[OPINIÓN] Hay una paradoja en el corazón mismo de nuestra República. En la parte posterior del Palacio Legislativo, en una plazuela que parece sustraída de la mirada pública, permanece la estatua de José Faustino Sánchez Carrión, uno de los grandes fundadores del Perú independiente. Delante del Congreso, en cambio, Simón Bolívar, montado sobre un caballo encabritado, se impone sobre el paisaje urbano y se exhibe ante el país. Uno parece condenado a la penumbra; el otro disfruta de la luz de los honores oficiales. ¿Por qué el Perú recuerda con tanta solemnidad a sus libertadores militares extranjeros y presta tan poca atención a los hombres civiles peruanos que imaginaron la República?
José Faustino Sánchez Carrión merece salir de ese olvido. No fue un prócer accesorio de la independencia ni un simple colaborador de los libertadores. Fue uno de los arquitectos intelectuales de la República peruana, un hombre que comprendió que derrotar al poder colonial constituía apenas el primer capítulo de una tarea mucho más difícil: fundar una comunidad política de ciudadanos libres, gobernada por leyes y no por la voluntad de un monarca o un caudillo. La independencia nos dio la posibilidad de ser libres; Sánchez Carrión nos ayudó a pensar cómo debíamos gobernarnos.
El hombre que quiso una República de ciudadanos
En sus célebres cartas de 1822, publicadas bajo el seudónimo de Solitario de Sayán, Sánchez Carrión intervino en una de las controversias decisivas de nuestra emancipación: la discusión sobre la forma de gobierno que debía adoptar el Perú. Frente a los proyectos monárquicos que circulaban entre los dirigentes independentistas, él defendió la opción republicana y el principio de que la legitimidad del poder debía descansar en la nación y no en la herencia dinástica.
La controversia no era académica. José de San Martín había considerado establecer una monarquía constitucional en el Perú, convencido de que podía ofrecer estabilidad a una sociedad que salía de tres siglos de dominación colonial. Sánchez Carrión, por el contrario, entendía que la independencia debía traducirse también en una ruptura política: no bastaba con cambiar a los gobernantes si se conservaba la lógica de la obediencia a una autoridad situada por encima de la ciudadanía.
En una sociedad acostumbrada durante siglos a las jerarquías coloniales, afirmar que la autoridad debía derivar de la nación representaba una transformación de enorme trascendencia. El Perú debía dejar de concebirse como una comunidad de súbditos para comenzar a construirse en una República de ciudadanos.
Una República que debía incluir al Perú indígena
La República imaginada por Sánchez Carrión debía asentarse en la nación peruana y no podía concebirse únicamente como patrimonio de las élites que habían dirigido la independencia. El Perú no era solamente Lima, sus tertulias ilustradas y sus grupos dirigentes. El Perú era y es también el mundo andino, las comunidades indígenas y los pueblos que habían soportado el peso de la dominación colonial. Respecto del indígena, Sánchez Carrión escribió:
“Nobles hijos del sol, amados hermanos, a vosotros virtuosos indios, os dirigimos la palabra, y no os asombre que os llamemos hermanos; lo somos en verdad, descendemos de unos mismos padres; formamos una sola familia y con el suelo que nos pertenece, hemos recuperado también nuestra dignidad y nuestros derechos”
Para Sánchez Carrión, la ruptura con el orden monárquico y la afirmación de la soberanía nacional ofrecían un horizonte distinto al antiguo régimen de castas y privilegios. La construcción nacional no podía resolverse exclusivamente mediante la emancipación de las élites criollas; exigía afrontar la realidad de una población indígena que constituía una parte sustancial del país.
El legado del Solitario de Sayán debe leerse, por ello, como una promesa republicana cuya realización quedó muy lejos de completarse. Su pensamiento nos invita a preguntarnos qué significa hablar de soberanía nacional cuando una parte de nuestros ciudadanos continúa experimentando la distancia entre el Estado y sus comunidades. ¿Qué sentido tiene celebrar la independencia si no somos capaces de convertir la ciudadanía en una experiencia efectiva de igualdad social, política y ante la ley?
