GIANCARLA DI LAURA

La resurrección de la carne

"Que la Semana Santa no sea solamente para ir a la playa y parrandear. Dentro de nosotros despertemos al Jesús que nos insufle de esperanza."

Como una gran mayoría de peruanos, yo fui educada dentro de la doctrina católica, en un colegio de monjas, por añadidura, donde desde chiquita nos hacían leer la Biblia, ir a misa, escuchar las clases de religión y repetir las frases adecuadas para cada ritual.

La Semana Santa era uno de esos acontecimientos importantes, que desde la mirada infantil podía significar dos cosas: vacaciones cortas en la playa o recogimiento familiar para comer ese salado bacalao con garbanzos que –menos mal– solo volveríamos a ver en las mismas fechas el año siguiente.

Pero creciendo fui dándome cuenta del significado de la Semana Santa y por qué es una fecha que reabre muchas esperanzas, seamos practicantes o no.

Una de las grandes interrogantes de los seres humanos desde tiempos prediluvianos es qué pasa después de la muerte. La ciencia hoy no logra dar una respuesta absolutamente conclusiva. Cada vez es más creciente el número de personas que apuestan a que la vida de cada uno acaba completamente después de que dejamos de respirar, por lo que las causas de la vida misma en este planeta se reducen a una cuestión de simple casualidad. La vida en general y la humana en particular, luego de la evolución desde algún primate antiguo, es una simple cuestión de suertes y coincidencias. Nada de Dios ni un espíritu creador. Por lo mismo, nada de una vida después de la materia. Como dice el refrán, «la vida es una sola».

Sin embargo, muchos preferimos explorar el territorio de la creencia para poder mirar nuestra precaria existencia en este planeta como un camino hacia un final menos incierto y oscuro. Pese a los descreídos, seguimos siendo una amplia mayoría los que fijamos nuestras expectativas en que alguna forma de continuidad debe darse, porque, si no, sería realmente absurdo que estemos aquí.

A menos que seamos psicópatas, en términos culturales las sociedades contemporáneas le dan un espacio a la empatía y a la solidaridad con los menos aventurados. Se supone que la política misma debe estar dirigida a mejorar las condiciones de vida de la población menos favorecida. Es decir, a pesar de que podamos creer que nada pasa después de la muerte, nos empeñamos a que en esta vida algo pueda hacerse para hacerla más llevadera.

Y esta tendencia que parecería no tener nada que ver con la religión, sino con los simples derechos humanos establecidos en un mundo secularizado, remite sin embargo a la idea que, según el mito cristiano, Dios nos hizo a su imagen y semejanza. Por lo tanto, una existencia digna es lo mínimo que tendríamos que lograr para lograr cierta coherencia con ese origen, al menos desde el punto de vista de los creyentes.

La Semana Santa nos recuerda el martirio y muerte humana de Jesús, ese enviado de Dios en forma humana para redimirnos del pecado original, es decir, el que cometieron Adán y Eva al morder la manzana del paraíso y por lo tanto perder su inocencia primigenia. Creamos o no en esta narrativa cristiana, lo cierto es que Cristo (el ungido, título que se le añadió a posteriori a

Jesús) se las vio negras entre soldados romanos, fariseos y clavos que a cualquiera le causarían dolores insoportables.

Pero además de toda esa tortura (pensemos en las víctimas del genocidio en Gaza) lo curioso es que al tercer día volvió a la vida material, en carne y hueso, y los testimonios de sus discípulos y otras personas que lo rodearon apuntan a que subvirió el orden biológico a través de un poder que la ciencia de entonces y de ahora difícilmente podría explicar.

Creamos o no en esta historia, la simple posibilidad que que continuemos de alguna manera en este universo después de la muerte debería darnos fuerzas para seguir adelante en el mejoramiento de esta vida.

Quizá no resucitemos en carne, como dice el mito cristiano, pero algo podría quedar si nos conducimos según valores mínimos de convivencia y amor al prójimo.

Que la Semana Santa no sea solamente para ir a la playa y parrandear. Dentro de nosotros despertemos al Jesús que nos insufle de esperanza. 

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