Pie Derecho

¡De la que nos libramos!

“Eso no lo perdona la izquierda en todas sus variantes (la radical, la senderista y la moderada) que ya creían llegado su momento para hacer tabla rasa de la Constitución del 93 e imponer un modelo populista estatista que nos hubiera conducido al atraso rápidamente”

La asonada violenta que hoy vemos era parte de un plan diseñado por el expresidente Castillo, no cabe duda. La conflictividad alentada en los consejos de ministros descentralizados, la utilización política de prefectos y subprefectos, la coordinación con otros gobiernos de la región, la pretendida infiltración de las fuerzas armadas y policiales, la alianza fáctica con las mafias ilegales del narcotráfico y la minería ilegal (¿alguien recuerda algún operativo en su contra durante el mandato castillista?), buscaban armar el tinglado de poderes que desplegasen, en un momento a determinar, una algarada social de tal envergadura que pudiese plasmarse la tesis radical de la Asamblea Constituyente.

Castillo, felizmente, se precipitó. Midió mal sus fuerzas y el momento de llevar a cabo el golpe diseñado. No lo acompañaron los poderes institucionales, ni los institutos castrenses o policiales, lo condujeron a error o se mareó por incompetente, fue una marioneta de otros intereses que le hicieron creer que el momento de maduración ya había llegado, y felizmente fracasó, y el Perú democrático salió airoso de la dura prueba.

Eso no lo perdona la izquierda en todas sus variantes (la radical, la senderista y la moderada) que ya creían llegado su momento para hacer tabla rasa de la Constitución del 93 e imponer un modelo populista estatista que nos hubiera conducido al atraso rápidamente. No lo perdonan los aliados geopolíticos de Castillo, que también apostaban porque el Perú se sume a la órbita socialista y por ello la inusual intromisión de varios gobernantes del hemisferio en los asuntos internos del país, distorsionando groseramente los hechos y lamentando todos ellos la expectoración de su compinche Pedro Castillo.

Si Castillo no se hubiera precipitado, si hubiera esperado a acumular mayores niveles de aprobación, que el Congreso se siguiera desprestigiando, que pudiese haber cooptado un sector significativo de los institutos armados, y que las coordinaciones con los sectores populares radicalizados hubieran cuajado más, hoy estaríamos lamentando un golpe de Estado exitoso, popular, con la democracia destruida con respaldo ciudadano, con apoyo geopolítico y tolerancia o rechazo pusilánime de la OEA, con la maquinaria avanzando incontenible hacia la destrucción del modelo económico y la democracia que nos ha gobernado las últimas casi tres décadas.

Debemos felicitarnos de que el poder estaba en manos de un redomado incompetente, un “sindicalista básico”, incapaz de medir sus propias fuerzas, y asustadizo frente a la andanada fiscal que por corrupción se le venía encima. El Perú se libró de una buena.

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