El goce hecho ley

El goce hecho ley

"Nuestras actuales autoridades se sienten libres de sacar cuanto antes el mayor provecho de los bienes que la corrupción enquistada les ofrece."

[EN LA ARENA] El futuro del Perú se ha convertido en un reto para quienes sentimos que el Estado peruano se ha especializado en gestionar los principales rubros de la corrupción nacional. Un auténtico desafío pues tendremos que conseguir que recupere la función (si alguna vez la tuvo) de desarrollar a cada habitante del país para conseguir la mejor comunidad posible. Muchos pensamos durante la pandemia que apelar a acuerdos solidarios podría dar resultados suficientes para tamaña enmienda, pero a estas alturas del partido, ya sabemos que la sociedad peruana ha sido dejada a su suerte, a sus miedos y a sus goces.

Esta condición no es fruto de quienes nos gobiernan actualmente, en tanto no se trata de un problema de cuán corruptos son, sino de la forma como se han ido distorsionando los poderes del Estado, al punto que nuestras actuales autoridades se sienten libres de sacar cuanto antes el mayor provecho de los bienes que la corrupción enquistada les ofrece. Es por eso un problema que podemos definir como profundo, en tanto ha ido distanciándose más y más del bien común, pero también profundo en tanto nuestras principales autoridades, hoy muchas juzgadas y encarceladas, han conseguido sembrar en el núcleo del Estado un sistema de coima, clientelaje y de efectivo cuidado de las espaldas. No ha servido de mucho que Alberto Fujimori se encuentre preso o Pedro Pablo Kuczynski con libertad condicional, pues el fujimorismo y la derecha de consignas más conservadoras han conseguido de igual forma copar el Congreso de la República, sirviendo de nada que se votara ilusamente en contra de sus candidaturas presidenciales.

De esa manera, mafias locales y nacionales han conseguido apropiarse de los cargos de autoridad despreciando dos principios fundamentales para que esta se erija: la probidad y el sentido ético de la ley. Ambos los aprendemos en la infancia, pues es en el entorno familiar que nos recibe al nacer y en el que crecemos donde se establece e incorpora el sentido de autoridad y cumplimiento de las primeras normas para convivir en sociedad. Por ser así, la familia ha quedado en la mira de un Congreso que ha encontrado en la producción de leyes que la desfiguran, una fuente de goce (muy macho, por cierto) que aparenta carecer de autoridad que lo detenga: ninguna mujer podrá decidir sobre su cuerpo, pero como si no fuera suficiente, ni siquiera las niñas violadas podrán interrumpir el embarazo. Qué importa que diariamente más de 15 de esas niñas hayan sido violadas por su padre, si los protocolos del Ministerio Público asegurarán que el testimonio de la niña parezca falso. Que la niña o el niño no sepa cómo explicarse quedará asegurado gracias a que ningún menor de edad tendrá acceso a información basada en evidencia, pues los parlamentarios ya aprobaron una ley para poder tergiversar y censurar el contenido de los materiales con los que los formarán en la escuela. Que luego no consigan trabajo, no quita el sueño, si como adolescentes pueden robar y matar porque a su edad no son delitos, sino meras infracciones. Si en este contexto, la Corte Suprema declara que es delito lo que hasta ayer fue derecho a la protesta, ¿a qué autoridad mayor podemos recurrir para detener este derrame de leyes contrarias a nuestros derechos?

Los organismos jurídicos internacionales sobre derechos humanos, los convenios firmados y las alianzas establecidas con otros países nos dan un marco fundamental de regulación. Como nuestros parlamentarios saben de ese marco, buscan agraviarlo. Nos quieren hacer creer que la justicia se resuelve con pena de muerte y que por eso debemos romper con el Pacto de San José de la OEA. Que debemos retirar a los embajadores de los países de la Alianza del Pacífico que nos acusan porque el comunismo nos hundirá en la peor de las pobrezas. Pero no pueden tapar el sol con un dedo, por más que cuenten con la complicidad de la prensa y sus escandaletes mediáticos, con la evidencia compartida en las investigaciones de las autoridades internacionales contamos con una base para detener su desborde legislativo, su autoritarismo de gamonal y su festín de corrupción. Sépanlo bien, no nos vamos a rendir.

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Alberto Fujimori, Congreso de la República, corrupción, Corte Suprema, derechos humanos, Estado peruano, Pedro Pablo Kuczynski, protesta

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