CRISTIANISMO DE POBRES, CRISTIANISMO DE RICOS (3): EL SIGNIFICADO RADICAL DE LA CRUZ

CRISTIANISMO DE POBRES, CRISTIANISMO DE RICOS (3): EL SIGNIFICADO RADICAL DE LA CRUZ

“Hay una pobreza que se abraza voluntariamente para seguir a Cristo y otra, muy distinta, impuesta por la sociedad y el orden económico.”    

[CIUDADANO DE A PIE] En nuestra entrega anterior dejamos a la Cruz instalada en el poder. El madero reservado Roma para esclavos y rebeldes terminó presidiendo basílicas y coronando emperadores. Cruz, corona, riqueza y autoridad habían aprendido a convivir sin sobresaltos.

Pero el Cristo nacido en un pesebre de Judea seguía hablando desde los Evangelios, anunciando incansablemente un reino que pertenecía a los pobres, lavando los pies de sus discípulos y muriendo desnudo en un patíbulo, abandonado de todos. Ese llamado resultó demasiado persistente como para que el brillo del oro imperial pudiera opacarlo. Una y otra vez, a lo largo de los siglos, alguien dirigiría su mirada hacia la cruz del Gólgota justo cuando la Iglesia daba la impresión de sentirse demasiado cómoda con la riqueza y el poder. Hombres y mujeres que eligieron seguir a Jesús en su llamado más exigente: renunciar voluntariamente a la riqueza. Ese seguimiento, a veces, les costó la vida.

Una deuda, no una limosna

“Al hambriento pertenece el pan que tú retienes; al hombre desnudo, el manto que guardas en tus armarios; al descalzo, el calzado que se pudre en tus casas; al necesitado, el dinero que conservas enterrado. De modo que estás haciendo tanto daño a cuantos podías haber socorrido”. Estas palabras, que sin duda serían consideradas subversivas en nuestra sociedad de consumo, desigualdad lacerante y acumulación irracional de riqueza, no fueron pronunciadas por algún peligroso revolucionario del siglo XIX, sino por un obispo del siglo IV. Basilio de Cesarea partía de un principio de fe muy simple: Dios creó el mundo y sus recursos para el sustento de todos los seres humanos. Retener más de lo estrictamente necesario para vivir, mientras otros padecen necesidad, no es un derecho legítimo de propiedad, sino una retención ilícita, un robo. “Al que desnuda a otro lo llamamos ladrón”, escribía; “¿y el que no viste al desnudo pudiendo hacerlo merece otro nombre?” En su razonamiento, la opulencia de unos pocos no es el fruto bendito del esfuerzo, sino el resultado ineludible del despojo. A los cristianos ricos, Basilio inquiría: si es verdad que has cumplido el precepto de la caridad y amas a tu prójimo como a ti mismo, ¿de dónde te ha venido esta abundancia de riqueza? En contra del despilfarro consumista argumentaba que el demonio sugiere muchas maneras de gastar el dinero, convirtiendo lo inútil y lo superfluo en necesidades aparentes. Dirigiéndose a quienes pretendían aliviar sus conciencias concediendo limosnas, el santo señalaba que estas no eran sino un acto de justicia restitutiva, un devolver al pobre lo que ya le pertenecía y que había sido retenido ilícitamente. Basilio recordó a los cristianos de su época que el Cristo del Gólgota no habita en los lujos y el poder, sino en el verdadero amor al prójimo, un amor que se mide en los niveles de pobreza y riqueza de una sociedad. Lo que hoy llamamos justicia social, concepto tan despreciable para algunos.

“Si quieres ser perfecto…”

Hacia el año 270 d.C., Antonio, joven copto heredero de una gran fortuna, escuchó casi por azar la lectura de Mateo 19:21 que transformaría su vida: “Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme”. A diferencia del joven rico del Evangelio, que se marchó entristecido, Antonio asumió esta instrucción de Jesús como un mandato personal. Vendió sus bienes, repartió el dinero entre los pobres y partió al desierto a vivir en la más absoluta soledad y oración, convirtiéndose en el paradigma de los ermitaños. Poco después, Pacomio, pagano egipcio convertido al cristianismo, entendió la perfección evangélica no como un aislamiento individual absoluto, sino como una vida comunitaria monástica al servicio cotidiano del prójimo, en la que la propiedad individual quedaba abolida. Antonio y Pacomio se convirtieron en inspiración para miles de personas que, a lo largo de los siglos, demostraron que la renuncia a los bienes materiales en el seguimiento de Jesús es posible.

