Roberto Lerner

El señor Charles Darwin y el doctor James Gully

"Una mente formidable, cuyas observaciones y las reflexiones derivadas de ellas —no hubo experimentación de por medio— a lo largo de más de 5 años de una travesía fabulosa, cambiaron la historia intelectual de la humanidad."

23 de abril de 1851. Annie Darwin, la niña de los ojos de su famoso padre, el señor en el título de esta nota, muere en sus brazos. Con el cuerpo de su hija aún caliente, Charles hace una anotación: ¡”estoy tan agradecido al daguerrotipo!”

En efecto, uno de los usos más importantes de las fotografías primitivas fue dejar constancia de que alguien había vivido. Sobre todo esas criaturas que tenían existencias efímeras, pasmadas muchas veces ni bien habían comenzado: los niños.

Pocas personas no han escuchado hablar de Darwin. No se necesita haber pasado por un sistema educativo de primer nivel para saber que asestó un golpe mortal a nuestra autoestima, al afirmar que descendemos de los monos. Aunque el asunto es más complicado que eso, todos tenemos claro que su mente produjo una revolución conceptual decisiva para nuestra cabal comprensión de la naturaleza y nuestro lugar en ella.

Una mente formidable, cuyas observaciones y las reflexiones derivadas de ellas —no hubo experimentación de por medio— a lo largo de más de 5 años de una travesía fabulosa, cambiaron la historia intelectual de la humanidad.

Desde que regresó de su trascendente periplo, a los 27 años, su cuerpo no dejó de protestar: cefaleas, palpitaciones, temblores, catarros, artritis, forúnculos, puntos negros en la visión, mareos, dolores abdominales, náuseas, vómitos, flatulencias, insomnio, accesos de furia, depresión y períodos de extremo agotamiento. Hasta su muerte, 45 años más tarde.

¿Trastorno bipolar, enfermedad de Chagas, desorden de ansiedad generalizada? Cualquiera fuere el diagnóstico, sus dolencias no le impidieron escribir 14 libros. Ni ser padre de 10, entre los cuales, Annie, la segunda, era su preferida.

Su frágil salud y la enfermedad de su hija hacen ingresar en escena al doctor que da nombre a esta columna, Gully. Era un médico que alcanzó notoriedad gracias a la cura de agua —hidroterapia— que promovió con mucho éxito.

En el lucrativo retiro situado en el pueblo de Malvern, los pacientes —entre los que se contaron William Wordsworth, Thomas Carlyle, Alfred Tennyson, Charles Dickens, William Gladstone y Florence Nightingale— se sometían a todo tipo de inmersiones a lo largo de las jornadas de internamiento. Además de a amortajamientos con sábanas empapadas de agua fría o caliente. Todo lo anterior era complementado por caminatas y una dieta más bien austera.

Darwin era un usuario fiel de esas técnicas que ahora nos hacen sonreír, aunque es cierto que, no por las razones que planteaba su creador, tenían un efecto general positivo en organismos llenos de grasa, poco activos físicamente y algo reacios, por decir lo menos, al contacto con el líquido elemento.

Y, claro, frente a una medicina convencional que no ofrecía nada a su hija —buena parte de las dolencias infantiles eran atribuidas a… la dentición, y eran enfrentadas con sangrías y el empleo de medicamentos que contenían… mercurio—, al igual que no aliviaba sus propios males, el notable interprete de la naturaleza, se entregó completamente —en realidad de tanto en tanto expresaba su escepticismo— a quienes no tenían la menor idea de como funciona.

Es que cuando enfrentamos agresiones que pueden venir de cualquier lado, en cualquier momento y no las entendemos, ni nuestra sabiduría convencional tiene las armas para prevenirlas, neutralizarlas o eliminarlas y nos matan —peor aun, destruyen a quienes más queremos—, las mentes más lúcidas, incluyendo a quienes cuyo oficio es encontrar la verdad y analizar opciones de manera objetiva, se van por el folclore, la anécdota basada en el ensayo y error, y la lógica de la superstición.

El sometimiento del señor Darwin al doctor Gully es algo muy humano y que viene a pelo cuando todavía estamos sufriendo los embates de la pandemia. Vitaminas, remedios caseros y medicamentos que han servido para otros fines, han sido utilizados y recomendados por aquellos cuya misión es salvar vidas y que llevaron a cabo una labor heroica, así como por líderes de opinión. No ha habido —salvo excepciones, claro, siempre hay pescadores que se deleitan en ríos revueltos—mala fe.

Hasta en las mentes más darwinianas se esconde un doctor Gully.

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