Carlos Trelles - Sudaca.Pe

El igualitarismo conservador del precariato peruano

Adapto el famoso término de Guy Standing para llamar precariato al 85% de peruanos cuyo salario mensual tiene como tope superior un poco más del sueldo mínimo. Es sencillo contrastar este dato en redes y bibliografía específica, pero una clara señal de su realismo es que el 75% de la economía peruana es informal; es decir, sólo un 25% de nosotros tiene la capacidad productiva suficiente para generarse ingresos y/o pagar salarios superiores al mínimo establecido, además de cumplir con el pago de sus impuestos. Agrava el escenario que más de la mitad de los precarios peruanos reciba menos de 500 soles de ingresos, lo que incluye a los micro-productores del sector agropecuario, los peor remunerados del empleo nacional.

 

Dado que el capitalismo global está en crisis, precariatos hay en todo el planeta. El del primer mundo occidental, por ejemplo, congrega al cada vez mayor número de ciudadanos que trabaja en la informalidad, mientras declinan sus estados de bienestar y los derechos universales que éstos implican. En el subdesarrollo sucede lo contrario: el precariato es la condición histórica permanente de las mayorías excluidas. Varios autores ven en los precariatos potenciales clases sociales, sugiriendo que podrían convertirse en frentes republicanos y democráticos, cuyos gérmenes empiezan a manifestarse en la sociedad civil actual. Mientras en paralelo se observa que grandes grupos precarios hacen eco a narrativas xenofóbicas o religiosas radicales, así como autoritarias y violentistas. No sin lógica, todo precariato tiende a ser crítico a los grandes poderes del orden económico, y luego sus contextos nacionales y sociales explican sus particularidades interpretativas frente al sistema que rechazan.

 

En lo que a nosotros concierne, el precariato peruano es mayoritariamente igualitarista y conservador. Lo dicen las encuestas sobre cultura política contemporánea de varias instituciones, y lo dice el reparto de las preferencias electorales frente a la muy próxima elección presidencial. De dónde proviene este sentido común contradictorio, y hacia dónde puede o debe ir, es una pregunta relevante para todo observador político interesado en el desarrollo del país.

 

El precariato peruano es inevitablemente igualitarista, porque padece una situación cotidianamente hostil, consecuencia de operar en contextos micro-empresariales de baja productividad (que corresponden al 95% de nuestra economía). No existe estabilidad laboral posible en estos entornos, pues la mayoría de sus emprendimientos quiebran al año y contratan por periodos breves, ofreciendo a cambio salarios de subsistencia, de aquellos que no permiten obtener los insumos básicos para conservar la salud y las capacidades productivas. El mundo rural, con sus particularidades, reproduce estas incertidumbres. Y entonces el precario peruano, que es todo menos tonto, se da cuenta de que la gran mayoría vive tan ajustada como él, salvo unos cuantos millonarios corruptos. De ello, reclama un mínimo de igualdad material y de oportunidades. No es socialista ni comunista, es simplemente un igualitarista pragmático.

 

Sin embargo, y pese a haber padecido históricos y deliberados atropellos, el precariato peruano es mayoritariamente conservador en lo económico. Es decir, asume que todos podemos progresar en el capitalismo liberal si el Estado arbitra adecuadamente el mercado, y cree que la receta para ello es universal e indiscutible: hay que esforzarnos y competir para hacer los méritos suficientes. A nuestro precariato no le resulta obvio que la mecánica de robo, abuso y explotación a la que es sometido por un grupo de grandes empresarios – que controlan a casi toda la clase política protagónica – le impide el progreso material.

 

Este contenido funcional al libre mercado, que se manifiesta con diferentes niveles de complejidad y conciencia – dependiendo del contexto y su nivel de degradación -, es suministrado y reforzado con diferentes dinámicas. Una de las más potentes es el bombardeo mediático: todos los informativos y programas políticos de alcance masivo protegen el modelo económico y su sentido común, y ningunean a sus críticos o los buscan apabullar. Abundan entre sus argumentos las causalidades absurdas, ignorantes y manipuladoras, como aquella que vincula todo acto regulatorio al comunismo que termina en inflación, o la que responsabiliza a nuestros pocos gobiernos heterodoxos e industrializadores del subdesarrollo nacional, cuando es exactamente lo contrario. Todas son tesis que provienen de los pregoneros locales de una economía que se presenta como rigurosa, lógica y absoluta, pero que fue inventada para promover el capitalismo y está lejísimos de la neutralidad sofisticada que pretende aparentar.

