The Dark Side of the Moon: 50 años de una obra maestra

"El octavo álbum de Pink Floyd marcó un antes y un después en la percepción del rock como fenómeno cultural y de las masas quienes, hasta el momento de su aparición, pensaban en esta música solo como una vía de escape para la rebeldía y el desenfreno."

The Dark Side of the Moon: 50 años de una obra maestra

El octavo álbum de Pink Floyd marcó un antes y un después en la percepción del rock como fenómeno cultural y de las masas quienes, hasta el momento de su aparición, pensaban en esta música solo como una vía de escape para la rebeldía y el desenfreno. Y no es que no hubiese bandas que ya estuvieran probando recetas diferentes o acercamientos más profundos a través del rock en ese tiempo, pero el logro artístico que consiguieron Roger Waters, David Gilmour, Richard Wright y Nick Mason tuvo una resonancia comercial sin precedentes para la vertiente progresiva-psicodélica que ellos representaban.

Esta pieza musical, que es además icono del diseño y prodigio del uso del estudio como instrumento -avanzando varios escalones hacia arriba de lo que hicieron pioneros del sonido como Phil Spector (1939-2021) o Sir George Martin (1926-2016)- se mantiene vigente por su nivel de innovación y capacidad de envolver, con oleadas de efectos y mensajes cifrados, al oyente que, con el nivel adecuado de predisposición, logra sumergirse en ese submundo oscuro y brillante a la vez, como la dicotomía que propone el prisma y la descomposición de la luz, quizás la carátula más famosa y reconocible de la música popular contemporánea, a pesar de no contener nombres ni fotos de los responsables de aquel LP lanzado en 1973 en dos fechas distintas: en Estados Unidos el primer día de marzo y, en Inglaterra, el 16 del mismo mes. Para celebrar su 50 aniversario, el álbum será relanzado este viernes 24 de marzo en edición especial remasterizada, en vinilo y CD. El boxset The Dark Side of the Moon – 50th Anniversary incluirá una versión, también en ambos formatos, de un concierto de 1974 de Pink Floyd tocando el álbum de principio a fin y un libro de fotografías y crónicas, puro oro en polvo para coleccionistas.

“El lado oscuro” también fue un parteaguas definitivo para el cuarteto londinense que venía mostrando, desde la segunda mitad de los sesenta, una clara vocación por la innovación, los temas filosóficos y el despliegue audiovisual. A partir del ingreso de David Gilmour en 1967 -en reemplazo de Syd Barrett (1946-2006)- el grupo ganó en contundencia instrumental, en álbumes como A saucerful of secrets (1968) o Meddle (1971), extensas suites como Echoes (1971) o Atom heart mother (1970) y en sus shows en vivo. Por otro lado, tras la salida de Barrett -con quien la banda grabó solo un álbum, el psicotrópico debut The piper at the gates of dawn (1967) y unos cuantos singles-, el liderazgo musical y lírico de Roger Waters se fue afianzando y sus poéticos/agudos/oscuros análisis sobre la psiquis humana ya aparecían en varias de sus composiciones, entre las que destacan Set the controls for the heart of the sun (A saucerful of secrets, 1968), Cymbaline (More, 1969) o Grantchester Meadows (Ummagumma, 1969). Pero The Dark Side of the Moon convirtió a Pink Floyd en megaestrellas del rock.

Como los poemas de Dylan Thomas (1914-1953) o los cuadros de Leonardo da Vinci (1452-1519), no necesitas entender todo lo que está pasando en este álbum para sentir su peso emocional. Desde el enigmático título y la cautivante carátula diseñada por Storm Thorgerson (1944-2013) de Hipgnosis, equipo de diseñadores gráficos que, además de todas las portadas de Pink Floyd entre 1972 y 1977, tiene entre sus créditos las de álbumes de Led Zeppelin (Houses of the holy, 1973), Genesis (A trick of the tail, 1976), The Alan Parsons Project (Eye in the sky, 1982) y muchos otros; hasta los detalles sonoros -campanas y relojes, cajas registradoras, risas retorcidas, diálogos crípticos-, pasando por las letras que ingresan, con precisión de cirujano, en el corazón de emociones inherentes al ser humano como la neurosis, la ambición, la obsesión por el dinero, el paso del tiempo, la muerte, todo convoca a la reflexión sobre quiénes somos y qué queremos, por lo que constituye una visión universal aplicable tanto a su propio tiempo como a estas épocas de posmodernidad hueca y degradada, en la que un músico ya no necesita esforzarse por crear atmósferas supraterrenales para hacerse rico y famoso. Hasta en esta generación adicta a lo inmediato y lo simplón, un disco como The Dark Side of the Moon impone su premisa central: “el sol puede brillar mucho pero siempre será eclipsado por la luna”.

