«A los lectores: Pueden acceder al video de cada canción o artista mencionados en los artículos para verlos en YouTube»
[Música Maestro] En estos días en que empresas estadounidenses desarrolladoras de IA, gerenciadas por dos tipos blancos quienes desde sus oficinas de lujo lideran una carrera codiciosa que amenazaría, según sus propios trabajadores, la existencia de la humanidad, vale la pena recordar que hace cien años nacieron, en ese mismo país, dos hombres negros que competían con el único propósito de ofrecer a esa misma humanidad lo mejor de sus talentos y creatividades.
En el año 1926 llegaron al mundo desde los estados de Illinois y Filadelfia, dos extraordinarios músicos que revolucionaron el jazz. Artistas atribulados, seres humanos imperfectos, conscientes de sus desventajas en un entorno hostil y racista, se convirtieron en sujetos de adoración durante sus prolíficas trayectorias, un culto que trascendió las fronteras de su género musical y de su existencia física, extendiendo el poder de su raza a través de continentes y eras.
No es casualidad que, en los Estados Unidos de hoy, el país de Trump, Rubio y Navarro, sus fabulosas estelas negras hayan pasado desapercibidas para el gran público. Esos tres chiflados y sus adláteres preferirían celebrar el onomástico de Charlton Heston, ese pistolero blanco, así no esté cumpliendo ninguna cantidad particular de años, que rendir homenaje a Miles Davis y John Coltrane, dos de los ciudadanos afroamericanos que más han contribuido a hacer que el jazz deje de ser solo una tradición norteamericana para convertirse en un género musical global. ¿Se imaginan cómo habría sido la celebración de los cien años de Miles y ‘Trane si la fecha hubiese caído durante el mandato de Barack Obama?
Miles: Conciertos, conferencias y relanzamientos
Pero si Donald Trump ha mantenido silencio respecto de tan importante fecha, no ha sido así desde las más importantes instituciones artísticas/culturales dentro y fuera de los Estados Unidos, con actividades celebratorias que se vienen desarrollando de manera intensiva. En el caso de Miles Davis, nacido el 26 de mayo de 1926, los preparativos se iniciaron con varias programaciones para conmemorar el nonagésimo aniversario del trompetista, el 2016.
Desde que falleció, su amplísima discografía -más de cien álbumes grabados entre 1951 y 1991, el año de su muerte a los 65- se convirtió en objeto de estudio y culto, tanto para aficionados como para especialistas en jazz. La tecnología del disco compacto generó el relanzamiento no solo de los LP originales sino de toda clase de recopilatorios, sesiones inéditas, álbumes en vivo y colecciones. Con la era de internet aparecieron decenas -si no fueron cientos- de páginas dedicadas a Miles Davis, tantas que sería larguísimo mencionarlas.
En paralelo, comenzaron a salir discos póstumos que, actualmente, también superan el centenar. Un ejemplo es la adaptación que preparó el bajista y productor Bill Laswell (71), en 1998, titulada Panthalassa: The music of Miles Davis 1969-1974. “Panthalassa” nos remite a conceptos geológicos sobre la formación de nuestro mundo, que Miles usó mucho en ese periodo, como los dobles en vivo Agharta (1975) y Pangaea (1976), también referidos al nacimiento del planeta.
Mayo fue el mes central con presentaciones de la música de Miles Davis en los principales festivales de jazz del mundo, innumerables simposios, documentales, republicación de libros y exhibiciones de sus instrumentos, pinturas y demás artefactos relacionados a su carrera artística. La fiesta de Miles continúa, desde luego, en las salas de audiófilos que dedican horas a escuchar las versiones remasterizadas de sus vinilos y comparan entre sus distintas configuraciones -quinteto, sexteto, ensamble, grupo eléctrico- y en cada reproductor -sala de audio, Spotify, YouTube- que se sumerja en su inagotable galería de sonidos.
