EL COLÓN LA JOYA DE BUENOS AIRES, RODRIGO TAFUR

El Colón: la joya de Buenos Aires

En la 9 de Mayo, a pocas cuadras del obelisco, el Teatro Colón ocupa una manzana entera. La arquitectura colosal del edificio opaca cualquier otra construcción de los alrededores fácilmente. No tiene nada que envidiarle a la Ópera Estatal de Viena ni al Metropolitan Opera House de Nueva York. La acústica es considerada entre las mejores del mundo. Y a diferencia de otros grandes teatros, está al alcance de todos. Por 1500 pesos (4 dólares aproximadamente), cualquier espectáculo es accesible. Rompiendo así con la mirada clasista de las óperas. 

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[MIGRANTE DE PASO] Luciano Pavarotti, María Callas, Anna Pavlova, Astor Piazzola, nada menos que Enrico Caruso, Manuel de Falla, Julio Bocca, Marta Argerich, Igor Stravinsky, Mijail Barishnikov, Rudolf Nureyev y otros grandes exponentes de las artes han estado en el escenario argentino. Incluido Plácido Domingo quien ha sido acusado por más de 20 mujeres por acoso sexual. Richard Strauss solo dirigió fuera de Europa en Buenos Aires, en el Teatro Colón y lo hizo dos años. En 1920 ofreció 16 conciertos junto con la Filarmónica de Viena y en 1923, presentó con la misma Filarmónica dos obras suyas “Salomé” y “Elektra”.  Este año, en octubre, volverá a cantar Fito Páez después de su homenaje a Charly García por su cumpleaños número 70 en el 2021.

El año pasado tuve la oportunidad de ver Tosca con la polémica soprano Anna Netrebko, quien fue vetada de varios teatros y fue foco de atención por su postura frente a la guerra de Ucrania. La inmensidad del teatro, el sonido y la música junto con las infinitas ovaciones, aplausos y flores te dejan anonadado. El lugar se apodera del tiempo y convierte el recuerdo en un sueño inmersivo. 

Desde las calles laterales puedes entrar a la edificación donde hay restaurantes y cafés. Desde ahí inicia la visita guiada. Inicialmente, el teatro estaba ubicado en la Plaza de Mayo donde ahora está el Banco de la Nación Argentina, cerca a la Casa Rosada. Funcionó ahí hasta 1888 y por problemas financieros tuvo que ser trasladado adonde está actualmente. Tras 20 años de construcción se inaugura en 1908. 

La historia de su construcción está marcada por lo que en su momento fue considerado una maldición y pintó mi recorrido de magia y misticismo. Les da espacio a los visitantes para imaginar un sinfín de anécdotas extrañas que podrían haber ocurrido dentro de este santuario artístico.

El primer arquitecto, Francesco Tamburini, italiano, hizo los planos iniciales y comenzó la construcción hasta su temprana muerte a los 44 años. Su discípulo Vittorio Meano, de la misma nacionalidad, continuó la construcción, pero también murió a los 44 años. De ahí inicia el rumor de que el edificio estaba maldito, incluso, se llegó a barajar la idea de abandonar la construcción y demolerla. Finalmente, Julio Dormal, arquitecto belga, mayor de 44 años por si acaso hubiera que evitar alguna maldición etaria, se atrevió a terminar la obra. 

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El recorrido empieza en el Foyer o entrada principal sobre la calle Libertad. Desde la plaza Lavalle es el ingreso para los palcos y entradas más caras. Columnas de mármol rojo de Verona. El piso cubierto por teselas de arcilla irregular puestas una por una. La cúpula octogonal está decorada por un vitral de cristal traído desde París, donde las musas de Apolo, dios del espectáculo y el sol, representan a modo de invitación el ascenso del mundo terrenal al mundo de las artes. 

Es imposible continuar el recorrido sin imaginar los fantasmas de personajes antiguos y lujosos caminando o conversando antes de su ingreso al salón principal. Las escaleras de entrada, construidas con mármol de Carrara, cuyas barandas están encabezadas por leones tallados sobre piezas únicas adornadas con más mármoles amarillos y rosados. Es increíble el lujo que denota cada detalle de la construcción. Desde la antigüedad parece que mientras más mármol mayor es el valor. 

Continuamos subiendo por la escalera principal y luego la lateral para llegar al salón de los bustos. Grandes compositores parecen intercambiar miradas en lo alto de cada columna: Wagner, Bellini, Bizet, Beethoven, Rossini, entre otros. A pesar de ser Giuseppe Verdi el patrón del teatro ya que fue su obra Aída la que inauguró el teatro y donde todos los años hay espacio para por lo menos una de sus obras en la cartelera, no es el más destacado. El lugar central lo toma Mozart, considerado el genio de genios, para algunos el único. Solo su busto puede ser visto desde abajo en el foyer. 

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Lo que más llamó mi atención en esta sección no fueron los gigantes de la música que te miran desde arriba sino una escultura. Venus y su hijo cupido parecen descender del Olimpo. Gustavo Eberlein talla a las figuras divinas donde un Cupido sin alas le susurra el secreto del amor a su madre. La imagen es tan vívida que te tienta a intentar escucharlos. Justamente lleva el nombre de El Secreto.

Seguimos caminando debajo de las esculturas para dar paso al salón dorado. Una habitación en forma de ele con cinco arañas gigantes en el techo que alumbran la habitación y que, reflejados en los acabados de oro y en dos espejos, dan la sensación de infinito. Actualmente, la sala está abierta para eventos privados, conferencias y prácticas musicales. A cada paso aumenta lo lujoso del teatro. Da la apariencia de un palacio. 

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La última sección de la visita es en el palco oficial con vista al escenario. No me motivaba mucho la idea de sentarme en las mismas sillas que las autoridades argentinas de los últimos tiempos. Mi mala suerte me jugó a favor esta vez. Estaban haciendo prueba de luces y el teatro se encontraba a oscuras. Se podía sentir un enorme vacío adelante. Te obligaba a rellenarlo con cualquier sensación. 

Es una de las mayores salas de teatro del mundo, cuya forma de herradura de caballo brinda excelencia en su calidad sonora. Con tres niveles de palcos y una platea con 632 butacas puede albergar hasta 3000 visitantes si sumamos a los que pueden ir parados. Los acabados de bronce, oro y marfil, sumados a la tapicería rojiza, generan un ambiente acogedor y cálido. 

De un momento a otro se prendieron todas las luces. Treinta segundos iluminados en su máximo esplendor. Una luz anaranjada te sumergía en un momento espectacular. Parecía como si estuvieses viviendo una obra solo presenciando la estructura. Recordé los aplausos y miles de flores en el escenario que vi el año pasado. Es impresionante lo que un teatro de esa calidad puede generar por sí solo. Al finalizar, demoras cada paso porque provoca quedarse y deambular por los pasillos y escenario, que deben esconder maravillas. Al salir, efectivamente, se siente como descender del mundo de las artes a lo terrenal. 

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Argentina, opera house de Nueva York, teatro colon

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