Las canciones en The Dark Side of the Moon poseen tonalidades más plácidas y relajadas si las comparamos con la tensión y dramatismo de clásicos previos de Pink Floyd como One of these days, The Nile song o Careful with that axe, Eugene. La contundencia de Time, por ejemplo, con ese inicio misterioso de batería a cargo de Nick Mason; o el blues-rock intenso de Money, la de los cambios de métrica que emocionan tanto a teóricos de la música como a oyentes promedio -el salto de las estrofas en 7/4 al intermedio en 4/4 tiene un efecto rotundo- y el extraordinario solo de Gilmour; o la extraña volatilidad de Breathe (In the air) con esas capas superpuestas de guitarras eléctricas, pedal steels y slides que se suman a las armonías vocales de Richard Wright y David Gilmour. Si les quitáramos los efectos de estudio, seguirían sonando perfectas. Y, por otro lado, el contraste entre una viñeta 100% artificial como On the run, construida a partir de la experimentación de Roger Waters, manipulando sintetizadores EMS (modelo VCS3) y la naturalidad del piano y la voz femenina en The great gig in the sky, nos hace pensar en cuánta belleza puede emanar del ingenio humano cuando es usado con talento y creatividad.

De hecho, esta última canción es una joya ligeramente escondida en medio del contexto conceptual y electrónico que recubre al disco. Clare Torry fue invitada por Alan Parsons, ingeniero de grabación en los Estudios Abbey Road y recibió la indicación de “vocalizar sin letra lo que la melodía le sugiriese”. El resultado fue ese canto desgarrado que, con el tiempo, se convirtió en uno de los puntos culminantes de cada concierto del grupo, incluso tras la salida de Waters. En las giras A momentary lapse of reason (1987-1989) y The division bell (1994), ya sin el controvertido bajista y compositor a bordo, Pink Floyd usaba a tres cantantes diferentes –como en esta versión del video en vivo Delicate sound of thunder (1988)- para darle mayor espectacularidad a la versión original de Torry, quien incluso tuvo que enjuiciar, años después, al grupo para recibir créditos como autora de aquella línea vocal, pues en su momento solo recibió un magro salario por grabarla. Los suaves y emotivos acordes del piano y el Hammond B-3 de Wright, la celestial slide de Gilmour y la potente base rítmica de Waters y Mason nos teletransportan hasta el satélite lunar, en una comunión mística que enlaza humanidad, música y cosmos.

La balada antibélica Us and them –con sus ecos crepusculares y grandilocuentes coros- es uno de los puntos más altos de un álbum que tiene, en sí mismo, una estatura más que elevada. La circular melodía es una composición que Wright había preparado como una de las contribuciones de Pink Floyd para la banda sonora del film de culto Zabriskie Point (1970) pero que fue rechazada por su director, el italiano Michelangelo Antonioni (1912-2007) porque la consideraba “hermosa pero muy triste, me hace pensar en la iglesia”, como alguna vez recordó Waters. La letra es un listado de dicotomías y conceptos antagónicos y/o relacionables entre sí –“nosotros y ellos”, “con y sin”, “arriba y abajo», “abajo y afuera”, “negro y azul”- para luego condenar la brutalidad de la guerra, un tema que lo obsesionó siempre -su padre había fallecido durante la Segunda Guerra Mundial- y que fue insumo para composiciones posteriores como algunos cortes de The Wall –In the flesh?, Bring the boys back home– o las canciones que dieron forma al disco The final cut (1983, el último que grabó con Pink Floyd). Waters usó el título de la canción para una de sus más recientes giras mundiales, que generó a su vez el documental Us + Them (2019). En este tema, como en Money, brilla el saxofonista Dick Parry, colaborador estable del grupo entre 1973 y 1977.

