Jorge Luis Tineo - Sudaca.Pe

Camel: Héroes anónimos del prog-rock

Cada vez que escucho la música de Camel, pienso en lo profundamente degradada que está la capacidad de apreciación musical de la juventud en estos tiempos. Sus videos más antiguos -disponibles en YouTube, por supuesto-, en programas clásicos de la televisión británica como Top Of The Pops o The Grey Old Whistle Test, muestran a un público cuyas edades deben oscilar, a ojo de buen cubero, entre los 18 y 28 años, que presta atención y, sobre todo, disfruta de canciones construidas sobre una base innegablemente rockera -guitarras, bajos, teclados, baterías- pero que, de repente, insertan a un conjunto sinfónico con solos de oboes, clarinetes y violines, al estilo de las suites barrocas de Antonio Vivaldi o George Telemann.

Duele esta distancia con las preferencias actuales. Y no solo me refiero al mononeuronal reggaetón que impera, desde hace dos décadas, en Latinoamérica y su «Zona VIP», Miami. La poca sustancia y liviandad de los artistas que, durante el mismo período de tiempo, vienen capturando a las juventudes a ambos lados del Atlántico están a años luz de la sofisticación instrumental y orgánica autenticidad de lo producido por Camel en sus años dorados, una banda formada hace exactamente 50 años, en Surrey, condado británico al sur de Londres, en medio del auge del rock progresivo y psicodélico que surgió en Europa y los Estados Unidos, tras la resaca de la primera Invasión Británica, la Beatlemanía y el Festival de Woodstock. Entre 1971 y 1976, la consolidación de grupos de vanguardia como Yes, King Crimson, Pink Floyd, Genesis, Jethro Tull y otros, casi todos londinenses, afianzó al prog-rock como uno de los subgéneros más populares de la escena musical rockera, llenando prestigiosos teatros y dominando los rankings de ventas, sin abandonar su naturaleza alternativa, distante de las radios convencionales por las características de su propuesta.

El sonido de Camel se inscribe en esas coordenadas, por supuesto, con todos los méritos para ser considerado como uno de los exponentes fundamentales de la época. Sin embargo, y a pesar del prestigio que posee entre conocedores y nostálgicos de aquellos sonidos que combinaban el hard-rock con sonidos espaciales, extensos pasajes instrumentales e historias fantásticas tomadas de la literatura y la filosofía, nunca se les menciona en los superficiales recuentos sobre los años setenta que hacen, de vez en cuando, los medios comunes y corrientes, entre las notas informativas que reseñan los resultados del Grammy, las últimas paparruchadas de Maluma o la lista de nuevos inquilinos del Salón de la Fama del Rock and Roll, esa entelequia que admite a raperos como Tupac Shakur, Notorious B.I.G. o Jay-Z pero en la cual el nombre de Camel brilla por su ausencia, a pesar de ser elegibles para inducción desde 1998, en que se cumplieron 25 años de su epónimo álbum debut, lanzado en 1973.

El cuarteto original, integrado por Andrew Latimer (voz, guitarras), Doug Ferguson (bajo), Peter Bardens (voz, teclados) y Andy Ward (batería), consiguió llenar el histórico Royal Albert Hall en octubre de 1975 para presentar su tercer LP, (Music inspired by) The Snow Goose, acompañado por la Orquesta Sinfónica de Londres, nada menos. Como indica el título, este álbum está inspirado por la novela del norteamericano Paul Gallico del mismo nombre, una historia alegórica de amistad en tiempos de guerra, publicada originalmente en 1940 (ver aquí The Snow Goose/Friendship/Rhayader goes to town en vivo en la BBC, 1975). A lo largo de su discografía, Camel se caracterizó por esta clase de obras conceptuales, basadas en relatos de ciencia ficción como es el caso de The white rider, inspirada en la obra maestra de J. R. Tolkien, El señor de los anillos, tema incluido en Mirage, su segunda producción discográfica, de 1974. O como su noveno álbum, Nude (1981), en que la banda musicaliza un libreto acerca de un soldado japonés durante la Segunda Guerra Mundial.

