Giancarla Di Laura - Sudaca.Pe

De la patria Madre

¿En qué se parece el Perú a una madre?

No hace falta pensar mucho para llegar a una respuesta. Imágenes del país natal como una fuente generosa de recursos naturales y humanos abundan en la historiografía, no solo en el Perú, sino en todo el mundo. La convencional designación de “patria”, es decir, la colectividad más el territorio, unidos en una amalgama indivisible, es exaltada al rango de sagrada, hasta el punto de que muchos están dispuestos a sacrificar sus vidas por ella.

Pero, curiosamente, el nombre tiene una connotación masculina obvia, pues deriva del latín que señala el lugar de origen de nuestros padres. Se refería en la antigüedad a un espacio mucho más limitado, el de una ciudad o región, semejante a lo que hoy llamaríamos la “patria chica”. Más tarde, con la creación de los estados nacionales modernos y su afán de abarcar espacios más amplios y transregionales, la patria pasó a ser equivalente del país entero, homogeneizado bajo una administración central que supuestamente representa a todos sus habitantes, puestos en el mismo saco pese a sus diferencias.

En efecto, el nombre de “patria” tiene un origen masculino, pero se vuelve femenino por la necesidad de significar ese aspecto protector y a la vez intachable que nos permite pensar en ella con un orgullo profundo y una entrega incondicional. Por la patria se hacen guerras y por la patria se cantan himnos y se saludan banderas. Por la patria aguantamos mil pesares y trabajos, pues el sacrificio supone una mejora, aunque sea a largo plazo. Pero la patria, aparte de una idea, es también una realidad. Está en cada una de las personas que la habitan, en sus valles y sus cerros, en el mar que la besa, en sus ríos turbulentos, en el barrio en que crecimos, en sus “bosques de pinos, / fortalezas, / una ciudad deshecha, / gris, monstruosa, / varias figuras de su historia”, como decía el poeta mexicano José Emilio Pacheco en su famoso poema “Alta traición”.

En el Día de la Madre quiero compartir esta breve reflexión no solo para rendirles homenaje a todas las madres peruanas y del mundo, sino también para subrayar lo importante que es pensar en términos de nuestro futuro, más allá de los lugares comunes que suelen decirse en esta fecha. Pensar en la madre es pensar en su bienestar, con agradecimiento; es pensar en que a ninguna madre le falte el cariño de sus hijos y que estos a la vez se vean siempre amparados por su ternura incondicional.

Pero nada de esto es posible si falta el alimento, el calzado, el mínimo cuidado de nuestra salud. Nada hiere más a una madre que la situación de abandono de sus hijos. Y nada debería herir más a un ser humano que ver a una mujer golpeada, maltratada, violentada, olvidando que en ella podríamos tener a nuestra propia madre, hermana o hija.

La estadounidense Anna Jarvis empezó en 1905 una ardua campaña por designar un día del año en homenaje a nuestras progenitoras. Y finalmente lo logró, instaurándose en la mayoría de países el segundo domingo de mayo para celebrar tal fecha. Las que somos madres sabemos lo que esto significa. Es un día de gozo si tenemos a nuestros hijos cerca y de nostalgia y orgullo si están lejos. Pero de ninguna manera es un día indiferente.

Cuidemos a nuestras madres y cuidamos a nuestra madre, el Perú. Todos sus hijos merecen atención, especialmente los más olvidados. Hagamos de nuestra patria una madre digna, plena, empezando por nuestra progenitora en la familia. Y que ese amor se extienda a todos los peruanos y peruanas, hijos como somos de la misma madre.

“Entre ti y el horizonte / mi palabra está primitiva como la lluvia o como los himnos / Porque ante ti, madre, callan las rosas y la canción”.

 

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