El álbum comienza y termina con el latido de un corazón (Speak to me), simbolizando el pulso vital y la fragilidad humana, además de dotarlo de un sentido de continuidad. Las voces que se escuchan al fondo, en diversos momentos, haciendo comentarios sobre la vida y la muerte, la locura y la agresividad, surgieron a partir de preguntas escritas en tarjetas por el mismo Waters -como se cuenta a detalle en el capítulo de la serie documental Classic Albums dedicado al disco (2003)- y tuvo también una serie de complementos audiovisuales para los conciertos, como el video de Money, esa ácida crítica contra el consumismo o la animación de relojes voladores para Time. El último tramo del disco, conformado por el instrumental Any colour you like y Brain damage/Eclipse -otra en la que destacan las coristas Lesley Duncan, Liza Strike, Barry St. John y Doris Troy-, condensan el mensaje principal de esta visita al lado oscuro de la luna que es, en realidad, el lado oscuro del alma, marcado por el inconformismo y la neurosis como resultado de comprobar que, en el fondo, todos lidiamos con un mundo cargado de desconfianza, ambición y soledad.

Autoritario y polémico como siempre, Roger Waters anunció a principios de este año que acababa de regrabar todo el álbum y nos conmina a olvidarnos de “esa tontería de que fue un trabajo grupal. Yo lo escribí. Claro, éramos una banda entonces pero el disco es mío”. Lo cierto es que, si bien la concepción de la idea es enteramente suya, así como las letras y la planificación de detalles, en las composiciones musicales hay participación muy fuerte de Gilmour, Wright y, en menor medida, Mason. De modo que lo dicho por Waters no es del todo exacto. En todo caso, quienes han escuchado la nueva versión -un par de periodistas y amigos del músico- han comentado que se trata de una interesante relectura.

Roger Waters y su extraordinaria banda tocaron, en su primera visita a Lima, The Dark Side of the Moon completo en el Estadio Monumental, con el guitarrista David Kilminster y el tecladista Jon Carin haciendo las voces de Gilmour y Wright, aquel inolvidable 12 de marzo del 2007. La noticia anunciada por Roger Waters no fue del agrado, desde luego, de Nick Mason y David Gilmour, los dos Pink Floyd restantes -Richard Wright falleció a los 65, el 2008- e incluso Polly Samson, esposa y manager de Gilmour, tuvo duras expresiones contra Roger Waters en sus redes sociales (quienes seguimos al grupo sabemos que estos enfrentamientos son más comunes de lo que podría pensarse).

En todo caso, un desinformado periodista británico llamado Stuart Maconie se encargó de lanzar una rama de olivo entre Gilmour y Waters, cuando este último respondió con furia al enterarse de que le atribuía declaraciones injuriosas sobre los solos que su compañero grabó para la versión original de 1973. “Para mí, los solos de David constituyen una colección de los mejores que se hayan grabado en la historia del rock. Así que Stuart, pequeño idiota, la próxima vez revisa bien lo que escribes antes de imprimirlo”.

A la vista de estas discusiones interminables, parece un sueño imposible que Roger Waters (79), David Gilmour (77) y Nick Mason (79) se sienten en torno a la misma mesa para celebrar, juntos, la tremenda obra maestra que perpetraron entre mayo de 1972 y febrero de 1973, aquellos nueve meses de intensas sesiones que terminaron siendo The Dark Side of the Moon, álbum certificado catorce veces con Disco de Platino solo en el Reino Unido y que ha permanecido en los rankings por más de 950 semanas. Como premio consuelo, nos queda escucharlo una y otra vez, como venimos haciéndolo desde hace cincuenta años.

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Música, Pink Floyd, The Dark Side of the Moon

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