Neil Peart: Discípulo de nadie

Neil Peart: Discípulo de nadie

“Neil Peart: No one’s disciple es una oportunidad para adentrarse al universo personal e íntimo de uno de los bateristas más influyentes del rock mundial…”

“A los lectores: Pueden acceder al video de cada canción o artista mencionados en los artículos para verlos en YouTube”

[Música Maestro] Como ocurre con las mega estrellas del fútbol del siglo XXI, la figura del rockero suele asociarse a los peores hábitos relacionados al exceso de dinero y lujos a los que acceden debido a sus actividades y éxitos comerciales, eternamente de fiesta, siempre rodeado de drogas, mujeres y malas juntas. Y no es casualidad ni una injusticia surgida del prejuicio. Son públicos y notorios los casos de personajes importantes que forman parte fundamental del desarrollo y evolución del rock como fenómeno artístico y sociocultural que han terminado, a pesar de sus innegables habilidades como compositores y/o instrumentistas, con una serie de problemas -familiares, contables, legales- y con la salud física y mental absolutamente quebrada por décadas de despilfarro, malas noches y consumo de sustancias.

Por eso, es doblemente notable cuando uno de esos artistas, músicos de rock que han alcanzado todas las cimas -aceptación del público, ventas millonarias, reconocimiento de la crítica y, en este caso particular, devoción absoluta de sus pares- es además una persona correcta, ordenada, instruida.

Es más fácil pensar en el rockero como un adulto que, fuera de los escenarios, es un individuo inmaduro, desaliñado y medio cabeza hueca que en uno atildado, sosegado y culto, que atravesó por todas las etapas del éxito musical sin comprometer sus otros intereses como ser humano y que esos intereses hayan sido, además, elevados: cultivar la amistad, cuidar la salud, alimentar la inteligencia, respetar a su familia y su vida privada. Neil Peart, “The Professor” para sus amigos más cercanos, es uno de esos casos, uno de los más interesantes en el inmenso universo de perfiles y biografías que nos han legado estas seis décadas de rock and roll.

El ser humano detrás del mito

Canadiense de nacimiento, Neil Peart pasó de ser un joven baterista sin trabajo que, para ganarse la vida, dejó su país a inicios de los setenta para vivir en departamentos compartidos en Londres a convertirse, tras muchas decepciones y dificultades económicas, en el más admirado de las dos décadas siguientes, con legiones de seguidores en el mundo entero y posteriores generaciones de colegas que lo señalan como su principal inspiración y modelo a seguir. No one’s disciple, documental estrenado hace unos meses, es una emotiva semblanza audiovisual que nos permite conocerlo más, un homenaje sensible y profundo organizado por Geddy Lee y Alex Lifeson, sus compañeros en Rush, la banda de la que fue parte entre 1975 y 2015.

Tras su lamentable fallecimiento por cáncer cerebral, ocurrido a inicios del 2020 a los 67 años, todos esperábamos un concierto de homenaje, como suele pasar con artistas de la música de amplia e importante trascendencia. Sin embargo, la familia de Rush decidió optar por el retiro y, en palabras de ellos mismos durante el largometraje, recién ahora pueden reunir la entereza y el tiempo para hacer un tributo a la altura del legendario baterista. Y para concretarlo, en lugar de convocar a un evento masivo y mediático, se embarcaron en la producción de un documental que permitiera explorar el lado más humano de Peart, invitando a algunos de sus mejores amigos para recordarlo.

El baterista de Rush

Rush es, como (no muchos) saben, la banda de rock más importante de Canadá. Con solo tres integrantes, Rush fue capaz de condensar en ese formato reducido todos aquellos valores del rock hecho con fuerza, inteligencia y complejidad, asociados a grupos de conformaciones más amplias que se hicieron conocidas en el periodo dorado del rock progresivo sin abandonar el hard-rock de Cream o Led Zeppelin, sus principales referencias, tríos con quienes compartían esa pasión por el dominio instrumental. Porque, para quienes más o menos entienden de esto, no es ningún secreto que los creadores de Stairway to heaven eran básicamente un trío -Page, Bonham, Jones- con un extraordinario cantante -Plant- quien, además, escribía las letras.

