[OPINIÓN] Los educadores y psicólogos ya advirtieron lo obvio: el enfoque punitivo confunde el orden con el sometimiento. Y pretender que expulsar al estudiante problemático resolverá la inseguridad escolar equivale a tirar la basura bajo la alfombra y declarar la casa limpia. La alfombra, por cierto, ya empieza a oler.
El mito del garrote como política pública
Restablecer sanciones drásticas y expulsiones definitivas para combatir el bullying y la delincuencia parte de una premisa falsa: que el problema se resuelve sacándolo del aula. La evidencia indica lo contrario. La expulsión no reforma al alumno; lo traslada a la calle y alimenta exactamente el ciclo de exclusión y delincuencia juvenil que se dice querer combatir. Es una política pública que consiste en cerrar los ojos con más fuerza.
A eso se suma la cruzada por eliminar contenidos «ideológicos» en nombre de una «neutralidad histórica» que, curiosamente, siempre termina favoreciendo una sola versión de la historia. Un sistema escolar que solo repite valores tradicionales y desconfía del cuestionamiento no forma ciudadanos: forma obedientes. Y los obedientes, conviene recordarlo, no son necesariamente los que construyen país.
Lo que sí funciona (y no requiere uniforme)
Convivencia escolar sin exclusión: Restablecer el orden no exige volver al régimen militar, sino dotar a las escuelas de equipos multidisciplinarios: psicólogos, trabajadores sociales, orientadores. Ante el acoso, reorientación pedagógica y atención integral en lugar de expulsión automática. Menos garrote, más diagnóstico.
Infraestructura y conectividad reales: Más allá de promesas electorales de «miles de colegios», la prioridad es ejecutar el presupuesto con eficiencia mediante APP y Obras por Impuestos. Y asegurar banda ancha y equipos funcionales en zonas rurales y periurbanas. La conectividad no es vitrina de obra pública: es urgencia pedagógica.
Carrera Pública Magisterial consolidada: La calidad educativa depende de la calidad docente. Eso implica meritocracia con capacitación continua, evaluaciones transparentes e incentivos salariales atractivos para quienes trabajan en zonas vulnerables. Y, sobre todo, proteger las políticas exitosas de los vaivenes políticos, para que cada gobierno no reinicie la agenda desde cero por pura vanidad.
Aprendizajes clave y empleabilidad: Enfocar el currículo donde el desempeño nacional sigue en rojo: comprensión lectora, razonamiento matemático, habilidades digitales e inglés. Y fortalecer la formación técnica en secundaria, para que egresar signifique tener herramientas reales y no solo un certificado decorativo.
Conclusiones útiles
Primera: la nostalgia autoritaria no es una política educativa, es una coartada emocional. Gobierna con símbolos porque no quiere financiar soluciones.
Segunda: la nota de conducta no mide convivencia, mide obediencia. Y confundir ambas cosas es el error conceptual que arrastramos desde hace décadas.
Tercera: ninguna reforma funciona sin presupuesto ejecutado, docentes bien pagados y soporte emocional en el aula. El resto es marketing con tiza.
Cuarta: enseñar a pensar es más caro y más lento que enseñar a obedecer. También es lo único que produce ciudadanos en lugar de súbditos.
El camino no pasa por convertir las escuelas en centros de detención juvenil con himno incluido. Pasa por rigor presupuestal, docentes capacitados y un currículo moderno. La ironía final: quienes exigen «mano dura» en las aulas son los mismos que llevan años dejando en ruinas el techo que las cubre.