 

En paralelo, los grandes medios también intoxican al precariato peruano con mensajes subliminalmente consumistas y evasivos. El mercado aprovecha, y vende todo lo que puede a diferentes públicos, incluso facilitando el crédito. Y así el distraído precariato peruano anhela el éxito capitalista individual, y piensa que corresponde buscarlo hasta alcanzarlo, como personas y como país. Esta prédica engañosa también penetra el mundo rural, que tiene sus particulares consecuencias predatorias. Y el conservadurismo económico de nuestro precariato se termina de enraizar a partir de la muy deficiente oferta educativa del país: entender la conspiración mafiosa del gran capitalista peruano, y el orden económico con que la disfraza, demanda un nivel de abstracción que se consigue con experiencia reflexiva y registro de conocimiento, o con explicaciones muy didácticas y detenidas, que no abundan entre nuestros liderazgos progresistas.

 

De otro lado, el precariato peruano es políticamente conservador. No hemos construido democracia, y más bien nuestra generalidad de gobierno ha sido el régimen militar. La institucionalidad política peruana siempre estuvo al servicio de los intereses de la clase empresarial privilegiada y corrupta. En consecuencia, el precario peruano tiene un espíritu autoritario y muy ajeno a las formas democráticas, que se manifiesta en el cotidiano y en la elección de sus autoridades políticas. Ciertamente, tres siglos de sumisión pesan mucho en las costumbres y creencias, sobre todo si el imaginario colonial ha permanecido casi intacto hasta hace muy pocas décadas. A esto se suma una serie de vivencias habituales en el precariato, todas adversas a la posibilidad de conformar una ciudadanía activa, informada y crítica: desequilibrio emocional por estrés laboral y angustia frente al futuro, degradación familiar, aislamiento social por urgencias de tiempo, violencia e inseguridad en el entorno.

 

Finalmente, la mayoría de nuestro precariato padece conservadurismo sexual y de género, lo que además de ocasionar crímenes machistas y reforzar nuestro retrógrado y anti-democrático patriarcado, petardea el disfrute pleno de la intimidad y la felicidad sentimental entre las gentes. Cuánto daño ha hecho y sigue haciendo el catolicismo cristiano en el Perú. Algún día cada vez menos lejano, los peruanos redescubriremos la espiritualidad pre-hispánica y sabremos de la inmensurable riqueza valorativa que se pretendió extirpar: fomento de la empatía recíproca como una necesidad de equilibrio personal y colectivo, apertura a la diversidad de creencias y patrones morales, entendimiento de la sexualidad como un evento cósmico saludable, tolerancia a la diferencia sexual, cultivo masivo de la vida espiritual y de la experimentación con energías naturales profundas, desprendimiento material y preocupación por el bienestar colectivo. No es verdad que el Estado debe ser laico en el ideal, salvo simplismo materialista de fuente occidental: debe fomentar la vida espiritual de sus ciudadanos y ser neutral frente a su diversidad religiosa.

 

¿Hay posibilidades de desarrollo nacional con un precariato que demanda igualdad material y de oportunidades pero rechaza lo único que podría asegurarlo a largo plazo? ¿Hay futuro con un precariato de sexualidades insanas y machistas que quieren subordinar a la mitad femenina del país para seguir abusando de ella, física y emocionalmente? Es muy difícil, y pareciera que imposible, pero la verdad es que el cambio sigue acercándose, pues el capitalismo global no tiene respuestas para la actual crisis, y la sociedad digital facilita la organización y emergencia de contrapoderes insurgentes. Al final son élites ideológicas las que inician el cambio de sentido común, si tienen la capacidad de ubicarse y unirse, de trabajar con disciplina y paciencia, de estudiar (con o sin libros) para intentar ser visionarios, de cultivar sus vidas espirituales, de afinar sus capacidades didácticas y lógicas, y de ganar elecciones para tomar atajos en el largo camino que cualquier transformación social profunda demanda. Mentes progresistas hay entre precarios y no precarios, hay que construir y fortalecer todas las redes posibles.

 

Según la filosofía política prehispánica, ningún pasado colectivo está muerto, y mucho menos si ha sido construido durante 20 mil años. El nuevo amanecer de nuestro mundo andino peruano sigue procesándose, lentamente, así como la nueva síntesis civilizatoria que tarde o temprano vendrá, porque el hábitat natural planetario se cae a pedazos. Debo divulgar que el historiador sistémico y lógico irreductible que fue Pablo Macera, dejó esta vida asegurando que existe una élite inca activa en la sierra peruana, cuya misión es conservar en secreto los rituales y contenidos de la cosmovisión prehispánica, mientras termina el actual pachakuti (o crisis transformadora), que habría empezado en la década de 1970. Llegado el momento, estos contenidos de tiempos ancestrales podrán hacerse públicos a través de sus guardianes, cuando no haya peligro de persecución, violencia y desprecio, y puedan ser bien recibidos y aprovechados.

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