Neil Peart no fue el baterista original de Rush. Llegó un año después de su epónimo álbum debut, en 1975, para reemplazar a John Rutsey quien decidió retirarse porque detestaba andar de gira viajando todo el tiempo. Cuando Peart apareció en la sala de ensayos de Lifeson y Lee buscando trabajo, tenía solo 23 años y un largo recorrido por pubs y bandas de poca monta tocando covers. Llegó cargando sus tambores, en bicicleta, con una mano delante y otra detrás. La banda tenía canciones como Working man, Finding my way o What you’re doing, y se las presentaron de inmediato al aspirante a cubrir la plaza dejada por Rutsey.

Como cuenta Geddy Lee en el largometraje, Neil les generaba desconfianza por su mirada circunspecta y esa seriedad que contrastaba con la manía que tenían él y Alex Lifeson de andar contando chistes todo el tiempo. Cuando se sentó a tocar con ellos, todo cambió. Se hicieron inseparables. Se hicieron hermanos.

Un baterista que también escribe letras

Ese mismo 1975, Rush lanzó dos extraordinarios álbumes, Fly by night y Caress of steel, cargados de elementos literarios en extensas composiciones de estructuras complejas y cambios rítmicos sorprendentes. Lee y Lifeson, extremadamente virtuosos en bajo y guitarra, venían construyendo cada vez piezas de rock progresivo más elaboradas pero, como ellos mismos reconocen, no escribían muy buenos textos. Como veían a Neil sumergido todo el tiempo en textos filosóficos y fantásticos durante las primeras semanas de su ingreso al grupo, entre ensayos y contratos, le preguntaron un día si se sentía capaz de escribir canciones.

El baterista asumió la consulta como un desafío personal y, desde entonces, se convirtió en el letrista de Rush a tiempo completo. A su inmenso talento para estructurar un lenguaje nuevo desde la percusión que acompañara los intensos vuelos instrumentales de Lee y Lifeson, añadió una dimensión literaria y poética a sus temas, inspirado por las historias ficticias de J. R. R. Tolkien y las miradas sociopolíticas de Ayn Rand. Nada mal para una banda de rock que competía con los mantras espirituales de Yes y las olas psicodélicas de Pink Floyd.

Desde esos dos álbumes de 1975 hasta Clockwork angels, el décimo octavo disco en estudio, grabado en el 2012, todas las letras de Rush pertenecen a Peart. Son textos profundos y muy bien escritos que cubren un amplio espectro de temáticas personales, filosóficas, sociológicas, científicas, mitológicas e históricas, un caso único en la historia del rock.

No one’s disciple: Un emotivo tributo

Desde las primeras imágenes del documental, dirigido por Scott McFadyen y Sam Dunn, los mismos realizadores canadienses que en el 2010 estrenaron Rush: Beyond the lighted stage, una película retrospectiva de la banda premiada en el prestigioso festival de cine de Tribeca en New York, el tono es personal y emotivo. Geddy Lee (voz, bajo, teclados) y Alex Lifeson (guitarras) aparecen en torno a una mesa, a media luz, en un estudio de grabación. Frente a ellos, una silla vacía, la del hermano que ya no está. Ambos comparten sus recuerdos y anécdotas, brindando con unos elegantes vasos de Macallan, el whiskey favorito de Neil Peart, el que servía a todo aquel que invitaba a su casa o a su sala de prácticas.

A medida que va avanzando el metraje, vamos descubriendo detalles de la personalidad de este respetado y talentosísimo músico que revolucionó el rol del baterista en contextos rockeros. Era reservado y analítico, detestaba ser tratado de manera especial, prefería viajar solo en bicicleta o moto que en avión cuando estaba de gira, casi nunca daba entrevistas, no firmába autógrafos.

Desde sus modales extraordinariamente educados hasta su aversión a todo lo que tenía que ver con la fama y la popularidad, desde su obsesión por aprender técnicas de jazz para incorporarlas a su ya muy bien desarrollado estilo, a inicios de los noventa, hasta la particular forma en que afrontó una terrible tragedia personal. No one’s disciple descubre ante nosotros una realidad que sus seguidores ya intuíamos. Neil Peart no solo era extraordinario como baterista sino también como ser humano.

Una de las escenas más estremecedoras, ya casi al final del film disponible en YouTube, es cuando vemos a Matt Scannell, vocalista y líder de la banda norteamericana Vertical Horizon, ofrecer un testimonio sumamente conmovido al describir la amabilidad, el cariño y la amistad que Peart le ofreció, con una apertura y una sencillez que jamás ha visto en estrellas del rock menos trascendentes que él.

