una larguísima tradición editorial y periodística que nació junto con la Invasión Británica y la explosión del blues británico que convirtió al Soho en el barrio musicalmente más vibrante de Europa, mientras que en San Francisco y New York se desarrollaban, hirviendo en LSD, la psicodelia y el hippismo.

 

Otras, de aparición más reciente, conservan a pesar de ello el espíritu original de aquellas revistas pioneras dedicadas íntegramente a la música. La vigencia, en Europa y, especialmente, en el Reino Unido, de medios escritos con más de 60 años de existencia al lado de sus herederas, hermanas y primas lejanas constituye una clara señal de la receptividad que tiene este tema, ya que cuentan con un público interesado, tanto en aspectos históricos como en la actualidad de la escena de música popular contemporánea –rock, pop, jazz y derivados.

Si nadie las comprara, si a nadie le interesara lo que ocurre en el vasto universo musical que se mueve al margen de lo convencional, las revistas más antiguas habrían desaparecido hace tiempo y ningún colectivo de editores, periodistas y conocedores se arriesgaría a invertir en una nueva, pues probablemente no pasaría del segundo número. Su cobertura se mantiene separada de la avalancha de superficialidades, más comerciales y menos trascendentes –por ejemplo, la retahíla de bodrios que actuaron en la última ceremonia de los Premios Grammy la semana pasada, con la honrosa excepción de Black Pumas, una banda a la que más de uno debería prestar atención.

Estas publicaciones son, realmente, de alto nivel. Están prolijamente editadas, muy bien escritas y claramente definidas con respecto a los temas que abordan, lo cual les garantiza una lectoría comprometida y siempre cautiva, esperando más.

 

El caso más notable, entre las revistas (ya no tan) nuevas es el de Classic Rock Magazine. Se edita desde 1998 con muchísimo éxito, tiene un website alucinante para cualquier amante del rock clásico en todas sus formas y colores, acompaña cada número con un CD de colección y además, se da el lujo de lanzar subproductos como Prog, dedicada exclusivamente al rock progresivo que, hace poco celebró su #100 con una edición de lujo, hoy inubicable. O Metal Hammer, legendaria publicación sobre metal y hard-rock que ya pasa las tres décadas de vida, y que actualmente forma parte del mismo grupo editorial de Prog y Classic Rock. La frecuencia de las tres es mensual y, para quienes no pueden conseguir las ansiadas versiones impresas –que se agotan rápidamente- pueden suscribirse a sus excelentes páginas web.

 

¿Se imaginan? Finas revistas de 60 páginas que, semanal o mensualmente se ocupan de todo lo que ocurre en el género de tu preferencia, desde lo más reciente hasta lo más antiguo, con el mismo nivel de detalle y respeto por la información en ambos casos. Reportajes de colección sobre discos lanzados hace 40 o 45 años, amplias entrevistas a los personajes más importantes de cada época (músicos, cantantes, productores, compositores), comentarios y notas del circuito local de conciertos, reseñas de libros, documentales y DVD, etc.

Otro ejemplo. Vintage Rock es un lujo para cualquier interesado en saber todo acerca de los albores del rock and roll. La edición #48 se centra en Little Richard, fallecido recientemente, y contiene una serie de noticias, análisis, entrevistas, recuerdos y fotos de una riqueza documental difícil de superar. Curiosamente, esta publicación, que solo cubre la escena musical comprendida entre 1950 y 1960 y sus ramificaciones hasta el día de hoy (festivales de rockabilly y surf-rock de garaje en el siglo XXI, nuevas bandas que conservan el espíritu de esos años), es la de más reciente aparición (el #1 apareció entre el 2012 y 2013).

Y no son las únicas, desde luego. Entre las más conocidas podemos mencionar las de jazz y fusión (The Wire), música clásica (Classical Music Magazine), heavy metal (Kerrang! que se edita desde 1981), de punk, alternativo e indie (Q, Sounds). Están las emblemáticas Melody Maker, BBC Music, NME, etcétera, etcétera, etcétera, para todos los gustos y fanatismos extremos. Y, por supuesto, Uncut, un material de lujo para cualquier investigador interesado en la evolución del rock.

 

Periodistas que conocen cada género al detalle, fotógrafos que inmortalizan cada escena, sea en un bar de baja calaña o en el Royal Albert Hall. Editores, correctores, diseñadores gráficos y webmasters que viven a diario el mundo de la música, dándole la relevancia que tiene y no considerándola un simple accesorio de iPad, un asunto de modas, negocios paralelos y ventas millonarias. Hoy, que vivimos sin conciertos ni festivales a causa de la pandemia, sus páginas no dejan de llenarse pues existe mucha información y, por lo menos en esas latitudes, mucho público dispuesto a seguir disfrutando de tan gratificante esfuerzo periodístico y amor por la música como expresión artística y referente social.

 

Naturalmente, esta riqueza de publicaciones temáticas (que también se da en otras disciplinas y profesiones) necesita, para subsistir, un público consumidor fiel que justifique su existencia. La certeza de que eso no es posible en nuestro país es tan aplastante que me termina deprimiendo.

 

He visto cómo pundonorosas publicaciones, que trataron de darle dignidad a la cultura musical (local y extranjera), languidecieron y se perdieron en el más oscuro olvido, condenadas siempre a esa apariencia marginal, con ediciones de contenidos valiosos pero mal impresos y peor diagramados. Pienso en Esquina, Caleta, Freak Out!, 69, Interzona y demás esfuerzos que no pasaban de ser fanzines, no tanto por la intención de ir contra lo establecido sino por no tener presupuesto para hacerlo mejor y que tiraron la toalla debido a que no hubo suficientes lectores ni anunciantes que las mantengan vivas. Pelo, en Argentina; y Rock de Lux, en España, sacaron la cara por Hispanoamérica (solo por mencionar dos casos). Pero hoy ya no existen.

Aquí, la cosa se limita a dos páginas en El Comercio, una que otra crónica ocasional, notas de relleno, fotos sacadas de internet y comentarios inflados de discos sin valor, como los que se llevan los Grammy últimamente. O uno que otro grupo en Facebook que preserva el respeto por la historia y lo mejor de las escenas actuales, pero siempre de manera limitada y, hasta cierto punto, marginal.

 

Pensé en todo esto mientras revisaba una edición de Classic Rock del año 2018, 80 páginas dedicadas exclusivamente al 30 aniversario del álbum Appetite for destruction de Guns N’ Roses. Mientras, veía en la televisión cómo una pandilla de malaspectosos reggaetoneros y raperas, o de insulsos personajes como Billy Eilish y Harry Styles, se celebraban a sí mismos en los Premios Grammys sin saber que nadie los recordará en la misma cantidad de tiempo. Cuando vi la ceremonia, tan encanallada y mezquina que solo dedicó 15 segundos de sus 3 horas de duración para “homenajear” a Eddie Van Halen, sentí que, literalmente, ese segmento para recordar a los grandes músicos muertos el 2020 representa, más que una remembranza, el certificado de fallecimiento de la buena música.

 

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