Bolívar y las contradicciones del poder
Reconocer la grandeza de Sánchez Carrión no supone desconocer la contribución de Simón Bolívar a la independencia peruana. El Libertador fue decisivo para la victoria militar patriota y la derrota definitiva del poder español en Ayacucho. Su lugar en la historia sudamericana es indiscutible.
Sin embargo, Bolívar fue un libertador que también concentró el poder y defendió soluciones autoritarias para las nuevas repúblicas. En el Perú impulsó la Constitución de 1826, conocida como Constitución Vitalicia, que establecía una presidencia de por vida. Consideraba que la estabilidad de sociedades sacudidas por las guerras de independencia requería una autoridad ejecutiva fuerte.
Sus adversarios, en cambio, vieron en aquel proyecto una amenaza a la soberanía popular y a la alternancia en el poder. La Constitución tuvo una existencia efímera y fue anulada tras la caída del régimen bolivariano. El constitucionalista y expresidente Valentín Paniagua examinó críticamente esta experiencia en su estudio sobre el proyecto bolivariano y la Constitución Vitalicia
He aquí una paradoja fundamental de nuestra independencia: mientras Sánchez Carrión defendía la República representativa frente a la posibilidad de una monarquía, Bolívar promovía una fórmula constitucional que reservaba la jefatura del Estado a un presidente vitalicio: la emancipación militar y la construcción de una República democrática no eran necesariamente una misma empresa.
El caballo encabritado y el hombre olvidado
Volvamos a Lima y al espacio que rodea el Palacio Legislativo. La ironía es difícil de ignorar. En la sede de la representación nacional, el hombre que defendió la República representativa permanece prácticamente fuera del campo visual de quienes transitan por sus espacios más emblemáticos. El arquitecto civil de nuestras instituciones ha sido relegado a una ubicación secundaria, mientras la representación del héroe militar domina la escena.
¿No hay en ello una metáfora de nuestra propia historia política? Durante mucho tiempo hemos privilegiado el gesto heroico, la espada, el uniforme y la autoridad del caudillo por encima de la deliberación, las instituciones y la construcción cotidiana de ciudadanía. Hemos aprendido a celebrar las gestas militares, pero no siempre a honrar a quienes pensaron la libertad como una forma de convivencia política.
No propongo derribar a Bolívar ni borrar su memoria. Propongo algo más sencillo y, al mismo tiempo, más republicano: reordenar nuestros honores para que la memoria del país no dependa exclusivamente de la espectacularidad de sus héroes militares.
Por eso proponemos trasladar la escultura de Sánchez Carrión a la Plaza de la Constitución, o erigirle allí otra aún más significativa que releve aún más su grandeza republicana. Su ubicación en un lugar central, abierto a la ciudadanía y vinculado simbólicamente con el constitucionalismo permitiría devolverle al Solitario de Sayán una presencia pública acorde con su importancia histórica.
La República también se construye con memoria
Sánchez Carrión murió en 1825, cuando la República apenas comenzaba a caminar y sus instituciones estaban lejos de consolidarse. No llegó a contemplar el desarrollo del país que había contribuido a imaginar. Dos siglos después, seguimos enfrentándonos a una pregunta que atraviesa sus escritos: ¿puede existir una República sólida cuando sus ciudadanos no reconocen las instituciones como propias, cuando el poder tiende a personalizarse y cuando la deliberación pública cede ante la voluntad del caudillo?
La respuesta no está en los monumentos. Pero la manera en que los ubicamos expresa los valores que queremos transmitir. Una República que honra únicamente a quienes la liberaron por las armas corre el riesgo de olvidar que la libertad también necesita leyes, representación, ciudadanía y responsabilidad pública.
Ese fue el horizonte que José Faustino Sánchez Carrión ayudó a trazar. Ya es hora de que el Perú lo mire de frente.






