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¿Cómo no existe un Messi peruano? Siempre nos preguntábamos entre bromas y cervezas luego de los partidos de eliminatorias. Tal vez lo hay, lamentablemente no existe el apoyo necesario de nuestro país a sus propios deportistas. Ni existe el empeño por descubrir nuevos talentos. Siempre imagino cuántos genios fueron y son enterrados en el caos peruano.
La supremacía de Lionel Messi no solo se ve reflejada en sus récords y trofeos. Es el mejor en un deporte jugado por hombres y mujeres de todas las edades en todos los rincones del mundo, con balón, latas o botellas. Ante la satisfacción de meter gol, casi cualquier cosa puede convertirse en pelota. Su grandeza rebasó su propia nación y en el mundial del año pasado todos querían que gane él, lo logró. Hacer feliz a casi todos los niños del mundo es su mayor logro. Como Oliver Atom, en los Supercampeones, Leo Messi parece ser amigo del balón.
En el mundial de Qatar, yo y mi camiseta peruana fuimos la cábala de un grupo de gente maravillosa. Fanáticos irremediables y cariñosos. Vi todos los partidos con ellos. Me convertí en uno más.
La agria despedida de Perú al mundial se vio recompensada con la hinchada del país de Messi. Tuve la suerte de crecer viéndolo jugar, desde sus inicios en el Barcelona. Su timidez fuera de la cancha y la dominancia adentro de ella enamoraron al mundo. Es un ejemplo a seguir, contrario al polémico Maradona, y hechiza de motivación a todo a quien que lo vea jugar.
El 18 de diciembre cambió mi visión del fútbol. La final del mundo la sentí como si jugara Perú. Gol de Messi, Gol de Di María. Siento que está siendo muy fácil -me dice un amigo afónico por los gritos que yo también compartí. Anunció un segundo tiempo mortal. La ansiedad llegaba a niveles altísimos. Francia empató durante el segundo tiempo. Ya no me quedaban uñas que morder. Tiempo extra, segundo gol de Messi, a pocos minutos de la victoria Mbappé marcó por tercera vez y vuelve a igualar el resultado. Ya ninguna silla estaba siendo usada.
En los penales ya estaba loco. Cada gol y cada atajada de un Dibu Martínez mágicamente demencial que se volvió héroe tras salvar a Argentina de la derrota sobre el final del partido. Generaban gritos que ya dolían, pero estaban fuera de mi control.
Gonzalo Montiel, un joven aún desconocido, caminó cargando el peso de toda una nación y más. Como un guerrero que está yendo pelear. ¡GOL! Se escuchó en toda la ciudad, el edificio parecía temblar, los llantos de algarabía se te impregnaban. Messi arrodillado ante la victoria fue una imagen que no podré olvidar jamás. Los fernets y el júbilo nos acompañaban mientras vimos la premiación. En el edificio del frente había un hombre sin polo, con medio cuerpo afuera de la ventana dándole vueltas a la camiseta.

Llenamos un cooler de hielo y cervezas. Un amigo me regaló su camiseta de Argentina, me la puse en la frente y armonizaba perfecto con la blanquirroja en mi pecho. Aun la guardo con cariño. Rodeados de millones de personas a metros del Obelisco en la 9 de mayo. Caía espuma y agua por todos lados.
El país se transformó en el carnaval más grande de todos. La gente trepada encima de las estaciones de buses y semáforos. Fue inevitable no llorar ante tanta felicidad. Ese día no dormí. Nunca había sonreído tanto, la mantuve durante semanas. Grande Messi, grande Argentina y un enorme gracias a los campeones del mundo.

“Londres es encantadora. Salgo y es como si de pronto apareciese una alfombra mágica sobre la que me siento transportada al seno de la belleza sin levantar un dedo”- Virginia Woolf
¡Mind the gap! Bajo en Whitechappel para encontrarme con un amigo. Caminamos en dirección a mi hospedaje buscando algún bar. Nada como terminar un gran día con las famosas “pints” de cerveza, acompañado, en algún histórico pub.