Coltrane: De cumpleaños esta semana
Mañana, miércoles 23 de septiembre, es la fecha central del centenario del cósmico saxofonista cuya temprana muerte ocurrida poco antes de cumplir 41, en 1967, dejó al mundo preguntándose qué más habría surgido de esa mentalidad tan difícil de encapsular o resumir en un solo concepto. Como parte de las actividades conmemorativas, se anunció el lanzamiento de una edición de seis discos de vinilo de 180 gramos titulada John Coltrane 100: Selections from 1951-1967 (Rhino Records), el primer gran compendio oficial de todo lo que hizo Coltrane en década y media de trabajo musical.
La noche del 23, la prestigiosa orquesta del Jazz at the Lincoln Center, bajo la dirección del trompetista Wynton Marsalis (64), presentará un programa especial dedicado a Coltrane, junto a la saxofonista Lakecia Benjamin (38), una de las sesionistas más solicitadas de los últimos años en el pop y el R&B quien publicó el 2020 un disco titulado Pursuance: The Coltranes, con temas de John y su segunda esposa Alice McLeod (1937-2007), más conocida como Alice Coltrane, pianista y pionera del arpa en el jazz.
Este centenario también ha generado gran cantidad de publicaciones editoriales y discográficas, como la primera edición en LP de The Tiberi tapes: A preview of the mythical recordings. Frank Tiberi (97), es un saxofonista y profesor del Berklee College quien decidió seguir durante los años sesenta por todas partes a John Coltrane, con la finalidad de grabar y transcribir sus esotéricos solos para trazar una línea evolutiva de su estilo. Esas grabaciones aparecen en este LP especial, una verdadera joya para sus seguidores.
Miles y Coltrane: La combinación perfecta
Entre 1955 y 1961, ambos músicos se encontraron en una conjunción astral que constituye en sí misma uno de los capítulos más interesantes y exquisitos de la historia del jazz. Aunque en el medio hubo una que otra interrupción, ocasionada por las duras adicciones del saxofonista, fueron básicamente cinco años de oro puro jazzero, un quinquenio que tuvo como punto culminante los LP Milestones (1958) y Kind of blue (1959), un disco que deberían conocer incluso quienes no tienen mayor interés en el jazz, el álbum más vendido de la historia del género, aunque definitivamente no fue lo único que hicieron juntos.
Miles Davis formó, en septiembre de 1955, la primera configuración de The Miles Davis Quintet, acompañado por Red Garland (piano), Philly Joe Jones (batería), Paul Chambers (contrabajo) y Sonny Rollins (saxo). Coltrane entró a los pocos meses para reemplazar al “coloso” quien tuvo que retirarse por problemas de salud, asociadas a ya se imaginan ustedes qué. Cuando se integró como segundo saxofonista Julian “Cannonball” Adderley, el conjunto pasó a llamarse por un breve periodo The Miles Davis Sextet.
Como quinteto, la banda produjo cinco discos para el sello Prestige Records. Aunque fueron lanzados uno por año, los temas que componen estos álbumes –Miles (1956), Cookin’ (1957), Relaxin’ (1958), Workin’ (1960) y Steamin’ (1961)-, fueron grabados en menos de once meses, entre mayo y noviembre de 1956, en unos estudios ubicados en las colinas de New Jersey, toda una clase maestra de jazz clásico. En el año 2006 se lanzaron juntos como un boxset titulado The Legendary Prestige Quintet Sessions, aumentado con material en vivo.
Otras grabaciones de Coltrane y Davis se pueden hallar en el disco de Someday my prince will come (1961) -en cuya carátula aparece la primera esposa de Miles, Frances- precisamente en el tema-título, pieza de la banda sonora del clásico animado Blanca Nieves y los siete enanos de Walt Disney (1937); o en el álbum ‘Round about midnight (1957), su debut en Columbia Records. En el 2000, el sello publicó una caja de seis CD con todo lo que hicieron juntos estos fabulosos músicos, The complete Columbia recordings of Miles Davis with John Coltrane.
