El Comedor de Borges

“En la primera mesa te encuentras a Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares conversando, dejando una silla vacía que te invita a participar. Me senté, le pedí una foto a un mozo y fantaseé con escucharlos, sólo contemplando”

[MIGRANTE DE PASO] Los Rolling Stones, los anteriores reyes de España, todos los presidentes argentinos han pasado por aquí, varios jugadores (ni Maradona ni Messi), Ford Coppola, Robert Duval concurría mucho, Benicio del Toro, Serrat, Sabina, Calamaro, Charly García, Jimmy Page, Robert Plant de Led Zepellin, ACDC, Iron Maiden. Estuvo, también, cómo se llama el que se pinta las uñas, Ozzy Osbourne: me contó Joaquín Mauri de 63 años, 40 de ellos trabajando en La Biela.

Mozo

La cultura de cafeterías empapa las costumbres argentinas de salidas a comer, desayunar y disfrutar de viejas esquinas legendarias. La inflación y déficit económico no detienen al argentino de la “extraña manía de creer en la vida”, como dice Mercedes Sosa en “María, María”.

El trato entre clientes y trabajadores rompe la barrera de jerarquías que se siente enfermiza en nuestro país. La latente sensación de servidumbre colonial llena de incomodidad a quienes recorren restaurantes en Lima; por lo menos, a los más pensantes. Siempre hay uno que tiene anhelos altivos, nosotros tenemos miles. Es penoso.

Hace más de 20 años, de turismo con mi familia, disfrutaba con mi hermano al deslizarnos en nuestros nuevos skates. En la misma calle donde se encuentra La Biela, en la esquina de la avenida Manuel Quintana. Poco sabíamos que sobre ruedas le rendíamos homenaje al icónico café de 1850 cuyo nombre fue mutando.

Una pieza del motor que transforma el movimiento lineal en rotación, igual en viceversa: la biela es esa parte de la carrocería. Primero se llamó “La veredita”, como pequeña terraza cafetera, para luego ser el Club “Aero” debido a la popularidad que tenía entre los miembros de la Asociación Civil de Pilotos Argentinos. Fue en 1950 que se volvió punto de acopio para los pilotos más temerarios sobre ruedas y admiradores del deporte automovilístico. Ahí recién toma el nombre que todos conocemos. “El Chueco”, Juan Manuel Fangio, pentacampeón mundial de Fórmula 1, era un fiel visitante.

“Es un ícono de Buenos Aires, es una casa familiar que no se puede dejar de frecuentar. Mi profesión es técnico mecánico tornero; por cosas de la vida aparezco en este gremio fabuloso que me ha enseñado muchas cosas. El contacto con la gente me demuestra todo lo que se puede seguir aprendiendo. El lugar se forjó bajo el lema que era una casa tuerca porque convivían los vecinos del barrio y el ambiente automovilístico”-, me explica el mesero que lo sabe todo, entre el bullicio de sinfín de comensales.

En pleno centro del barrio de La Recoleta, regreso al pasado. Un sitio de cultivos amplios, sin muchas edificaciones y los gomeros mágicos, que aún no llegaban al esplendor actual. Rodeo el Cementerio de La Recoleta, una muralla de donde sobresalen fúnebres esculturas de los mausoleos, dedicados a quienes vivieron la antigüedad porteña y a grandes personajes. Todos los 26 de julio una porción del cementerio florece de vida y colores alrededor de la rústica y recóndita tumba de Eva Duarte de Perón.

Al seguir bordeando el paredón por la calle peatonal Junín, uno se encuentra con La basílica de la Señora del Pilar. Al frente de esta iglesia, sutilmente bella, se encuentra La Biela y sus clásicos toldos verdes. El paseo Chabuca Granda, que le hace honor a nuestra cantautora, se encuentra en medio. Al cruzar se humedecieron mis ojos al imaginar “La flor de la canela” y la potencia nostálgica proveniente de ella.

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Unas ramificaciones colosales sostenidas por una estatua de Atlas retrasaron mi entrada inmediata a La Biela. “El gomero de Recoleta” parecía comerse a quien sostiene el mundo. Considerada área de protección histórica cuya antigüedad es dudosa por las teorías de su origen: el árbol data de fines de siglo dieciocho, aproximadamente, uno de los árboles más antiguos de Buenos Aires.

Arbol

A unos pasos, me reciben toldos verdes que brillan a la luz del sol. Dos antiguos pilotos interrumpen mi paso. Los modelos artísticos de Oscar Alfredo Gálvez, “El aguilucho”, que fue cinco veces campeón de Turismo Carretera; y de Juan Gálvez, que lo ganó nueve veces. Ambos te saludan sonrientes, vestidos de carrera al estilo de quienes flexibilizan el hilo entre la vida y la muerte.

Pilotos

Me despido de quienes ponían su vida al límite y entro para ser recibido por otro homenaje que intenta camuflarse entre las personas. En la primera mesa te encuentras a Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares conversando, dejando una silla vacía que te invita a participar. Me senté, le pedí una foto a un mozo y fantaseé con escucharlos, sólo contemplando.

Aparte de los admirables pilotos, los intelectuales amigos se sentaban a conversar en la misma mesa donde ahora están sus estatuas. También desafiaban y ponían a prueba el potencial humano. El favorito de mi padre y brillante baluarte de la escritura moderna debatía ideas junto con su amigo galardonado con el premio Cervantes en 1990. Cuánta sabiduría, intelecto divagado y teorías brillantes que jamás aterrizaron, se habrán perdido en la intimidad de los dos genios.

Borges y Bioy Casares

Cambio de mesa, la mirada ciega de Borges seguía retándome, su amigo parecía reírse al costado. Con los escritores a la vista, agarro la amplia carta verde. Los cafés ofrecen más comida que cualquier restaurante, es tendencia en las cafeterías de barrio, donde sea puedes comer un bife de chorizo.

Unos tostados y un café me acompañaron junto con la sabiduría del mesero en esta joya porteña. No se siente hostilidad por ningún lado. Las paredes llenas de fotos de automóviles viejos y de estética peculiar. Una belleza peligrosa. “Antes de que prohibieran las carreras Recoleta-Tigre, el café ya se había vuelto de recurrencia cultural. Todos los meseros que conocieron a Borges ya no están: fallecidos o jubilados. Ellos comían en el restaurante cuando estaba separada de la confitería. En 1994 se unificó”-, me comentó el mesero de 64 años mientras me servía un café.

Barra

Al terminar, la barra de lujo antiguo me tentó a un fernet con Coca Cola. Me lo tomé de unos cuantos sorbos. Me mareó rápido. Qué cómodo me sentía en la barra centenaria. “El Aleph”, “Las ruinas circulares”, invadían mi mente. Era un copiloto de carrera que leía ficciones de Borges a toda velocidad.

Salí en un divagar de ideas, las piernas temblorosas por el trago, aún era temprano. No volteé a despedirme, ya que lo frecuento y seguiré haciéndolo. Mis recuerdos fueron acogidos nuevamente en el paseo Chabuca Granda y caminé en mi recuerdo construido: uno en el que mi madre me arrullaba cantándome “Duerme Negrito”.

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Adolfo Bioy, Argentina, Buenos Aires, crónica, Jorge Luis Borges, La Biela, La Recoleta

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