Para el siglo XIII, las enseñanzas de Basilio hacía mucho que habían caído en el olvido; la Iglesia era la mayor propietaria de tierras de Europa y muchos de sus obispos se habían convertido en verdaderos señores feudales. Nuevamente sería un joven de familia acaudalada, esta vez proveniente de la ciudad italiana de Asís, quien asumiría las palabras de Jesús como un mandato ineludible, convirtiendo su obediencia en una de las imágenes más poderosas de toda la historia cristiana: un día de invierno del año 1206, Francisco de Asís se despojó de su lujosa indumentaria ante su padre y el obispo de la ciudad, renunciando de manera formal y profundamente simbólica a su elevado estatus social y a la herencia familiar. Hizo así pública su decisión de que su vida se construiría en adelante sobre la pobreza, siguiendo, como dirá posteriormente la tradición franciscana, “desnudo a un Cristo desnudo en la cruz”. Los dos años siguientes los pasó en soledad, reconstruyendo con sus propias manos una vieja ermita y predicando en las calles de Asís.

Ocurrió entonces lo inesperado: un grupo de jóvenes, entre los que se encontraban miembros de la élite adinerada, impresionados por su testimonio, lo abandonaron todo para seguirlo. Para 1209, eran ya once los que acompañaban a Francisco, viviendo pobremente, dedicados a cuidar leprosos y a trabajar en humildes tareas del campo. A diferencia de los monjes del desierto, Francisco y sus hermanos no se alejaron del mundo: se instalaron en medio de él, predicando en las plazas y cuidando a los enfermos, mientras mendigaban su propio sustento y rechazaban convertirse en propietarios de bienes materiales. Su gran legado fue reinstalar la cruz del Gólgota en el corazón de una Iglesia obsesionada con la riqueza y el poder. La “altísima pobreza”, núcleo de la regla de vida que Francisco estableció para su orden, prohibía estrictamente la posesión de tierras, dinero o monasterios propios, liberando así a los frailes de luchas y connivencias con el poder para aumentar y conservar sus propiedades. Es el peldaño más alto de la renuncia evangélica: despojarse de la seguridad que brindan las posesiones para alcanzar la máxima libertad de espíritu y depender únicamente de la providencia divina.

Muerto el santo… se acabó la pobreza

En los años posteriores a la muerte de Francisco, ocurrida en 1226, su orden conoció un gran crecimiento. Iglesias, conventos, hospitales e imponentes bibliotecas eran administrados por los franciscanos, contraviniendo en la práctica la Regla establecida por su fundador. El conflicto no tardaría en llegar: ¿Quiénes eran los propietarios? La respuesta a esta pregunta se dio mediante un artificio jurídico: los bienes pertenecían a la Santa Sede y los frailes solo disponían del “uso”. Una parte de la orden, a la que la historia llamaría los “espirituales”, se negó a aceptar lo que veía como una componenda. Si Cristo no había poseído nada, sus seguidores tampoco debían hacerlo, ni siquiera a través de testaferros. Cuatro de estos franciscanos disidentes fueron quemados vivos en Marsella en mayo de 1318 debido a su negativa a aceptar esta interpretación.

Pocos años después, la pregunta de si Cristo y los apóstoles habían poseído bienes llegó a convertirse en una de las controversias teológicas más intensas de la Edad Media. En 1323, el papa Juan XXII zanjó la cuestión mediante una bula: afirmar que Cristo y los apóstoles no habían tenido bienes, ni en particular ni en común, se convirtió en una herejía. Dicho de otro modo: defender al Cristo absolutamente pobre de los espirituales pasó a ser una negación inadmisible de lo que un cristiano debía creer con fe divina y católica, y esta sentencia salió de Aviñón, sede de una de las cortes más ricas de la cristiandad.

¿Con qué autoridad?

Si una Iglesia que predicaba a un Cristo pobre podía acumular enormes propiedades y condenar como herejes a quienes cuestionaban esa riqueza, tarde o temprano alguien terminaría preguntándose no solamente qué podía poseer la Iglesia, sino también con qué autoridad podía exigir obediencia. Ese fue el caso del clérigo y teólogo inglés John Wycliffe, quien, con su doctrina del dominio o señorío, formulada hacia 1376, puso en serio entredicho las riquezas y el poder de la Iglesia.

Sus enseñanzas sobre el dominio eran muy claras: Dios es el único Señor y dueño del universo; los seres humanos solo reciben el derecho de usufructo de los bienes materiales y de ejercicio del poder en calidad de préstamo. Ese derecho está absolutamente condicionado a que quienes lo ejercen se encuentren en estado de gracia con Dios. El pecado, en tanto traición al Creador, anula ese derecho. Propiedad y autoridad aparecen entonces íntimamente ligadas al cumplimiento de principios morales y religiosos. Las conclusiones que se derivaron de estas enseñanzas sacudieron Europa entera.

