[OPINIÓN] En unas vacaciones que son ya un ritual familiar llegué por cuarta vez a Turquía, el país euroasiático que hoy fascina a los públicos latinoamericanos por su prolífica industria audiovisual, tanto que hasta una impresentable y limitada señora que jugó a ser presidenta del Perú prefería hacer maratones de esas producciones televisivas en lugar de gobernar.
A las ya conocidas Estambul, Capadocia, Izmir (Esmirna), Ankara y Kuşadası añadimos en esta nueva travesía anatólica las regiones más importantes del sudeste turco, cercanas a las fronteras con Siria, Irán y Armenia, al otro extremo del país, alcanzando puntos poco explorados como Gaziantep, Mardin o Şanlıurfa, rozando las nubes en lo más alto del Monte Nemrut, recorriendo el lugar de nacimiento de Abraham o las recientemente descubiertas ruinas de Göbeklitepe, una sorprendente civilización paleolítica que construyó hace más de 10,000 años ciudadelas de piedra dedicadas a cultos religiosos arcaicos a través de gigantescos monumentos totémicos que paralizaron a las comunidades arqueológicas a inicios del siglo XXI.
Pero, además de la fascinación que puede producir la historia de Turquía y su conexión con el desarrollo de la humanidad -las cuevas de los primeros cristianos, Constantinopla, sus magníficas mezquitas y cisternas romanas, el Imperio Otomano, el paso de los Dardanelos, el Bósforo-, lo que se comprueba una y otra vez es que se trata de un país de verdad, con servicios públicos altamente funcionales que no tienen nada que envidiar a otros países de Europa ni a los Estados Unidos.
A más de doce mil kilómetros de distancia del Perú me entero, gracias a la magia de internet, de que un bus interprovincial rumbo a Trujillo fue baleado a medianoche por dos sujetos extorsionadores. Y lo hago mientras estoy en medio de un viaje de ocho horas por tierra, en una carretera impecablemente señalizada y segura, que nos sacó del impresionante aeropuerto de Estambul -ubicado entre los diez mejores del mundo- en un bus interprovincial hacia la legendaria Esmirna, región donde Pablo de Tarso vivió en tiempos de Jesucristo, en la bíblica ciudad de Éfeso.
Vamos muy cómodos y, a mitad de camino, nos ofrecen amablemente café y galletas mientras el segundo conductor de Pamukkale -la Cruz del Sur turca- toma el mando del vehículo para permitir que el primero descanse, como ordena la regulación local. En Gaziantep, al otro lado del país, quedamos boquiabiertos frente a los enormes museos dedicados al desarrollo geológico y las cavernas de los primeros homo sapiens que habitaron esas tierras, las vías amplias, la ausencia de inseguridad. A Mardin, una provincia semi rural tan alejada de la capital como lo está Madre de Dios de Lima, no le falta nada: hoteles para todos los gustos y bolsillos, escuelas, hospitales, transporte público seguro, caminos asfaltados, seguridad ciudadana, espacios públicos abiertos, cultura y actividad comercial que se desarrolla en sus coloridas, iluminadas, estrechas y empinadas callejuelas.
La población turca, mayoritariamente musulmana, camina sin fijarse si eres blanco o marrón, barbudo o lampiño, kurdo o pakistaní. Sus estudiantes universitarios apoyan masivamente la causa palestina y miran de reojo la hegemonía de Occidente. Su gente es tenaz y trabajadora, lidiando todo el tiempo con la dureza de una geografía escarpada y un clima que puede ser, por temporadas, inclemente. Entre mezquitas, bazares e hirvientes vasos de té, hombres y mujeres de todas las edades saludan y sonríen amablemente a los visitantes extranjeros en medio del bullicio caótico y orgánico de un país que se mueve permanentemente hacia adelante.
A contramano de las creencias desinformadas respecto de cómo se vive en Turquía, la mujer es tratada generalmente con respeto -fue uno de los primeros países del mundo en instalar el derecho al voto y la educación femenina, a inicios de los años treinta del siglo pasado. Salvo que sea en alguna región de minoritarias prácticas extremistas, que también las hay, la sociedad turca no tiene nada que ver, en términos de interacción social y cuestiones de género, con otras sociedades anacrónicas del Medio Oriente con las que se les suele asociar.
