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López Aliaga: el Bolsonaro nacional

Rafael López Aliaga no lo comprendía. Si él era defensor de la familia y fundador de un colegio y hasta de un nido, ¿por qué le temían los niños? ¿Por qué huyen cuando lo ven? ¿Por qué gritan cuando sonríe?

 

-Es que tienes cara de jeje -le dijo Castañeda Lossio una vez.

 

-¿De qué? -preguntó López Aliaga

 

-De jeje.

 

Los focus groups tampoco le fueron favorables. ¿Saben quién es Rafael López Aliaga? No, señor, quién será. Esta es su foto, ¿qué les parece? Qué horror, señor, parece el abuelo de Chucky, es un Cicciobello inflado, creo que se llama Clarence y tiene un programa en Cartoon Networks.

 

Una de las participantes (Luzmila, 49 años, Rímac) fue un poco más allá:

 

-Quién va a votar por ese care’mañoso.

 

Pero López Aliaga no tenía otra opción.

 

*

 

A fines del 2019, López Aliaga tuvo la brillante idea de convertir a Solidaridad Nacional en el procesador de residuos orgánicos del fujimorismo. Todo aquello que botaban, López Aliaga lo recogía, le pasaba un poco de alcohol, le sacaba las moscas y le ponía polo amarillo.

 

Se sentía un genio. Creía que llenaba un vacío. El fujimorismo se iba al centro y le dejaban la derecha. ¿Pero qué derecha? El Perú no quería técnicos neoliberales que hablasen solo de la inversión privada: esa es la derecha elitista. El Perú quería religiosos acusados de lavado de activos y mafiosos mediocres que van a insultarte en la calle: esa es la derecha popular.

 

Se sentía un genio. López Aliaga se creía Steve Bannon. Expreso era su Breitbart. La Resistencia usaría la bandera de la Confederación.

 

Por supuesto, se equivocó.

 

En enero del 2020, el partido de Rafael Bannon obtuvo 221 mil votos a nivel nacional.

 

1.49%

 

Una mierda.

 

Cuando le dijeron que Alberto de Belaúnde había sacado 45 mil votos más que toda su lista casi se mata.

 

Le dio una depresión tonta.

 

Lloró cuatro días seguidos.

 

Se estriñó.

 

La última noche de aquel cálido enero, después de comulgar, López Aliaga se quedó horas sentando en su cama mirándose al espejo. Buscaba una respuesta. Si había hecho todo bien, ¿por qué le iba tan mal? Eli, Eli, ¿lama sabachtani?

 

De pronto, sintió que una súbita sabiduría se apoderó de él. “Debe ser el cuerpo de Cristo”, pensó, “comulgué hace horas pero llevo días con la digestión lenta”.

 

Tuvo una revelación.

 

Había pasado gran parte del 2019 buscando al Bolsonaro peruano.

 

Qué tonto. No se había dado cuenta de que lo tenía al frente.

El Bolsonaro peruano era él.

El país anhelaba un líder violento y masculino dispuesto a defender los valores tradicionales. Un líder como él. Sí, Bolsonaro parece el jefe de un escuadrón paramilitar y él parecía un Teletubbie, pero no importaba. Su error había sido jugar al Steve Bannon cuando su verdadero rol era ser Rafael Bolsonaro.

 

Se paró de la cama, alegre. Se secó las lágrimas y salió del cuarto tarareando una de esas canciones que estaban de moda y que escuchaba a escondidas, dice que por otro man no llora, no.

 

A mitad de camino dobló hacia el baño. Había vuelto la digestión.

 

*

 

Aunque los focus group salieron mal, las encuestas consolaron a López Aliaga. Según una de ellas, el 47% de peruanos cree que el candidato ideal de derecha es un blanco pelado. Así las cosas, la pelea estaba entre De Soto y él.

 

No estaba tan difícil, pensó, pero había que prepararse para la batalla.

 

Lo primero fue cambiarle el nombre al partido: de Solidaridad Nacional a uno que nadie recuerda y a nadie le importa. Lo segundo fue cambiar el color: del amarillo patito a un celeste pitufo. Lo tercero fue crear recordación: se mandó a hacer veinte polos celestes con cuello, sin darse cuenta que parecía un Squirtle.

 

Ahora faltaba lo central: llamar la atención de la prensa.

 

López Aliaga sabía que la prensa televisiva está necesitada de noticias estrambóticas, demenciales, cojudas. Justamente por eso había reclutado antes a Yeni Vilcatoma y Rosa Bartra. Y aunque con ellas aprendió que mucha exposición no se traduce necesariamente en votos, de todas modos necesitaba aparecer en cámaras, volverse conocido, que la gente recuerde su nombre.

 

Para eso, la noticia estrambótica tenía que ser él.

 

Ya disfrazado de Squirtle, López Aliaga fue tras su objetivo: alojamiento en un hotel cinco estrellas con piscina para las víctimas de violación, desacato a la cuarentena e ivermectina gratis para todos, no a las vacunas porque modifican nuestro ADN pero si vienen las Pfizer vacúnenme a mí también, por favor.

 

Y la prensa, necesitada de noticias, mordió el anzuelo: les presentamos al Bolsonaro peruano, el candidato de derecha que parece Hernando de Soto pero no es Hernando de Soto, conozca al hombre que se lleva todas las sobras de Keiko Fujimori.

 

Pero aún así, Rafael López Aliaga no subía. Vio la encuesta del IEP con ansías infantiles y se topó con la dura realidad. Aparecía en “Otros”. Le ganaba Ollanta Humala y estaba empatado con Pedro Castillo.

 

La última noche de este frío enero, después de rezar el rosario, López Aliaga se quedó horas sentando en su cama, mirándose nuevamente al espejo.

 

¿Qué más debía hacer para subir su intención de voto? ¿Pelearse con Hernando de Soto por haberle quitado a Eugenio D’Medina? ¿Proponer matar a los delincuentes como hace Keiko para que la gente crea que él es el verdadero Keiko? ¿Aliarse con un puñado de apristas sin madriguera electoral? ¿Aparecer por quinta vez con Chibolín? ¿Pagarle a Agustín Laje para que lo entreviste 15 minutos?

 

¿Negarse a usar mascarillas en televisión nacional, como Bolsonaro?

 

¿Subir fotos suyas portando armas largas, como Bolsonaro?

 

¿Armar un atentado en su contra, como Bolsonaro?

 

Se paró de la cama, con pena. Se secó las lágrimas y salió del cuarto repitiéndose que no debía llorar no debía llorar no debía llorar. Él era el hombre fuerte que impondría la mano dura que necesita el país. No debía caer en esa depresión tonta.

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Carlos León Moya

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