Dos genios de diferentes personalidades
Coltrane, ensimismado en sus exploraciones musicales, llegó dispuesto a superar todas las acrobacias del bebop de Sonny Rollins y Charlie Parker, con quien Davis había trabajado a fines de los años cuarenta. Por su lado, Davis estaba metido en explotar el valor de los silencios y las notas largas, en sentido contrario a lo que dictaban los maestros del bebop. Detrás de los escenarios, el saxofonista era callado e introvertido, mientras que el líder era fogoso y exigente. En una de esas, Miles le dijo a ‘Trane, que le preguntaba qué ruta seguir en un enredado esquema de acordes: “Podrías intentar sacándote el puto saxo de la boca un par de minutos…”
Cuando se encontraron, Davis ya era una figura establecida en el competitivo submundo del jazz y Coltrane buscaba hacerse notar tras un breve paso por el combo de otro grande, Dizzy Gillespie. Uno acababa de superar un periodo de adicción y el otro estaba a punto de ingresar. ‘Trane tuvo que trabajar desde muy joven y hasta se enroló en la marina donde terminó tocando como «invitado» en una big band de cadetes blancos, tarea que intercalaba con sus funciones en la cocina del comando. Miles fue enviado por su acomodada familia a estudiar música y arte en Julliard, prestigiosa escuela en New York. Aunque provenían de orígenes diferentes, compartían los mismos demonios y la misma obsesión por la excelencia musical.
Tuvieron una relación estrecha, de mutuo respeto. Hasta el fin de sus días, Coltrane se refirió a Davis como «The Teacher». Pero hubo también mucha tensión. Miles, más bajo de estatura, lo abofeteaba para hacerlo reaccionar. Ante el colapso, el saxofonista terminó yéndose por un tiempo junto al pianista Thelonious Monk, pero decidió recuperarse para ser reamitido. La ayuda que Miles le daba con sus primeros pasos como líder fue crucial para Coltrane.
Miles Davis: Siempre un paso adelante
Con cada decisión que tomó, Miles Davis cambió el rumbo evolutivo del jazz. Cuando la norma era tocar la mayor cantidad posible de notas -el bebop- él contradijo esa convención dando más espacios y combinando líneas melódicas, dando origen a un nuevo subgénero, el cool jazz. De hecho, el LP Birth of the cool (1957), en el que fueron fundamentales las contribuciones del saxo barítono de Gerry Mulligan y los arreglos de Gil Evans, es la partida de nacimiento de lo que, poco a poco, fue transformándose en otra de sus creaciones, el jazz modal.
Después, a partir del disco Sketches of Spain (1960) en que recrea composiciones de los españoles Manuel de Falla y Joaquín Rodrigo -el conocido Concierto de Aranjuez-, Miles Davis abrió las puertas de la fusión que, paso a paso, lo llevó a su periodo más alucinógeno, casi una década después con Miles in the sky (1968), motivado por una relación de amor-odio con el rock de la época, que lo llevaba a denostar a los músicos de rock “por no saber leer” pero, al mismo tiempo, trabó fuerte amistad con Jimi Hendrix en los sesenta y con Prince, en los ochenta, a quien consideraba un genio.
Ese álbum, el último con su segundo gran quinteto -Wayne Shorter (saxo), Herbie Hancock (piano, teclados), Ron Carter (Contrabajo, bajo eléctrico) y Tony Williams (batería)- fue el verdadero inicio del “Miles eléctrico”, quizás su imagen pública más conocida -los trajes coloridos, los lentes enormes- que produjo joyas atemporales como In a silent way (1969) o Bitches brew (1970), que aun hoy suenan frescas y revolucionarias. Otro aspecto que es poco mencionado es su capacidad para hacer escuela. Desde los años cincuenta, muchos de sus músicos construyeron sus propias carreras a partir de las enseñanzas sobre cómo dirigir y cómo protegerse de las manipulaciones de los ejecutivos discográficos.
Desde Gerry Mulligan y el mismo John Coltrane en los sesenta hasta toda la generación del jazz-rock de la década siguiente. Hablamos aquí de músicos de renombre como los pianistas Herbie Hancock, Chick Corea, Joe Zawinul, Keith Jarrett; los guitarristas John McLaughlin, Reggie Lucas, los bateristas Tony Williams, Jack de Johnette o los bajistas Dave Holland y Ron Carter, todos ellos y muchos otros nacieron artísticamente en la banda de Miles. Y en su última década (1981-1991), bajistas como Darryl Jones -desde 1993 junto a los Rolling Stones- y, especialmente, Marcus Miller, estuvieron entre sus principales colaboradores, así como el guitarrista Mike Stern y el baterista Omar Hakim, muy cotizados como músicos de sesión.