Todos los códigos de vestimenta femenina confluyen, tanto en los lujosos malls ultramodernos -Galataport, a orillas del Mármara y el Cuerno de Oro, parece un outlet de Miami- como en los abarrotados y ruidosos bazares que parecen extraídos de un relato de Las mil y una noches, donde los vendedores ofrecen descuentos en todos los idiomas. Burkas y vestidos de moda, bolsos de telas coloridas y carteras finas, lentes de sol y tradicionales pañuelos -los famosos hiyab que actualmente incluso son símbolos de identificación con determinadas posturas políticas, dependiendo de cómo se usan- se entrecruzan en una diversidad donde que la elegancia y el buen gusto no dejan espacio a la chabacanería y el vulgar exhibicionismo tan normalizado en nuestros mercados y centros comerciales.
En las zonas más cosmopolitas de Estambul, como la avenida Istiklal (Independencia), repleta de boutiques, restaurantes y hoteles, la sofisticación alcanza niveles muy elevados sin perder esa característica identidad que pocos en nuestra región alcanzamos a entender debido a los prejuicios y la ignorancia profunda que aún en el siglo XXI hace que pensemos en Turquía como un país desértico que se recorre a lomo de camello y donde apedrean a las mujeres cuando son infieles.
Es cierto que no existe el país perfecto y Turquía no escapa a esa realidad, por supuesto. La periodista y escritora que fue nuestra guía turística nos actualizó respecto del talante dictatorial de Recep Tayyip Erdoğan, presidente desde hace más de una década, un político vanidoso y egocéntrico que tiene la osadía de colocar gigantografías de su cara retocadas con IA al costado de los históricos retratos fotográficos de Mustafa Kemal Atatürk (1881-1938), el líder y héroe nacional cuyo rostro está presente en casas, plazas, oficinas públicas y privadas, que reformó el país desde la desaparición del Imperio Otomano una vez finalizada la Primera Guerra Mundial, tratando de ubicarse a su misma altura, una actitud que es rechazada en silencio por la gente de a pie por temor a represalias.
Erdoğan, presidente desde hace más de una década, representa todo lo contrario al legado de unidad, democracia y nacionalismo que Atatürk estableció el 29 de octubre de 1923, fecha en que implantó la nueva República –“Cumhuriyet” en turco-. Desde que asumió la presidencia en el 2014 ha venido modificando leyes para perpetuarse en el poder y siempre se las arregla para contener y acallar cualquier oposición política o mediática. Una de sus últimas perlas ha sido encarcelar sin motivo alguno a un joven ex alcalde de Estambul con mucha aceptación popular, solo por haber anunciado su intención de presentarse a las próximas elecciones generales.
Sin embargo, el desarrollo que exhibe Turquía es tan grande que no logra ser opacado por el condenable autoritarismo de Erdoğan, que se percibe mezquino y enano frente a las grandezas que inició este personaje quien pasó de ser un militar rebelde a convertirse en el padre de la Turquía moderna, reverenciado por las siguientes generaciones como un ídolo. El país de la estrella y la media luna celebró recientemente, en 2023, sus primeros 100 años como república tras la desintegración del Imperio Otomano, gracias a la visión de futuro de Atatürk, que significa literalmente “padre de los turcos” y a quien todos, desde los niños escolares hasta las autoridades llaman respetuosamente Paşa -cuya pronunciación genuina, “pashá” se usó mucho en español para referirse a alguien que vive con mucho lujo y comodidad-, un título nobiliario de los antiguos sultanatos que él suprimió para instaurar la democracia en el país.
Los aeropuertos, los museos e infraestructuras turísticas, las mega estructuras viales -carreteras, puentes, túneles- que tienen tanto en la capital como en otras ciudades a lo largo y ancho de su extenso territorio hacen de este país una verdadera potencia, expectante centro neurálgico de lo que será el nuevo orden mundial una vez que los Estados Unidos terminen de desmoronarse gracias a las locuras de Donald Trump y su corte de adulones latinoamericanos. En comparación, con 205 años perdidos en los que ni siquiera hemos aprendido a reconocernos como iguales entre nosotros mismos, vivimos estancados en un eterno subdesarrollo y cayendo cada vez más bajo en cuanto a la calidad de nuestras clases políticas y servicios públicos.
Más que una potencia mundial en ciernes, como promete un enajenado político y empresario peruano cada vez que postula a algún cargo, nuestro querido y pobre país se parece más a las tribus salvajes de simios que solo saben agredirse y matarse entre sí durante los primeros treinta minutos de 2001: A space odyssey, le legendaria película de Stanley Kubrick de 1968 que pude ver durante el vuelo de regreso desde Estambul hasta Bogotá en uno de los 560 aviones de Turkish Airlines, la línea aérea nacional turca fundada hace más de noventa años, en 1933, considerada una de las mejores del mundo por la calidad de su servicio a bordo y su cobertura, capaz de llegar a 131 países, más que ninguna otra en la historia de la aviación comercial.






