Jorge Luis Tineo - Sudaca.Pe

De padres a hijos: Lo que se hereda no se hurta (casi siempre)

La frase del título alude a una situación que tiene mucho de creencia popular pero también de realidad científica. El talento, entendido como la capacidad de ciertos individuos para hacer con facilidad, precisión y calidad, algo que resulta difícil para el común de la gente, es una predisposición natural, que puede transferirse de generación en generación pero, además, es una construcción cultural, influenciada por el entorno. Sin trabajo, sin práctica disciplinada ni vocación, ningún talento es capaz de florecer. Esto aplica para todas las actividades, oficios y profesiones humanas. Y, por supuesto, lo vemos frecuentemente en el mundo de la música, donde hay casos de hijos que igualan y hasta superan las destrezas de sus padres.

El ejemplo paradigmático de esto último es el de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) el salzburgués que creció entre notas musicales, de la mano de su padre Leopoldo, un esforzado compositor quien reconoció los talentos sobrenaturales de su hijo prácticamente desde los 3 o 4 años de edad. Esas habilidades orgánicas -el oído perfecto, el dominio del piano, la imaginación para componer- no se transformaron, de la nada, en la legendaria y prolífica genialidad que (casi) todos conocemos, sino que fueron resultado de la obsesión del padre, quien hacía trabajar al pequeño Amadeus mañana, tarde y noche. La inmortalidad de la música de Mozart (Sinfonía No. 40 en Sol menor, 1788) es testimonio de una relación filial estrecha y a la vez tirante, llevada al extremo.

En el universo de la música clásica tenemos otros dos casos prominentes de hijos que siguieron el camino de sus progenitores: Johann Strauss II (1825-1899), cuyos valses El Danubio Azul (1866), Cuentos de los bosques de Viena (1868) y Vals del Emperador (1889), son tres de las melodías más famosas de todos los tiempos, fue hijo de Johann Strauss I, también creador de valses, polkas y marchas, entre ellas la conocidísima Marcha Radetsky, escrita en 1849, dedicada al mariscal Joseph Radetsky, héroe austriaco en las guerras napoleónicas. El otro caso es el de Carl Phillip y Johann Friedrich, dos de los veinte hijos que tuvo Johann Sebastian Bach (1685-1750), de los cuales por lo menos seis se dedicaron a la música, aunque ninguno alcanzó la notoriedad del célebre creador de los fantásticos Conciertos de Brandenburgo (1721), piezas emblemáticas de la música barroca del siglo 18.

En la música popular abundan las historias de hijos que, de manera manifiesta o tácita, rinden homenaje a sus papás a través de sus propias carreras. Suele ocurrir que, al estar en contacto con la frenética agenda de grabaciones, giras, ensayos, conciertos y demás actividades comunes al discurrir cotidiano de un músico, uno o varios de sus hijos terminen dedicándose a lo mismo. La exposición permanente más la dotación genética, a veces, da buenos resultados. Pero también hay de los que avergüenzan a sus padres, haciéndose famosos sin tener ningún talento, solo por «ser hijos de…». Un par de ejemplos de ello, al final.

Y esto de dedicarse «a lo mismo» es, en algunos casos, 100% literal. Como los hijos de dentistas que estudian exactamente la misma especialidad que sus padres. Ahí tenemos, por ejemplo, a los bateristas Zak Starkey, Jason Bonham y Nic Collins, hijos de Ringo Starr (The Beatles), John Bonham (Led Zeppelin) y Phil Collins (Genesis), respectivamente. Haber crecido entre las élites rockeras les permitió ingresar fácilmente al mundo del espectáculo pero su éxito no es solo producto de ese privilegio pues han logrado demostrar su talento, heredado por supuesto, pero también respirado y absorbido desde su nacimiento. Las tiernas escenas de la película The songs remain the same (1976) de Led Zeppelin, en que se aprecia al pequeño Jason, de apenas 7 años, jugando con las baquetas y los tambores de papá John ilustran a la perfección el asunto. Con los años, Jason y Nic han terminado ocupando el lugar de sus famosos padres -un hecho de profunda carga emotiva y motivo de orgullo personal- en sus bandas originales (Bonham falleció en 1980 y Collins, debido a una extraña enfermedad, ya no puede tocar la batería) mientras que Zak es, desde 1996, miembro de The Who, nada menos.

