Giancarla Di Laura

Mariátegui en Semana Santa

Ayer, 16 de abril, se cumplieron 92 años de la muerte del gran pensador peruano José Carlos Mariátegui. Se trata de una ocasión propicia para la reflexión que casi coincide este año con el Domingo de Resurrección y, por añadidura, también con el aniversario 84 de la muerte de César Vallejo el 15 de abril. Vaya fin de semana: Vallejo, Mariátegui y Jesucristo en fila india.

Imposible hablar de los tres en un solo artículo sin traicionar su complejidad, aunque no dejan de tener puntos en común. Los tres apostaron abiertamente por los pobres y los desamparados, se entregaron en carne y alma a la causa de un mundo mejor. En esa lucha se les fue la vida terrenal. Pero ahora me centraré en Mariátegui, de quien no me ocupo desde hace un tiempo, ya que la semana pasada meditaba sobre Vallejo, y a Cristo, por último, lo llevo siempre en mi corazón y no necesita de aniversarios.

José Carlos Mariátegui nació en una familia pobre, en Moquegua, en 1894, cuando el Perú entraba en lo que Jorge Basadre llamó los inicios de la «República Aristocrática». El desastre de la Guerra del Pacífico (1879-1884) había dejado el país en ruinas y recién en la década siguiente hubo un esbozo de hegemonía de una clase terrateniente rearticulada.

En el plano intelectual la Generación del 900 (con José de la Riva-Agüero, Víctor Andrés Belaúnde y los hermanos Ventura y Francisco Calderón) ocupaba el lugar protagónico en el debate sobre el devenir del Perú, contrastando de manera conservadora con el discurso de don Manuel González Prada, que venía criticando acremente desde mucho antes el nefasto papel de la oligarquía peruana. 

Mariátegui, pues, por extracción social, y luego por formación ideológica, sobre todo al volver en 1923 al Perú después de un viaje de cuatro años a Italia, abrazó la causa del socialismo y adoptó el método marxista de interpretación para el análisis de la sociedad peruana. Y no solo ha servido para entender mejor la peruana. En su discurso de inauguración del congreso internacional «90 años de los 7 Ensayos» en Casa de las Américas, Cuba, en abril del 2018, su entonces presidente, Roberto Fernández Retamar, delineó muy bien la influencia de Mariátegui en la Revolución Cubana. Como escribí en un artículo por esas fechas: «Roberto Fernández Retamar subrayó la presencia de Mariátegui en el pensamiento y la inspiración de la Revolución Cubana de 1959. Pese a que el Amauta murió en 1930, su obra era conocida por los revolucionarios cubanos bajo el mando de Fidel. Fernández Retamar señaló que si bien el pensamiento fundamental de José Martí fue el pilar intelectual del movimiento rebelde, Mariátegui proveyó una concepción marxista para la interpretación de los problemas latinoamericanos que fue muy útil en la evolución inicial de la Revolución». Así también, la destacada historiadora cubana Ana Cairo  «indicó que la reforma agraria cubana de 1959 se inspiró directamente en el ensayo sobre ‘El problema de la tierra’ en los 7 ensayos. De alguna manera –siguió la estudiosa cubana–, Mariátegui estuvo presente entre los intelectuales y políticos cubanos desde los años 20, ya que fue discutido por los miembros del Partido Comunista Cubano» hasta bien entrada la Revolución y aun hoy.  

Esta fecundidad mariateguiana en el plano político latinoamericano se complementa con los logros conseguidos por los estudios literarios peruanos de las últimas décadas. El gran aporte que significó el sétimo de sus 7 ensayos, «El proceso de la literatura», dejó escuela cuando fue retomado por el gran crítico Antonio Cornejo Polar, que pudo esbozar gracias a él su teoría de la heterogeneidad cultural. Cornejo desarrolla la propuesta de Mariátegui de que el Perú no es una sociedad «orgánicamente nacional» y, por lo tanto, tiene más de un eje de gravitación cultural. La convivencia asimétrica de tiempos, modos de producción, lenguas e identidades históricas determina formas de expresión culturales extrañas entre sí. Su fusión o mestizaje feliz resulta imposible mientras se prolonguen las tremendas injusticias en nuestro país. Eso significa que es mejor aceptar sus peculiaridades y reconocer que en el Perú existen distintos sistemas literarios. Que un cogollito limeño solo exalte un tipo de literatura no quiere decir que las demás literaturas peruanas no existan ni dejen de merecer nuestra atención y estudio. Al contrario; a ellas debemos dedicar nuestros mejores esfuerzos.

Mariátegui, pues, no ha muerto. Sigue inspirando luchas y debates. Que la Semana Santa mantenga vivos sus ideales de justicia e igualdad.

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Cultura, José Carlos Mariategui, sociedad

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