Esta biografía audiovisual adquiere mayor peso gracias a los testimonios de cinco grandes bateristas, todos ellos de importantes y exitosas carreras, que desarrollaron estrechos lazos de amistad con Neil Peart: Doane Perry (Jethro Tull), Stewart Copeland (The Police), Chad Smith (Red Hot Chili Peppers), Danny Carey (Tool) y Gavin Harrison (Porcupine Tree, King Crimson). Cada uno de ellos narra sus experiencias junto a Neil, desde las más divertidas hasta las más tristes, durante el último tramo de su vida y, a excepción de Perry, los demás se unen a Lee y Lifeson para tocar distintas canciones del repertorio de Rush, traduciendo desde sus propios estilos la admiración y el nivel de dificultad de las interpretaciones clásicas de Peart.

Peart y el valor de la amistad

Ver a Stewart Copeland tocando New world man junto a Lee y Lifeson o a Danny Carey tratando de entender las métricas de la obertura de 2112 es muy emocionante para los conocedores del catálogo de Rush, tanto como escuchar a Doane Perry contando las últimas conversaciones que sostuvo con Neil, poco antes de su muerte, en que le solicitó ser el orador central en los servicios fúnebres. Todas estas profundas amistades fueron forjadas por iniciativa de Peart, quien sentía un compromiso muy especial con sus colegas bateristas.

Copeland, quien alcanzó el éxito mundial como baterista de The Police, confiesa en el documental que en sus inicios junto a Sting y Andy Summers, despreciaba lo que Rush representaba en la escena rockera de finales de los setenta. “Nosotros veníamos del punk y eso de las canciones largas eran el pasado”. Sin embargo, un día Neil lo llamó para conversar y le dijo que admiraba su trabajo con The Police, lo invitó a almorzar en un restaurante sin mayores pretensiones -no limosinas exclusivas, no cámaras alrededor- y, desde entonces, se hicieron grandes amigos.

Historias similares cuentan tanto Harrison como Carey y Smith, dejando claro que, a pesar del estatus de leyenda que tenía, Neil Peart era la persona más humilde, simpática y abierta que han conocido en la industria discográfica. En The Cave (La Cueva), un espacio privado que Neil tenía en California, Estados Unidos, organizaba almuerzos, sesiones de práctica y conversas con sus hermanos bateristas, siempre con buena comida y finas botellas de Macallan que él mismo servía a sus invitados. Todo cambio tras los eventos trágicos que le tocó vivir entre junio de 1997 y agosto de 1998.

Ghost rider: Procesando el dolor

En ese periodo de diez meses, Neil Peart perdió a su familia. En junio de 1997 su primera y, hasta entonces, única hija, Selena, falleció en un accidente de tránsito. Y, en agosto de 1998, su compañera sentimental Jackeline, sucumbió al cáncer. Este desastre personal lo sumió, por supuesto, en tal grado de depresión y desconexión con la vida que lo llevó a tomar una decisión radical. Renunció a su carrera con Rush y se dedicó a cruzar el mundo en motocicleta, recorriendo más de 55,000 kilómetros en un autoexilio de cuatro años. En ese tiempo, Neil Peart procesó su dolor escribiendo.

El resultado de esa limpieza espiritual se tradujo en el libro Ghost rider: Travels on the healing road, publicado en al año 2002, en que toma el nombre de un conocido personajes del universo Marvel. En el texto, Peart explora la pérdida, el significado de la vida, del éxito y el fracaso, un exorcismo emocional y literario ante una experiencia personal profundamente trágica, difícil de entender para cualquier ser humano con una vida medianamente normal.

Así como inició aquel proceso de alejamiento, de manera voluntaria, del mismo modo volvió y, tras algunas conversaciones con sus compañeros, aceptó retomar su carrera musical junto a Rush, la misma que continuó con giras y grabaciones hasta el año 2015, en que anunció su retiro definitivo por las primeras señales del cáncer que, cinco años después, lo apartó definitivamente del mundo físico.

La película termina con la presentación en sociedad de la baterista alemana Anika Nilles, quien actualmente ocupa el lugar de Peart en la gira mundial que Rush viene realizando exitosamente, sorprendiendo a todos los públicos con sus habilidades para interpretar uno de los repertorios más exigentes, tanto física como intelectualmente, en lo que se refiere a la batería rockera. Neil Peart: No one’s disciple es una oportunidad para adentrarse al universo personal e íntimo de uno de los bateristas más influyentes del rock mundial.

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