Crónica en el país del aguante y la pasión: Argentina.

Este columnista, en sus casi 10 años viviendo en la ciudad que alguna vez Carlos Gardel cantara: “Mi Buenos Aires querido, / cuando yo te vuelva a ver, / no habrá más penas ni olvido”. O definiera el inmortal Gustavo Cerati como “La ciudad de la Furia”. Nunca vivió una experiencia tan impresionante e inolvidable como la del domingo, 18 de diciembre, con la consagración del campeonato mundial de Argentina, como con la llegada de los mismos seleccionados el martes 20 de diciembre. Porque esa es la virtud extraordinaria que tiene el futbol, de unir a todas las personas, sin importar raza, sexo ni religión. No hay estatus sociales sino una sola voz: la del pueblo. Y a su vez, de hacerte vivir momentos tan emotivos que rozan los parámetros de la locura. Tal como se vio el domingo.

Ya desde las 3 de la mañana de aquel domingo había comenzado la fiesta. El Obelisco recibía de a pocos a los primeros simpatizantes que comenzaban el día con el infaltable fernet y la Coca Cola. Luego, un sol abrumador centellaba esta hermosa capital. Y yo, desde luego, ya estaba apreciando personalmente el color y alegría de aquel medio día atiborrado de cánticos efervescentes. Llegaría la hora del partido. Por los dos primeros goles y por cómo se desenvolvía el encuentro, no hacían suponer ningún inconveniente a los centenares de espectadores que estábamos viendo el partido por una pantalla gigante aledaña. Pero de un momento a otro, por esas cosas caprichosas que tiene el “deporte rey”, un súbito penal nos pondría en vilo. Gol. ¡Y al minuto, con rostros de estar en un velorio! ¡Había llegado el empate! Y las caras de desconcierto y lágrimas comenzaban a caer sobre el centro de la ciudad. Luego llegarían los tiempos extras, y con el envión encima del equipo francés, muchos suponíamos que llegar a los penales era una cuestión milagrosa. Y se veía a muchos persignarse, pidiéndole al “Diego” que hiciera ese milagro, ya que si llegara a pasar eso, estaba el “Dibu”, del que mínimo dos por tanda te ataja. Pero el gol de Messi, casi como predestinado que fuera él, hizo que todos gritaran el gol como se salieran todas las entrañas. Ya estaba, no había más. Argentina estaba en la espera de la gloria. Hasta que otro gol de un “endemoniado” Mbappé, callaría las esperanzas y emociones. Y una vez más, los rostros sepulcrales volvían a invadir. “Solo Dios sabe por qué nos hace sufrir tanto”, exclamó un mendocino, que había llegado a la capital con la confianza que la copa la traerían. De pronto recordé aquella frase que me dijeran días atrás: «Este país no sería lo que es sin sufrimiento, por eso somos pasión y sentimiento». Y eso era la sentencia con la que me quedo de mis travesías en este país, con esta expresión que muestra lo que es el pueblo argentino. Y llegaron los 12 pasos. Y con esto la inmortalización de Messi, Scaloni, y todo este equipo que ha llevado la pasión a otro lugar.

La fiesta se haría apoteósica. La marea albiceleste rugía de júbilo. Y allí vería también entre saltos y cánticos a compatriotas, como también a gran cantidad de personas de otros países. ¡Incluso a rusos, musulmanes y asiáticos!, por increíble que parezca. Fue aquí donde valió la pena el intento de leer libros en inglés, como del inquieto Truman Capote o aprender canciones del gran trovador de Minnesota, Bob Dylan, y que de alguna manera ayudaron para que se pudieran fluir las conversaciones. Les preguntaría si tenía que ver su llegada al país el que Argentina esté jugando la final del mundial. Y todos respondían que sí. Y una tierna y muy hermosa chica de China, Sean, que sería mi compañera de aquel entrañable día, complementaría: “Estamos aquí para vivir la energía única y maravillosa con la que se vive en este país el fútbol”.
El día martes no fue muy distinto, con la “sutil” diferencia de casi el doble de personas que el domingo, ¡unos 5 millones! Habían llegado miles del interior, que con una mochila o un equipaje pequeño estaban con las masas que alrededor del aeropuerto de Ezeiza, esperaban el aterrizaje de la selección y que se daría a las 2:24 de la madrugada. Al llegar, los 26 jugadores y el cuerpo técnico se subirían al micro descapotable, con el fondo del himno argentino de este mundial en vivo por la Mosca, “Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar”. El destino sería el predio de Ezeiza, donde descansarían para luego hacer su recorrido de celebración con su pueblo al mediodía. O eso era la intención en un principio. Ahora con mi gran amigo de viajes por River, Bruno Raitzin, nos dirigimos por todos los alrededores de Buenos Aires en moto, siguiendo el bus del equipo y buscando sacar las mejores postales, con la “cámara” que lleva innatamente un periodista, sus ojos. Las avenidas estaban colmadas y no solo por la cantidad de gentes sino por la pasión desbordada. Se podía oír, además, en cada cuadra, otras cantitos como “Brasil decime que se siente” o “El que no salta es un inglés”. Todo esto era una suspensión de la eternidad. Un momento épico, especial. Que lastimosamente la política lo empañaría, y que impedirían que Messi y compañía alzaran la copa en la Casa Rosada. Más allá de eso, nunca antes se colmó así el Obelisco, la ciudad, como tampoco la Argentina nunca vivió de esta inmensa y eterna caravana.

Yo que soy hijo de canillita, por eso no podía faltar en mis primeras lecturas El Gráfico, donde leía, por ejemplo, las épocas gloriosas de Boca con Bianchi o del River de Ramón. Creo que al igual que muchos hemos crecido con el fútbol argentino en nuestras venas pasionales. Es imposible negar su importancia tanto cultural como futbolística a nuestro país. Lo que viví, se vive una vez. Y al terminar de escribir esto, lo único que pude decir: ¿Si esto no es el pueblo, el pueblo dónde está? En casi una década en este país pude descubrir ese canto del sentimiento, de algo tan inexplicable como impredecible y emotivo que es el futbol. Buenos Aires ya no fue la ciudad de la furia, sino de la locura y la emoción. En sí, en estos 2.78 millones de km2 de tierra, con los 47 millones de habitantes del país del aguante y la pasión.

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