Sin embargo, cada vez que se menciona a Miles Davis, lo primero que sale a la luz es su personalidad irascible y violenta, su actitud negativa hacia la prensa y sus permanentes recaídas en la adicción a las drogas. La película Miles ahead -nombre de uno de sus álbumes-, dirigida y protagonizada por el conocido actor Don Cheadle (2015), da cuenta también de ese aspecto, durante el periodo en que intentaba recuperar su popularidad tras una etapa difícil.
John Coltrane: Pasos de gigante
En medio de su trabajo en el primer quinteto de Miles Davis, el estilo de John Coltrane en el saxo tenor -había comenzado con el saxo alto en sus primeros trabajos junto al pianista Jimmy Smith- fue robusteciéndose y ganando confianza. Esa nueva seguridad no fue regular, por cierto, y los serios problemas que tuvo con el consumo de drogas -causantes de la cirrosis que le quitó la vida en 1967- estuvieron cerca de dejarlo fuera del juego jazzístico.
Sin embargo, Coltrane había nacido para hacer música y esa convicción logró que retomara el trabajo con una dedicación alucinante, una persistencia que le permitió grabar tanto como Miles, a pesar de vivir veinte años menos. Sus primeros álbumes son considerados iconos del bebop y el hard bop, como Blue train (Prestige, 1958) o Giant steps (Atlantic, 1960) -que contiene una de sus piezas más celebradas, Naima, sobrenombre de su primera esposa, Juanita Grubbs- y lo convirtieron en un nombre destacado dentro de la escena jazzera. Miles, quien lo había visto desde sus inicios, llegó a considerarlo “el mejor después de Charlie Parker”.
En 1961, Coltrane grabó la que sería una de sus más reconocibles contribuciones al catálogo de standards del jazz sesentero. Al frente de su propio cuarteto -McCoy Tyner (piano), Steve Davis (contrabajo) y Elvin Jones (batería)- grabó una versión propia del tema central del famoso musical The sound of music -conocida entre nosotros como La novicia rebelde-, My favorite things, transformándola en un vuelo de improvisaciones que atravesaban la tierna melodía principal que, cuatro años después, fue popularizada por la actriz y cantante británica Julie Andrews (90) en la versión cinematográfica.
El saxofonista fue sumergiéndose en un universo influenciado por la espiritualidad, recobrada tras su difícil periodo de adicciones, que se inició con A love supreme (1965), una oda a la divinidad. Paralelamente, fue radicalizando su forma de componer y de tocar, influenciado por el free jazz del saxofonista Ornette Coleman (1930-2015) -que Miles criticaba- y por los estudios que comenzó a realizar de las progresiones armónicas de la India y del África.
Sus álbumes fueron cada vez más difíciles de aceptar por el público convencional, con títulos esotéricos como Impressions (1963), Om (1965), Ascension, Meditations (1966) o Kulu sé mama (1967), lanzado medio año antes de su muerte. En sus conciertos, solía incluir piezas de su repertorio más convencional, como In a sentimental mood, que grabó en un álbum a dúo con su autor, Duke Ellington; las del disco Ballads (1963) o su LP junto al crooner Johnny Hartman, pero con cada solo de sus músicos extendiéndose por encima de los diez minutos.
Un legado inagotable y vigente
Lamentablemente, el reduccionismo de estos tiempos ha convencido al público convencional de que el jazz es solo una música de fondo que siempre suena igual y lo más cercano que han tenido durante los últimos treinta años a este género son las dos o tres canciones que suenan en las películas románticas de Hollywood o, peor aun, los aburridos y homogéneos sonidos del reducido mundo de los amigos de Mabela Martínez. Adentrarse al universo de Miles Davis y John Coltrane no es tarea fácil, hace falta tiempo y perseverancia para conectarse con su real dimensión.