Andrew Latimer es el principal compositor de Camel. Su habilidad lo ubica al nivel de David Gilmour (Pink Floyd) y Steve Hackett (Genesis) pero con un acercamiento más influenciado por el blues y el jazz. Por ejemplo, en temas clásicos de esta primera etapa como Lady fantasy o Mystic queen, ciertos segmentos recuerdan The Allman Brothers Band, Deep Purple y The Doors. Además de ser un afilado guitarrista, Latimer domina la flauta traversa. Aunque su voz no es particularmente notable –maneja tonos bajos, medio cavernosos- las seis cuerdas de Latimer brillan, emocionan y alcanzan, por momentos, alturas electrizantes. Una pasada a Never let go, corte emblemático de su primer disco, basta para interesarse en la banda.

Pero si Andrew Latimer era el líder e indiscutible motor creativo de Camel, el alma de la banda fue Peter Bardens, quien había trabajado desde mediados de los sesenta con luminarias del rock británico como Van Morrison, Rod Stewart, Peter Green y Mick Fleetwood. Bardens ayudó a Latimer, desde 1971, a dar forma al sonido del grupo con su creatividad como compositor, vocalista y productor. Sus extraordinarias capacidades en los teclados hacían perfecto maridaje con el vértigo de su socio guitarrista. Junto a ellos, Doug Ferguson y Andy Ward complementaban con una base sumamente sólida y de amplios recursos para resolver los complejos arreglos del tándem. El prominente rol del tecladista queda evidente en temas como Echoes (LP Breathless, 1978), Supertwister (Mirage, 1974) o las alucinantes Song within a song y Lunar sea (Moonmadness, 1976), solo por mencionar algunos ejemplos.

La formación original de Camel se quebró en 1976 con la salida del bajista Doug Ferguson. Su lugar fue ocupado por el ex Caravan, Richard Sinclair y la banda se reforzó con el ingreso del saxofonista/flautista Mel Collins, conocido integrante de King Crimson. Luego, en 1978, Peter Bardens decidió separarse del grupo para iniciar un largo camino como solista que terminaría, lamentablemente, con su prematura muerte el año 2002, víctima de cáncer pulmonar, a los 57 años. Por su parte, el baterista Andy Ward, se mantuvo hasta 1981, pero sus problemas con el consumo de alcohol y drogas, además de diversos episodios de trastornos mentales, lo llevaron a retirarse del grupo de manera definitiva tras la gira de ese año.

Latimer continuó al frente de Camel durante los ochenta, con diversos cambios de personal y tratando de adaptarse a las nuevas tendencias, algo que hicieron muchas otras bandas de su promoción. Su producción discográfica en esa década se limitó a tres álbumes –Nude (1981), The single factor (1982) y Stationary traveller (1984). Luego de autoexiliarse en los EE.UU. casi ocho años, Latimer volvió con una agenda recargada de conciertos y un sonido más cercano a sus raíces, con álbumes como Dust and dreams (1991), Harbour of tears (1996) y el extraordinario Rajaz (1999).

Camel, siempre con Andy Latimer como único integrante original, acometió el siglo 21 con un disco muy recomendable, A nod and a wink, lanzado en julio del 2002 y dedicado a Peter Bardens, fallecido a comienzos de ese año. Acompañado de Colin Bass (voz y bajo, en el grupo desde 1979) y dos extraordinarios músicos franco-canadienses, Guy LeBlanc (teclados) y Denis Clement (batería)- el grupo experimentó una ola de nueva popularidad con conciertos a casa llena en Europa y EE.UU., que se vio ligeramente interrumpida por una extraña enfermedad a la sangre que obligó al guitarrista a retirarse casi cinco años.

El 2014 la banda regresó triunfal con un DVD titulado In from the cold, grabado en vivo en el Barbican Theater de Londres, con un setlist que cubrió su amplio catálogo. El 2018, un par de años antes de la pandemia, el grupo –esta vez con el tecladista Peter Jones en reemplazo de LeBlanc, fallecido el 2014- se presentó en el Royal Albert Hall para tocar The Snow Goose en su integridad, tal y como lo habían hecho 43 años antes, en 1975.

Camel, de la mano de Andrew Latimer, hoy de 72 años, cumple cinco décadas de trabajo y su música suena tan fresca como siempre, reconocida como influencia de artistas contemporáneos del prog-rock como Marillion, Spock’s Beard, Opeth, Porcupine Tree, entre otros (chequeen esta versión de Lunar sea de Stratus Luna, trío de adolescentes brasileños. Su público ha envejecido también, con dignidad y elegancia, mientras sus nietos se retuercen como simios al ritmo del reggaetón o miran al vacío cuando un robótico DJ, ensimismado, los hace saltar en el TikTok. De lo que se pierden.

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Camel, Rock Progresivo

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