Según Wycliffe, el clero estaba obligado a vivir en pobreza evangélica y los bienes de la Iglesia debían estar únicamente destinados al servicio de Dios y de los pobres. Si la Iglesia se desviaba de su misión, se corrompía y caía en pecado, sus bienes debían ser expropiados, y sus miembros —incluyendo al papa— perder toda autoridad. Como era de esperarse, semejantes doctrinas sobre propiedad, poder y gracia fueron condenadas por Roma, su autor declarado hereje 31 años después de su muerte y sus restos exhumados y quemados públicamente. Pero su pensamiento encontró fieles seguidores en los “sacerdotes pobres” (los lolardos), así como en comunidades rurales de Inglaterra, quienes mantuvieron vivo su legado a pesar de las persecuciones y ajusticiamientos en la hoguera de los que fueron objeto. Siglo y medio después, una de las propuestas más radicales de Wycliffe pareció hacerse realidad: entre 1536 y 1541, tras romper con Roma, Enrique VIII suprimió los monasterios ingleses y confiscó sus bienes. Pero aquellas tierras no fueron a parar a los pobres, sino a las arcas de la Corona y a la nobleza. La Iglesia fue expropiada; los pobres, una vez más, permanecieron con las manos vacías.

Del desierto egipcio a las calles de Nueva York

El llamado del Gólgota no se agotó entre ermitaños, frailes, herejes y disputas teológicas medievales. Siglos después cruzó océanos para reaparecer en las calles del centro del capitalismo mundial.

Dorothy Day, militante de la izquierda radical atea estadounidense de los años veinte, tenía un pasado a cuestas reñido con la moral de la época. Sin embargo, tras el nacimiento de su hija, experimentó un incontenible deseo de encontrar a Dios que la condujo a la pila bautismal, de la que surgiría católica pero no menos radical. En 1933, en plena Gran Depresión, fundó el periódico Catholic Worker, desde cuyas páginas propugnó el pacifismo y la justicia social basada en los Evangelios.

Sin rechazar la propiedad privada, Day abogaba por una repartición más amplia de la misma. Traducía así al siglo XX la vieja convicción de Basilio: si los bienes fueron creados para el sustento de todos, nadie debía acapararlos, ni un puñado de magnates ni un Estado totalitario. Creó, además, las “casas de hospitalidad” en los barrios más pobres de Nueva York. Allí los necesitados no eran destinatarios lejanos de una limosna, sino personas con quienes se compartían el techo, la mesa y la vida cotidiana. Como Francisco con los leprosos, Day no quiso amar desde lejos. Eligió vivir (y morir) entre quienes nada tenían y llamó “precariedad” a esa renuncia voluntaria a las seguridades que proporcionan el dinero y la propiedad. Su pobreza, libremente asumida, volvía a convertirse —como lo fue antes para el santo de Asís— en una forma de libertad.

Como Wycliffe, se enfrentó a la jerarquía eclesiástica cuando la creyó alejada de la justicia que predicaba, pero, a diferencia de él, nunca cuestionó la doctrina tradicional. Su pacifismo radical, su oposición a las guerras y su participación en actos de desobediencia civil la llevaron repetidas veces a la cárcel. Seguir a Cristo significaba también enfrentarse al poder.

Pero para Dorothy Day no bastaba con todo ello. Había que preguntarse también por qué existían tantos hambrientos, tantas personas sin casa y tantos pobres. “Nuestros problemas nacen de haber aceptado este sistema podrido”, escribió. Y esa pregunta nos lleva a nuestro último punto.

La pobreza no elegida

Hay, sin embargo, una distinción que no podemos perder de vista: Antonio, Francisco, los espirituales y Dorothy Day eligieron libremente hacerse pobres. Renunciaron a lo que tenían y compartieron voluntariamente la suerte de los desposeídos como una forma de acompañar al Cristo desnudo del Gólgota. Los Evangelios mismos nos relatan la historia de los apóstoles, quienes igualmente dejaron todo para seguir a Jesús. Pero ni el pobre Lázaro de la parábola, tendido a las puertas del rico Epulón, ni los jornaleros a quienes —según denuncia la Carta de Santiago — los terratenientes dejaban sin paga, tuvieron la oportunidad de elegir.

Hay una pobreza que se abraza voluntariamente para seguir a Cristo y otra, muy distinta, impuesta por la sociedad y el orden económico. Enaltecer la primera no significa justificar la segunda, y la prédica sobre la bienaventuranza de los pobres no debería tranquilizar las conciencias de quienes se benefician de la explotación del prójimo.

Dar de comer al hambriento es indispensable, pero no suficiente si nunca nos preguntamos por qué sigue teniendo hambre. Alojar al que duerme en la calle es un loable acto de caridad, pero incompleto si renunciamos a interrogarnos sobre por qué hay tantos hombres y mujeres sin hogar.

Ha sido precisamente en América Latina, una región castigada por la pobreza, la desigualdad y la exclusión, donde esas preguntas cobraron enorme relevancia y donde un buen número de cristianos, a menudo estigmatizados por el poder político y económico, han intentado dar respuestas desde su compromiso con el Evangelio. Lo expresó hace medio siglo, con palabras que hoy nadie podría desmentir, el arzobispo brasileño Hélder Câmara: “Cuando doy comida a los pobres, me llaman santo. Cuando pregunto por qué los pobres no tienen comida, me llaman comunista”.

 

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