Siguiendo con los Beatles, John Lennon tuvo dos hijos: Julian y Sean, el primero con Cynthia, su primera esposa, y el segundo con Yoko Ono. Ambos buscaron replicar el camino de su padre, con resultados desiguales. Julian -a quien Paul McCartney dedicó Hey Jude, originalmente se iba a llamar Hey Jules- tuvo un par de éxitos radiales en 1984 (Valotte y Too late for goodbyes) pero luego se esfumó. Su medio hermano optó por la música experimental y neo psicodélica. Actualmente toca guitarra y canta junto al experimentado bajista Les Claypool (Primus) en el grupo The Claypool Lennon Delirium. En cuanto a los hijos de Paul McCartney y George Harrison, también han seguido la profesión paterna, aunque de media tabla para abajo, a decir verdad. Mientras que James, el único hijo hombre de Macca, ha estado colaborando con él desde fines de los noventa y tiene ya un par de discos como solista, de poca repercusión; Dhani destaca por su impresionante parecido físico con George pero, más allá de eso, no levanta vuelo con sus emprendimientos artísticos.

Los ejemplos, como decía, abundan. Allí están Wolfgang Van Halen, hijo del virtuoso guitarrista holandés Eddie Van Halen, fallecido el año pasado (en este video recuerda a su papá, con el tema Distance de su actual banda, Mammoth); Jakob Dylan, líder de The Wallflowers y cuarto hijo del primer matrimonio de Bob, quien alcanzó notoriedad con el segundo disco de su banda, Burning down the horse (1996), con temas como One headlight y 6th Avenue heartache. O David “Ziggy” Marley, uno de los once que tuvo el ícono del reggae jamaiquino, Bob Marley, quien se hizo conocido con el single Tomorrow people de 1988. Y como reseñas de este tipo pueden encontrarse por montones en internet, voy a concentrarme en dos casos que nadie menciona.

El primero de ellos es una banda que, en los setenta, seguramente habría llenado estadios. Sin embargo, los cambios en la industria discográfica confinaron su electrizante hard-rock sureño a clubes y locales con capacidad para no más de 5,000 espectadores (hasta antes de la pandemia, por supuesto). Me refiero a The Allman Betts Band, integrada por los hijos de tres miembros originales de The Allman Brothers Band. Devon Allman, Duane Betts y Berry Oakley Jr. Han lanzado, hasta el momento, dos álbumes, Down to the river (2019) y Bless your heart (2020) que son un tributo a la poderosa música de carreteras que hicieron sus padres, Gregg, Dickey y Berry, entre 1969 y 1972.

Pero si de homenajes filiales se trata, Dweezil Zappa se lleva el premio mayor. Desde el año 2006 ha estado recorriendo Estados Unidos y Europa, interpretando la compleja y contracultural música de su padre, el guitarrista y compositor Frank Zappa. Dweezil, guitarrista también –al nivel de Joe Satriani, Eddie Van Halen o Steve Vai, sus profesores desde niño- lanzó primero la gira Zappa Plays Zappa con la que no solo satisfizo a los conocedores sino que presentó las canciones de Frank a públicos completamente nuevos, un empeño que ha continuado a pesar de la tenaz oposición de su propio hermano, Ahmet, quien intentó prohibírselo legalmente, aduciendo que no tenía el permiso familiar para hacerlo. Tras años de absurdas peleas, ambos anunciaron su reconciliación en el 2018, poniendo por encima de todo el legado artístico de su padre.

Juan Diego Flórez, el tenor más solicitado del momento, tiene también muy presente a su padre, Rubén Flórez, conocido intérprete de música criolla. En sus galas, ante los públicos más exigentes del mundo, nuestro compatriota siempre incluye los valses de Chabuca Granda que hicieran conocido a don Rubén. Asimismo, el pianista de jazz José Luis Madueño recuerda permanentemente a su padre, Jorge Madueño Romero, en sus recitales y producciones de estudio. Otro músico peruano, el guitarrista criollo Pepe Torres, ve con orgullo cómo su hijo Álex se abre camino en Hungría, haciendo música flamenca y jazz fusión, usando las plataformas digitales y redes sociales para difundir su rollo electroacústico.

La lista podría seguir: Nancy y Natalie en el mundo del jazz (hijas de Frank Sinatra y Nat King Cole); Norah Jones y Anoushka, de Ravi Shankar; las segundas generaciones de los fundadores de los bolivianos Kjarkas, los chilenos Quilapayun e Inti Illimani; Dante Spinetta, hijo del legendario Luis Alberto. Todos dejan muy en alto los nombres de sus padres, ejemplos y confirmaciones de que el talento sí se hereda. Pero también hay casos como Enrique y Julio Iglesias Jr., hijos de Julio; o los cinco hijos de Ricardo Montaner que se han colgado descaradamente del prestigio de sus padres para conseguir oportunidades, fama y fortuna sin tener lo necesario para ser considerados verdaderos músicos.

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