Juan Carlos Tafur

¿Tregua y diálogo en las alturas?

“Si el gobierno quiere diálogo y tregua, que cese la corrupción rampante y que se nombren ministros eficientes y autónomos, además de funcionarios públicos con perfil tecnocrático, y no con carnet partidario o vínculo familiar o regional con el primer mandatario”

El gobierno invoca al diálogo, lo secunda el arzobispo de Lima, se arrellana en lo mismo el Acuerdo Nacional. Pero lo que cabe preguntarse con sinceridad es qué tipo de diálogo constructivo puede haber con un gobierno como el de Castillo.

¿Cuáles son las causas de la crisis política que transitamos? Aparte de las estructurales, que tienen que ver con un sistema político mal diseñado, lo que ha detonado la zozobra actual es el descubrimiento, con evidencias, de indicios de corrupción que comprometen al propio presidente, primero, y la pasmosa desprolijidad mostrada por Palacio para designar ministros o funcionarios públicos, lo que está llevando al colapso del Estado, segundo.

El diálogo, claro, es bienvenido cuando hay buena voluntad de las partes por enmendar rumbos y así generar una tregua política que permita que vuelva la estabilidad al país. Pero eso no sucede. Todos los días aparecen nuevas denuncias de corrupción que ya califican al presidente de incapaz moral permanente y los nombramientos cuestionables siguen impunes (Betssy Chávez de Premier, o el inefable general en situación de retiro Emilio Bobbio como Ministro de Defensa, sin importarle al régimen los enormes anticuerpos que tiene en los institutos castrenses, o Wilson Barrantes, como flamante jefe de la DINI).

Si el gobierno quiere diálogo y tregua, que cese la corrupción rampante y que se nombren ministros eficientes y autónomos, además de funcionarios públicos con perfil tecnocrático, y no con carnet partidario o vínculo familiar o regional con el primer mandatario.

Esa sería una muestra auténtica de que se quiere un diálogo fructífero, no una pantomima para los reflectores mediáticos, que dé la impresión de que la crisis ha sido resuelta, cuando la misma, más bien, se ahonda día a día.

 

¿Lo hará el gobierno? ¿Estaría dispuesto a ello? Por supuesto que no. Está en el ADN palaciego el modo de gobernar que ha desplegado desde el 28 de julio del 2021. No va a cambiar si no es para peor. No hay, en consecuencia, nada que dialogar. No tiene sentido y desgastaría una formalidad política que en circunstancias reales de compromiso democrático puede ayudar a salir de una situación de entrampamiento.

Pero aquí la responsabilidad principal de la crisis recae en el Ejecutivo, no en el Congreso. Por el contrario, si éste peca de algo es de obsecuencia, no de obstruccionismo. Es la oposición ideal para un gobierno mediocre y corrupto como el de Castillo. De un diálogo en las alturas entre ambos poderes no va a salir nada bueno mientras el Ejecutivo no corrija sus entuertos.

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