Hania Pérez de Cuellar

¿Te has preguntado por qué el parabrisas es más grande que el espejo retrovisor?

Lo es, porque en lo bueno de la vida  y los negocios prima el sentido común.  Asumamos que el auto es nuestra empresa o nuestra vida y que  el dueño o la gerenta, usted querido lector o cualquiera de nosotros, es el conductor que está a cargo de producir (conducir) un producto o un servicio. Para ello montamos una empresa, una estructura y un sistema operativo (el auto). Para manejarlo y llevarlo a buen destino, necesitamos ciertas capacidades técnicas y saber para qué sirve cada elemento. Hasta allí todo está claro; nos lo enseñan cuando aprendemos a manejar. Pero hay ciertas estrategias que no nos las enseñan, sino que las aprendemos con la práctica. Al menos así fue conmigo. Una de ellas, es para qué sirven  y cómo se usan el parabrisas y el retrovisor.

El parabrisas que es más grande está en la parte delantera, y el “espejo” retrovisor es un elemento más pequeño pero forma parte de éste primero.

¿Por qué entonces el parabrisas es más grande? ¿Y por qué el retrovisor forma parte de él? La respuesta es  tan lógica, que muchas veces no la consideramos estratégica.  El parabrisas está en la parte delantera y es más grande porque es indispensable tener claro adonde queremos llegar y por dónde vamos. Necesitamos la mejor y mayor capacidad visual y de entendimiento de la realidad en la que nos conducimos para no perder el camino o enmendar rumbos, si es que es necesario.

El espejo retrovisor, en cambio, es lo que su nombre indica: un reflejo en tu presente de lo que ocurrió antes o lo que sucede atrás, está en tu pasado. Mirar el espejo ayuda a entender quiénes fuimos, de dónde venimos, qué superamos y qué logramos. Nuestra condición pasada no determina nuestra posición futura; es por eso que el retrovisor es más pequeño aunque forme parte del parabrisas.

El parabrisas representa entonces el propósito por el cual conducimos este auto llamado vida y empresa.  El propósito está por eso delante de nosotros y a través de él nos guiamos hacia nuestro destino. También es la razón por la cual existimos como seres humanos y empresas; es la visión concreta de una situación futura que todavía no existe, pero hacia la cual nos acercamos conduciendo nuestra empresa. Por eso, debe ser amplio, luminoso, y estar limpio. Siguiendo con la analogía, el parabrisas (el propósito) está muy cerca del timón y del conductor. Porque sin ellos, no tendría sentido tener una meta.

He decidido empezar este primer artículo, de una serie que vendrá en las siguientes semanas,  con este tema que para mí es fundamental y diría hasta vital. Debemos,  hoy más que nunca,  preguntarnos cuál es nuestro propósito y verificar si está claro. En momentos de tormenta, de lluvia o  de neblina cerrada, solo un parabrisas limpio y despejado nos permitirá llegar a destino.

Hoy el mundo y el Perú viven una etapa de cambio de paradigma. Estamos migrando de una cultura postmaterialista a una cultura del conocimiento, de la creatividad  y de la innovación. Somos una generación de transición entre lo analógico y lo digital. Hoy convivimos con ambos; pero todo parece indicar que el mundo digital, la inteligencia artificial y los robots reemplazarán las formas de relacionarnos, de trabajar y de producir. De hecho, esa transición ya empezó y nos obliga a ser más humanos que nunca. La única forma de sobrevivir y diferenciarnos es preguntándonos quiénes somos, para qué estamos aquí y qué valor podemos generar a nuestro entorno. Seguiremos vigentes si nos diferenciamos y somos capaces de generar aquello que no puede ser creado por máquinas e inteligencia artificial. Este cambio empieza en lo personal pero se traslada a la empresa.  Para ellas es el paso de crear dinero a crear riqueza, en el sentido de Bienestar. El dinero llega en un entorno de riqueza y no de pobreza. Lo digo de otra forma, en la medida que mi empresa genere riqueza, podré ganar dinero. El dinero es el carburante necesario para que el auto funcione. No debe ser la meta. Este cambio entre la lógica del “tener” y la del “ser”, nos obliga  como empresas a redefinirnos para seguir operando en un mundo donde ya no habrá certidumbres y zonas de confort. El estado está fallido, las democracias en descomposición, las empresas acusadas y la sociedad civil en crisis de identidad.

Aunque describir este panorama parece pesimista y desalentador, pienso todo lo contrario. Es una gran oportunidad. He aprendido que de toda crisis surge la evolución. Desde luego el panorama es incierto y por eso nos desafía a inventar y co-crear el futuro que queremos para nuestros hijos. Para esto, los empresarios y emprendedores debemos asegurarnos que el parabrisas esté claro y limpio, para luego tomar el pleno control del timón para transitar por la tormenta hasta llegar a destino.

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Hania Pérez de Cuellar

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